El carlismo en el origen del catalanismo (y 6): El falso tradicionalismo en Mañé i Flaqué y otros conservadores

1.- El carlismo en el origen del catalanismo: un marco de discusión

2.- El carlismo en el origen del catalanismo (2): La teoría del desencanto ante las derrotas militares en las familias de la Lliga

3.- La teoría negacionista de la influencia “vigatana” y la construcción de una “Renaixença”

4.- La teoría del origen del catalanismo como síntesis de tradición y revolución

5.- Triunfo y muerte del catalanismo tradicionalista: el paradigma de las Bases de Manresa

 

y 6.- El falso tradicionalismo en Mañé i Flaqué y otros conservadores

regi.jpg¿Cómo pudo empezar el catalanismo tradicionalista a declinar, justo después de haber conseguido su mayor victoria doctrinal en las bases de Manresa? Evidentemente no fue por la fuerza de un desgastado y decadente republicanismo federal. Solo cabe una explicación: el catalanismo era a su vez una amalgama de corrientes tradicionalistas y conservadoras liberales; y estas últimas fagocitaron a las primeras. Lo que nunca podía haber logrado el republicanismo federal, lo consiguió una doctrina semejante en expresiones, pero no en sus intenciones: el regionalismo conservador liberal. Dicho en otros términos: el catalanismo católico que proponía Torras i Bages acabó desplazado por otros catalanistas católicos pero de espíritu liberal, conservador y restauracionista.

Pabón al igual que reconoce una primera fuente del catalanismo en el tradicionalismo, como vimos más arriba, también reconoce otra corriente de hombres que configurarán el catalanismo político, pero de tradición conservadora-liberal. Nunca debemos olvidar que nos estamos moviendo en el marco de una restauración monárquica, bajo una forma constitucionalista que no es aceptada por todos los católicos por herética. En la restauración se crea un régimen liberal bipartidista en el que se reparten el poder los liberales radicales y los liberales conservadores. Los primeros, para burlarse de los otros hablaban de que el suyo era un “liberalismo, bien entendido”. Y los conservadores regionalistas y liberales, para distanciarse del tradicionalismo carlista defenderán “el regionalismo bien entendido”. Este “regionalismo bien entendido” representar un punto medio entre los desmanes del liberalismo radical, y la intransigencia de carlistas integristas. Siendo más precisos, se intentaba crear un espacio político en el que podían convivir católicos liberales y conservadores que aceptaban el régimen de la Restauración y regionalistas conservadores catalanes y católicos que abominaban de las tesis carlistas e intransigentes.

el catalanismo era a su vez una amalgama de corrientes tradicionalistas y conservadoras liberales; y estas últimas fagocitaron a las primeras. Lo que nunca podía haber logrado el republicanismo federal, lo consiguió una doctrina semejante en expresiones, pero no en sus intenciones: el regionalismo conservador liberal.

bvph20150000057_19190602_0001Un prototipo de regionalista, conservador, moderado, católico liberal y anticarlista fue precisamente Juan Mañé y Flaquer. Proveniente de una familia tarraconense liberal, cuyo padre había sido miliciano de la Guardia Nacional, heredó la fobia familiar hacia los carlistas. Seguidor de Durán y Bas, ambos, aunque moderados, monárquicos restauracionistas y conservadores, no soportaban la tolerancia de cultos o el sufragio universal. Mañé y Flaqué se caracterizaría por su peculiar estilo en establecer la línea editorial del Diario de Barcelona, el “Brusi”, que dirigió durante mucho tiempo. El Diario de Barcelona siempre buscó situarse en el “centro” entre los liberales revolucionarios y el carlismo intransigente.

Frente a los que defienden la tesis de la continuidad entre el catalanismo y el carlismo, sólo tiene que atender a un hecho crucial: se puede afirmar que El Diario de Barcelona fue el diario “oficioso” de la jerarquía católica catalanista. Sus polémicas contra el célebre diario carlista El Correo Catalán, dejaba bien claro que este “regionalismo” no era ni quería ser un reflejo “moderno” del carlismo. Salvo la defensa ante ataques radicales contra la Iglesia, apenas tenían nada en común sus propuestas y tacticismos respecto al papel de los católicos en el Régimen de la Restauración. Por eso Mañé y Flaqué, más que un “catalanista”, se consideraba un “regionalista”. El matiz puede parecer poco importante, pero en aquella época podía representar un inmenso abismo.  Baste decir que Pabón, considera que el maestro de Mañé i Flaqué, Duran i Bas, nunca fue catalanista, y siempre intentó evitar que lo tomaran por catalanista. O, por otro lado, muchos veían a Prat de la Riba como “renovador y tradicionalista”, cuando -en el fondo- todos sabían que tras él se escondía un hombre liberal-conservador. No insistiremos suficiente en que la trama que estamos describiendo es compleja y confusa; y que por ello hay que tener en cuenta en precisar muy bien la personalidad y estructura mental de los protagonistas.

Un prototipo de regionalista, conservador, moderado, católico liberal y anticarlista fue precisamente Juan Mañé y Flaquer. Proveniente de una familia tarraconense liberal, cuyo padre había sido miliciano de la Guardia Nacional, heredó la fobia familiar hacia los carlistas.

el-liberalismo-es-pe1.pngMañé y Flaquer escribió El regionalismo (1887), indirectamente en respuesta al discurso de apertura del curso 1886-87 del Ateneo de Madrid, a cargo de Núñez de Arce, que había sido gobernador civil de Barcelona y ministro por el partido progresista de Sagasta. Directamente, la obra era un ataque frontal contra Lo catalanisme, de Almirall, escrita un año antes. Y aunque infinidad de historiadores tratan de encuadrar a Mañé i Flaquer, junto a Prat de la Riba en una misma línea ideológica, éste último en su juventud había bebido en las aguas del partido de Sagasta. La herencia ideológica le venía por su padre, un hacendado de Castelterçol firmemente liberal. Y para colmo no podemos olvidar que la Villa de Castellterçol fue felipista en la Guerra de Sucesión. No por ello, Prat de la Riba acabó creando un movimiento político que empezó a despreciar lo que representaba el felipismo en la Cataluña del XVIII.

Estar en una frontera doctrinal tiene el peligro de que estar sometidos a constantes vaivenes y difíciles equilibrios. Eso le pasó a Mañé y Flaquer, entre otros. El Regionalismo es una de aquellas obras desconocidas, paradigmáticas, que no tuvieron la fortuna de La Tradició Catalana, ni de La Nacionalitat catalana. Su autor se enfrentó muchas veces a los postulados de un potente carlismo catalán o del movimiento integrista representado por Sardà i Salvany, su estructura mental –y queda reflejado en el libro- es profundamente tradicionalista. Su regionalismo, también llamado “Provincialismo”, se posiciona explícitamente más con las tesis de Torras i Bages que con las de Prat de la Riba. En cambio, su quehacer político como periodista seguía más la línea marcada por Prat de la Riba que no la del obispo de Vich.

Prat de la Riba en su juventud había bebido en las aguas del partido de Sagasta. La herencia ideológica le venía por su padre, un hacendado de Castelterçol firmemente liberal.

CoverJosep Pla, recoge una carta en la que Mané escribe a Mosén Collell: “Nosotros, usted y yo, fundamos el provincialismo en el espíritu conservador; que es la defensa, es la resistencia que la organización cristiana político-social de la Edad Media opone a la conquista revolucionaria, a la corriente panteísta, que soltó contra la sociedad europea el renacimiento pagano”[1]. Pero la idea de “Edad Media” en Mañé y Flaqué, ya estaba en buena parte condicionada por el romanticismo catalanista; y por tanto se alejaba sutilmente de las aspiraciones de Torras i Bages, del carlismo o del integrismo. Difícilmente un conservador como Mañé i Flaquer podía aceptar la contundencia de un discurso como el de Félix Sardà i Salvany en la academica Católica de Sabadell, Discurso en 1892: “Cataluña restaurada ha de ser la Cataluña de Cristo, porque Cataluña hasta los tiempos de su última decadencia no fue nunca otra cosa que Cataluña cristiana. Y hemos de quererla semejante en todo a nuestros libres abuelos, no semejante a sus presentes opresores y vilipendiadores”[2]. Siendo el discurso de un “integrista”, está en la misma línea del expresado por Torras i Bages en su La Tradició Catalana, publicada ese mismo año.

Frente a los que han querido meter en el mismo saco a Torras i Bages y Prat de la Riba, hay que decir que en múltiples aspectos Torras i Bages está más íntimamente unido a Sardà i Salvany, que no a Mané i Flaquer y Prat de la Riba. Del “Cataluña será cristiana  o no será” de Torras i Bages, a famoso texto de Prat de la Riba hay dos cosmovisiones absolutamente opuestas. Dice Prat de la Riba: “Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora, unitaria, federal, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana[3]. Sólo la comparación de estos textos, nos permiten avanzar en la línea de investigación y en nuestra tesis: en el seno de un genérico catalanismo llamado a veces regionalismo, a veces particularismo, a veces provincialismo, se escondían profundas diferencias ideológicas y de principios. Estas diferencias son difíciles de detectar, pues no siempre se explicitaban en grandes obras, sino en pequeños artículos, misivas o actitudes.

Frente a los que han querido meter en el mismo saco a Torras i Bages y Prat de la Riba, hay que decir que en múltiples aspectos Torras i Bages está más íntimamente unido a Sardà i Salvany, que no a Mané i Flaquer y Prat de la Riba.

Conclusión: el sendero a seguir

Biblioteca

Biblioteca del Institut  d´Estudis catalans

El camino de esta investigación es largo, y esta conclusión simplemente es una señal del camino que se debe seguir para conseguir deshacer el prejuicio de que el carlismo fue el antecedente del catalanismo. Ya hemos hablado de Mosén Alcover, convencido catalanista que abandonó el catalanismo al sentirse traicionado por Prat de la Riba, cuando bajo uno oscuro “Golpe de Estado”, le apartó de su cargo en la sección filológica del Instituto de Estudios Catalanes, para cedérselo a Pompeu Fabra. Antes de que se agriara la relación entre ambos, encontramos una misiva que le envía Alcover a Prat de la Riba, fechada el 8 de junio de 1904. En ella se lee, una autoconfesión de Alcover sobre su evolución doctrinal, que iremos encontrando en muchos otros protagonistas del catalanismo: “Mi familia de siempre era carlista, como carlista comencé. En la división entre `leales´ [partidarios de D. Carlos] y siglo-futuristas [en referencia a la escisión de El Siglo Futuro que se posicionó con Nocedal en la escisión integrista], me quedé con éstos dirigiendo algunos periódicos de esta tendencia aquí en Mallorca, y combatiendo todo tipo de liberalismo … las contradicciones y conflictos que eso me produjo … me hicieron ver la realidad de las cosas, lo infructuoso de la lucha y me retiré. Procurando aprovechar las lecciones de la historia e inspirarme en la realidad actual, he visto en la causa regionalista [léase catalanista] un punto fuerte y de salvación, y por eso me he afiliado a tal causa”.

Estas letras son sumamente interesantes pues nos señalan varios agentes en los que debemos descubrir cuál es su conexión real, y no la meramente aparente: carlismo, integrismo, catalanismo y, sobre todo, lo que no queda explicitado, que es el liberalismo conservador; más en concreto el liberalismo católico. La transformación del pensamiento y actitud ante la realidad política de la Restauración, no hubiera sido posible, al menos en Cataluña, sin la aparición de ciertos obispos de un perfil muy determinado: obispos que aceptaban formalmente el régimen de la restauración borbónica, tras el fracaso de la Primera República. Una restauración que no podía ser aceptada por los “intransigentes” ya que la nueva constitución seguía siendo herética como las anteriores, al otorgar el principio de soberanía al pueblo.

La transformación del pensamiento y actitud ante la realidad política de la Restauración, no hubiera sido posible, al menos en Cataluña, sin la aparición de ciertos obispos de un perfil muy determinado: obispos que aceptaban formalmente el régimen de la restauración borbónica, tras el fracaso de la Primera República.

La-Veu-de-Monserrat_1898_01_22_capcalera.jpgEn Cataluña, las aguas estaban más agitadas que en el resto de España entre los sectores católicos, que no estaban dispuestos a aceptar el Régimen de la Restauración ni el tacticismo de los partidos conservadores. La única forma que tenían los gobiernos centrales de domeñar la resistencia católica-tradicionalista fue a través de los nombramientos de obispos para que a su vez controlaran el clero reaccionario. Respecto a esto es fundamental tener presente que el viejo privilegio de los Reyes católicos de proponer ternas de obispos, con los siglos quedó abolido a favor del poder político, pues en el Concordato de 1851, el gobierno consiguió el derecho de presentar una candidatura única.

Este Concordato se mantuvo vigente durante la Restauración hasta la caída de la monarquía liberal y otorgó un poder inmenso a los gobiernos liberales a la hora de presionar a la Iglesia para seleccionar obispos que aceptaran la restauración e ir eliminando (por defunción) al resto de obispos intransigentes y partidarios del carlismo que aún quedaban en España. El catalanismo nunca hubiera tenido una fuerza popular sino se hubiera apoyado en parte de las masas católicas. Y una porción de éstas, no se habrían decantado por el catalanismo si no lo vieran respaldado por la jerarquía eclesiástica. Paradójicamente el intento de control de la jerarquía catalana, tanto del integrismo como del carlismo, a través del catalanismo, se produjo a raíz del nombramiento de un obispo andaluz para la sede de Barcelona: D. José María de Urquinaona.

el incipiente catalanismo religioso, quiso colocarse en el “centro” por eso sobre  La Veu de Montserrat, se ha llegado a decir que “mantuvo su criterio de periodista independiente y católico frente las dos tendencias políticas tan vivas y opuestas en su tiempo: contra el director de El Correo Catalán, Llauder [uno de los periodistas carlistas más activo en su época] y contra el presidente del Centre Català, Valentí Almirall

El gobierno de este gaditano sobre la diócesis de Barcelona, hasta su muerte (1878–1883), fue más que conflictivo contra los católicos intransigentes (carlistas e integristas) y aclamado, no obstante, por católicos liberales y catalanistas. Gracias a Urquinaona, Morgades llegaría a ser Obispo de Vich y abriría las puertas la vigatanisme catalán: “Urquinaona, nombrado obispo de la capital del Principado, encontró en él [Morgades] colaborador eficacísimo y, desde entonces, fueron uña y carne. Y, como Urquinaona adoptó una cerrada postura anticarlista, Morgades se encontró en ella y la siguió”[4]. Como hemos dicho, el incipiente catalanismo religioso, quiso colocarse en el “centro” por eso sobre  La Veu de Montserrat, se ha llegado a decir que “mantuvo su criterio de periodista independiente y católico frente las dos tendencias políticas tan vivas y opuestas en su tiempo: contra el director de El Correo Catalán, Llauder [uno de los periodistas carlistas más activo en su época] y contra el presidente del Centre Català, Valentí Almirall”[5]. Siendo La Veu de Montserrat el órgano del catolicismo catalán más “puro”, por sus páginas pasó lo más variado y granado del catalanismo, fueran católicos o no: “Toda la Cataluña del espíritu de aquellos tiempos ha desfilado por aquellas páginas … Todos los nombres están”[6].

En definitiva, la investigación que debe iniciarse tiene un doble camino a recorrer: por un lado, el papel de los, aparentemente poco influyentes, católico liberales conservadores y regionalistas, como Mañé i Flaquer. Y en segundo lugar, las políticas clericales de los gobiernos centrales de España, que favorecieron la implantación de un clero catalanista, para sustituir al carlista e integrista. Sólo así llegaremos a situar cada uno de los agentes del proceso en su lugar.

Javier Barraycoa

 

NOTAS:

[1] Cit. En Josep Pla, Vint-i-cinc anys de política catalanista (L’obra d’en Cambó), Tipografia Emporium, Barcelona, 1931, p. 55.

[2] Feliu Sardá i Salvany, Religió i Regionalisme, ó Catalunya per Nostre Senyor Jesuchrist: conferencia llegida en la Academia Católica de Sabadell lo dia 9 de matx de 1892, Librería y Tipografía Católica, Barcelona, 1892, pp. 15 y s.

[3] Enrich Prat de la Riba, La Nacionalitat catalana, La Cataluña, Barcelona, 1910, p. 46.

[4] Francisco José Fernández de la Cigoña, “Jordi Figuerola i Garreta: El bisbe Morgades i la formació de l’Església catalana contemporània”, Reseña bibliográfica, en Verbo, Núm 383-384, 2000, pp. 349 y s.

[5] Joan Bonet i Baltà, L´Església catalana de la il.lustració a la Renaixença, Publicacions de l´Abadia de Montserrat,  Barcelona,1984, p. 132.

[6] Josep María Font, “Mossèn Jaume Collell, en Revista de Catalunya, IV, Núm, 34 (abril 1927), p. 374.

Un comentario en “El carlismo en el origen del catalanismo (y 6): El falso tradicionalismo en Mañé i Flaqué y otros conservadores

  1. La traición de Morentin por parte de SMC Carlos VII, el posicionamiento de SMC Jaime III del lado de los aliados en la I Guerra Mundial, la muerte de SMC Alfonso Carlos I sin dejar clara la sucesion, la temprana muerte de SMC Carlos VIII, y el apropiamiento indebido junto con el apoyo soterrado a la usurpación y abierto a los enemigos seculares del Carlismo, por parte de los Borbón-Parma; han llevado a la perdida de militantes del Carlismo, unos se han ido al catalanismo, y otros a diversas ideologías.

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