La Constitución de 78 y sus aporías

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40 años no son nada para la historia y casi toda una vida para muchos mortales. Hace 40 años no pude votar en el referéndum de la actual Constitución porque carecía de la edad legal. Pero sí pude hacer campaña en contra. Entre los argumentos que esgrimidos por los que estábamos en contra, eran entre otros que esta Constitución era abortista y divorcista, que no garantizaba la libertad de enseñanza o que llevaría a la secularización de la sociedad por ignorar totalmente a Dios en su articulado, al contrario que otras constituciones. Pero ello no obstó para que la inmensa mayoría de obispos -excepto tres honorables excepciones- pidieran el voto a favor.

Por aquellos tiempos ya era consciente que la Iglesia se estaba haciendo el harakiri, ahora soy simplemente testigo de la agonía por desangre. Rompiendo el silencio que exigía la jornada de reflexión, Adolfo Suárez, realizó pública comparecencia ante la televisión, para -sorprendentemente- recordar que la Constitución que se iba a refrendar al día siguiente “no era ni divorcista ni abortista”. Ello me enseñó que la inmensa mayoría de políticos no tienen palabra.

Por aquellos tiempos ya era consciente que la Iglesia se estaba haciendo el harakiri, ahora soy simplemente testigo de la agonía por desangre

De nada sirve lamentarse de las derrotas. Hay que aprender de ellas, lamerse las heridas y prepararse para la siguiente batalla. El gran drama de media España es que ante la Constitución española sufren una especie de Síndrome de Estocolmo. Esto es, en ellos se despierta un irracional vínculo afectivo hacia quién le resta la libertad y recela profundamente de quien pretende rescatarlo de su esclavitud o prisión. Esta sería la primera aporía que deseo proponer. Todos los males de los que nos quejamos son el desarrollo lógico y legal de la arquitectónica constitucional. Ya que en ella se consagra por ley que el voluntarismo político puede recorrer la propia ley sin transgredirla. El Tribunal Constitucional, durante 40 años, ha sido el encargado de crear una jurisprudencia que ha dinamitado la Constitución que decía defender. Por ello querer defender la Constitución para frenar los males que ella misma ha provocado, es una aporía irresoluble.

Una segunda aporía, es que los que más provecho han sacado de la Constitución, los separatistas y la izquierda, son los que ahora quieren tumbarla. Por el contrario, aquellos que se tuvieron que pasar con agua el texto constitucional, y aceptarlo como un mal menor por salvar la convivencia al precio de renegar de los principios, son los que ahora se aferran a ella como un tótem sagrado. Esta aporía se expresaría así: la Constitución está vigente sin que nadie la apoye realmente. ¡Cuántos que aborrecían de ella al principio de la Transición, ahora se aferran como a su tabla de salvación! ¡Cuántos que la aplaudían como al Mesías en el Domingo de Ramos, ahora piden su deposición! La Constitución española se mantiene en pie, no porque el pueblo la ame de corazón, sino por el miedo que genera lo que pueda ocurrir sin ella. Pero que acabará ocurriendo con ella y por ella.

Todos los males de los que nos quejamos son el desarrollo lógico y legal de la arquitectónica constitucional. Ya que en ella se consagra por ley que el voluntarismo político puede recorrer la propia ley sin transgredirla

Surgen más aporías. Quizá la más patente, aunque menos reflexionada, es la defensa de la Constitución y el rechazo de las autonomías. Esta sí que es una señora paradoja. Afirmarse constitucionalista y querer la supresión de las autonomías es un oxímoron o contradictio in terminis descomunal. La Constitución consagra las autonomías, en articulados diferentes se establecen materias competenciales prácticamente sin límites, sólo se regulan ciertas causas para intervenirlas, pero nunca su supresión. El entramado de artículos y la jurisprudencia del tribunal constitucional impiden la supresión de las autonomías. La única forma de lograrlo es suprimiendo la propia Constitución. Ciertamente es una aporía interesante: la muerte de las autonomías es la muerte de la Constitución, que algunos creen ingenuamente que puede salvaguardarnos de sus abusos.

El entramado de artículos y la jurisprudencia del tribunal constitucional impiden la supresión de las autonomías. La única forma de lograrlo es suprimiendo la propia Constitución.

Las aporías seguirían llegando, pero el espacio se me agota. La Constitución es la continuidad legal de la arquitectónica legal del franquismo, gracias a Ley Para la Reforma Política de 1976 y refrendada por el pueblo español. Esto nadie lo puede negar. Pero la propia Constitución incluye contradictorios intentos de legitimación de la II República. Ejemplo de ello es el reconocimiento de tres nacionalidades históricas (Galicia, Vascongadas y Cataluña) por ser las regiones que consiguieron su estatuto durante el periodo republicano. O bien Suárez y el entonces Jefe de Estado. no tuvieron reparo en restaurar una institución republicana como la Generalitat de Catalunya. Entonces, sobre qué legitimidad legal reposa la Constitución: ¿el franquismo, la república o el régimen borbónico anterior al ilegal advenimiento de la II República?

Se dé la respuesta que se dé, se desvela que la actual situación es absurda. Los constitucionalistas reniegan del franquismo, pero temen a los podemitas republicanos y sus camaradas de viaje: los separatistas, y se agarran al texto que se deriva del franquismo. Y la actual monarquía borbónica quiere ser la continuidad de la de Alfonso XII, como si no hubiera existido ni el franquismo ni la etapa republicana y ni siquiera la Guerra Civil. Es un funambulismo político demasiado arriesgado porque separase del origen franquista de la restauración borbónica es acercarse a la república o al vacío.

la actual monarquía borbónica quiere ser la continuidad de la de Alfonso XII, como si no hubiera existido ni el franquismo ni la etapa republicana y ni siquiera la Guerra Civil.

Las aporías, cuando se producen en política, pueden sostenerse mientras que todos disimulen no verlas o nieguen su existencia. Pero cuando alguien rompe el consenso, y avisa que el rey está desnudo, entonces se transforman en inevitables lógicas que minan y llevan al derrumbe de un régimen; en este caso el de la Constitución del 78.

Javier Barraycoa

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