La familia educadora: Autoridad y “mamismo” (y 5)

 

 parte 1. La familia educadora: la familia como extraño objeto de estudio y sujeto de la acción política

parte 2. La familia educadora: psicologización de la familia y culpabilización de los padres

Parte 3La familia educadora: reproducción, socialización y educación

Parte 4. La familia educadora: principio de realidad y principio de placer. El narcisismo y el hundimiento de la paternidad

 

Autoridad y “mamismo”

Es innegable que estamos ante una crisis de la paternidad. La ideología de género actualmente imperante ha consistido esencialmente en una exaltación de lo femenino en detrimento de lo masculino. La crisis del rol paterno, las acusaciones del autoritarismo, la ingente labor mediática de culpabilización del varón, parecían dejar una puerta abierta a redefinir el papel del hombre en la familia. Durante décadas, los discursos políticos y las campañas institucionales, invitaban al hombre a encontrar ese papel, y su felicidad, en el compartimiento de las tareas domésticas; en la “fantástica aventura” de descubrir la ternura y los afectos; en abandonar el rol de autoridad para suplirlo por el “amistad” filial.

terceraEste, podríamos denominar, nuevo varón posmoderno, se ha ido convirtiendo en una ridícula sombra de lo femenino y ha generado una nueva y extraña competencia con la mujer. Así lo describe Lipovetsky: “numerosas mujeres toleran mal el hecho que el hecho de que su cónyuge se ocupe demasiado de la casa y de los hijos: en los años ochenta, del 60 al 80% de las americanas no deseaban una mayor participación por parte de los padres. Otras encuestas revelan que en el seno de los hogares modernos, en los que los hombres se implican en la tareas domésticas, las fricciones conyugales persisten, al igual que la insatisfacción de las madres. Elisabeth Badinter subraya, con toda razón, que hay que interpretar este fenómeno como una reacción frente al retroceso de una posición preeminente, una resistencia a perder el poder materno, que muchas mujeres no desean compartir”[1].

Autodisuelta la figura paterna, el hombre no puede encontrar otro rol, sino meros sucedáneos que ni siquiera puede compartir con la mujer. Por eso, con la desaparición de la figura paterna su espacio social queda inundado de lo femenino. En palabras de Christopher Lasch, estamos ante la aparición del “mamismo”, esto es, de la feminización de la vida familiar, con unas consecuencias graves sobre el proceso educativo. Freud nos desvela nuevamente las claves para entender la situación actual de esta crisis. Por un lado, como ya vimos, el vienés identifica el padre con el “principio de realidad”, y ve en esa figura la función de castigar para evitar el “principio de placer”. Por tanto, la figura del padre –siempre que ejerza la autoridad- será una figura castigadora y autoritaria[2].

refugioPor otro lado, Freud nos advierte –y en esto está más acertado- que si bien la figura del padre puede evitar el narcisismo, el propio padre puede quedar envuelto en el narcisismo al identificarse con el niño. Si el padre se proyecta en el hijo y ve en él un ideal al que imitar, el padre se verá abocado al infantilismo. Esta sería una de las múltiples versiones del narcisismo. De hecho, este es un fenómeno que hoy podemos constatar. Si bien la educación consiste en arrancar, poco a poco y con amor, al niño de su mundo infantil para llevarlo a la vida adulta; ahora, parece que los padres entienden la educación como un sumergirse –y quedar atrapados- en el mundo infantil, o al menos adolescente.

Una dialéctica que se establece entre la madre y el padre, tradicionalmente se podía entender así: la madre desea que su hijo no crezca y ve con dolor como sus hijos se hacen grandes. El padre, por el contrario, se encuentra más extrañado en el mundo infantil y está deseando que sus hijos crezcan y entren en el mundo de adultos. Esta tensión dialéctica puede ser superada armoniosamente en un proceso educativo conjunto. Sin embargo, en el contexto posmoderno que nos movemos, la figura paterna se ha visto arrastrada a una feminización que a él mismo lo deja infantilizado. No es extraño escuchar hoy en día a muchas mujeres que se refieren a su marido como “un niño más”. Christopher Lasch enuncia alguna disfunción más del “mamismo” que explicaría la actual expansión de la homosexualidad: “un joven criado por una madre excesivamente solícita y un padre profesional preocupado en lograr el éxito puede convertirse en homosexual o desarrollar un agudo temor a la homosexualidad, que trata de mitigar mediante la firmeza compulsiva”[3].

ingerEste efecto del “mamismo”, en cuanto que intensificación desordenada del mundo de la afectividad centrado en lo femenino, queda agravado con el nuevo planteamiento de las escuelas. Inger Enkvist señala que “la escuela no es una madre”, aunque cada vez se parece más a lo maternal, por eso: “ahora se niega el papel del docente como alguien que ejerce la dirección sobre el grupo de niños y que les enseña a los niños buenas costumbres y conocimientos básicos. Todo esto se considera negativo (…) se ve (en cambio) al docente como a una persona más del ambiente familiar, y se aspira a que el ambiente escolar no se interprete como formal e impersonal”[4]. La paulatina desaparición de los aspectos formales e impersonales de las escuelas impiden una correcta maduración psíquica de los educandos.

En el proceso de socialización, el educando debe alcanzar un equilibrio psíquico consistente en ir percibiendo que el grupo familiar no es exclusivo y que las dinámicas que él se producen no funcionan en grupos formales e impersonales. Descubrir diferentes ambientes sociales, nuevas normas y dinámicas relacionales, permiten que el alumno distinguir entre su vida psíquica interior y su conducta externa. La actual confusión entre la casa y la escuela tiene consecuencias en la maduración psíquica de los individuos, en su capacidad de comportamiento social y en la posibilidad de distinguir entre el mundo de niños y el mundo de adultos. Las quejas de padres y educadores sobre una “alargada adolescencia” de los hijos, es un síntoma de este hecho.

famIgualmente, psicólogos norteamericanos, como Slater o Keniston, proponen que el origen del malestar actual en la clase media americana, provienen de la separación de hogar y trabajo. Esta tendencia alcanza su máximo desarrollo con la huida de la clase media a las urbanizaciones. Este alejamiento de lo social no sólo fomenta el individualismo sino que genera una “fantasía irreal” de la autosuficiencia personal. La clase media buscaría el remedio a este malestar del individualismo con sobredosis de individualismo. Los niños de esta autosegregada clase media crecen “en familias aisladas de la sociedad, donde se convierten en objetos de intensa y sofocante devoción”[5]. Uno de los grandes errores de los padres actuales es creer que si su familia se convierte en una sociedad cerrada en sí misma, podrán salvaguardar la educación de sus hijos. Estamos ante un “famulocentrismo” que lleva a los padres a centrar su vida en la vida familiar independientemente de la vida social y política.

La familia, incluso entre católicos, empieza a considerarse como una “sociedad perfecta” olvidando que sólo el Estado y la Iglesia lo son. Se busca así en la familia una falsa autonomía que acaba volviéndose letal para sus miembros. Este individualismo y esta fantasía de autosuficiencia contrasta con una sociedad y un proceso educativo que sólo parece engendrar individuos inclinados a cualquier tipo de adicción. Este hecho ya lo señala Giddens: “Cada adicción es (…) un reconocimiento de falsa autonomía que arroja una sombra sobre la competencia del yo”[6]. Por ello es urgente refundamentar las reflexiones sobre la familia y la educación y no caer en las frecuentes trampas y tentaciones que nos propone el discurso del poder.

©Javier Barraycoa

NOTAS: 

[1] Gilles Lipovetsky, La tercera mujer, Anagrama, Barcelona, 1999, p. 236.

[2] Curiosamente, según santo Tomás –y nos lo recuerda Mercedes Palet-, la función del padre no es castigar sino “obrar”, Cf. Mercedes Palet, o.c., p. 130.

[3] Christopher Lasch, Refugio en un mundo despiadado, Reflexión sobre la familia contemporánea, Gedisa, Barcelona, 1996, p. 208.

[4] Inger Enkvist, o.c., p. 71.

[5] Christopher Lasch, Refugio en un mundo despiadado, Reflexión sobre la familia contemporánea, Gedisa, Barcelona, 1996, p. 209.

[6] Anthony Giddens, o.c., p. 76.

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