Borbonadas: “Cuando D. Juan se ponía la boina roja … a ver que caía”

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La infancia de “Juanito” (D. Juan Carlos de Borbón) parecía predestinada a irse separando de su padre, Don Juan. Éste, con su padre Alfonso XIII ya aviejado (fallecería en 1941), tenía ojo de lince y vio claramente que si deseaba recuperar el trono que había ostentado su progenitor, debía ganarse sus galones ante Franco. Peor aún, incluso debía granjearse el respeto de los carlistas, circunstancia que no es difícil imaginar que debió repatearle bastante. Con esto en mente, intentó “colarse“ como voluntario en el Ejército nacional. Alguien puede interpretar que su afán era noble y que estaba luchando por la causa de “Dios y de España”, como antaño se decía.

juan2.jpgSin embargo, la historia es bien diferente y nos da cuenta de ella José Antonio Vidal Sales en su obra Don Juan de Borbón: biografía (publicada en 1984), en donde desvela el “espíritu tradicionalista” de Don Juan: “oía por radio, tranquilamente desde Roma, el resultado de los acontecimientos. Cuando triunfó la sublevación en una extensa zona del territorio español y hubo seguridad, Don Juan de Borbón vino a España para representar su comedia. Subió al Círculo Carlista de Pamplona a pedir una boina roja y previamente se colocó sobre el pecho las cinco flechas. El conde de Rodezno le dijo: `Señor, cualquiera de estos mozos puede ponerse una boina roja sin más, pero Vuestra Alteza pertenece a la dinastía que combatió a los reyes carlistas, para nosotros los legítimos. Por ello yo no tengo facultad para daros la boina. Id a Viena, donde está nuestro rey [Don Alfonso Carlos I] y pedidle a él permiso para llevarla´. Don Juan se marchó de mal humor y se puso la boina sin más. Con ella y las flechas se fue cerca del frente para continuar la comedia. Pero enterado el general Mola de esta maniobra, mandó que la Guardia Civil lo detuviera y lo llevase a la frontera como así hizo. Uno de los acompañantes de don Juan gritó desde tierra extranjera, en un rapto de ira: ¡Viva la república!”. Franco, que era de todo menos tonto, siempre desarmó también los intentos de Don Juan por congraciarse con unos monárquicos (los liberales) que ya prácticamente no existían, al menos en los frentes.

vegas 1 mz.jpgPero Don Juan era persistente y anhelaba el trono de España para sí. Era incapaz de imaginar que su hijo menos listo algún día se lo arrebataría ante sus mismas narices. La contienda civil ya había terminado. El estallido de la II Guerra Mundial, y los primeros triunfos de Hitler amenazaban con perpetuar a Franco. Don Juan, por cuestiones políticas, hubo de trasladarse a Lausana (Suiza) en 1942. “Juanito” contaba por aquél entonces cuatro años y le encargaron su formación a uno de los más insignes pensadores monárquicos, liberal de devoción pero tradicionalista de convicción: Eugenio Vegas Latapié. No obstante, aquel empeño formativo de nada sirvió por dos motivos, en primer lugar porque Don Juan Carlos a esa edad no se enteraba de nada y, para más inri, porque don Eugenio le explicaba el pensamiento tradicionalista como si el niño tuviera veinte años.

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Alfonso de Borbón y de Dampierre

El “monólogo” de besugo acabó en mudez. Don Juan, además, tenía planes más importantes para sí mismo que estar pendiente todo el día de la formación de su hijo. Viendo que Franco no estaba dispuesto a dejar el poder, jugó la baza aliadófila para fastidiarle. A cambio, Franco se la devolvió jugando la de Don Jaime (el hermano sordomudo empujado por Alfonso XIII a firmar la renuncia de sus derechos dinásticos) que reclamaba ahora su derecho a ser rey. Para colmo de desdichas, el hijo de éste útlimo, Alfonso de Borbón Dampierre, fue patrocinado como posible sucesor al trono de España por la Alemania nazi. Las vidas cruzadas de Don Alfonso y Don Juan Carlos han hecho correr ríos de tinta y no nos detendremos mucho más en ello.

lausana.jpgLa derrota del nazismo dio aliento nuevamente a Don Juan. El 19 de marzo de 1945 lanzaba el célebre Manifiesto de Lausana directamente contra la línea de flotación del franquismo (cosa que el General nunca le perdonaría). Los mitificadores y creadores de demócratas donde no los hubo nunca, han querido hacernos creer que este Manifiesto era un canto a la democracia, pero en realidad era casi más un llamamiento a los principios del tradicionalismo. La razón estaba clara. La España vencedora de la guerra no podía digerir un discurso democrático y aliadófilo, salvo en el reducto de unos cuantos burgueses (especialmente catalanes como ya dijimos). El ambiente de entusiasmo religioso y patriótico que se había apoderado de la España vencedora de la Guerra Civil sólo permitía un lenguaje e ideario que sonara a patria, religión y tradición. Por eso el teóricamente democrático Manifiesto de Lausana decía cosas como las que siguen:

“El régimen actual [en referencia al franquismo], por muchos que sean sus esfuerzos para adaptarse a la nueva situación, provoca este doble peligro; y una nueva república, por moderada que fuera en sus comienzos e intenciones, no tardaría en desplazarse hacia uno de los extremos, reforzando así al otro, para terminar en una nueva guerra civil. Sólo la monarquía tradicional puede ser instrumento de paz y de concordia para reconciliar a los españoles; sólo ella puede obtener respeto en el exterior, mediante un efectivo Estado de Derecho, y realizar una armoniosa síntesis del orden y de la libertad en que se basa la concepción cristiana del Estado. […] Por estas razones, me resuelvo, para descargar mi conciencia del agobio cada día más apremiante de la responsabilidad que me incumbe, a levantar mi voz y requerir solemnemente al General Franco para que, reconociendo el fracaso de su concepción totalitaria del Estado, abandone el poder y dé libre paso a la restauración del régimen tradicional de España, único capaz de garantizar la religión, el orden y la libertad. […] Fuerte en mi confianza en Dios y en mis derechos y deberes imprescriptibles, espero el momento en que pueda realizar mi mayor anhelo: la paz y la concordia de todos los españoles.

¡Viva España!”.

juan3.jpgLas “represalias” de Franco no se hicieron esperar y se censuró el Manifiesto en España. Por si fuera poco, los vientos se doblaron contra las pretensiones de Don Juan. Muerto el presidente Roosevelt, Truman y los aliados occidentales se dieron cuenta de que era mucho más peligrosa la URSS que el franquismo; y que por tanto necesitaban cubrirse en el sur de Europa. España era un enclave estratégico porque de ella dependía el acceso (y por tanto, el control) del Mediterráneo. La consecuencia de este análisis geopolítico era que Franco debía quedarse y, por tanto, a Don Juan sólo le quedaba el derecho a la pataleta.

Un comentario en “Borbonadas: “Cuando D. Juan se ponía la boina roja … a ver que caía”

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