Artículo publicado en Espíritu: Año 74, Nº. 169, 2025, págs. 127-147
Santo Tomás asume las virtudes como el término medio entre dos extremos y como hábitos que conducen a obrar bien. Este término medio frecuentemente se ha confundido, en lo político, como buscar un centrismo moderado. Por eso, y teniendo en cuenta que la prudencia es la virtud por excelencia de lo político, Santo Tomás señala que el justo medio es el poso que la razón recibe por medio de la prudencia[1]. Si bien para el Aquinate la prudencia es un hábito cognoscitivo[2], para la filosofía moderna se interpreta como un acto volitivo y en términos de equilibrio político. Como señala Santo Tomás en La Monarquía, en su primer capítulo, la tarea del rey se ciñe sobre lo particular en analogía de lo universal. Por tanto, los considerandos sobre la virtud política se comprenden mejor desde la perspectiva del análisis de lo histórico-concreto y desde ciertos ámbitos antropológico-políticos. El pensamiento de Francisco Canals, en torno a lo político, se configuró siempre desde lo concreto a lo universal. Es por ello que lo podemos rastrear en innumerables artículos y digresiones a lo largo de sus obras y, cómo no, arrancando de las cuestiones germinales para entender su entorno político catalán. Esta inquietud estaba motivada por la comprensión de fenómenos como el nacionalismo, pero especialmente por la secularización que los nacionalismos y moderantismo políticos traían a las sociedades.

Francisco Canals reconocía la existencia de “corrientes profundas que atraviesan los siglos”[3]. Aplicadas a Cataluña, se traslucirían en la perpetuación del espíritu de los “vigatans” y “botiflers” e incluso anteriormente en los conflictos entre “nyerros” y “cadells”. Reconoce nuestro maestro que 1714 supuso un tremendo golpe en el inconsciente colectivo del pueblo catalán que le llevó -y lleva- a una repulsa irracional de lo que causó su derrota. Ello se manifestaría en un espíritu antiborbónico en diferentes formas y en diferentes momentos. Por ejemplo, pasado más de un siglo, en las bullangas de 1840-1843, cuando las masas urbanas y menestrales se lanzaron contra la Regencia de María Cristina y “sucesivamente elevaron a Espartero y Prim”. La Regencia de María Cristina no dejaba de representar la alianza de la monarquía “usurpadora” borbónica con la oligarquía liberal-conservadora que tantas veces se presentó como garante del orden social. Al igual que el carlismo (pervivencia intrahistórica del vigatanisme) se había enfrentado en armas desde 1833 contra la dinastía liberal, el espíritu de las bullangas es “un sentimiento que pervive inconfundiblemente y que se revela en 1868”[4]. Ello se expresa desde los intentos de destrucción de la Ciudadela de Barcelona -símbolo de la victoria felipista sobre los austracistas- hasta la quema del retrato de Isabel II la reina destronada. En este caso, Canals especifica que se trata de un “secular resentimiento vigatà”. El vigatanismo tradicionalista y su desviación resentida y revolucionaria, expresarían dos extremos donde, desde el siglo XIX hasta nuestros tiempos, ha querido situarse un falso punto medio, centro político o moderantismo que Canals insistió en denunciar en múltiples artículos.
I. Las tácticas moderadas en España y el justo medio virtuoso
Con el título Balance de las tácticas moderadas en España[5], el profesor Canals escribía en la revista Verbo un artículo más que orientativo para comprender el profundo sentido del tacticismo moderado disfrazado siempre bajo múltiples formas y denominaciones. Estas irían desde el proyecto de la monarquía isabelina, los intentos de Balmes y de Quadrado por resolver el conflicto ente carlistas e isabelinos, el catolicismo liberal, la restauración canovista, la democracia cristiana y un largo etcétera de posiciones, hasta la constitución de la Unión de Centro Democrático (UCD) de Suárez o los múltiples partidos que han querido ocupar el “centro” en el actual Régimen del 78. El denominador común de todos estos momentos históricos fue el intento por parte de las fuerzas ilustradas absolutistas (antitradicionalistas) y los liberales revolucionarios moderados -y todos sus sucesores-, de elevar a categoría política el “moderantismo” como única solución política para España. Por tanto, el “moderantismo”, o “centrismo”, se convertiría en una de esas categorías políticas intrahistóricas que también ha perdurado hasta nuestros días.
En los textos de Canals sobre este tema, son frecuentes las referencias a los juicios de su maestro el Padre Orlandis. Al respecto, de este último solía afirmar que: “hablaba del catolicismo liberal como `mal-minorismo´, es decir, como la táctica que en nombre de que hay que acogerse al mal menor conduce prácticamente al olvido del bien a procurar en la vida pública”[6]. Este error queda escondido bajo una avalancha de términos que a lo largo de la historia han venido a significar siempre lo mismo: “Ilustración”, “doctrinarismo”[7], “justo medio”, “moderado”, “posibilista”, “mal menor”. En una versión más específica, y especialmente dirigida a los católicos intransigentes, se reflejó en la frase “acatamiento al poder constituido”, que tanto daño infringió al catolicismo durante la Restauración borbónica de 1874 o durante la II República[8].
En el artículo citado de Canals, el término de “justo medio” le permite una digresión para establecer una comparación entre los posicionamientos políticos y los actos virtuosos. Entre ambas realidades con la palabra “moderación” se significan cosas diferentes. De las virtudes morales se afirma que “la virtud consiste en el término medio” entre dos vicios (sea por exceso, sea por defecto), respecto a las pasiones humanas que deben ordenarse a su fin propio. El error radicaría en concebir la moderación como el término medio del mismo apetito autorreferenciado como su propio fin. En este sentido, Canals sentencia que la virtud no es una “mediocridad”. Con otras palabras, no es virtuoso el que es medio estudioso, ni es prudente el medio cobarde o el medio valiente, al igual que no es virtuoso rezar ni mucho ni poco[9].
Desde estas consideraciones, Canals se permite una descripción de la operatividad del “mal menor” y cómo imposibilita la consecución del bien. Leemos: “La moderación de los malos principios suele ser muy eficaz para obrar el mal y debilitar el bien, mientras que la moderación en la afirmación de los principios buenos hace imposible la aplicación de éstos. El mal se produce por la carencia y privación del bien íntegro, mientras que el bien se constituye por la perfección íntegra de una realidad o acción”[10]. Con estas afirmaciones Canals no se limita a una mera especulación filosófica, sino que apunta a cuestiones significativamente concretas. En uno de sus desconocidos aforismos, espeta: “Veinticinco años de paz. El olvido de la Cruzada. Se dice a la juventud que está cansada de oír hablar de la Cruzada”[11]. La queja del Catedrático de Metafísica provenía de que, por moderar el lenguaje, se diluía la celebración del 25 aniversario de la Cruzada de Liberación Nacional. Los años habían relajado el espíritu de Cruzada del Alzamiento cívico-militar de 1936 y un aguado lema hacía referencia a una paz del mundo que no la de Cristo. O, expresado de otra forma, no se celebraba la victoria sobre el comunismo, sino la instauración de un Estado del Bienestar.
Siguiendo a Eugenio Vegas Latapié, criticaba también la actitud de los católicos que en virtud de la teoría “moderada” de obediencia al poder constituido, acataron y apoyaron sin ningún prejuicio la II República[12]. Nos referimos evidentemente a aquellos católicos que al llegar ésta, adoptaron la postura “accidentalista” cuyo principal representante fue Ángel Herrera Oria. Él fue el inspirador de la Alianza Nacional que pasaría a denominarse Acción Popular y sería una de las asociaciones inspiradora y cohesionadora de la CEDA. Herrera Oria, en la Acción Popular, propugnaba que se debía acatar el régimen republicano y trabajar para que el contenido del nuevo régimen se adecuara a los principios cristianos. Esta actitud era en el fondo heredera de los viejos católicos liberales-conservadores que habían sostenido el anterior régimen borbónico y la consagración del malminorismo como categoría política. Uno de los precedentes de esta aceptación del mal menor, como estructura perversa para la esterilización del bien, propone Canals, podemos encontrarla en la instrumentalización política que pretendió del catolicismo la Unión Católica de Pidal y en la que participaron personajes de renombre en el mundo católico como Menéndez y Pelayo.
II. El moderantismo y los paradigmas de Menéndez y Pelayo y Vicente Pou
Un nuevo aforismo de Canals nos sorprende: “El problema de España. El primer precedente: la cara antitradicionalista de Menéndez y Pelayo”[13]. Un tema que surge repetidas veces en los escritos políticos de Canals, es el rechazo a un Menéndez y Pelayo anticarlista y colaboracionista con la Unión Católica de Pidal y el canovismo. El juicio sobre la actitud moderantista de Menéndez y Pelayo, surge a raíz de la recuperación, en la revista Cristiandad y especialmente en la tesis doctoral del profesor José María Alsina, de la figura de Vicente Pou[14]. Alsina, en su obra El Tradicionalismo Filosófico en España, contrapone Vicente Pou, pensador carlista sin equívocos, a José María Quadrado introductor del Romanticismo en Baleares[15].
La actitud de Menéndez y Pelayo sobre el moderantismo de la etapa isabelina, siendo posterior, es paralelo al posibilismo del catolicismo liberal que representó Quadrado[16]. En primer lugar, Canals nos recuerda que no es el mismo Menéndez y Pelayo el de la Historia de los heterodoxos españoles, que el de La Historia de las ideas estéticas. Este último, ya contaminado de romanticismo[17], es el que intenta justificar la posición de Quadrado ante la solución dinástica en la España de mediados del XIX. Una solución que, aunque formalmente igual, Canals opone a la de Jaime Balmes en su espíritu. Lo relata así: “Escribió Menéndez y Pelayo en 1893, en un artículo sobre Quadrado y sus obras (obras completas, X, pág. 22): `Suscitada en 1845 a cuestión del matrimonio de la Reina, El Pensamiento (órgano de Balmes) y El Conciliador (dirigida por Quadrado) pronunciaron sin ambages el nombre de su candidato, el Conde de Montemolín; el proyecto fracasó y era inevitable que fracasase … dos años de lucha y dos periódicos no bastan para pacificar un pueblo perturbado y desquiciado por medio siglo de revoluciones y reacciones, a cual más sanguinarias e insensatas. La fusión dinástica fue rechazada por todo el mundo […] y el proyecto de matrimonio tropezó lo mismo con la oposición de la Reina Cristina que con la de la familia proscrita´”[18].

El argumento defendido por Menéndez y Pelayo fue que era imposible un acuerdo entre dos extremos irreconciliables: por un lado, los intransigentes carlistas y, por otro, los liberales radicales y revolucionarios. En conclusión, para el santanderino, el fracaso del proyecto balmesiano se debía a que en -entre otras cosas- España no existía un fuerte partido moderado que hubiera podido templar y apoyar la monarquía isabelina[19]. A todas luces, para Canals ésta es una explicación malintencionada de Menéndez y Pelayo que pretendía justificar su propio posicionamiento político durante la restauración borbónica varias décadas más tarde del proyecto balmesiano[20]. A la interpretación del polígrafo, Canals opone la del P. Ignasi Casanovas, en su estudio sobreBalmes, la seva vida, al seu temps, les seves obres. En este escrito valora la inapreciable labor de la tarea periodística de Balmes a la hora de templar los ánimos carlistas y predisponerlos a una solución dinástica, pero salvaguardando los principios de la tradición, cosa que el partido moderado no estaba dispuesto a hacer[21].
Canals, siguiendo al P. Casanovas, asevera que el fracaso de la propuesta de Balmes se debió a los “egoísmos y malas pasiones que dominaron entonces en el partido moderado”, que contrastaban con “la nobleza, la generosidad y el patriotismo del partido carlista”. En este asunto, se descubre con claridad un comportamiento redundante del liberalismo (católico)[22] moderado que refleja una intransigencia antitradicional y que contrasta con el tratamiento de favor -desde el acomplejamiento- para con los partidos liberal-radicales. Así lo hizo el propio Menéndez y Pelayo al despreciar al integrismo y el carlismo en su defensa del régimen de la restauración borbónica.
Vicente Pou[23] representaría el contrapunto a Quadrado y, por ende, al futuro Menéndez y Pelayo. Si Menéndez defendía que la estabilidad de España sólo la podía traer un partido moderado o conservador, Pou consideraba que: “Aun cuando Espartero caiga del puesto que indignamente ocupa, y suba en él un Príncipe cualquiera que bajo la influencia del partido dominante dé la mano a Isabel, ya sea un hijo del Infante Don Francisco de Paula …, la revolución caminará más o menos rápida a su término”[24]. De forma consciente, Vicente Pou explicita la ley socio-política de que el moderantismo, por mucho que quiera sustentarse en el catolicismo liberal, acabará siendo arrastrado por la revolución anticristiana, pues ya forma parte de ella en sus principios antitradicionales. Nuestro maestro sigue citando el texto de Pou, que hoy en día cobra rabiosa actualidad: “Piensan que Barcelona es el primer baluarte del Trono de Isabel y de la Regencia de su madre, y allí hallan su sepulcro, equivocando el espíritu público. de la fuerza ciudadana de aquella populosa ciudad, con el de una pequeña fracción [la burguesía] que desaparece el día del peligro”.
En el siglo XIX, los moderados querían hacer un simulacro de contrarrevolución pero sin contar con las masas carlistas, los herederos de los “vigatans”, y acabaron encontrándose con masas contaminadas de espíritu revolucionario, los “vigatans resentidos” que mencionábamos al principio. Otro rasgo clarividente en el análisis de Pou, es descubrir la tendencia natural a abrazarse –como existiendo una conexión interna natural- el progresismo, el liberalismo moderado, y el despotismo ilustrado. Vicente Pou afirma que: “las clases ilustradas han preparado y hecho las sangrientas revoluciones en que ellos mismos se han hallado envueltos”[25]. Las revoluciones que propiciaron nunca fueron agradecidas, sigue relatando Pou: “la revolución, naturalmente ingrata, ni por este beneficio, aunque grande, les perdonaría jamás el apoyo que por seis años estaban prestando a la monarquía absoluta, y mucho menos los favores y distinciones que de la misma habían recibido”[26].
Durante todo el siglo XIX y hasta nuestra época, el centrismo o moderantismo siempre fue de fracaso en fracaso. Surgido originariamente de las corrientes ilustradas afrancesadas absolutistas, siempre acabó atacando al realismo tradicional y popular, y cediendo a las imposiciones y estrategias del liberalismo revolucionario. Así, encontraremos en la historia de España personajes como el presidente de gobierno Cea Bermúdez (1779-1850). Fue el encargado de desarticular las reivindicaciones dinásticas de los partidarios de D. Carlos, el hermano de Fernando VII. Promulgó la pragmática sanción que abría las puertas a la dinastía usurpadora, amnistió a los liberales derrotados del trienio liberal, purgó el ejército de oficiales partidarios del pretendiente carlista[27]. Con el Manifiesto del 4 de octubre de 1833, que hizo firmar a la Regente María Cristina, quiso mantener una equidistancia entre carlistas y liberales, pero no consiguió ni el apoyo de unos ni de otros. Este “centrista”, curiosamente, era lo que podríamos llamar un representante del “despotismo ilustrado”. Finalmente, su gobierno cayó. Su sucesor Martínez de la Rosa, también moderado, y masón, quiso mantener un gobierno de “centro”, pero acabó abriendo la puerta a los liberales radicales para conseguir su apoyo y afrontar la guerra civil en marcha. Igualmente, durante la II Guerra Carlista, el principal artífice de la lucha contra els matiners fue el moderado-conservador General Narváez.
Vicente Pou encuentra en Cea Bermúdez la primera imposición de la “táctica moderada” que “pretendía apoyar a todos los partidos mientras que no representaba a ninguno porque no era ni monárquico ni republicano, ni absoluto ni representativo, ni religioso ni impío, sin principios fijos, sin antecedentes gloriosos”[28]. Y describe la fuerza transformadora del “centrismo” en “trastornar primero todas las cabezas, cambiar todos los corazones, desarraigar todos los hábitos, los gustos y hasta los caprichos, o mejor diré era preciso refundir la naturaleza de los españoles”[29]. Esta aparente “neutralidad” social que buscaba el partido moderado, no dejaba de ser un paso hacia la consolidación de la Revolución. De ahí que el P. Ignasi Casanovas, comentando el pensamiento de Balmes, afirmara aquella frase de que: “El partido conservador es conservador de la revolución”. En su revisión de Vicente Pou, Canals concluye que: “los análisis de Vicente Pou sobre la conexión ideológica y sociológica, de `sentido´ y de `vivencia´, entre el sector moderado del liberalismo, con sus raíces ilustradas, y el progresismo revolucionario, pueden explicar lo inevitable del fracaso del intento balmesiano de fusión dinástica”[30].
III. Cuando el “Centro” se mueve o la perversión de la Democracia cristiana
Seguimos la exposición de Canals para comprender la “dinámica” del moderantismo, centrismo o posibilismo. Para ello cita a Donoso Cortés, cuando en 26 de mayo de 1849 escribía sobre la “ceguedad de las clases acomodadas” incapaces de hacer una lectura de la situación política que les tocaba vivir. Donoso la definía como “incurable y sobrenatural”. Igualmente, en un texto de Vázquez de Mella, leemos: “en las crisis supremas suelen los humildes ver con más lucidez que los hábiles”[31]. Canals al igual que Pou, denunciaba el egoísmo de las clases altas que por su codicia y búsqueda de gloria y beneficios (acordémonos de las desamortizaciones), no cejaban en buscar un pacto con “los enemigos de la religión y de la patria”. Por ello, sentencia Canals: “Tal vez sea el amor a las riquezas y el deseo de mantenerse en la cima social, el móvil más frecuente de la adopción de las `tácticas moderadas´, y del consiguiente debilitamiento de la resistencia a las fuerzas destructoras”[32]. La oligarquía ilustrada, en su versión moderada se entregaba en manos de la Revolución creyendo así poder mantener sus prebendas sin poder ver –cegadas- que la revolución sería su ejecutora. Este esquema de comportamiento de las oligarquías, se han ido repitiendo a lo largo de nuestra historia. Y éstas han carecido de la capacidad de aprender de sus errores[33].
Algunos de los aforismos de Canals, a la luz de lo expuesto, cobran más sentido y nos desvelan esa fina ironía de nuestro maestro: “La derecha liberal-conservadora intensifica la apertura a la izquierda”; “Los principios permanentes del Movimiento”; “De Parménides a Heráclito: el movimiento permanente de los principios”[34]. Se nos quiere mostrar así que hay un movimiento natural de la derecha moderantista hacia la izquierda política, a través del puente del liberalismo que contaminó a los movimientos políticos católicos. Con profusión de ejemplos históricos, Canals intenta demostrar esta tesis en su artículo `Hemos hecho pacto con la muerte´: Cristo Rey, la Democracia Cristiana y la ruina espiritual de España. Con motivo la inminente beatificación del Padre Pro, en 1987, escribía sobre “el deseable fracaso de la democracia cristiana en España”[35]. esta contundente afirmación estaba avalada por los antecedentes decimonónicos, donde los presentes partidos democristianos son los herederos de los partidos católicos que florecieron en la Europa decimonónica. En Francia muchos católicos abandonaron la lucha legitimista para no confundir la causa católica con la política: “pero la contaminación liberal dio ocasión a que con este pretexto se tendiese a identificar la causa católica con el servicio al liberalismo en ruptura con las tradiciones de la sociedad católica prerrevolucionaria”[36]. La excusa de esta separación fue la defensa de la escuela católica, como un bien mayor. Pero a la postre el movimiento católico, escindido del legitimismo, fue siendo absorbido por el liberalismo y finalmente quedó esterilizado.

Igualmente pasó en Bélgica. Antes de independizarse de los Países Bajos, y con motivo de la prohibición para que los sacerdotes católicos enseñaran en los Gimnasios -y permitiendo sólo escuelas estatales-, muchos sacerdotes católicos se aproximaron a las tesis de Félicité de Lamennais, que abogaba por la separación de la Iglesia y el Estado. Con el tiempo, católicos y liberales se enfrentaron al Estado holandés pidiendo la separación de éste y la Iglesia (calvinista), la libertad de educación (para los católicos) y la de prensa. Esta etapa fue conocida como el unionismo y fue vista con sospecha desde Roma[37]. La revolución liberal de 1830 que derrocó a Carlos X en Francia, alentó la revolución belga que acabaría con nacimiento de Bélgica. A pesar del apoyo católico, finalmente y tras varios procesos frustrados, se eligió como monarca al príncipe alemán Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Saafeld, con la oposición del clero católico que se sintió traicionado por los liberales con los que había pactado. Décadas después se fundaría en Bélgica el Partido Católico, fruto de la unión de católicos ultramontanos o confesionarios y de los liberales-católicos o constitucionalistas. El partido fue evolucionando hasta que después de la II Guerra Mundial adoptó el nombre de Partido Social Cristiano, y se posicionó en la línea de la democristiana[38]. Se cumplía nuevamente la ley sociológica de que la Democracia cristiana es uno de los elementos más eficaces en la secularización el catolicismo tradicional.
Apunta Canals que sólo en países como el imperio alemán los partidos católicos fueron fieles a la tradición católica. En medio de la “pluralidad anticatólica”, los católicos se hicieron fuertes en el Zentrum como partido claramente católico y combativo por la supervivencia: “se llamó Centro Católico, porque tenía a su derecha el prusianismo aristocrático y militarista fervientemente protestante y antirromano, mientras tenía a su izquierda el radicalismo y el socialismo de inspiración secularizante y masónica”[39]. En Alemania e Italia los partidos explícitamente democristianos fueron hegemónicos tras la II Guerra Mundial. No así, en Francia donde el Movimiento Republicano Popular[40] quedó subsumido en las políticas de izquierdas. En España las fuerzas democristianas -durante la Transición- se integraron en la Unión de Centro Democrático (UCD) y abrieron las puertas de la secularización de España[41]. Al respecto, apunta Canals: “Es notable tener en cuenta ahora que fueron hombres de formación y procedencia demócrata-cristiana los que pusieron en marcha el Proyecto de Ley de Divorcio; así, Landelino Lavilla primero, e Iñigo Cavero después”[42].
Canals siempre fue más que crítico con la transición política tras la muerte del General Franco. Numerosas veces denunció la palabra “consenso” como una perversión intelectual y política encaminada a deshacer la tradición católica de España, con la connivencia de la Democracia cristiana, sujeta a los principios de la “derecha liberal”. En 1988, escribía que España estaba llamada a ser gobernada bajo un consenso: “entre un liberalismo, de inspiración en definitiva masónico, y el socialismo democrático, posibilista, pragmático y apto para […] ser reconocido por los oligarcas de la cursilería social y la pedantería intelectual”[43]. En el fondo, lo acontecido en la Transición es la continuación de una dialéctica histórica que busca síntesis entre falsos contrarios y se va desplazando cada vez hacia una forma de revolución más radical: “La monarquía ilustrada realizó su síntesis con la revolución burguesa en el constitucionalismo conservador. Por las ulteriores síntesis liberal-conservadora, liberal-democrática y social-democrática, nos sentimos situados `inexorablemente´ en el centro-izquierda”[44], y a la espera del comunismo. Magistralmente, se nos está describiendo una premisa de la dialéctica revolucionaria, según la cual, hay un progreso irreversible en la historia que avanza imponiendo sucesivas “síntesis o consensos”, pero donde la propia revolución “impone la ruina de todas las síntesis que se intente establecer, [y] el hundimiento urgente también de las `nuevas estructuras´ [que ha creado], [es] la revolución permanente”[45].
IV. Derechismo, consenso y diálogo
Ambientado en sus juicios sobre la Transición, Canals siempre tuvo claro que: “El `consenso´ […] instrumento de tantas fuerzas e intereses españoles e internacionales, que deseaban el hundimiento de la tradición española, dejó sin defensa política la unidad histórica de España”[46]. Pero no creamos que nuestro autor simplemente realizaba un análisis político. Su visión de los acontecimientos concretos se fundamentaba en potentes categorías históricas y filosóficas. Escribíamos al principio de este artículo que la virtud no puede ser interpretada como un punto medio dentro de un progreso. No se puede ser un virtuoso “centrista” proclamando la verdad a medias. Desde esta perspectiva: “es claro también que los Padres y los grandes teólogos no podrían ser situados en una posición `centrista´. No son neutrales entre una ortodoxia íntegra y el error herético”[47]. En el orden filosófico y teológico, se encuentran antítesis falsas donde el error pretende presentarse como bien situándose en el “centro” entre las posiciones antitéticas que ha creado el propio error.
Canals rescata sus estudios sobre los gnósticos, especialmente Marción, que proponen dos dioses: uno, el del Antiguo Testamento poderoso, justiciero, inmisericorde, el Dios de los fariseos (con lenguaje político revolucionario de hoy, diríamos el Dios de “derechas”); otro, el Padre de Jesucristo, Dios de bondad que no juzga ni condena. Este “Dios de los cristianos es, diríamos hoy, un Dios de `izquierda´ (podríamos pensar en algo así como en la antítesis que se ha formado en la mente de algunos entre el Dios de Pío XII y el de Juan XXIII)”[48]. Este dualismo maniqueo ha persistido desde la filosofía griega[49] hasta las corrientes políticas modernas, pasando por las herejías cristianas. El denominador común de estas tensiones duales, es que “El bien y el mal son ya en la tabla pitagórica principios de la realidad, como lo son para la vida humana lo masculino y lo femenino; es decir, el mal es interpretado como algo consistente en substantivo”[50].
A este error maniqueo, se le suma la interpretación unívoca de los conceptos filosóficos de monismo y pluralismo. Canals trae a colación estas disquisiciones para profundizar en el falso dualismo político ya que, afirma: “Pocas veces nos habremos tomado la molestia de esforzarnos por definir qué entendemos como `derecha´ e `izquierda en la tensión dialéctica de la política moderna”. Para entender estos dos conceptos en su profundidad, diríamos teológica, hay que aclarar las habituales confusiones. En un sentido correcto, debemos entender la creación del Universo como un “pluralismo” fruto de la voluntaria difusión del Bien que es Dios. Todo el cosmos creado, en su pluralidad, es regido providencialmente y mantenido en una unidad por la voluntad divina (“monismo” en un sentido no panteísta). Tanto pluralismo como monismo tienen también su interpretación errónea, en cuanto principios filosóficos, véase Parménides contra Heráclito en una falsa tensión dialéctica.
La Revolución, como continuadora secularizada de las herejías maniqueas, tiende a presentar la multitud (lo plural) como fuente de autoridad que debe enfrentarse a toda forma de autoridad y jerarquía (monismo). La “izquierda”, que ya en época de Canals, incluso en ambientes eclesiásticos se tomaba como la postura política más cristiana (“Cristianos por el socialismo”), debía oponerse al “monismo” absolutista de la “derecha”. La gran trampa conceptual y práctica de la Revolución, es evitar concebir la contrarrevolución tradicionalista como un punto virtuoso intermedio entre dos formas de revolución, la liberal conservadora y la socialista-comunista. Esto se consigue identificando falsamente las fuerzas tradicionales católicas con la “derecha”, el “conservadurismo” o el “absolutismo”.
Por eso Canals afirmaba que: “El `contrarrevolucionario´ auténtico -el que defendía el orden legítimo frente a la revolución y no realizaba una revolución en sentido contrario-, el `vendeano´ no estaba defendiendo el estado de Luis XIV, ni mucho menos la monarquía del despotismo ilustrado”[51]. Paradójicamente, los que iban a consumar el estado absoluto de Luis XIV, el monismo político en sentido moderno, o sea el racionalismo del Estado, serían los jacobinos que acusaban falsamente a los vendeanos de “absolutistas”. En esta ficticia tensión dialéctica, escribía Canals que “El tradicional y contrarrevolucionario pasa por ser absolutista, e incluso mucho más tarde tal vez sea considerado como `conservador´; aunque los conservadores no fuesen sino los revolucionarios en cuanto `conservadores de la revolución´ según el concepto balmesiano”[52]. En nuestros días (o cuando Francisco Canals reflexionaba sobre esto) al contrarrevolucionario se le acusa frecuentemente de ser un “fascismo de derechas”, y en este caso: “tendríamos exactamente lo que De Maistre denunciaba como una revolución de signo contrario, lo que no debe ser la contrarrevolución si no se quiere contribuir a la misma obra desintegradora que pretende combatir”[53].
Las formas antitéticas del error, en su sentido más genérico se presentan como la `derecha´ y la `izquierda´, se diferencian entre otras cosas en que “El egoísmo conservador de la revolución no puede ofrecer principios trascendentes, ordenadores y unificantes de la multiplicidad rebelde y masificada”[54]. De ahí, apunta Canals, en que el conservadurismo de derechas tenga que manifestar permanentemente su fe en el progreso y la “apertura” o “diálogo”, que no es más que una manifestación del miedo hacia su antítesis revolucionaria violenta y desgarradora. Canals distingue -por tanto- entre el diálogo que busca la verdad teológica y metafísica, de “el diálogo dialéctico y el progreso constitutivamente desintegrador de la verdad eterna y divina”. Este sería un “diálogo” regido por un principio inmanente que se presentaría como el único método para avanzar hacia una secularización revolucionaria en la que tendrían que participar -dialogando- las fuerzas liberal-conservadoras y democristianas[55].
V. Conclusión: el segundo binario
Como no podía ser menos, Canals encontraba un fundamento y analogía de sus afirmaciones en los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Nos confiesa: “Mi maestro el P. Orlandis decía que los `católicos liberales´, y por tales tenía los `mal-minoristas´, elegían en lo político al modo como en los Ejercicios de San Ignacio de Loyola eligen aquellos que se sitúan en el `segundo binario´. Es decir, se pretende escoger la táctica moderada para mejor conseguir el `bien posible´ y evitar `males mayores´, se invoca el `realismo´ y el `posibilismo´, pero en el fondo se evita el riesgo y sufrimiento, con frecuencia heroico, del esfuerzo sincero y real por el imperio práctico de la verdad política frente a la apostasía anticristiana revolucionaria”[56].
La llamada “Meditación de los tres binarios (o tipos) de hombres, para abrazar lo mejor”, de los Ejercicios espirituales, trata del ordenamiento de los afectos hacia las cosas. Se trata de tres tipos de hombres, cada uno de los cuales ha adquirido diez mil ducados, no pura o debidamente por amor de Dios. Los tres quieren salvarse y ponerse en paz con Dios, pero cada uno adopta una decisión moral diferente. El del primer binario, tiene un tipo de voluntad propia del cobarde. Le gustaría desapegarse de los bienes materiales, pero no pone los medios y nunca tomará la decisión, pues siempre la postergará. El del tercer binario, rechaza el afecto a esos bienes, pero de tal modo que tampoco está apegado a tener la cosa adquirida o a no tenerla; sino quiere quererla o no quererla según que Dios se lo haga sentir en su interior. Este es el auténticamente libre.
Por el contrario, el del segundo binario (el que el Padre Orlandis comparaba con los democristianos malminoristas) quiere librarse del afecto desordenado a la cosa adquirida (aquel monto de dinero), pero de tal forma que pueda quedarse, sí o sí, con el bien deseado. Con otras palabras, pretende “que Dios venga donde él quiere”. Hay, por tanto, una contradicción en su voluntad. Quiere a Dios y que se haga su voluntad, pero le pone condiciones para quedarse con los bienes. En el fondo no deja de tener dos señores: quiere a Dios y al dinero. Y todo ello no puede llevar más que a la pérdida de la fe. Por eso, con contundencia, Canals escribía: “Si los católicos liberales hubiesen atendido a las fuentes filosóficas del liberalismo, hubieran podido advertir la razón profunda de su devastadora influencia descristianizadora”[57] y, por ende: “La falta de atención a principios obligatorios para la conducta práctica católica en la vida social y política ha privado a los cristianos de la virtud de la fortaleza, virtud necesaria en los «confesores de la fe» y en los mártires o testigos de la fe”[58]. Por eso, el centrismo, conservadurismo y malminorismo, no son caminos que llevan al martirio cruento o incruento en esta vida, sino a una complacencia con el mal.
Javier Barraycoa
Referencias bibliográficas
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[1] Tomás de Aquino, (2000), Cuestión disputada sobre la virtud en general, Navarra: Eunsa, q. 12, ad 23.
[2] Tomás de Aquino, (2002), Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, Navarra: Eunsa,, l. I, lec. 20, n. 13.
[3] F. Canals Vidal, (1977). Sugerencias sobre la Tradición catalana. Política española Pasado y Futuro, Barcelona: Acervo, 182.
[4] Ibidem, 183.
[5] F. Canals Vidal (1993), Balance de las tácticas moderadas en España. Verbo, 317-318, 883-895.
[6] Ibidem. 885.
[7] El “doctrinarismo”, también conocido como liberalismo doctrinario, surgió durante la restauración borbónica en Francia (1814-1830). Lo componía un círculo de hombres influyentes que pretendían que el régimen se asentara alejado de la influencia de los revolucionarios y de los ultrarrealistas.
[8] La Encíclica Cum Multa (o De animorum concordia inter hispanos procuranda) de León XIII, publicada en 1882, trata de dar criteriosa los católicos españoles respecto al poder constituido en la Restauración de 1876. El conflicto estaba centrado entre los seguidores del carlismo, representados principalmente por el diario El Siglo Futuro de Cándido Nocedal y los de la Unión Católica, liderada por Alejandro Pidal. Los nocedalistas se oponían frontalmente al régimen liberal de la Restauración deseando su caída. Por el contrario, los seguidores de Pidal, entre ellos Menéndez y Pelayo, eran partidarios de integrar a los católicos en el régimen y mantener una política católica “posibilista”. Cada uno de los dos sectores intentó interpretar la Encíclica a su favor y las tensiones continuaron.
[9] En todo caso, afirma Canals: “La prudencia es la virtud del entendimiento práctico que elige debidamente lo que ha de ser ordenado al fin, en orden al fin mismo. Muchas veces la prudencia no puede darse sin arrostrar grandes dificultades y exponerse a la acusación y al desprestigio por parte de los hombres que no sienten de modo ferviente y sincero el anhelo del bien”, F. Canals Vidal, (1993). Balance de las tácticas moderadas en España. Verbo, 317-318, 884. O bien: “No hay que ser `moderados´ en nuestra confianza en la divina misericordia y en su poder salvífica, ya que `nunca se tiene demasiada confianza en Dios´”, Ibidem.
[10] Ibidem., 886.
[11] F. Canals Vidal. Ritmo en clave. Política española Pasado y Futuro, 310.
[12] La Acción Popular (AP) fue un partido confesionalmente católico fundado nada más proclamarse la Segunda República. Ángel Herrera Oria, director de El Debate, convirtió su periódico en el órgano oficial del partido. Al principio convivieron en su seno tanto los católicos “accidentalistas”, cuyos máximos representantes era Herrera Oria y José María Gil Robles, que acataban la legalidad republicana. Por otro lado, estaban los llamados “catastrofistas”, liderados por Antonio Goicoechea, que consideraban que el catolicismo y monarquía eran inseparables y consecuentemente había que derrocar la República. Estos últimos se acabaron escindiendo para fundar Renovación Española.
[13] F. Canals Vidal. Ritmo en clave. Política española Pasado y Futuro, 310.
[14] Melchor Ferrer, en su Historia del Tradicionalismo Español (tomo 18, pp. 111 y ss.) habla de la obra: La España en la presente crisis. Examen razonado de la causa y de los hombres que pueden salvar aquella nación (publicada en Monpellier en 1842 firmada con las iniciales D.V.P.). Lo considera, con el libro de Magín Ferrer Leyes Fundamentales de la Monarquía Española y con el de Balmes El protestantismo comparado con el catolicismo, una de las tres obras más importantes escritas en España en aquellos años sobre temas sociales y políticos.
[15] Fue activo colaborador de la monumental obra Recuerdos y bellezas de España, destilado fruto del romanticismo español bajo la protección de la monarquía liberal.
[16] Otro personaje muy influyente y con el que podemos establecer un paralelismo, es Mañé y Flaquer director del Diario de Barcelona. Fue un católico conservador profundamente anticarlista y, a la vez, profundamente influido por el romanticismo alemán e inglés.
[17] Canals, así definirá magistralmente el romanticismo: “El Romanticismo, que se expresa en rebelión del sujeto, del sentimiento, del instinto y de la espontaneidad es, en el fondo, una actitud de antropocentrismo que propugna la autosalvación, la autorrealización de la plenitud humana por las solas fuerzas del hombre”, F. Canals Vidal, (1985). `Romanticismo y democracia´ vistos por Vegas Latapié. Verbo. 239-240, 1.114.
[18] Cit. en F. Canals Vidal, Balance de las tácticas moderadas en España, 887.
[19] “la intransigencia contrarrevolucionaria […] habría sido la causa de la guerra civil, y que, para Menéndez y Pelayo habría sido también responsable del fracaso de las soluciones conciliadoras propuestas después por Quadrado y Balmes”, F. Canals Vidal (1985). El tradicionalismo filosófico en España. Verbo. 237-238, 834. En este artículo, la revista verbo, recogía la introducción de francisco Canals a la obra de J. M.Alsina Roca (1985). El tradicionalismo filosófico en España. Barcelona: PPU.
[20] Para una distinción, en personajes como Menéndez y Pelayo, entre tradicionalistas y conservadores, cf., J. Barraycoa (2019). La Antimodernidad en España. Verbo, 579-580.
[21] Canals recoge este texto de la obra mencionada: “Detengámonos un momento a preguntarnos cuál fue el éxito de las campañas balmesianas en el campo carlista. Fue verdaderamente consolador y más extenso de lo que se podía esperar. Pensemos en lo que significa que un partido numerosísimo, que habla luchado siete años con las tropas .de Isabel; que no había sido vencido, sino traicionado, se aviniese a aceptar aquella misma reina y la llevase triunfalmente por aquellos campos ensangrentados del país vasco, donde yacían los padres, los hermanos y los amigos. Es preciso, pues reconocer que se apagó el incendio del odio, que se extinguieron y se atenuaron mucho las campañas de prensa, que toda la parte más ilustrada y dirigente del partido fue ganada a la causa de la reconciliación, que el matrimonio llegó a ser un verdadero ideal de la masa popular. Hay que hacer justicia a aquel partido heroico y generoso … “, P. Ignacio Casanovas (1954), Obras., Barcelona: Editorial Balmes, Vol. II, 549.
[22] “Los católicos liberales del siglo XIX ponían en duda el acierto y la justicia de las condenaciones pontificias sobre el liberalismo, e inspiraron prácticamente la aceptación de los principios liberales. Si hubiesen atendido a las fuentes filosóficas del liberalismo, hubieran comprendido el profundo acierto de las condenaciones de la Iglesia”, F. Canals Vidal (2005). ¿Por qué descristianiza el liberalismo? Verbo, 439-440, 822.
[23] Vicente Pou, fue uno de los maestros de Jaime Balmes, auténtico precursor de su genial periodismo político. Cf. J. M. Mundet, “Vicente Pou, un maestro de Balmes”, Cristiandad, agosto de 1972, núm. 498-499. Cf. F. Canals Vidal (1970). El doctor Vicente Pou, un gran pensador desconocido. Cristiandad, 473-474.
[24] V. Pou (1842) La España en la presente en crisis. S/d: Monpeller, 5.
[25] Ibidem., 11.
[26] Ibidem., 12.
[27] Cf. F. Suárez Verdaguer (1953). Los sucesos de la granja. Madrid: CSIC.
[28] V. Pou, La España en la presente en crisis, 18.
[29] Ibidem., 18.
[30] F. Canals Vidal. Balance de las tácticas moderadas en España, 893.
[31] J. Vázquez de Mella, La Iglesia independiente del Estado ateo, discurso pronunciado en Santiago de Compostela el 29 de julio de 1902. en J. Vázquez de Mella (1931). La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado ateo, Madrid: Editorial Voluntad, 61.
[32] F. Canals Vidal. Balance de las tácticas moderadas en España, 895.
[33] Uno entre mil ejemplos, son los devaneos de la Lliga Regionalista que queriendo ser progresista y conservadora, catalanista y española, pro-borbónica y republicana, católica y laica, al final favoreció la aparición de un catalanismo de izquierdas. Este eclosionó con la proclamación de la Segunda República, cuando en las calles de Barcelona resonó el famoso: “Visca Macià, Mori Cambó”.
[34] F. Canals Vidal. Ritmo en clave. Política española Pasado y Futuro, 311.
[35] Este artículo fue reproducido en la revista Verbo en 2009, con motivo del fallecimiento del Doctor Canals.
[36] F. Canals Vidal (2009), `Hemos hecho pacto con la muerte´: Cristo Rey, la Democracia Cristiana y la ruina espiritual de España. Verbo, 473-474, 208.
[37] Ya en 1832, Gregorio XVI publicada la Encíclica Mirari Vos para condenar toda forma de liberalismo y advirtiendo a los católicos sobre dicha doctrina y los pactos con los liberales.
[38] En La Encíclica Graves de Communi de León XIII (1901), se advertía sobre el carácter ilícito de una actitud política que supusiera que no hay otro régimen armónico con el cristianismo que la democracia. Por esto, León XIII prohibió explícitamente que el nombre “democracia cristiana” pudiese usarse como bandera política; y como mucho, con prudencia sólo se aplicara a la labor social que realiza la Iglesia.
[39] F. Canals Vidal, `Hemos hecho pacto con la muerte´: Cristo Rey, la Democracia Cristiana y la ruina espiritual de España, 210.
[40] El Movimiento Republicano Popular fue fundado en 1944 por Georges Bidault. Llegó a participar en los gobiernos de la IV República Organisation de l’armée secrète (OAS) y otra parte del partido se hizo gaullista. Cuando el partido se desintegró sus militantes se incorporaron al Centro Democrático que se integró, a su vez, en la coalición política Unión para la Democracia Francesa (el centro-derecha laico francés).
[41] Para una descripción de la evolución del pensamiento político católico hacia el liberalismo en España, cf. J. Barraycoa (2018), La disolución del pensamiento católico en España. Verbo, 567-568.
[42] F. Canals Vidal, `Hemos hecho pacto con la muerte´: Cristo Rey, la Democracia Cristiana y la ruina espiritual de España, en 208. “los demócrata-cristianos, en países latinos, especialmente en países hispánicos, y a partir de la influencia poderosamente desorientadora de Maritain, se empeñan en desintegrar la unidad sociológica de tradición católica, para imponer el `pluralismo´ en nombre de una pretendida inspiración cristiana que, en el fondo, prácticamente se traduce en una tarea de `cristianos para la democracia´”, Ibidem, 209.
[43] F. Canals Vidal (1988). La extraña situación en Cataluña. El Alcázar (27 de julio de 1988). Publicado en F. Canals Vidal (2018). Obras Completas, Volumen 12. Escritos Políticos (III), Barcelona: Balmes, 624.
[44] F. Canals Vidal (1969). Diálogo y dialéctica. Cristiandad, 456, 36.
[45] Ibidem.
[46] F. Canals Vidal. `Hemos hecho pacto con la muerte´: Cristo Rey, la Democracia Cristiana y la ruina espiritual de España., 226.
[47] F. Canals Vidal (1968). Monismo y pluralismo en la vida social. Verbo, 62-63, 24.
[48] Ibidem., 24-23.
[49] Las tablas pitagóricas que se iniciaban entre la distinción de lo par e impar, interpretaban la realidad como una tensión de dualidades: “Después de lo determinado y lo indeterminado, de lo impar y lo par, siguen, con el mismo ritmo de polaridad antitética y coelemental: lo uno y lo múltiple, la derecha y la izquierda, lo masculino y lo femenino, lo estático y lo móvil, lo recto y lo curvo, la luz y las tinieblas, el bien y el mal”, Ibidem., 25.
[50] Ibidem, 26.
[51] Ibidem., 29.
[52] Ibidem., 30. Una reflexión que Canals solía verbalizar entre amigos, la recoge en este artículo: “Frente a tales opciones deberá poder mantenerse una actitud íntegra, sintética sin escisiones y sin superación de errores y parcialidades contrarias. Por eso, cuando me preguntan si soy de derecha o izquierda, si pienso que quien lo pregunta entiende la `derecha´ y la `izquierda´ teniendo en su mente a Cánovas o Sagasta, Maura o Canalejas, Churchill y Atlee, Einsenhower o Kennedy, creo deber responder que no soy, en este sentido, ni de derecha, ni de izquierda, ni `ni derecha ni izquierda. Lo que hay que procurar no olvidar, según decía mi maestro Ramón Orlandis, que lo que importa es la esperanza de estar a la derecha del Hijo del Hombre el día del juicio del Señor”, Ibídem.
[53] Ibidem., 35.
[54] F. Canals Vidal, Diálogo y dialéctica, 36.
[55] “La palabra `liberalismo´ tiene diversidad de acepciones, con frecuencia no precisadas en su posible conexión. El liberalismo económico ahora casi define la ideología de las actuales `derechas´, que preferentemente gustan de llamarse `centro´. `Liberalismo´, en el mundo protestante, especialmente anglosajón, es sinónimo, en lo religioso y teológico, del `modernismo´ que condenó San Pío X o del actual `progresismo´. En el siglo XIX, era una doctrina que se orientaba hacia la separación de la Iglesia y el Estado, y se realizaba en el reconocimiento obligatorio de la igualdad de derechos de todas las confesiones religiosas”. F. Canals Vidal. ¿Por qué descristianiza el liberalismo?, 817.
[56] F. Canals Vidal, Balance de las tácticas moderadas en España, 895.
[57] F. Canals Vidal. ¿Por qué descristianiza el liberalismo?, 822.
[58] F. Canals Vidal, (1999). Reflexión teológica sobre la situación contemporánea. Verbo, 371-372, 138.






