La familia educadora

 

 

La familia educadora

(PARTE 1)

La creciente proliferación en los últimos decenios de estudios, investigaciones, teorías y políticas públicas familiares son un claro síntoma de la crisis de la familia. A ello se añade una insistente redefinición de la misma que ha desnaturalizado la institución familiar para trasformarla en una multiplicidad de “modelos familiares”. El “vaciamiento” de la institución familiar y de sus funciones primigenias como la educación ha sido lento y ha generado múltiples disfunciones sociales. Estamos acostumbrados a estudios y apologías de la familia que frecuentemente caen en la candidez y no atisban el problema real al que está sometida la institución familiar. Los peligros a los que está sometida la familia se camuflan de “ideales familiares” que no se corresponden con la realidad.

edu5O bien se ha creado una vana esperanza en que la restitución de la institución depende de las ayudas del Estado y la aplicación de “políticas familiares”. De ahí que muchos bienintencionados católicos esperan que la familia será más fuerte si la ayudas económicas del Estado, si éste subvenciona más las escuelas privadas o proporciona expertos en cuestiones médicas, pedagógicas o psicológicas. Craso error, pues todas estas aparentes ayudas sólo hacen que debilitar a la familia. Intentaremos exponer a continuación algunas claves para entender el debilitamiento de la familia y las aparentes soluciones que se han buscado en la modernidad, para incidir en el actual problema educativo.

La familia como extraño objeto de estudio y sujeto de la acción política

Fruto de los estudios etnográficos, diversas disciplinas, como la antropología o la sociología, han contribuido a presentarnos las más variadas formas de familia. Desde hace cincuenta años, en el ámbito académico, se tiene como verdad inmutable que lo que denominamos familia corresponde esencialmente a múltiples y variadas estructuras funcionales. Estas estructuras, per se, no tendrían un denominador común y pertenecerían al ámbito de la cultura y no de la naturaleza humana. No obstante, el propio Lévi-Strauss, padre de la antropología moderna, aún manifestaba su asombro al comprobar que: “la familia conyugal y monógama es muy frecuente”[1]. Incluso, reconoce el antropólogo, buena parte de las formas poligámicas no son más que monogamias encubiertas ya que: “en muchos casos sucede que las familias polígamas no son más que una combinación de varias familias monógamas en las que una misma persona desempeña el papel de varios cónyuges”[2]. Esta “universalidad empírica” de la familia monógama ha sido obviada por la antropología y, antes bien, se ha insistido en la diversidad de formas externas para negar la familia en cuanto que institución universal y correspondiente a la naturaleza humana.

edu3Recientemente, el Cardenal Marc Ouellet, en la Conferencia inaugural del VI Encuentro Mundial de la Familia, afirmaba en relación a la familia que: “La crisis que atraviesa la humanidad actual se revela siendo de orden antropológica y no solamente de orden moral o espiritual”[3]. El Primado de Canadá se refería a “la influencia de corrientes de pensamiento que rechazan los mismos fundamentos de la institución familiar”. La enorme influencia de la etnografía, su reinterpretación funcionalista y estructuralista y sus derivaciones post-estructuralistas, han permitido el desarrollo de las ideologías del género y, finalmente, la propuesta de los “nuevos modelos familiares”. Esta nueva perspectiva, como luego desarrollaremos, ha centrado el análisis de la estructura familiar, en la dimensión subjetivista que la justifica y ha desplazado una de sus funciones fundamentales: la educación.

La escuelas antropológicas modernas, se fundamentan esencialmente en la proclamación de la emancipación de la cultura sobre la naturaleza (estructuralismo), en la emancipación individuo sobre la cultura (post-estructuralismo) y, en definitiva, la emancipación del individuo sobre la naturaleza (constructivismo). Hoy ha triunfado, sin lugar a dudas, la doctrina de que muchos modelos familiares son posibles y dependen de una mera decisión individual condicionada por un estado de autosatisfacción, especialmente afectiva. Se percibe, desde esta perspectiva, que la familia simplemente es una estructura funcional que debe adaptarse a las exigencias de la autosatisfacción o autorrealización y para ello no debe existir un límite ni natural ni legal. Propiamente, el objeto de estudio de estas disciplinas deja de ser la familia, para centrarse tendenciosamente en los “nuevos modelos familiares”[4]. Estos devaneos intelectuales no tendrían apenas consecuencias si no fuera porque el poder político ha estimulado y apoyado estas doctrinas, confiriendo legalmente “carta de naturaleza” a estos “modelos”.

edu2Procede en este punto realizar una reflexión. La generación y potenciación de una “ideología familiar” por parte del poder político no deja de ser sospechoso. Los procesos revolucionarios de finales del siglo XIX y principios del XX abogaban por la supresión de la familia. Bujarin, por ejemplo, definía la familia como: “esa formidable fortaleza de todas las depravaciones del antiguo régimen” que había que asaltar y destruir. De hecho el código civil ruso de 1918, eliminando todo soporte legal a la familia, intentando batir esa fortaleza. Hoy, los poderes revolucionarios institucionalizados, léase democracias, se nos presentan como entusiastas defensores de “los modelos familiares”.

Michel Foucault nos puede ayudar a entender este extraño comportamiento del poder político. En su Historia de la sexualidad, critica la represión sexual burguesa que se iniciaría, a su entender, a partir del siglo XVII en Europa. El autor quiere desvelarnos cómo, durante tres siglos, el poder político ha hecho del sexo un campo de batalla para imponer su propia lógica dominadora. La originalidad de Foucault es presuponer que las formas de represión no consistieron en la prohibición, sino en la generación de un discurso sobre la sexualidad. Así, el sexo fue arrebatado del ámbito moral, para constituirse en parte del discurso público. El Estado se constituyó en una “Policía del sexo” y su política representaba: “no el rigor de una prohibición sino la necesidad de reglamentar el sexo mediante discursos útiles y públicos”[5].

edu1Las tesis foucaultianas causaron furor en su momento y fueron enarboladas como bandera de liberación sexual en los años 70 del siglo XX. Aunque pocos de sus seguidores se han percatado de la actualidad y vigencia de su tesis al desvelar que respecto a las múltiples actitudes sexuales: “La mecánica del poder que persigue a toda esta disparidad no pretende suprimirla sino dándole una realidad analítica, visible y permanente, (…) la convierte en principio de clasificación”[6]. Por eso, el poder democrático o “libera sexualmente, sino que se dedica a reglamentar los comportamientos sexuales. Respecto a la familia, hoy el poder político democrático actúa exactamente igual a como lo denunciaba Foucault referido al sexo. Las democracias han generado una ideología de la clasificación de modelos familiares y de discursos de género que se integran en los discursos del poder. Con otras palabras, se ha producido una “sociologización” de la familia como un instrumento de debilitación de la misma. Dominando el “discurso” sobre la familia, el poder puede aspirar a asumir buena parte de las funciones de la familia y, entre ellas, la educación. Así se consagra aquella definición del Estado que Jenkin Lloyd Jones proponía: “El Estado no es sino la paternidad coordinada de la infancia”.

Cada vez más, las clásicas funciones ordinarias que acometían los padres, son desarrolladas por los expertos que tratan de explicar a los padres qué es la familia y como deben ejercer su paternidad educadora. Esta sociologización no hubiera sido posible si no se hubiera visto acompañada, a los largo del siglo XX, de una psicologización de la vida familiar. La lógica actual del poder consiste, entre otras estrategias[7], en generar aspiraciones y culpabilizaciones. Propuestas por el poder político una serie de aspiraciones vitales imposibles de acometer, se genera en los individuos una frustración y culpabilización por no poder alcanzarlas. Entonces es cuando el poder se presenta como el único garante de esas aspiraciones. Es en esta estrategia del poder en la que debe enmarcarse los acontecimientos que estamos viviendo actualmente respecto a la familia: la subjetivación de las relaciones, la apropiación del Estado del derecho a la educación o la defensa ideológica y legal de los “nuevos modelos familiares”.

Javier Barraycoa

Comunicación en el XLVI Encuentro de amigos de la Ciudad Católica, Marzo 2009.

[1] Claude Levi-Strauss, La familia, en Polémica sobre el origen y universalidad de la familia, Anagrama, Barcelona, 1991, 6ª edic., p. 16.

[2] Ibid., p. 13.

[3] Cf. Marc Ouellet, P.S:, Arzobispo de Québec y Primado de Canadá, La familia, la educadora de los valores humanos y cristianos que hay que descubrir y que redescubrir, Conferencia inaugural del Congreso Teológico pastoral del VI Encuentro Mundial de la Familia, Ciudad de México, 14 de enero de 2009.

[4] Respecto a los “nuevos modelos familiares” cabrían numerosas reflexiones que desvelarían la ideologización del concepto. En primer lugar decir que los nuevos modelos familiares simplemente se reducen a dos: por un lado la “institucionalización” de las relaciones homosexuales –la homoparentalidad– y, por otro, las familias monoparentales, esto es, con un solo cónyuge. Estas últimas están asociadas muy frecuentemente a situaciones de pobreza y marginalidad. Cf. La Caixa, Colección de Estudios Sociales, Vol. 20, Monoparentalidad e infancia. En este extenso estudio se desvela la correlación entre monoparentalidad y pobreza.

[5] Michel Foucault, Historia de la sexualidad, Siglo XXI, Buenos Aires, 2003, Vol. I, La voluntad de saber, p. 34.

[6] Ibid., p. 57.

[7] Para un análisis de las lógicas de la política posmoderna, cf. Zygmunt Bauman, En busca de la política, FCE, México, 2001.

 

5 comentarios en “La familia educadora

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