Borbonadas: “Genética borbónica”

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Fernando VII

 

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D. Juan Carlos de pequeño

El pronunciamiento militar del 18 de julio de 1936, que tenía como origen un redireccionamiento de la II República, acabó en una guerra ideológica que había de determinar si el futuro de España debía ser una república revolucionaria o bien una monarquía tradicional. En medio de esa matanza entre españoles, nacía en Roma un octomesino que será el protagonista de nuestra historia. Era, curiosamente, el día de Reyes, un 5 de enero de 1938. Su madre, María de las Mercedes, esposa-prima de Don Juan, escribía sobre el retoño en sus memorias: “tenía los ojos saltones… Era horrible. Menos mal que enseguida se arregló” (en referencia a D. Juan Carlos). El nacimiento de los borbones españoles, durante siglos, constituía un espectáculo y una lotería. Todo era posible, aunque las probabilidades de que la cosa no acabara muy bien eran bastante altas. Un breve repaso a la historia nos muestra la temeridad que entraña enamorarse de un Borbón y casarse con él.

Alfonso XIII había designado como sucesor a Don Juan, que era su tercer hijo varón. El infante Alfonso, el primogénito, era hemofílico y, para colmo de desgracias, decidió casarse con una plebeya, renunciando como consecuencia a sus derechos. El segundogénito, Don Jaime, era sordomudo congénito, y su padre, debido a ese defectillo le obligó a renunciar a sus derechos sucesorios (aunque más adelante, durante el franquismo quisiese recuperarlos). El siguiente hijo varón, Fernando, nació muerto. Por último llegó uno “en condiciones”, Don Juan, padre del actual Juan Carlos de Borbón.

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Carlos IV

La mala costumbre de los Borbones de casarse entre primos no dejaba de ofrecer retos a la futura ciencia genética. En el siglo XVIII, Carlos III tuvo que excluir de la primogenitura a su hijo Felipe por “imbecilidad notoria”. El segundo, Carlos IV, sí que llegó al trono pero no pareció mucho más listo que su hermano mayor, y fue desposeído por su extravagante hijo Fernando VII, mediando el bochornoso asunto de las abdicaciones de Bayona y la secuela napoleónica.

Felipe V, el iniciador de la saga, habitualmente manifestaba su deseo de ser enterrado en vida, pues se creía muerto, le sucedió brevemente su hijo Luis I que fallecía (esta vez de verdad) a los diecisiete años. Le sucedió el siguiente vástago, Fernando VI, que era un personaje para echarle de comer aparte, nunca mejor dicho. Una de sus manías era taponarse el trasero durante horas y horas para no evacuar. Murió a los cuarenta y seis años y su médico dejó escrito: “Privado de los consuelos de la religión, y entre sus propios excrementos, ha fallecido Fernando VI, el más pulcro y religioso de los hombres”.

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Francisco de Asis, que no estaba por la labor

La cosa siempre podía ir a peor. Isabel II continuó con la costumbre familiar de casarse con un primo, Francisco de Asís de Borbón. Por suerte para la dinastía, las apetencias sexuales del rey consorte iban más por el pescado que por la carne. Según parece la princesa relató con los años sobre sus propias nupcias: “¿Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo?”. Isabel –bien conocida por su precocidad sexual, alentada ya desde adolescente por la masonería- consiguió no obstante descendencia de sangre nueva: la del valenciano Enrique Puigmoltó y Mayans, Tercer conde de Torrefiel y I vizconde de Miranda (como demostró Ricardo de la Cierva en La otra vida de Alfonso XII y más adelante José María Zavala.)

En propiedad, desde Alfonso XII hasta el actual Felipe VI deberíamos usar como primer apellido el fascinante “Puigmoltó”, pero mantengamos la ficción borbónica. La nueva sangre consiguió dar fruto: Alfonso XII (que siempre arrastró el mote popular de “Puigmoltejo“). Aunque falleció joven, pudo perpetuar la dinastía –algo “adulterada”- de los Borbones. Alfonso XIII tuvo a bien de no casarse con ninguna prima, pero su boda con Victoria Eugenia de Battenberg introdujo la hemofilia en las venas de una parte de los futuros Borbones, causando estragos. Según las pruebas acumuladas por Gerald Noes, Alfonso XIII conocía perfectamente la enfermedad de su futura esposa antes de contraer matrimonio, pero no le prestó importancia alguna.

Como ya dijimos, entre los hijos de Alfonso el que tuvo más suerte fue Don Juan, que se convirtió en el pretendiente. Sin embargo, reemprendió la mala costumbre de casarse con una prima: María de las Mercedes de Borbón y Orleans. No es de extrañar, por tanto, que aquel 5 de enero de 1938 todo el mundo estuviera expectante a cómo saldría el retoño, Juan Carlos -“Juanito” para la familia.

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Juan Carlos y Alfonso, el tonto y el listo

El caso es que la cosa no prometió desde el principio, según nos desvela Patricia Sverlo en Un Rey golpe a golpe. Desde su infancia siempre hubo de contar con profesores especiales de refuerzo y tutores. Eso sin contar con los constantes cuidados y controles médicos a los que debía someterse. Por el contrario, su hermano menor, Alfonso, era sano y fuerte. Destacaba por su inteligencia y ya de pequeño le llamaban el “senequita”, como anticipando su futuro prometedor. Aunque nadie podía prever su trágico final.

Javier Barraycoa

 

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