La familia educadora: reproducción, socialización y educación (3)

 parte 1. La familia educadora: la familia como extraño objeto de estudio y sujeto de la acción política

parte 2. La familia educadora: psicologización de la familia y culpabilización de los padres

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parte 3. La familia educadora: reproducción, socialización y educación

ovejasLos albores de la aparición de la pedagogía, en cuanto que disciplina moderna, nos sumergen en una contradicción. Con la aparición de la pedagogía, desaparecerá, o se minimizará, el educador. Basta observar el papel del educador que propone Rousseau en su Emilio donde su función consiste precisamente en no educar[1]. Otra versión de la pedagogía moderna consiste precisamente en otorgar al educador un papel meramente funcional para con el sistema social.

Durkheim, por ejemplo, al definir el proceso de socialización, remarca el sentido meramente reproductor de lo social: “toda educación consiste en un esfuerzo continuo para imponer al niño los modos de ver, sentir y obrar que él no hubiera adquirido espontáneamente. Desde los primeros años de su vida le obligamos a comer, beber y dormir a horas regulares, le obligamos a ser limpio, a la obediencia, al silencio; más tarde le coaccionamos para que aprenda a tener en cuenta a los demás, a respetar las costumbres y conveniencias, le obligamos a trabajar, etc. Aunque con el tiempo deja de sentirse esa coacción, es ella la que da poco a poco nacimiento a costumbres, a tendencias internas que la hacen inútil, pero que no la reemplazan porque se derivan de ellas … Esta presión de todos los instantes que sufre el niño es la presión misma del medio social que tiende a formarle a su imagen y semejanza, siendo los padres y los maestros nada más que sus representantes e intermediarios”[2].

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Opera revolucionaria china

El funcionalismo de Parsons, por su lado, se centra en atribuir a la familia un papel fundamental para mantener el control y el orden social: “La idea subyacente a la teoría de Parsons es la afirmación de que la institución de la familia constituye un prerrequisito indispensable para la estabilidad social. Como agente fundamental de la socialización de los niños, la familia es esencial para esa internalización del control social de la que depende en última instancia la estabilidad de toda la sociedad. Es más, como elemento principal de la vida emocional de los adultos, la familia constituye un agente de control social externo de la mayor importancia y un escape vital para las tensiones de los adultos que de otro modo, se liberarían en la vida pública”[3]. Desde teorías más “individualizantes”, como el interaccionismo simbólico de George H. Mead, también se identifica la educación con el proceso de socialización, cuya función queda reducida a transformar el “yo individual” en un “yo social”.

Esta doble y dialéctica dimensión de la pedagogía moderna, consistente en ignorar al educador o convertirlo en un agente esencial de la reproducción social, queda sintetizada en la posmodernidad que ha generado una “educación rebelde”. Esto es, el Estado ha institucionalizado como proyecto educativo, la “deconstrucción” de la cultura. Esta “revolución desde arriba”, realizada desde las propias instituciones educativas, nos llevan al absurdo actual. Tradicionalmente, ha interpretado la sociología marxista, el Estado buscaba en la educación una reproducción de la ideología dominante. Así, tanto padres como educadores, eran servidores del Estado y afianzando su autoridad, reforzaban la del Estado. Pero, hoy, es el poder político el que decide dinamitar los principios que lo sustentan arrebatando toda autoridad a padres y educadores.

educInger Enkvist ha iniciado un meritorio revisionismo de los principios educativos que están constituyendo la nueva enseñanza. Las nuevas teorías pedagógicas, provenientes de la izquierda ideológica, tendrán los siguientes efectos: “cuando permitimos a los alumnos elegir lo que van a estudiar, y si quieren estudiar, es decir, también elegir el disminuir la cantidad de lo que aprenden, en realidad creamos un nuevo proletariado de jóvenes que han sido distraídos pero que no saben nada y no tienen base alguna para el desarrollo posterior (…) Así, los animamos a una forma de vida no reflexiva, dispersa y consumista; en resumen, a que se dejen distraer. Los invitamos a la pereza intelectual y sentimental, no a la libertad. Estos jóvenes (…) son fáciles de manipular (…) desacostumbrados al estudio y a la lectura no tienen mucho que ofrecer en un contexto multicultural, puesto que no conocen su propia cultura”[4].

El absurdo se completa al comprobar que las tesis pedagógicas de la izquierda anticapitalista, cuando se aplican lo único que crean son individuos consumistas: “cuando los padres o los docentes dirigen, pero no corrigen en armonía con sus convicciones, ello implica un debilitamiento de la formación, puesto que los sentimientos de los niños y los alumnos no están tan involucrados en la actividad y no maduran en relación con el aprendizaje (…) Los jóvenes no se acostumbran a reflexionar sobre sus reacciones y a refinar sus expresiones. Cuando la mente de los jóvenes no está influida o solicitada por los padres y por los docentes, los jóvenes se dirigen a un mundo que sí los solicita, que es el comercial. Las vivencias se canalizan comercialmente, la expresión de la personalidad se da a través de artículos comprados, música, películas, moda y cosméticos, y estos mecanismos de mercado dan un sentimiento de identidad. El joven aprende a ver la identidad como una identidad de consumo”[5].

revLa ironía no deja de ser curiosa. Los intelectuales de izquierdas acusaron al funcionalismo de Parsons de ser una teoría defensora del capitalismo. Pero las tesis de la pedagogía revolucionaria, aplicada a la educación, lo único que han engendrado son consumidores compulsivos en busca de una identidad que ni sus padres ni la escuela saben conferir. Un contrapeso a esta situación se ha querido buscar en una “educación en valores”. Se ha generado un discurso de los valores que ha inundado la política, la escuela y ha llegado hasta los padres. Así, los padres se afanan en buscar “valores” que ofrecer a sus hijos. Estos “valores” se reducen esencialmente al discurso político dominante y se concentran en: ecología, tolerancia y solidaridad[6].

Pero como señala Bauman: “La multiplicidad de valores en sí misma no garantiza que los individuos morales crezcan y maduren”[7]. Tanto padres como educadores, han olvidado la importancia de educar en los hábitos y las virtudes morales. Sin estos hábitos perfectivos la educación es imposible, por mucho que se haya desarrollado una “ideología de los valores”. Como apunta Mercedes Palet, la figura del padre se torna especialmente importante en el proceso de la educación en hábitos y la configuración de la identidad: “la certeza del padre constituye todo el fundamento sobre el cual se estructura la identidad personal del hijo y a partir del cual el hijo podrá recoger los valores y principios en la construcción de sus relaciones con los demás”[8]. De ahí que se pueda afirmar que la crisis de la educación refleja, en el fondo, una crisis de la figura paterna.

©Javier Barraycoa

NOTAS:

[1] “Maestro, pocas argumentaciones”, proclama Rousseau en su Emilio.

[2] Emilio Durkheim, Las reglas del método sociológico, Orbis, Barcelona, 1986, p. 41.

[3] George Ritzer, Teoría sociológica Contemporánea, 1993, p. 363.

[4] Inger Enkvist, La educación en peligro, Unisón, Madrid, 2000, p. 64.

[5] Ibid., p. 68.

[6] Para una análisis de estos “valores” en cuanto que parte del discurso del poder político, cf. Javier Barraycoa, El poder, en la modernidad y la posmodernidad, Scire, Barcelona, 2001.

[7] Zygmunt Bauman, o.c., p. 158.

[8] Mercedes Palet, La educación de las virtudes en la familia, Scire, Barcelona, 2007, p. 130.

2 comentarios en “La familia educadora: reproducción, socialización y educación (3)

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