Catolicismo político tradicional en la España contemporánea (4): ¿hubo un pensamiento contrarrevolucionario católico?

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Parte 1 y 2 – Introducción y la praxis política católica

Parte 3 – ¿Por qué y cómo hemos llegado hasta aquí?

 

4. Pero, ¿hubo un pensamiento contrarrevolucionario católico?

Es innegable que a lo largo del siglo XIX hubo en España innumerables reacciones contrarrevolucionarias, especialmente de forma activa con constantes conflictos bélicos. Pero, ¿hubo un pensamiento contrarrevolucionario? Y, en caso afirmativo, ¿se puede considerar que era la única forma de pensamiento aceptable para una política católica tradicional? Los historiadores, sean de hechos o ideas, tienden a categorizar y encerrar en esquemas progresivos y hegelianos, los acontecimientos. Así, respecto al pensamiento contrarrevolucionario se ha pretendido explicar como una mera evolución mediatizada por las circunstancias exteriores. Ejemplo de ello lo encontramos en un artículo de Millán-Chivite en el que se distingue entre pre-tradicionalismo (1808-1833), carlismo romántico (1833-1868), neocarlismo (1868-1876), etc.[20]. Aunque metodológicamente es lícito intentar categorizaciones, éstas deben ser tomadas con pinzas, pues fácilmente se puede derivar en una interpretación errónea; tal y como el que el carlismo pasó de ser un movimiento popular a un grupo controlado por la «ideología integrista»[21] (tesis que ha defendido a capa y espada el mal llamado Partido Carlista).

Es indudable, al menos en Cataluña, que desde la Guerra Gran (1793-95) hasta las guerras carlistas, pasando por la Guerra contra el francés, la realista y la dels agraviats, hubo constantes reacciones populares contrarrevolucionarias[22]. Sin embargo, la paradoja histórica se traduce en lo siguiente: las guerras contrarrevolucionarias acabaron siempre en derrotas[23] y la única que logró la victoria, la de la Independencia, precipitó la caída del Antiguo Régimen[24]. Ello presagiaba lo que iba a ser un perpetuo desencuentro entre el catolicismo y el liberalismo. Durante esa guerra, España se cubrió de panfletos, opúsculos, escritos, manifiestos, que podríamos clasificar bajo el espíritu de una auténtica Cruzada contra el «aborto de Lucifer» (denominación que en Cataluña se le dio a Napoleón).

Es indudable, al menos en Cataluña, que desde la Guerra Gran (1793-95) hasta las guerras carlistas, pasando por la Guerra contra el francés, la realista y la dels agraviats, hubo constantes reacciones populares contrarrevolucionarias

Galdós-Un voluntario realista-DSCN3816.jpgLa mayoría de escritos tienen su arquetipo en el opúsculo de Fray Diego de Cádiz, El soldado católico en guerras de religión (1794), escrito en plena Guerra de la Convención o Guerra Gran. Su carácter es claramente popular, catequético y adoctrinador pero sin grandes pretensiones filosóficas. Las obras apologéticas de más calado filosófico escasean. Sin embargo, en medio de la marejada propagandística, emergió un corpus doctrinal asentado en la obra del padre Francisco de Alvarado, El Filósofo Rancio, dominico y autor de las célebres Cartas críticas[25], en las que expone el sistema de gobierno tradicional y su oposición a los planteamientos liberales[26]. Frente a la Constitución de Cádiz, Alvarado sanciona la constitución tradicional española, que considera recogida en las Partidas, consistente en una Monarquía templada por Cortes estamentales, que voten las leyes y consientan los impuestos. La facultad de dictar leyes descansa en el monarca; pero con las limitaciones de la representación estamental, de los fueros y de la religión católica[27].

El corpus doctrinal del tradicionalismo se fue configurando en torno a los textos del Filósofo rancio[28] y una serie de manifiestos que constituyeron el eje de lo que posteriormente sería el programa político del carlismo. Entre esos manifiestos cabe destacar el Manifiesto de los Persas, de 1814, suscrito por sesenta y nueve diputados realistas, encabezados por el Marqués de Mataflorida; y en el que se criticaba el concepto de soberanía nacional, tenido por «despojo de la autoridad real sobre que la Monarquía española está fundada, y cuyos religiosos vasallos habían jurado»[29]. No tan conocidos, pero fundamentales para empezar a entrever una sutilísima grieta entre dos escuelas de la apologética católica, tenemos los manifiestos de la Regencia de la Seo de Urgel[30], en 1822.

Entre esos manifiestos cabe destacar el Manifiesto de los Persas, de 1814, suscrito por sesenta y nueve diputados realistas, encabezados por el Marqués de Mataflorida; y en el que se criticaba el concepto de soberanía nacional,

Jep dels EstanysEsta Regencia, formada por el incombustible Marqués de Mataflorida, Jaime Creus y el Barón de Eroles, nos dejaron escritos en los que se perfila una reivindicación del pensamiento tradicional que enlaza claramente con Alvarado y se aleja de las tesis absolutistas que con tanta facilidad habían emergido en Francia tras la Restauración[31]. La Restauración fernandina, con los Cien mil hijos de San Luis, abortaron un proyecto tradicionalista, para asentar las bases de un absolutismo que dejó –por reacción– paso al liberalismo radical[32]. Joan Bardina ya distingue que en 1820 había en España tres partidos: el liberal, el absolutista y el realista; y este último «contaba con todo el pueblo»[33]. Los traspasos de los militares absolutistas a las filas del liberalismo y viceversa, denotan una familiaridad que los separaba del bando realista, precedente del carlismo.

Sin embargo, los «ideólogos oficiales» del «fernandismo absolutista», se esforzaron en crear argumentarios aparentemente parecidos a los de Alvarado o los antedichos manifiestos. Sin embargo se diferencian sutil, a la vez que letalmente, de ellos. El reinado de Fernando VII representó una constante sucesión de arribistas y cortesanos que ora eran absolutistas, ora liberales, según soplaran los vientos. En los momentos de «restauración absolutista», el Rey contó con pensadores como Atilano Dehaxo Solórzano, José Clemente Carnicero, Francisco Puigserver y, sobre todo, Rafael Vélez, autor, entre otras obras, de Preservativo contra la irreligión y Apología del Trono y del Altar. Subrepticiamente este tipo de apologías ya tienden, tomando en falso el nombre del catolicismo, a una defensa del absolutismo que se alejaría de la defensa de una Monarquía limitada y templada por fueros e instituciones, como siempre había defendido el pensamiento tradicional.

Los traspasos de los militares absolutistas a las filas del liberalismo y viceversa, denotan una familiaridad que los separaba del bando realista, precedente del carlismo.

Un dato significativo a tener en cuenta es que la empresa doctrinal más importante de la época fernandina fue la publicación, entre 1826 y 1829, de La Biblioteca de Religión, en cuya organización intervino el Cardenal Inguanzo, arzobispo de Toledo. Era un proyecto de apologética católico-política, pero a lo largo de sus tres años de existencia se tradujeron obras de Lamennais, Feller, Bonald o de Maistre. Entraba así tímidamente en España el tradicionalismo filosófico antitomista y sutilmente anticatólico. Esta semilla intelectual aparentemente contrarrevolucionaria, (que fue condenada por el Papado bajo el nombre de «tradicionalismo filosófico») a la postre acabaría siendo el germen del catolicismo liberal, verdadero e intangible enemigo en sus inicios. No obstante, como después explicaremos, la verdadera influencia del tradicionalismo filosófico francés se produjo a través de católicos liberales catalanes y mallorquines.

Adentrándonos en el siglo XIX, el conflicto liberal-contrarrevolucionario no cesaba y a ello se unió la cuestión de legitimidad dinástica. La Primera Guerra Carlista, la más larga y la que más posibilidades tuvo de victoria, ha sido desprestigiada porque, según algunos autores, «el carlismo careció de toda relevancia intelectual»[34]. Si bien autores como González Cuevas han intentado desacreditar las figuras de fray Magín Ferrer o Vicente Pou, otros los han reivindicado como los puentes necesarios que hilan una tradición de pensamiento con el Manifiesto de los Persas o los de la Regencia de Urgel antes mencionados[35]. Para una adecuada reflexión sobre la importancia del pensamiento de Vicente Pou se hace nuevamente imprescindible el estudio de José María Alsina[36], que nos permitirá desmantelar ciertas tesis tendenciosas encaminadas a consagrar esa visión del tradicionalismo como mero movimiento de campesinos incultos y manipulado por una pequeña aristocracia rural[37].

Javier Barraycoa

/Continuará)

NOTAS:

[20] Cfr., por ejemplo, José Luis MILLÁN-CHIVITE, op. cit.

[21] Baste leer las obras de José Carlos Clemente, para constatar hasta la saciedad este argumento que se ha convertido en dogma interpretativo del actual Partido Carlista.

[22] Uno de los lemas más coreados por los agraviats o malcontents (agraviados o descontentos) era un inequívoco: «Viva la Religión, viva el Rey absoluto, viva la Inquisición, muera la Policía, muera el Masonismo y toda secta oculta». Cfr. Jaime TORRAS ELÍAS, La guerra de los agraviados, Barcelona, Universidad de Barcelona, 1967, pág. 15.

[23] El carlismo, igualmente, en la única victoria de que participó, sufrió la «pérdida» de la Paz.

[24] Algo parecido pasó tras la Guerra Civil del 36. El carlismo veía su primera victoria militar, al mismo tiempo que se cerraba definitivamente su victoria política.

[25] Cfr. Las Cartas inéditas del Filósofo Rancio, Madrid, 1915.

[26] Entre los diputados «realistas» destaca Pedro de Inguanzo y Rivero, diputado por Asturias, luego obispo de Zamora y, finalmente, arzobispo de Toledo y cardenal. Frente a la soberanía del pueblo, defendió la tesis tomista del origen divino del poder

[27] Sus tesis iban claramente dirigidas contra las tesis de Argüelles. Cfr. Javier HERRERO, Los orígenes del pensamiento reaccionario español, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1971, pág. 267.

[28] No podemos despreciar la importancia intelectual y afectiva que suscitó Alvarado. Todavía en 1934 en la redacción de El Siglo Futuro, órgano del escindido Partido Integrista de Nocedal, se podía ver un majestuoso cuadro del Filósofo Rancio.

[29] Para una imprescindible evaluación de la importancia del Manifiesto de los Persas, Cfr., Alexandra WILHELMSEN, La formación del pensamiento político del carlismo (1810-1873), Madrid, Actas, 1995.

[30] Entre ellos, escritos en catalán, destacan Conversas de Tomás Bou y un anónimo Constitució sens ànima.

[31] Cfr. Vicente MARRERO, El tradicionalismo español del siglo XIX, Madrid, Publicaciones españolas, 1955, págs. 69 y ss.

[32] Así nacerá la tan clara estrategia (a la vez que tan poco visible para muchos católicos) de presentar un falso tradicionalismo (el absolutismo, moderantismo, conservadurismo, etc.) para que la sociedad no abrazara el verdadero tradicionalismo ante los excesos de la revolución.

[33] Cfr. Javier BARRAYCOA, «El carlismo catalán», en Miguel Ayuso (ed.), A los 175 años del carlismo, Madrid, Itinerarios, 2011, pág. 106.

[34] Cfr. Pedro Carlos GONZÁLEZ CUEVAS, op. cit., pág. 107.

[35] Cfr. Alexandra WILHELMSEN, «Magín Ferrer, pensador carlista renovador olvidado», en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea. Homenaje a Federico Suárez Verdeguer, Madrid, 1991, págs.401-490; ID., «Pou, carlista temprano», Razón Española (Madrid), núm. 55 (1992), págs. 101 y sigs.

[36] Cfr. José María ALSINA ROCA, El tradicionalismo filosófico en España. Su génesis en la generación romántica catalana, cit. Recientemente la editorial Tradere ha reeditado la obra de Pou, La España en la presente crisis. Examen razonado de la causa de los hombres que pueden salvar aquella nación (Madrid, 2010). Esta obra, publicada en Montpellier en 1843, es una crítica contundente del gobierno de la década ominosa que se traduciría en una mezcla de liberales moderados, déspotas ilustrados, galicanos y jansenistas. En Pou, de ahí el carácter diferenciador de su obra, no aparece ni el menor atisbo del complejo galicano-jansenista, tan extendido en aquella época en las altas esferas del poder y en parte de la jerarquía eclesiástica. Durante la guerra carlista, desde la dirección de El Restaurador Catalán, rebatía las tesis de Cea Bermúdez expresadas en La verdad sobre la cuestión de la sucesión en la corona de España, en la que trataba de defender los derechos dinásticos de Isabel II.

[37] El malogrado historiador Pere Anguera fue un experto en presentar así al carlismo, especialmente el catalán. Cfr. Pere ANGUERA, Déu, Rei i fam. El primer carlisme a Catalunya, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1995. Su tesis es que los levantamientos carlistas los producían las épocas de hambruna.

 

4 comentarios en “Catolicismo político tradicional en la España contemporánea (4): ¿hubo un pensamiento contrarrevolucionario católico?

  1. Sobre la guerra realista durante el reinado de Fernando VII, primera guerra civil española, hay que escribir “que buen vasallo si hubiera buen señor”. Por otra parte el autoexilio del futuro Carlos V, le hizo perder un tiempo precioso para actuar, facilito la abolición de la Ley Semisalica y la usurpación.

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  2. Esto lo tengo que leer con paciencia y aprendiendo don Javier Barraycoa.No puedo dejar de aprender de lo mucho que usted sabe.Gracias por enseñarnos y por escribir aquí.Gracias por ser español y catalán.Gracias porque usted parece de ser de los que tiene no sólo mucha cultura sino también valores trascendentes.

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