La sociedad de masas (5): Sublimaciones y resentimientos

Parte 1 – Tecnocracia y hombre-masa

Parte 2 – El desarraigo y la desaparición del “homo faber”

Parte 3 –  El “alma” del hombre-masa

Parte 4 – La muerte del lenguaje

 

5.- Sublimaciones y resentimientos del hombre-masa.

mas2.jpgQuizá lo más sorprendente del análisis del hombre-masa es que éste vive la situación descrita no como una opresión o deshumanización, sino más bien como todo lo contrario. Lo que se debe estudiar a fondo de la sociedad de masas es precisamente los efectos psicológicos que produce en los individuos, especialmente centrados en la sublimación de la realidad opresora. Por ejemplo, el hombre actual concibe cualquier “arraigo” como una atadura indeseable que pone en peligro su autorrealización (ello no quita que desee fervientemente quedar arraigado al Estado de Bienestar). Igualmente, mientras que todo lo espera del estado, siente una desafección total a toda forma de autoridad. También encontramos que una de las condiciones de la creación del hombre-masa es la homogeneización por igualación, el hombre actual sublima la igualdad y la reclama sin cesar como un derecho innato; pero poco importa que la igualación pueda suponer la cercenación de su identidad diferencial.

Como profetizó Tocqueville, en las sociedades democráticas los hombres preferirán ser iguales aunque ello implique la aniquilación de su libertad. La sustitución de la verdadera libertad por una mera “capacidad electiva absoluta, sin ningún tipo de marcos referentes o limitaciones”, generará una situación de anomía constante que desgastará al hombre-masa emprendiendo la búsqueda de una felicidad que esa falsa libertad no le puede conseguir. Como señalaba Wright Mills en Carácter y estructura social, la ansiedad es un factor condicionante en la formación de carácter, pero una ansiedad desmedida puede llevar a situaciones patológicas. De ahí que un sistema social sostenido por un sujeto-masa que entiende como libertad la elección anómica, sólo puede considerarse como una anomalía colectiva con consecuencias devastadoras para la psiqué. Por eso Kierkegaard sostenía que la ansiedad es el resultado del “vértigo de la libertad”[1].

El triunfo del voluntarismo crea una falsa sensación de libertad, cuando en realidad el voluntarismo no deja de ser una ofuscación de la libertad cuando esta ya no encuentra un bien al que dirigirse.

Los riesgos de la modernidad.jpgParadójicamente, y como ya advirtió Rafael Gambra (y antecedió también Tocqueville), la sublimación de la igualdad como ideal relacional social, no puede deslindarse del auge de la envidia. Pues si esa igualdad no se alcanza (y por lógica de la naturaleza nunca se alcanzará), cualquier diferencia entre los individuos, por pequeña que sea, se tornará insoportable. La envidia provocada por una connatural desigualdad de la realidad, deja el terreno abonado al voluntarismo, como único mecanismo de motivación de acción social y de resarcimiento ante la desigualdad impuesta por la naturaleza. El triunfo del voluntarismo crea una falsa sensación de libertad, cuando en realidad el voluntarismo no deja de ser una ofuscación de la libertad cuando esta ya no encuentra un bien al que dirigirse. De hecho, el voluntarismo no es más que la esterilización de la voluntad, esto es, del libre albedrío. Por ende cuando el hombre-masa cata la debilidad de su voluntad, entrega sus restos volutivos al Estado para que alcance sus sueños. Se cumple así lo que decía Bernanos en su obra ¿Libertad para qué?[2]:  “El Estado totalitario es menos una causa que un síntoma. No es él quien destruye la libertad, sino que se organiza sobre sus ruinas”. Esta aguda introspección nos permite definir la democracia totalitaria como aquella que se asienta sobre una sociedad donde la libertad se ha hecho imposible, aunque formalmente mantenga aparentes estructuras de garantismo de libertad jurídica.

La sociedad de masas podría visualizarse como procesos de ingeniería social que determinan procesos productivos y de organización social que exigen, a su vez, individuos desarraigados, con una falsa conciencia de su relación con los otros y con el cosmos, arreligiosos y revestidos de una máscara de autoafirmación individualista. Su psiqué sufre constantes ráfagas de sublimaciones y resentimientos. Sublimaciones de la vana esperanza metafísica de autoconstrucción o autorrealización, que sólo acaban concretándose en formas de consumo (que retroalimentan el sistema productivo); y resentimiento hacia todo lo que le recuerda lo que es por naturaleza y que le determina en cuanto que hombre histórico y real. El marco en el que funcionan estas sublimaciones y resentimientos es el imaginario de un mundo globalizado, donde el capitalismo apátrida y anónimo, y culturalmente sincrético que proporcionará las condiciones de la autorrealización. Vana quimera, que se halla ya injertada en lo más profundo de la conciencia de las nuevas generaciones. ¿La medicina? El reencuentro con la realidad, sin prejuicios ni tapujos; atreverse a pensar aunque ello haga temblar las columnas que sustentan nuestras más prendidas creencias en esta sociedad democrática de masas.

Javier Barraycoa

NOTAS

[1] Cf. Soren Kierkegaard, El concepto de angustia, Alianza, Madrid, 2006.

[2] Parafraseando el famosos discurso de Lenin igualmente titulado “Libertad para qué?”, pero dando una respuesta diametralmente opuesta al determinismo materialista de Lenin.

 

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