La Monarquía en la Teología de la Historia (1): Introducción y prenotandos

 

LII Encuentro de amigos de la Ciudad Católica

Sábado 11 de abril de 2015

La Monarquía en la Teología de la Historia

por Javier Barraycoa

 

«La civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes … Ha existido, existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica». (San Pío X, Notre charge apostolique)

 

Introducción

El título que se nos ha propuesto para esta intervención, ha sido acogido con el paulino consejo de “temor y temblor” (Fp, 2, 12), pues ciertos temas a tratar son más propensos a decir necedades que cosas verdaderas. Más que animarnos a trabajar para nuestra salvación -como nos recuerda el apóstol-, pueden mal servir para la vanagloria o satisfacer el vicio de la curiositas. Es inevitable, por el propio título, realizar reflexiones que nos aproximen a consideraciones sobre el milenarismo, sea el Reino mesiánico sea su falsa interpretación, que siempre son complejas y discutibles.

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Xilografía de Durero sobre el Apocalipsis

Estas primeras líneas no son una mera licencia literaria para iniciar el presente escrito. De todos es conocido el Decreto del Santo Oficio del 11 de Junio de 1941 en el que se afirma: “El sistema del milenarismo, aún el mitigado, es decir, el que enseña que, según la revelación católica Cristo Nuestro Señor, antes del juicio final, ha de venir corporalmente[1] (corporaliter) a esta tierra a reinar, ya sea con resurrección anterior de muchos justos o sin ella, no se puede enseñar sin peligro”. Este Decreto dio lugar a mucha confusión y acusaciones de milenaristas a los que no lo eran realmente. Por ello hubo de corregirse con otro Decreto aclaratorio, del 21 de Julio de 1944, en el que se sustituía la palabra corporaliter por visibiliter, ya que Cristo reina corporalmente desde el sagrario y eso no podía negarse.

Dejando de lado esta más que sutil aclaración terminológica del segundo Decreto, lo que más confusión causó era si realmente queda condenado, o no, el milenarismo mitigado y, lo que es peor, no se aclaraba en profundidad que se debía entender por milenarismo mitigado. En el trasfondo, para qué negarlo, lo que se ponía en juego con estos Decretos era si se puede realizar una Teología de la Historia y en qué sentido se puede hablar del Reino de Cristo o de Dios y en cuál no. De no ser posible una Teología de la Historia, tarde o temprano nos deslizaríamos a una tesis naturalista bajo la que sólo se podría hablar del Reino de Dios en un sentido alegórico, como desde hace dos siglos ha pretendido el modernismo teológico.

En la tradición recibida los que hemos bebido del magisterio del Padre Orlandis, a través del Doctor Francisco Canals, sabemos que aquél insigne jesuita evitó identificarse siquiera con el término milenarismo mitigado. No por ello rechazó escudriñar el verdadero sentido del Milenio preconizado en el Apocalipsis, aunque prefiriendo usar la expresión El Reino de Cristo Consumado en la Tierra.

Su doctrina, al respecto, algunos podrían encasillarla como milenarismo mitigado. Aunque volveríamos al problemas de qué ha de entenderse por tal[2]. Para una aclaración sobre estos matices, y las acusaciones que recibió el P. Orlandis de integrista y milenarista por parte de propios y extraños, se hace imprescindible el famoso artículo de Francisco Canals Mis recuerdos del Padre Orlandis acerca de su “milenarismo”[3]. Es un error afirmar que no se pueda sostener el milenarismo mitigado. Lo que se prohíbe es enseñarlo como doctrina segura[4].

El P. Eusebio García de Pesquera comenta a propósito del Decreto de 1941: ”‘Esa opinión del Milenarismo mitigado, no puede enseñarse sin reparos’. La expresión latina tuto docere non posse, resulta difícil de traducir con exactitud. Pero resulta evidente que con ella se quiere eludir un claro pronunciamiento doctrinal sobre la ortodoxia o heterodoxia del Milenarismo mitigado. Sólo se pone en guardia contra él, para que sus opiniones, o más bien sus puntos de vista sobre el sentido de tantos pasajes escriturarios, no se enseñen normal y tranquilamente en los centros escolares de la Iglesia. Ese pronunciamiento del Santo Oficio ha de tomarse y tenerse en cuenta; pero no como si se tratase de alguna causa inapelablemente sentenciada”[5].

Con otras palabras, estos Decretos no pueden servir de excusa ni para los que quieren defender un milenarismo carnal o craso, bajo la apariencia de milenarismo mitigado, ni –por otro lado- para los furibundos antimilenaristas[6] que, tras su apariencia de ortodoxia, niegan la Doctrina del Reino de Cristo y su Soberanía social vertida en imprescindibles Encíclicas. Esta breve introducción justifica por tanto unos prenotandos que nos ayuden a pisar suelo firme, o al menos lo más firme posible.

1.-Prenotandos

Para adentrarnos en las consideraciones de la Monarquía y la Teología de la Historia, se requieren unos prenotandos:

1.- A la hora de interpretar las Escrituras es necesario distinguir entre Tipo y Antitipo. Esta distinción, aunque puede parecer evidente, no lo es tanto. El Antitipo no es lo contrario que el Tipo. Al respecto, podemos encontrar muchas definiciones teológicas con sus respectivos matices pero lo dejaremos establecido de la siguiente forma: el Tipo es una figura que contiene alguna realidad futura, por tanto es profético, y especialmente lo que prefigura se habrá de manifestar plenamente tras la venida de Cristo[7], o al menos en la medida que ésta se acerca. El cumplimiento del Tipo es el Antitipo. Es en este sentido como lo propone el Padre Sáenz: “Toda profecía se desenvuelve en dos planos y se refiere a la vez a dos sucesos: uno próximo, llamado typo, y otro remoto, llamado antitypo. El profeta describe sucesos lejanísimos, para los cuales hasta las palabras resultan deficientes, pero proyectándolos analógicamente desde sucesos cercanos”[8].

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Apocalipisis de San Juan según Durero

2.- No se podrían entender las cosas por venir, sin haber escudriñado las pasadas. Con otras palabras, sin descubrir el Tipo, difícilmente entenderemos el Antitipo que se nos presente en la revelación. Según San Buenaventura, para la inteligencia iluminada por la fe y enseñada por la Sagrada Escritura “es manifiesto cómo la Escritura describe las sucesiones de los tiempos”[9] y “Los dos Testamentos resplandecen uno sobre el otro… ; porque no puede conocer lo futuro el que ignora lo pasado. Pues si no conozco de qué árbol es una semilla, no puedo saber qué árbol tiene que venir de ella. De donde el conocimiento de las cosas futuras depende del conocimiento de las cosas pasadas. Por esto, Moisés, profetizando sobre las cosas futuras, refirió por revelación las cosas pasadas”[10].

3.- La distinción entre Tipo y Antitipo, puede nos permite explicar aparentes contradicciones o “fallos” en las Escrituras. A propósito, el Padre Sáenz, comentando al Padre Castellani, propone el siguiente ejemplo: en el transcurso de un sermón de Jesús sobre los últimos tiempos, encontramos una afirmación tan categórica como desconcertante: «En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todas estas cosas sucedan» (Mc 13, 30-31). Aquellos –comenta el P. Sáenz- que lo oían murieron y, sin embargo, no llegó el anunciado fin de los tiempos. ¿Se equivocó Cristo? Para solucionarlo podemos considerarlo que la generación a la que hablaba Jesús es el Tipo, y el Antitipo los descendientes de esa generación o de los apóstoles que verán culminadas esa promesa. Igualmente se podría aplicar al inicio del Apocalipsis cuando se alude “de lo que ha de suceder pronto” (Ap. 1,1.), y así innumerables ejemplos[11]. Por tanto el anticipo está relacionado con el modo anagógico (o místico) de interpretar las Escrituras[12].

4.- Otras aparentes “contradicciones” que reflejan las Escrituras, podríamos decir hasta la saciedad, deben ser explicadas desde otra perspectiva. En este caso debemos recurrir a distingos y lógicas contextuales[13]. Pongamos algún ejemplo: en Deuteronomio 5, 8, leemos “No te harás imágenes: figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra”, argumento utilizado por las herejías iconoclastas para negar la veneración católica a cualquier imagen. Sin embargo en otros pasajes de la Biblia Dios ordena hacer imágenes, como queda explícito en Ex. 25, 18-20, cuando ordena a Moisés que ornamente el Arca de la Alianza con dos querubines de oro; o en Núm 21, 8-9. O el propio Salomón, cuando construye el templo de Jerusalén, coloca en él imágenes de ángeles (1 Re. 6, 23) y de animales (1 Re. 7, 29). El contexto y los distingos son evidentes para aclarar estas contradicciones. No se pueden crear imágenes que sustituyan a Dios, por lo tanto se les procure culto de latría[14]. Está claro que no se puede interpretar literalmente aquellas palabras de Jesús, “si tu ojo te lleva al pecado, arráncatelo” (Mt 5, 29). Deben ser interpretadas moralmente o alegóricamente. En este último sentido la “carne” puede entenderse como algo bueno: el “Esta es carne de mi carne” de Adán; o puede tener un sentido negativo como “hombre encerrado en su propia concupiscencia”.

5.- Las cuatro formas de interpretación de la Escritura no son excluyentes entre sí y permiten que muchos pasajes puedan ser interpretados con varios sentidos. Sin un dominio de estos conocimientos, y muchos más, es una temeridad adentrarse en las Escrituras y mucho más en la Teología de la Historia.

©Javier Barraycoa

NOTAS:

[1] El subrayado y paréntesis es nuestro. El Decreto es en respuesta a una pregunta del que fuera Arzobispo de Santiago de Chile.

[2] Aunque con otra perspectiva teológica diferente al P. Orlandis, el P. Castellani reprobó el milenarismo mitigado tal y como queda especificado en el Decreto; a saber: ‘el milenarismo de los que enseñen que antes del juicio final, con previa o sin previa resurrección de justos, Cristo volvería a la tierra a reinar corporalmente’

[3] Cristiandad, 815-816, mayo-junio, 1999.

[4] Lo sí se puede afirmar del Decreto es que queda condenado el milenarismo tal como se profesa en el libro de Manuel Lacunza (publicación póstuma bajo el pseudónimo de Ben Ezra), La Venida del Mesías en gloria y majestad, obra ya condenada (Index del 6 de septiembre de 1824).

[5] Eusebio García de Pesquera, “Maran Atha”¡El Señor Vuelve!, Ed. Círculo, Zaragoza, 1982, p. 85.

[6] El sobrino del Padre Orlandis, jesuita mártir en 1936, al llevar a cabo su tesis doctoral sobre el tema, titulada De Consumatione Regni Messianici in Terris, seu de Regno Christi in Terris Consumato, encontró fuerte oposición entre sus compañeros jesuitas y superiores que consideraban que era una banalidad dedicarse a estos temas.

[7] El término tipo se encuentra numerosas veces en el Nuevo Testamento con diferentes significados: Jn 20,25; Hch 7,43,44; 23,25; Ro 5,14; 6,17; 1Co 10,6-11; Fil 3,17; 1Ts 1,7; 2Ts 3,9; 1Ti 4,12; Tit 2,7; He 8,5; 1P 5,3. En el sentido que lo consideramos, se halla en 1 Corintios 10,6 y 11. Tipo, proviene del griego tupov; y tiene, entre otras, dos acepciones: Modelo, ejemplar y símbolo representativo de algo figurado.

[8] Alfredo Sáenz, S.J., El Apocalipsis según Leonardo Castellani, Fundación GRATIS DATE, Pamplona, 2005, p. 4.

[9] San Buenaventura, Obras, BAC, edición bilingüe, Col. XVI, núm. 31, p. 491.

[10] Ibid., Col. XV, núm. 11, p. 457.

[11] Los apóstoles y sus descendientes directos vieron el hundimiento del Templo de Jerusalén. Los cristianos de los últimos tiempos verán la caída de la Jerusalén que representa la Iglesia.

[12] Los diversos usos de la tipología a lo largo de la época patrística pueden sintetizarse en el díptico latino: Littera gesta docet; quid credas Allegoria. Moralis quid agas; quo tendas, Anagogia (Lo literal enseña los hechos, lo alegórico lo que hay que creer. Lo moral lo que hay que hacer y lo anagógico adónde ir).

[13] Podríamos poner cientos de ejemplos. Ante la tormenta en la barca, Jesús se queda dormido y le reprocha a sus discípulos que le despierten. Sin embargo en el huerto de los Olivos, Jesús los amonesta por haberse quedado dormidos.

[14] Cf. ST, II-II, q. 103.

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