El Gran Capitán o el inicio de los Tercios españoles

Capítulo dedicado al Gran Capitán para el libro colectivo «Grandes azañas de los españoles» (editorial Laus Hipaniae)

Gonzalo Fernández de Córdoba (Montilla, 1453-1515), conocido universalmente como el gran Capitán, fue una de las grandes figuras militares del inicio de la España imperial ya prefigurada en las Españas de los Reyes católicos. Nacidos con una ínfima diferencia de años, los tres personajes pertenecerían a lo que Ortega y Gasset denominó “la primera generación moderna”. Gonzalo Fernández de Córdoba vivió en su juventud una época convulsa en Castilla, de caos y guerra civil, a la unión de los reinos de Castilla y Aragón y la prefiguración de lo que sería la primera nación moderna de Europa y el futuro bastión de la Cristiandad con Carlos V y Felipe II. Es evidente que su origen familiar influirá en su carácter. Pertenecía a la casa de Aguilar forjada en la frontera andaluza ocupando cargos administrativos y militares. Vivió su niñez en el Castillo de Montilla. De esa época pocos datos se conocen, excepto su exquisita educación. En esos tiempos era muy usada la obra Educación de príncipes como guía pedagógica que utilizó su familia para su instrucción. Aprendió a escribir y gramática y, desde muy pequeño, practicó equitación y se ejercitó en el uso de las armas. Así empezó a formarse un carácter tanto de cortesano como de militar.

De mozo, con apenas doce años, llegó a la Corte como paje del infante Alfonso, hermano de la futura Isabel de Castilla, el pretendiente al trono de Castilla con el nombre de Alfonso XII. Ante la muerte prematura del Infante, regresó a su Montilla natal. Tres años más tarde habría de regresar a la Corte, esta vez llamado por la mismísima reina Isabel para incorporarse a su servicio. Pronto casó con su prima Isabel de Montemayor que falleció en su primer parto. Desde entonces se entregaría a la vida militar. Aunque algunos biógrafos le atribuyen en su juventud la participación de varias batallas, lo que sabemos de cierto es que conoció la guerra en 1479 en la batalla de La Albuera, cuando tenía 26 años. Esta sería la última batalla de la guerra de sucesión castellana en la que las fuerzas de Isabel hubieron de enfrentarse a las de Alfonso V de Portugal. Pero será en las guerras por la toma de Granada donde se consagrará al ejército, destacando en el sitio de Tájara y la toma de Íllora.

En Tájara demostró su capacidad de caudillaje a la par que su incipiente ingenio militar. Fue un 30 de junio del año 1483. El ejército castellano atacó y rindió la fortaleza de Täjara que era una plaza clave para la toma de Loja y el acceso a la vega granadina. Ideó para esta batalla una máquina de asedio construida a partir de las puertas de las casas, con la que pudo proteger a las tropas. Allí ya despertaba la preocupación, que luego sería constantes, por proteger a sus soldados y evitar pérdidas inútiles. Según relata Herrando Pérez del Pulgar en sus Hazañas Sobre el Gran capitán: “donde Gonzalo Fernández de improviso con los suyos (…) dio tal priesa al combate por la parte que le cupo que, los granadinos fueron constreñidos”. En Íllora, comandó el cuerpo de asalto siendo el primero en subirse a las murallas para gran júbilo de los suyos, destacando también así su carácter de líder. Más tarde en Loja apresó al caudillo Boabdil. Ambos, soldado y prisionero, llegaron a hacerse amigos. Gonzalo Fernández de Córdoba llevó al nazarí ante el rey Fernando. Gracias a su amistad con Boabdil, los Reyes Católicos le encargaron las negociaciones que finalizaron con la toma de Granada el 2 de enero de 1492. Su capacidad de negociación, el trato de sus hombres y sus innovaciones en la campaña granadina, ya apuntaban a una superación de la guerra medieval, por parte de nuestro hombre, aportando una mayor maniobrabilidad de una infantería encuadrada en unidades compactas pero ágiles a la vez.

Se casó en segundas nupcias en con María Manrique de Lara y Espinosa, dama de la Reina Isabel, del linaje de los duques de Nájera. Pero la felicidad estuvo a punto de truncarse en una escaramuza a las puertas de Granada. La fortuna le sonrió y finalmente capituló el Reino de Granada. Él mismo acompañaría a Boabdil a su exilio en Fez, en 1494. Tras la campaña fue recompensado convenientemente por los Reyes Católicos recibiendo el señorío de Órgiva, una encomienda de la Orden de Santiago. Su fortuna pudo incrementarse gracias también a las rentas recibidas sobre la seda del recién conquistado reino. Pero la vida placentera se le escapó, pues ese mismo año fallecería el rey de Nápoles, hijo ilegítimo de Alfonso V de Aragón. El hijo de Fernando, con el nombre de Alfonso II tomará el trono. Pero ello crearía un conflicto internacional que daría a pie a que se iniciara la fama del Gran Capitán. Carlos VIII de Francia tenía la intención de reconquistar Jerusalén. Para ello, y de paso su provecho personal, tenía que conquistar territorios en la península itálica. Se produjo entonces la invasión francesa del Reino de Nápoles que la Casa de Anjou reclamaba para sí..

La primera Guerra de Nápoles (1494-1498)

Esta será una de las primeras guerras que se darán en la Edad Moderna en suelo italiano, en la que las fuerzas del rey franco se enfrentarán a un conglomerado de reinos y repúblicas. Con dicho conflicto se inicia el llamado “ciclo de las guerras de Italia” que concluirán a mediados del siglo XVI confirmando la hegemonía castellano-aragonesa en Italia. Nápoles, por aquél entonces, era uno de los más reinos más prósperos de la península y, además, era geográficamente estratégico para la defensa de la Cristiandad ante el avance del imperio Otomano. Entre el 29 de agosto y el 2 de septiembre de 1494, un imponente ejército francés atravesaba los Alpes. Estaba compuesto por unas 20.000 unidades de caballería pesada, 15.000 infantes armados con picas, ballestas y arcabuces, 150 cañones, falconetes y culebrinas, más unos 8.000 hombres que componían la armada. A ello se sumaban numerosos mercenarios suizos, alemanes y franceses.

El ejército francés llegó hasta Roma pasando por Turín, Milán y Florencia, considerándose su expedición como un verdadero “paseo militar”. El Papa se refugió en el castillo de Santángelo pero cedió numerosas plazas a Carlos VIII. Por su parte, los Reyes Católicos enviaron embajadas a Nápoles, con el fin de obtener permiso para recalar en diversas plazas costeras en Calabria, que ayudara al desembarco del ejército castellano-aragonés en tierras italianas. En principio, por la presencia del poderosísimo ejército francés, la caída de Nápoles era cuestión de tiempo. El 22 de febrero Carlos VIII entró en el reino y el papa Alejandro VI coronó a Carlos VIII como rey de Nápoles en la catedral napolitana. Sin embargo, el monarca francés, ante el temor de una alianza europea contra él, decidió retornarse a Francia. Pero dejó en el reino napolitano un ejército compuesto por unos 6.000 soldados suizos y gascones, apoyados por la caballería pesada francesa al mando del virrey de Nápoles, Gilberto de Borbón. Por su parte, los Reyes Católicos, con la intención de liberar Nápoles, encomendaron a don Galcerán de Requesens que comandara su armada, mientras que para las tropas terrestres el mando recaería en don Gonzalo Fernández de Córdoba.

El primer encuentro de los dos ejércitos se produjo el 6 de julio en la Batalla de Fornovo, cerca de Parma. El encuentro fue incierto, aunque los franceses perdieron gran parte del botín de guerra que había conseguido a su paso por la península italiana. Las instrucciones dadas por Fernando el Católico eran ayudar al rey de Nápoles y estar a la expectativa para realizar incursiones rápidas. Las tropas del Gran Capitán eran muy reducidas y se limitaban a 5.000 infantes y 600 jinetes, resultando aproximadamente la mitad que las francesas. Ello le llevó a convencer al rey de Nápoles, Ferrante II, de adoptar una estrategia prudente que pasaría por desembarcar en Calabria e ir ocupando las plazas fuertes con un menor número de efectivos franceses. Con esta estrategia pudo ir horneando a sus tropas, evitar muchas bajas e ir levantando la moral de los nobles italianos y desmoralizando a los franceses.

Los franceses, por su parte y como era propio de las batallas medievales, buscaban una gran batalla y reunieron un ejército de 4.000 hombres. Contra el criterio de Gonzalo de Córdoba, Ferrante cayó en la trampa y presentó batalla en Seminara el 21 de junio de 1495, con la totalidad del ejército hispano-italiano con menos de 4.000 efectivos. El Gran Capitán era partidario, por el contrario, de continuar con la “guerra de guerrillas” que hasta entonces se había mostrado tan eficaz. Las camisadas (llamadas así porque en las incursiones nocturnas los españoles vestían camisa para reconocerse entre ellos) eran muy efectivas y inaban poco a poco a los franceses. Pero se impuso el criterio de Ferrante, a pesar de que todo indicaba que la caballería pesada francesa era muy superior a los jinetes ligeros castellano-aragoneses. Así se llegó al momento de la batalla. Las tropas del Gran Capitán siguiendo la estrategia de la Guerra de Granada, estaban acostumbradas a retroceder con el fin de volver a cargar. Los napolitanos, que no conocían las tácticas hispanas y pensando que las tropas huían del combate, se dieron a la fuga. Así empezó una carnicería cuando la caballería francesa asoló a las tropas italianas en fuga. Las tropas hispanas conservaron el orden de batalla y pudieron retirarse hacia Seminara evitando ahondar en la tragedia. El rey, humillado, volvió a Sicilia con los restos de su ejército. Esta sería la primera y última derrota del gran Capitán en su vida.

Fernández de Córdoba aprendió del descalabro. Decidió imponer su propia estrategia, rearmó y preparó a sus tropas. Sustituyó las viejas ballestas por los nuevos arcabuces y redujo la caballería para dar mayor relevancia a la infantería a la dotó de una nueva organización. Y lo más importante, decidió abandonar las viejas estrategias de la guerra medieval y los absurdos retos entre ejércitos. Para ello recurrió a lo aprendido en Granada. Centró los esfuerzos en una guerra de guerrillas: escaramuzas, emboscadas, ataques por sorpresa y nocturnos. Don Gonzalo, mientras entretenía así al enemigo, iba recibiendo desde España los pertrechos y el dinero necesario para continuar la campaña. En febrero de 1496 las fuerzas contendientes ya estaban más equilibradas y el Gran Capitán decidió tomar la iniciativa intentando arrebatar Cosenza (Calabria) a los franceses. Consiguió así asegurar su posición en el sur de Italia. Cuando se encontraba en dicha ciudad, Fernández de Córdoba acudió a Atella donde el rey estaba presto a asediarla. Era el último reducto francés de importancia en el sur de Nápoles.

El asedio a la ciudad de Atella catapultará a la fama a Fernández de Córdoba, y será donde ganará el sobrenombre de Gran Capitán. Llegó a la villa con apenas 400 jinetes, 70 hombres de armas y 1000 infantes. Ahí se hizo con el mando absoluto de las tropas de sus aliados, pues su fama ya le precedía. La agudeza del cordobés le llevó a ir derrotando a los destacamentos franceses y suizos que custodiaban los molinos circundantes a la villa y que eran las fuentes de recursos para los franceses. Estos pronto quedaron sin posibilidad de suministros y tuvieron que acabar rindiéndose. Capitularon unos 5.000 hombres que debían embarcar hacia Francia. De camino al puerto de repatriación fueron diezmados por una epidemia. En la Corte francesa nadie podía creer en su derrota. Tras este éxito, el militar español fue nombrado virrey de Calabria. No hay que despreciar esta batalla. El asedio de Atella significaba todo un cambio en la concepción de la guerra sustituyendo las antiguas batallas en campo abierto por asedios en los que se buscaba rendir rápidamente al enemigo sin apenas sufrir bajas y en un uso muy eficaz de la artillería.

Tras Atella, y sin posibilidad de dar descanso a sus tropas, tras dos años de combate, fue requeridos por el Papa Alejandro VI para recuperar el puerto de Ostia en manos de las tropas de corsarios al servicio de Carlos VIII. Allí acudió con 1.500 rodeleros, trescientos jinetes ligeros y unas pocas piezas de artillería. Primero intentó una razonable negociación, pero tras su fracaso comenzó el asedio. La artillería hispana fue derruyendo los muros y ello permitió la entrada de la infantería por distintos flancos. El gobernador de la plaza, ante el frenesí del ataque, acabó rindiéndola. Fernández de Córdoba y sus hombres exhibieron a los prisioneros por la Ciudad Eterna, siendo aclamado como “libertador”.  El papa lo recibió y le concedió la Rosa de Oro, máxima condecoración pontificia. Don Gonzalo se retiró a descansar a Nápoles, donde fue agasajado por la población y el rey Federico I, pues Ferrante había fallecido poco después de la toma de Atella. También el fallecimiento de Carlos VIII propició que su sucesor, Luís XII, buscara la paz con Fernando el Católico, que se selló en el Tratado de Marcoussis (1498).

La segunda Guerra de Nápoles (1501-1504)

Tanto Luis XII de Francia como Fernando II de Aragón, tenían ambiciones innegables sobre el Reino de Nápoles. En noviembre de 1500, la Corona de Aragón y Francia firmaron un secreto Tratado de Granada, por el cual ambos se repartían Nápoles bajo el gobierno de Federico I. En 1501 se puso en marcha la invasión. El ejército francés de conquistó el norte, mientras las tropas aragonesas, nuevamente bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, ocuparon el sur. El reino de Nápoles, con Federico I a la cabeza, fue impotente para combatir a los invasores pues aún se estaba recuperando de la anterior guerra. El Rey de Nápoles, acosado en Castel Nuovo, entregó finalmente todas sus posesiones retirándose a Ischia y posteriormente sería conducido a Francia. Lo que iba a ser una campaña fácil para los invasores se complicó. Las chispas pronto saltaron entre franceses y españoles por disputas por la división territorial del Reino de Nápoles.

En junio de 1502 comenzó la guerra ambos bandos en liza. Los primeros contaban con 1.000 soldados de caballería, 3.500 franceses y lombardos de infantería y 3.000 mercenarios suizos. Gonzalo Fernández de Córdoba contaba con 300 soldados de caballería ligera, 300 de caballería pesada y 3.800 de infantería. Nuevamente las fuerzas estaban desproporcionadas. Las tropas francesas, el 19 de junio, tomaron Atripalda y las españolas se hicieron con Troia. Tras estas primeras acciones se intentó una negociación, pero esta fracasó. Los del Rey de Francia se reforzaron con 2.000 mercenarios suizos y se lanzaron a por Canosa y se dirigieron a Barletta donde se encontraba Fernández de Córdoba con sus tropas. Nuevamente, y siendo fiel a sus principios bélicos, el Gran Capitán se fortificó para evitar un enfrentamiento en campo abierto. Esperó la llegada de refuerzos que llegaron desde Roma, dirigidos por Hugo de Cardona, a los que pocos meses después se le sumaron unidades llegadas desde España.

El ejército francés se dividió en dos facciones lideradas por Luis de Armagnac, que se estacionó frente a Barletta, mientras d´Aubigny marchaba hacia el sur​ con 700 hombres de caballería y 1.500 piqueros suizos. Este último lanzó un primer embate en la (segunda) batalla de Seminara contra los españoles y se hizo dueño prácticamente de todo el sur de la península itálica. Mejor suerte tuvieron los hispanos en el mar. El 13 de febrero de 1503, las galeras de Juan de Lezcano humillaban a la armada francesa. A ello se sumaron unas sublevaciones napolitanas contra los franceses lo que permitió a Fernández de Córdoba salir de Barletta y atacar Ruvo. La acción tomo tientes épicos. En una noche, el Gran Capitán y la práctica totalidad de su ejército recorrieron 25 kms a marchas forzadas y al amanecer estaban ante los muros de la ciudad. El Gran Capitán desplegó su artillería y rompió el fuego. En cuatro horas abrió una brecha en la muralla y la infantería española se lanzó al asalto por ella. La lucha cuerpo a cuerpo duró siete horas, y finalmente el enemigo se rindió.

En el entretanto, el Rey Fernando de Aragón había conseguido enviar refuerzos. A Nápoles llegaron 40 naos y 600 soldados de caballería y 2.000 gallegos y asturianos de infantería. Enterado Aubigny reunió 200 jinetes y 800 infantes con los que intentó liberar plazas tomadas por los españoles, pero ante su inferioridad numérica acabó desistiendo. Finalmente, el Gran Capitán aceptó una batalla para el viernes 21 de abril. Ese día se encontraron ambos ejércitos a mitad de camino entre Seminara y Gioia. Los franceses disponían de 900 jinetes, 1.500 infantes y 3.000 villanos, mientras que la fuerza española contaba con 800 jinetes y 4.000 infantes. Unos hábiles movimientos de tropa dieron la ventaja a los españoles y la infantería de Aubigny fue aniquilada. Ante esta victoria, nuevamente toda Europa se asombró, pues se tenía por muy superior al ejército francés.

En abril de 1503 se firmó el tratado de Lyon que teóricamente acababa con las hostilidades. Pero no fue así, pues Fernando el Católico se negó a ratificar el tratado por considerar que iba claramente en perjuicio suyo. Ante el recrudecimiento de la guerra, llegaron a Nápoles 2.000 mercenarios alemanes para apoyar a España. Con estos refuerzos Don Gonzalo se vio preparado para lanzar, por fin, un ataque frontal contra los franceses. La batalla se iba a producir en Ceriñola, el 28 de abril. La marcha hasta el lugar señalado fue muy dura y estuvieron a punto de quedarse por el camino los lansquenetes alemanes nada acostumbrados a los calores de los parajes sureños. El Gran Capitán, para la batalla, había articulado la infantería en compañías de 250 hombres al mando de un capitán. La unión de 3 compañías formaba una bandera (750) y dos banderas una coronelía (1.500). Esta formación de combate sería el origen de los futuros tercios.

El Gran Capitán viendo la indecisión de los franceses, decidió provocarlos. Envió a las fuerzas de reserva, 800 jinetes, a atacar la caballería francesa. Cargaron y se batieron en retirada en poco tiempo; atrayendo a la primera línea a la caballería pesada francesa que se encontró con arcabuceros atrincherados y el fuego de la artillería española. Avanzado el día la caballería francesa volvió a lanzarse contra las defensas españolas, pero todo era inútil. Luego le tocó el turno a la infantería Suiza que, a pesar de su pericia, se encontró con murallas de picas infranqueables. Sin darse cuenta fueron flanqueados por los espingarderos españoles al caer el mando, los soldados suizos y gascones se desbandaron y en su huida fueron arrasados por la caballería ligera. El Gran Capitán comprendió que había llegado el momento decisivo de la batalla, por lo que ordenó un ataque general de la infantería. Los franceses se desbandaron y fueron perseguidos hasta el campamento. El ejército francés quedó desecho. Al caer la noche el Gran Capitán celebró un banquete en la tienda del duque de Nemours para celebrar la victoria, y puesto que era un caballero y tenía un gran respeto por sus enemigos, invitó a asistir a los más destacados prisioneros franceses.

De nada sirvieron los intentos del rey de Francia por desviar la atención de los españoles atacando el Rosellón y las costas valencianas y catalanas. Los franceses fueron siempre rechazados. Las noticias de las victorias españolas llevaron a que casi todo el reino napolitano se inclinara a favor del Gran Capitán. Este entró en Nápoles el 16 de mayo de 1504. Fortalezas imponentes como la de Gaeta, en manos de los franceses, se entregaron sin luchar debido a la desmoralización provocada por tantas derrotas. Se renovó el Tratado de Lyon que, definitivamente, otorgaba la soberanía de Nápoles a la Corona de Aragón. La tentación entonces fue aprovechar la debilidad de Francia para arrebatarles el Milanesado, pero Fernando el católico fue prudente y decidió que las hostilidades ya habían terminado. Sólo quedaban algunos reductos en Nápoles que pronto fueron sofocados. En cierta medida, el gran ganador de estas guerras fue la fama de Gonzalo Fernández de Córdoba que se había convertido en un afamado e innovador caudillo militar que gobernó como virrey en Nápoles durante cuatro años, con toda la autoridad de un soberano.

El ingenio militar del Gran Capitán

Cuentan que el genial mariscal de la Wehrmacht, Erwin Rommel, tuvo siempre como referencia las gestas del Gran Capitán, cuyas tácticas le inspiraron. No se puede dudar del genio militar de nuestro héroe, pero además hay que valorar su capacidad para adaptarse y utilizar de manera muy efectiva los recursos de los que disponía en cada momento. Por ejemplo, redistribuyó la forma de equipar sus tropas para poder combinarlas y ganar ventaja ante cualquier situación. Para entender mejor sus innovaciones hay que resaltar cómo era, a grandes trazos, la guerra medieval. En los viejos tiempos los conflictos se centraban en los castillos de altas murallas que había que rendir tras largos asedios, en los que los asaltantes tenían más bajas que los asaltados; o cuando se producían las batallas en campo abierto, estas se asemejaban más a duelos entre caballeros que no a las batallas modernas.

En la guerra medieval, los nobles a caballo ocupaban un lugar central y tenían sus propios códigos de conducta. Las unidades a pie carecían de preparación previa y la disciplina propia de un soldado profesional, siendo normalmente campesinos sin preparación y reclutados para la ocasión. Por aquel entonces el arma principal y más temida era la caballería pesada, cuyo modelo a seguir era la francesa o gendarmería (Gens d´armes). Un caballero y su caballo acumulaban un peso de unos 600 kilos casi imposibles de detener en una carga que se tenía por aterradora.  Pero poco a poco fue apareciendo una nueva infantería, armada con picas, como la suiza o la de los lansquenetes alemanes, capaz de oponer resistencia a las cargas de caballería. En época del Gran Capitán ya se estilaban también los arcabuces que él sabría combinar magistralmente con las picas. La infantería se protegía con cascos, cotas de pecho, corazas, brigantinas (escamas metálicas sobre una fuerte tela), escudos y rodelas (escudos pequeños y redondos). También, la primera artillería que aparece en las guerras, carecía de movilidad y capacidad para derribar fuertes murallas. Y eso también lo cambiaría.

Este es el panorama táctico y los elementos con que se encontró Gonzalo Fernández de Córdoba y sus primeras innovaciones. La genialidad del personaje se descubre en los cambios que substanció. De la caballería, conservó una parte de la pesada, pero la mayor parte la transformaría en caballería ligera. En esto copió a la morisca que tan bien conoció en la Guerra de Granada. Este cambio no fue nada fácil, pues suponía transformar la estructura de jerarquías a la que estaban acostumbrados los nobles. La caballería ligera le permitió su famosa táctica de escaramuzas y guerrillas, debido a la gran movilidad y rapidez de los jinetes. También la adiestró para, una vez conseguida la victoria en el campo de batalla, se persiguiera y rematara al enemigo, inigualando su eficacia en el resultado final de un combate. Igualmente hará con la artillería. Mantuvo una pesada y potente para los asedios que se debía combinar con la incipiente ciencia de los explosivos organizados por los ingenieros de minas. Ello, indirectamente, llevó a revolucionar la construcción de fortalezas ante esta nueva tecnología que empezarían a ser de murallas más bajas pero más gruesas y abandonar la planta cuadrada o rectangular. Por otro lado, organizó una artillería ligera, portada a lomo de mulos que acompañaba a las tropas y podía participar en las batallas en campo abierto incluso en escaramuzas.

Con Fernández de Córdoba se constatará una gran transmutación en la infantería. Por un lado, mantuvo los piqueros que garantizaban la integridad de los cuadros. Pero fue sustituyendo a los ballesteros (que se había copiado antiguamente de los ingleses) por arcabuceros. Estos, contra la vieja jerarquía medieval, acabaron constituyendo la elite de sus tropas. Los arcabuceros se destacaron del resto de la infantería por tener que realizar menos servicios comunes y estar mejor pagados, dada su importancia estratégica, a que corrían mayores riesgos y a que asumían un tipo de función más compleja que sus compañeros. Los arcabuceros se situaban por delante de las picas para anular las cargas de caballería e impedir que los cuadros de infantería se pudieran romper. Igualmente dotó de importancia y prestigio a los enrodelados, infantes dotados de rodela, espada, casco y coraza de pecho. Ellos estaban prestos para el momento en que los piqueros llegaban al cuerpo a cuerpo y quedaban inmovilizados. Entonces, los enrodelados se introducirán por debajo de los piqueros haciendo estragos en los cuadros enemigos.

Para que pudiera funcionar esta maquinaria de guerra, había que adiestrar a todos en la capacidad de maniobra, la cohesión y la movilidad. Dentro de los cuadros, o unidades de combate, todos tenían que moverse perfectamente sincronizados: los arcabuceros en la vanguardia, los piqueros en los flancos, etcétera. Para ello era necesario una instrucción intensa, ensayando los cambios internos mientras que los cuadros marchaban, aprendiendo a oír las órdenes que transmitían los capitanes, por medio de los tambores y del pífano, o pito, y repitiendo, en fin, las simulaciones de una batalla. El gran Capitán tuvo otra genialidad incorporando mandos intermedios, los llamados “Cabos de Batalla” -había uno por cada 100 hombres- y los “Cabos de Escuadra”, uno para cada 10 soldados. Ello permitía un ejército más cohesionado donde las órdenes se podían transmitir y ejecutar con más rapidez y eficacia. En la estructura orgánica también hizo cambios y cada capitanía o unidad de 500 hombres, 200 serán piqueros, 100 serán arcabuceros y 200 enrodelados.

Respecto a los “Principios Tácticos” y los “Procedimientos” quedaron, en primera instancia, subordinados a la motivación de las tropas. Ciertamente las pagas eran una de las grandes motivaciones del ejército. Incluso en las guerras de Nápoles se hubo de enfrentar a un intento de rebelión porque no llegaba el dinero para pagar las soldadas. Pero a la hora de entrar en combate, lo verdaderamente importante era el valor que el mando había sabido transmitir a los suyos. Don Gonzalo se caracterizó por conocer mejor que nadie el estado de ánimo de sus soldados, sabedor que una baja moral podía ser la causa de la pérdida de una batalla. En un libro de la época dedicado al gran capitán, se lee: “no traigas jamás tus guerreros a dar la batalla si primero no estás seguro de sus corazones y conocido que están sin temor y que están ordenados”. Por ello, promovió un código moral entre sus soldados basado en el coraje, el compañerismo, el honor, la lealtad al rey y la religión. Se hizo famosos por arengar a sus tropas antes y después de los combates, consiguiendo así una lealtad que iba más allá de lo pecuniario o del miedo a un superior y posibles represalias.

Un principio fundamental que desarrolló fue la “Libertad de acción”. Con este principio se significaba que nunca permitía que el enemigo le planteara cuándo y dónde debía producirse la batalla. Eso hubiera sido como someterse al propio enemigo. En todo momento trató siempre de llevar la iniciativa a la hora de decidir sobre las batallas. Aprendió la inutilidad de ciertas acciones llevadas a cabo sólo por el apasionamiento o la ofuscación. En su época eran habituales los retos entre oponentes, a lo cual él se negó (llegando a pasar como cobarde entre los franceses) y sólo emprendía acciones cuando lo requería la táctica o la estrategia militar. También incluyó la retirada apropiada y calculada como un elemento de la táctica militar. Otra innovación táctica fue incrementar el número de reservas, aunque ello supusiera presentar menos fuerzas en el inicio del combate. Se había dado cuenta que muchas batallas se podían perder por desgastar demasiado pronto a las tropas y no tener fuerzas suficientes fuerzas para reponerlas en el momento más crítico.

Se caracterizó también por dar importancia a asuntos que hasta entonces parecían muy secundarios. Entre ellos, daba mucha importancia a las decisiones tácticas que debían ser sometidas a un análisis riguroso; calcular los medios de que se dispone para la guerra; el estudio del terreno, el tiempo atmosférico y otras muchas circunstancias que, hasta entonces, nadie daba importancia. Y, cómo no, dedicaba tiempo al estudio del enemigo, o lo que hoy llamaríamos la labor de “inteligencia”. Estas disposiciones obligaban al mando a estar atento a cualquier detalle mientras se desarrollaba la batalla, para descubrir la “ocasión” propicia y asestar un golpe que permitiera inclinar la balanza a su favor. Respecto a las tropas, les exigía la conveniente disciplina y los sometía a constantes entrenamientos y marchas con todos los arreos de la guerra. Igualmente velaba por su higiene y salud así como los animaba a la austeridad. Por eso, intento evitar que sus tropas cayeran en el uso de vestimentas lujosas eliminado las envidias entre ellos.

La preocupación por sus hombres le llevó a tomar varias decisiones estratégicas que fueron determinantes para sus victorias. Por un lado, cuando se producían los sitios a ciudades o fortalezas evitaba toda precipitación. Prefería ser paciente, pues así se lograba la rendición sin tener que pagar un alto coste de hombres y recursos en la acción. Por otro lado, evitaba en lo posible campañas excesivamente largas y, si podía, prefería evitar campañas invernales que no hacían más que desgastar desproporcionadamente a los soldados. Contra la costumbre de la época, también impuso que se prescindiera en las marchas del variado bagaje que se habitualmente se arrastraba. Dio orden de que sus hombres sólo se trasladaran las tropas con lo necesario. Y para, en caso de eventualidades, asegurar la subsistencia, cada soldado debía llevar consigo una cantidad de harina con la que poder cocer su propio pan. Como el que no quiere la cosa, tras sus innovaciones, ya nada volvió a ser igual en el arte de la guerra y, se puede afirmar, la geopolítica europea iba a dar un vuelco.

La transformación de la geopolítica europea

Sin lugar a dudas, se puede afirmar que la creación del primer ejército propiamente moderno, se debe a los Reyes Católicos. Gonzalo Fernández de Córdoba recibe un ejército casi medieval al que imprimirle una movilidad y adaptabilidad que asombró a sus contemporáneos. Su legado no quedó restringido simplemente al uso de nuevas tácticas y estrategias, sino que perduró en su estilo y su alma, durante al menos dos siglos, en los ejércitos de la Monarquía Hispánica. Esta revolución se concretó en los siguientes puntos: 1) Formación de ejércitos permanente que podían estar movilizados durante largo tiempo fuera de la península; 2) Hubo una sustancial transformación de la importancia de la infantería, y sus diversos modos de ser armada y sus funciones, respecto a la caballería; 3) A un ejército “nacional” se pueden incorporar e integrar unidades mercenarias de otras nacionalidades que permitirían mantener un gran poder territorial. Pero la vertebración siempre era nacional.

Se puede afirmar que las guerras de Nápoles sirvieron de laboratorio de ideas y prácticas que otorgaron una nueva visión geopolítica. A partir de 1535 la monarquía hispánica mantenía en sus dominios italianos (Sicilia, Nápoles y Milán) un ejército permanente con unos 3.000 infantes y algunas compañías de caballos. Era un ejército reducido, pero siempre alerta ante cualquier posible ataque por parte de Francia o los turcos. Estos Tercios, capacitados para una gran movilidad, fueron la clave de la organización militar defensiva de los Austrias. Desde el Milanesado, y tras constituirse el “Camino español”, en muy poco tiempo, los Tercios españoles podían llegar desde Milán a Flandes para sofocar cualquier sublevación. Francia, en cambio, con tal de no armar a sus súbditos, tardó mucho tiempo en implementar una infantería estable y nacional. Los reyes franceses quisieron vertebrar su infantería con mercenarios suizos y gascones. Pero ello restaba ese orgullo nacional propio de la infantería hispana.

Gracias a las nuevas ordenanzas aprobadas por los Reyes católicos, los ejércitos de los reinos de España fraguaron un perfil especial. Las ordenanzas permitían que los ascensos y remuneraciones fueran acordes al valor y la experiencia y no el simple mérito del origen de cuna. Ello fue profundamente atractivo para muchas gentes que se alistaban en una milicia que permitía importantes movimientos de ascenso social entre los procedentes del pueblo llano. En Nápoles se confrontaron dos modelos de Ejército. Por un lado, el compuesto fundamentalmente por nobles a caballo, milicias urbanas o puros mercenarios, contratados para luchar en cualquier ocasión puntual o exclusivamente en la campaña militar veraniega. Por otro lado, las tropas españolas que -siendo numéricamente inferiores- conjuntaban profesionalidad, compromiso y nuevas técnicas y principios organizativos.

Hasta la llegada del Gran Capitán ninguna nación realmente había hecho una apuesta por usar armas de fuego portátiles a gran escala en batallas campales. Hasta ese momento las compañías estaban especializadas en el armamento que usaban.  El montillense introdujo en las todas compañías distintas modalidades de armas –armas blancas y de fuego–, lo que permitía que entre hubiera un mayor apoyo y más efectividad. Así, a nivel táctico las compañías podían ser más polivalentes e independientes, según las circunstancias. En la batalla de Cariñola (1503), por primera vez en la historia, las armas de fuego derrotaron a la caballería pesada y a los temibles piqueros suizos. Décadas después, la infantería española era temida y tremendamente eficaz y así lo demuestra la batalla de Bicoca (1522) librada en Italia contra los franceses, donde los españoles cosecharon una aplastante victoria prácticamente sin bajas. O se verá en la batalla de Pavía (1525), donde la superioridad en las armas de fuego, otorgaron la victoria a los españoles contra los franceses.

No podemos decir una fecha exacta en que nacieron los gloriosos Tercios españoles. En octubre de 1534, Carlos V ordenó reorganizar las compañías de infantería española que la corona española tenía en Italia. En 1536, con la llamada ordenanza de Génova, ya encontramos instrucciones para pagar las soldadas. Entre esas fechas, Carlos V había ordenado reagrupar la infantería española que había en Italia, en algunos casos desde el Gran Capitán. Se agruparon en tres tercios, es decir, en tres tercias partes correspondientes al ducado de Milán, el reino de Nápoles y el reino de Sicilia. Y así nacieron los gloriosos Tercios de Nápoles, Sicilia y Lombardía, conocidos como los Tercios viejos. Nada de ello hubiera sido posible, probablemente, sin en Gonzalo Fernández de Córdoba.

Javier Barraycoa

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