El asno y el buey

Una vez más, el colaborador de El País, Juan Arias (exsacerdote que no cree en nada), se empeña como cada año por estas fechas en publicar un artículo afirmando que nada sabemos del nacimiento de Jesús. Mejor dicho, afirma desde hace años -puntualmente en Navidad- que Jesús no nació ni en Belén, ni en las primeras horas del 25 de diciembre, ni hubo pastores, ni reyes magos ni pesebre ni nada. Un gran creyente, vamos.

Desde este blog, en una serie de artículos, argumentaba yo que Jesús sí nació un 25 de diciembre. En 2018, el susodicho Juan Arias se burlaba, desde su columna de El País, de que se pusiera en los pesebres un buey y un asno. En este ex  Misionero del Sagrado Corazón, hay una aversión especial hacia el Jesús de Nazareth de Joseph Ratzinger y sobre la explicación catequética de Benedicto XVI sobre el “asno y el buey”.

Mi reflexión sobre al respecto no deja de ser particular, pero me siento libre para escribirla. Ratzinger interpreta que el “asno y el buey” somos nosotros contemplando al Mesías. Acertadamente nos recuerda la devoción de San Francisco de Asís por el nacimiento de Jesús, como relata su primer biógrafo Tomás de Celano. Fruto de esta devoción tuvo lugar la primera representación del nacimiento de Jesús en Greccio. Corría entonces el año 1223. Según Tomás de Celano, el santo de Asís afirmó que: “Desearía provocar el recuerdo del Niño Jesús con toda la realidad posible, tal como nació en Belén y expresar todas las penas y molestias que tuvo que sufrir en su niñez. Desearía contemplar con mis ojos corporales cómo era aquello de estar recostado en un pesebre y dormir sobre las pajas entre un buey y un asno”.

Ciertamente, en el Evangelio de San Lucas, ni en ninguno otro, aparecen las figuras del buey y el burro. Pero ello no significa que no estuvieran, ni que esta devoción de San Francisco no tuviera un profundo componente teológico. Ratzinger nos recuerda Isaías (1,3) donde aparecen las figuras del asno y el buey en clara comparación contra el pueblo de Israel. Si tomamos los versículos del 1 al 5, se ve con mayor claridad el carácter mesiánico de esta profecía y del rechazo del pueblo judío: «Oíd, cielos, escucha, tierra, que habla Yahveh; «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí. Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne.». ¡Ay, gente pecadora, pueblo tarado de culpa. semilla de malvados, hijos de perdición! Han dejado a Yahveh, han despreciado al Santo de Israel, se han vuelto de espaldas. ¿En dónde golpearos ya, si seguís contumaces? La cabeza toda está enferma, toda entraña doliente».

La unión de estos animales en la representación navideña, contienen muchos motivos de reflexión y de profundo contenido teológico. El triunfo mesiánico de Cristo al final de la historia se reconocerá por la Paz y se refleja en la unión entre animales antagónicos

Este texto bíblico nos da una primera aproximación al sentido que le quiso dar San Francisco de Asís al expresar su deseo que en el primer pesebre de la historia estuvieran dichos animales. Ello anticiparía que el Mesías no sería reconocido por el pueblo judío y que sería contemplado por otros a los que representa el buey y el asno. Según Ratzinger somos nosotros, pero hay que ahondar en esa significación mesiánica que será recogida por los gentiles y no por el pueblo escogido. Al respecto, la escena de un pesebre donde se hallen juntos el buey y el asno, debe ser repulsiva a los seguidores de la Torá, pues el Deuteronomio ordena: “No ararás con un buey y una asna juntos” (Dt. 20,10). 

La unión de estos animales en la representación navideña, contienen muchos motivos de reflexión y de profundo contenido teológico. Bien sea por separado, bien reflexionando comparativamente las dos criaturas, nos proporcionan el sentido mesiánico del nacimiento de Jesús. El triunfo mesiánico de Cristo al final de la historia se reconocerá por la Paz y se refleja en la unión entre animales antagónicos: “El lobo morará con el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito; el becerro, el leoncillo y el animal doméstico andarán juntos, y un niño los conducirá” (Is 11, 6). Otras referencias semejantes y referentes a la Paz Mesiánica las encontramos constantemente en la Biblia: Isaías 65, 25; Miqueas 7, 17, etc. O bien en el Magisterio de la Iglesia, cuando Pío XI, en la Quas Primas, nos exhorta a buscar “la paz de Cristo en el reino de Cristo”.

La unión en pareja de estos dos animales prohibida por el Deuteronomio tiene un profundo sentido. Ya que, en la tradición jurídica judía, el burro es un animal impuro del cuál está prohibido comer la carne. Por otro lado, la Torá permite comer carne de buey pues se le considera puro. En la mentalidad farisaica la distinción de lo puro y lo impuro era esencial. No en vano no quisieron entrar en el Pretorio para no impurificarse o pidieron que Cristo no fuera enterrado antes para no profanar el Sábado e impurificarse. El peligro de que el primer cristianismo acabara judaizándose, se eliminó cuando San Pedro, en sueños, tuvo la visión en la que obtuvo el mandato de comer animales impuros (Hch 10, 11-13).

Se me antoja que ese burro del Pesebre representa a los gentiles que reconocerán al Mesías al ser evangelizados por la Iglesia. Y no me refiero a un “ecumenismo barato” en el que todos los creyentes de todas las religiones son iguales ante Dios

En el versículo de ese mismo capítulo les dice a los hombres de Cornelio: “Vosotros sabéis que no le está permitido a un judío juntarse con un extranjero ni entrar en su casa; pero a mí me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ningún hombre”. El Primer Concilio de Jerusalén, en el que San Pedro cede ante San Pablo respecto a cuestión de la circuncisión de los gentiles cerró teológicamente el tema de la judaización del cristianismo. Se me antoja que ese burro del Pesebre representa a los gentiles que reconocerán al Mesías al ser evangelizados por la Iglesia. Y no me refiero a un “ecumenismo barato” en el que todos los creyentes de todas las religiones son iguales ante Dios.

Del pueblo de escogido de Israel sale el Mesías y los primeros apóstoles son judíos igual que la Virgen María es judía. Y recordemos que sólo por la mujer se transmite la raza judía y la posibilidad que de una de ellas naciera el Señor. La fundación de la Iglesia por Cristo, universaliza en los apóstoles su misión. El rechazo del Mesías por parte de los judíos lleva a que la buena nueva se predique a los gentiles: “Entonces dijeron con valentía Pablo y Bernabé: «Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles»” (Hch 13, 46). Junto a María y José, el asno y el buey contemplan al Mesías que aún no se ha expresado en su magnificencia, y no ha sido reconocido por los judíos, como un pobre niño.

El buey profetiza la Iglesia, es el animal que puede ser comido, por ser puro, al igual que los cristianos comemos la carne de Cristo y que la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo. El asno son los gentiles que serán evangelizados a lo largo de la historia. En su figura ya se anticipan los futuros creyentes que serán recibidos en la Iglesia. Quizá esta reflexión nos hace más lúcidas las misteriosas palabras de Jesús resucitado a Santo Tomás: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído»» (Jn, 20, 23). Esta predilección de Jesús de la Iglesia y los gentiles ante los fariseos, queda recogida en la curación de un enfermo que nos relata San Lucas (14, 1-6).

Ante las acusaciones de los fariseos de haber sanado en Sábado, Jesús responde: “Si a uno de vosotros se le cae al pozo el burro o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?”. ¿Es coincidencia que Jesús utilice como ejemplo a estos dos animales?  Está claro que Cristo, reprendía a los fariseos por no tener en cuenta aquel mandato del Deuteronomio: “Si ves extraviada alguna res del ganado mayor o menor de tu hermano, no te desentenderás de ella, sino que se la llevarás a tu hermano (…) Si ves caído en el camino el asno o el buey de tu hermano, no te desentenderás de ellos, sino que le ayudarás a levantarlos” (Dt, 22, 1-4).

Son muchas las referencias que podríamos aludir a la imagen del buey relacionada con la Iglesia. Por ejemplo, en la Biblia se alaba el buey como animal para la trilla del trigo, para que pueda convertirse este en pan (Deuteronomio 25, 4; Oseas 10, 11).  Pero este animal sigue despertando otras significaciones. El buey es el toro castrado, imagen de la Iglesia ministerial. En el Evangelio de San Mateo, en los capítulos 18 y 19, Jesús enseña a los discípulos cómo debe convivir y ordenarse la comunidad de creyentes. En ese momento algunos ponen la objeción al Maestro sobre el divorcio y el celibato y Él les contesta: “hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda” (Mt. 19, 12). Pocos versículos después llamará al joven rico a que deje todo y le siga en una clara evocación de consagración sacerdotal.

Si Cristo es Sacerdote y Ofrenda, así el buey siempre fue una figura veterotestamentaria de las ofrendas y sacrificios a Dios por los pecados de su pueblo: “Si el que peca es el sacerdote ungido, haciendo culpable al pueblo, entonces ofrecerá a Yahveh por el pecado que ha cometido un novillo sin defecto, como sacrificio por el pecado” (Lev 4, 3)

Si Cristo es Sacerdote y Ofrenda, así el buey siempre fue una figura veterotestamentaria de las ofrendas y sacrificios a Dios por los pecados de su pueblo: “Si el que peca es el sacerdote ungido, haciendo culpable al pueblo, entonces ofrecerá a Yahveh por el pecado que ha cometido un novillo sin defecto, como sacrificio por el pecado” (Lev 4, 3). El propio texto bíblico nos asocia la imagen del cordero como figura crística para el sacrificio y unida al toro: “Tomad un macho cabrío para el sacrificio por el pecado y un becerro y un cordero, ambos de un año y sin defecto, para el holocausto; para los sacrificios de comunión, un toro y un carnero, que se sacrificarán ante Yahveh” (Lev 9, 4). Otra referencia esencial es cuando el pueblo de Israel, en un acto de apostasía y autoadoración como pueblo escogido, elige como autoimagen divina a un buey: el becerro de oro (Ex 2).

Pero no podría acabar estas reflexiones sin volver sobre el asno; o sea, sobre la imagen del futuro fruto mesiánico que ya antecede su papel en la historia contemplando al niño-Dios en el pesebre. A pesar de su impureza para ser comido, esto es, no podemos alimentarnos de nosotros mismos, también en la Biblia se le concede al asno rasgos que simbolizan al pueblo sacerdotal y mesiánico. Es significativo el siguiente mandato bíblico: “consagrarás a Yahveh todo lo que abre el seno materno. Todo primer nacido de tus ganados, si son machos, pertenecen también a Yahveh. Todo primer nacido del asno lo rescatarás con un cordero; y si no lo rescatas lo desnucarás. Rescatarás también todo primogénito de entre tus hijos” (Ex 13, 13, o Ex 34, 20).

Por eso, para los judíos el asno estaba relacionado de algún modo con la figura del Mesías. No en vano, Zacarías había profetizado: “¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna. El suprimirá los cuernos de Efraím y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra» (Zc 9, 9).

¿Puede un burro hablar? La Biblia nos dice que Dios puede hacer de cualquier burro como nosotros un instrumento. Otros, como Juan Arias -el negacionista de los pesebres- es un burro que habla no como instrumento de Dios, sino para sí mismo

Este fragmento profético es el que recoge San Juan en su Evangelio para demostrar que Jesús era el Mesías, cuando entra poco antes de su sacrificio en Jerusalén montado en un pollino (Jn 12, 15). Lo inmundo para los judíos, el asno, sirvió para que el Mesías entrara en Jerusalén como Rey terrenal. Pero antes había de mediar su sacrificio y su triunfo y culminación de su reino ha de venir al final de los tiempos. De ahí que el burro sea símbolo de la Paz mesiánica y en la tradición judía se confronte el burro frente al caballo como animal de guerra (véase la profecía de Zacarías citada más arriba). Sorprende el contraste de dos figuras mesiánicas. Una, la relatada, del Mesías encaminándose al sacrificio de la cruz pacífica y dócilmente, montado en un pollino, para sujetarse a los que la habían de matar.

La otra, también mesiánica, aparece en el Apocalipsis cuando aparece la siguiente figura: “Entonces vi el cielo abierto y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: el Verbo de Dios. Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores” (Ap 19, 11-16).

El asno, cualquiera de nosotros, es claro instrumento de Dios. En la Biblia el mismísimo Yahvé, nos cuenta el libro de los Números, hace hablar a la burra del profeta Balaam. Se trata del episodio de cuando el rey de Moab temiendo un ataque de Israel, manda llamar al profeta Balaam para que maldiga al pueblo escogido. El profeta es avisado en sueños para que no lo haga, pero está dispuesto a hacerlo. Finalmente, es su propia burra la que ve al ángel de Dios y le avisa sobre la inconveniencia de esa misión. ¿Puede un burro hablar? La Biblia nos dice que Dios puede hacer de cualquier burro como nosotros un instrumento. Otros, como Juan Arias -el negacionista de los pesebres- es un burro que habla no como instrumento de Dios, sino para sí mismo. Es una pena que en los años de seminarista no hubiera estudiado un poco más y me obligue a mí a repasar las escrituras.

Como estamos en Navidad, dejaremos el caballo de la guerra, y nos placeremos en contemplar a la Sagrada Familia junto al asno y el buey. Les prometo que no desentonaremos. Sólo hemos de pensar que ese niño algún día será Rey y nos habrá de juzgar

Javier Barraycoa

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