La corrección política (2): “Referentes sociológicos”.

Parte 1: La corrección política (1): “Rastreando los orígenes históricos de la corrección política”.

 

La corrección política (2): Referentes sociológicos

 

karl_mannheim_1893-1947Una primera cuestión consistiría en dilucidar si la corrección política corresponde a los parámetros clásicos de las ideologías. A diferencia de las ideologías explícitas, no tiene ideólogos reconocidos, ni militantes con carné, ni cuerpo teórico. Por eso, quizá, no pueda recibir ataques racionales explícitos. Sin embargo, la corrección política, en cuanto que estructura lingüística, es aplicada por infinidad de periodistas, políticos, lingüistas e intelectuales. Si atendiéramos al estricto sentido marxista de ideología, en cuanto que “falsa conciencia”, la corrección política adquiriría otra dimensión.

Al intentar caracterizar la ideología, Karl Mannheim distingue entre la “ideología total” y no valoradora, de aquella que: “tiene dos características: es valoradora y dinámica. Es valoradora porque presupone ciertos juicios acerca de la realidad de las ideas y de las estructuras de conciencia, y dinámica porque esos juicios se miden siempre con relación a una realidad que se halla en un fluir perpetuo” (Mannheim, 1987). Esta definición de “ideología valoradora”, se ajusta más a la corrección política.

Uno de los presupuestos conscientes de la corrección política es que la “eliminación” de las desigualdades sociales, profesionales, étnicas o de género, se inicia suprimiendo aquellas formas lingüísticas que tienen concomitancias discriminatorias.

 

Respecto a los juicios valorativos la corrección política se propone una especial defensa de la igualdad. En cuanto que sociólogos, no nos cabe más remedio que reconocer en la igualdad no un valor universal sino meramente cultural (Dumont, 1999). Por ello reivindicar socialmente la igualdad denota un juicio consciente por parte de determinados agentes sociales. Uno de los presupuestos conscientes de la corrección política es que la “eliminación” de las desigualdades sociales, profesionales, étnicas o de género, se inicia suprimiendo aquellas formas lingüísticas que tienen concomitancias discriminatorias.

coore1Respecto a la dimensión dinámica, decir que nos permitirá, más adelante, una comprensión sistémica de la corrección política. Sería equívoco pensar que la corrección política simplemente es una ajuste de un sistema lingüístico a una manera definitiva de democracia. De ahí que -como prevé Luhmann– los códigos simbólicos que propone el lenguaje políticamente correcto estarán sometidos a una constante transformación. En cierta medida, la democracia, por esencia, no es estática y cumple aquella afirmación de Derrida: “No hay deconstrucción sin democracia, no hay democracia sin deconstrucción” (Derrida, 1998). El viejo proyecto revolucionario de una consumación dtotal y definitiva de la utopía no consumará, ni se pretenderá consumar, en la posmodernidad.

En las sociedades democráticas se generan silencios colectivos que permiten la extensión de un pensamiento dominante

coor5El actual llamamiento a transformaciones constantes, contrasta con la aparente inutilidad de los cambios y decisiones políticas. Como señala Luhmann, en los sistemas actuales denominados Estados de Bienestar, las transformaciones conscientes son mínimas y la lucha contra las desigualdades reales es prácticamente ineficaz (Luhmann, 2002). No por ello la idea de igualdad es motivo de reflexiones constantes. Tocqueville, uno de los más grandes teóricos de la democracia, ya anunció la eterna dialéctica democrática entre la libertad o la igualdad. Parece que cuanto más libres sean los ciudadanos, más desigualdades se acabarán produciendo. Pero si, desde el poder, se quiere imponer la igualdad, siempre será a costa de la libertad. La corrección política parece decantar la balanza hacia esta segunda opción: conseguir la igualdad, aunque sólo sea en el plano simbólico-lingüístico.

Tocqueville, al igual que ahora Luhmann, avisó de la imposibilidad de culminar un “estado de igualdad” satisfactorio en una sociedad democrática. En La Democracia en América, advertía: “Los hombres no establecerán una igualdad con la que todos estén contentos (…) Cuando la desigualdad en la condición es ley común en la sociedad, las desigualdades más evidentes no saltan a la vista; cuando todo está casi al mismo nivel, las desigualdades más ligeras se notan tanto que causan dolor. De ahí que el ansia de igualdad sea mayor cuanta más igualdad hay” (Tocqueville, 1993).

Por eso, en nuestras sociedades contemporáneas, la más mínima desigualdad es causa de “indignación” y predispone a la aceptación de un lenguaje políticamente correcto.

Por eso, en nuestras sociedades contemporáneas, la más mínima desigualdad es causa de “indignación” y predispone a la aceptación de un lenguaje políticamente correcto. Al respecto, otro motivo de análisis debería ser la “dramatización” simbólica de la desigualdad social, pues los discursos dramatizadores son sospechosamente aliados de las iniciativas políticas (Balandier, 1994). Pero la extraordinaria difusión de la corrección política debería ser explicada por otras causas.

coor2En nuestra búsqueda de perspectivas sociológicas que expliquen la difusión de la corrección política encontramos la clásica teoría de la “espiral del silencio”. En las sociedades democráticas se generan silencios colectivos que permiten la extensión de un pensamiento dominante (Noelle-Neumann, 1998). El miedo a quedarnos aislados por nuestras opiniones, lleva al asentimiento público de ciertas ideas y al silencio sobre otras. Así, lo que muchos critican en el ámbito privado no lo suelen exponer en público.

En cierta medida, y es una experiencia cotidiana, la corrección política se manifiesta fuerte en el ámbito colectivo y débil en el privado. Esta ruptura no deja de ser significativa, y manifiesta que las lógicas colectivas casi nunca corresponden con las individuales.

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