La Monarquía en la Teología de la Historia (2):

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2.- Ergo rex es tu?

Ante la pregunta de Pilatos, “Luego ¿tú eres Rey?” (Jn. 18, 38) y la respuesta afirmativa de Cristo (“Tu dicis quia rex sum. Ego in hoc natus sum et ad hoc veni in mundum …”) es claramente un Tipo. No se permite una lectura alegórica, ni –evidentemente moral- sino literal y anagógica (con este término también nos referimos al Antitipo)[1]. La dimensión anagógica se hallaría en el Antitipo que correspondería al Reino mesiánico anunciado por los Profetas y el mismo Cristo. El que iba a ser expuesto como Ecce homo, en su plena humanidad y sin rastro aparente de divinidad era verdaderamente Rey en ese momento, en cuanto que hombre. El que vendrá a reinar y juzgar a las naciones seguirá siendo Rey[2].

durero2.jpgAunque es evidente que existe una especie de dramático contagio semiarrriano –o simplemente arriano- en una gran parte del clero, no por ello la doctrina deja de ser inequívoca respecto a la realeza de Cristo. Sin embargo, se podría objetar, con argucias finas, que Dios no quiso que la religión mesiánica, que se prometía a Israel, tuviera ese carácter real y fuera meramente una religión “espiritual” (sin dimensión social o política). Esto es, que a diferencia de lo que se señala en la Quas Primas, que no sólo significa como campo de la realeza de Cristo lo espiritual (nº 14), sino también en lo temporal (nº 15) y en los individuos y sociedades (nº 16-19), la religión fuera únicamente propia de la vida interior de las almas individuales.

La negación que ha de sufrir la verdadera Realeza de Cristo y, por tanto, desde su Reino Mesiánico, ya se encuentra esbozada de muchas formas en el Antiguo Testamento. Pero hemos de estar muy atentos, porque esta negación puede adquirir falsamente la misma forma de lo que se pretenden negar.

El argumento y ejemplo más contundente podría ser cuando el pueblo judío pide a Dios un Rey. Y Dios ve en ello un acto de rebeldía: “Todos los ancianos de Israel se congregaron en la casa de Samuel en Ramá. Le dijeron: «Te has vuelto viejo y tus hijos no siguen tus pasos, ya es tiempo de que nos des un rey para que nos gobierne como se hace en todas las naciones». Disgustó a Samuel que dijeran: «¡Danos un rey para que nos gobierne!» Samuel se dirigió entonces a Yavé. Pero Yavé dijo a Samuel: «Atiende a todo lo que te dice este pueblo, porque no es a ti a quien rechazan sino a mí. Ya no quieren que reine sobre ellos»” (I Sm. 8, 5-7). Esta queja de Dios se podría aplicar igualmente cuando Jesús se refiere así mismo en una parábola y sus enemigos exclaman: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lc. 19,14).

durero3.jpgDe esta exposición, surge una paradoja asombrosa. En el fondo, el Pueblo de Israel no quiere una monarquía en sentido real (cuya autoridad esté fundamentada en Dios mismo) y que suponga que alguien tiene autoridad sobre uno mismo[3]. Lo que desea realmente el pueblo de Israel es ser como las demás naciones, que en el contexto significa ser idólatras. La petición de una monarquía –condición material para que advenga el Mesías prometido- no es más que la “estrategia” para que la soberbia de su petición no sea “tan evidente” a los ojos de Dios. Al igual que en la tentación del Paraíso, el fruto con el que se tienta es un bien en sí mismo, la monarquía es un bien[4], pero la intencionalidad de la petición de Israel es perversa.

Con otras palabras, el Pueblo de Israel, en este hecho, busca fundamentar su gobierno en sí mismo y no en Dios. Pero este pecado sólo puede realizarse desde una apariencia de bien ya que, como señala Santo Tomás: “el bien es todo aquello que es apetecible”[5]. En principio, la monarquía para Israel era un bien apetecible y legítimo, pero desordenado por la voluntad de los que la solicitaban. En este sentido la monarquía que piden, como luego analizaremos, no deja de ser un precedente, o Tipo, de la democracia autoidolátrica moderna. Insistimos, lo que está oculto en bajo apariencia monárquica en la petición de Israel a Samuel, se manifestará como realmente es, al final de los tiempos, esto es, como una democracia autoidolátrica moderna.

¿Cómo una monarquía, al menos formalmente establecida, puede ser tipo de una democracia autoidolátrica? Para responder a ello son muy clarificadoras las reflexiones de Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica, cuando tratando sobre la justicia, atiende a la virtud de Religión, por la que: “a Él es a quien principalmente debemos ligarnos como a principio indeficiente, a Él debe tender sin cesar nuestra elección como a fin último, perdido por negligencia al pecar, y El es también a quien nosotros debemos recuperar creyendo y atestiguando nuestra fe”[6]. La monarquía que sesean los judíos, no atiende a esta ordenación a Dios, como el propio Yavé reconoce.

durero4Ello queda más patente cuando Santo Tomás, respondiendo a la objeción 3 de la II-II, q, 81, a. 1, en la que se plantea si la virtud de la Religión se puede aplicar no sólo a Dios sino también al prójimo, se responde de esta interesante forma: “por el hecho de ser correlativos los nombres de siervo y señor, donde hay una razón propia y especial de señorío, necesariamente tiene que haber una razón propia y especial de servidumbre. Ahora bien: es evidente que el señorío le pertenece a Dios por una razón propia y singular, a saber: por ser Él quien hizo todas las cosas y por tener el principado supremo sobre todo lo creado. Por tanto, se le debe especial servidumbre, y a tal servidumbre en griego se la designa con el nombre de latría. De donde se sigue que, hablando con propiedad, pertenece a la religión[7].

La relación siervo-Señor nunca puede invertirse y se sustenta en el reconocimiento de Dios como fuente de toda Autoridad, sea en una monarquía, sea en una democracia[8]. Esta tesis queda apoyada magisterialmente cuando el Papa Pío XII, en su radiomensaje de la Navidad de 1944, enseñaba: “Una sana democracia, fundada sobre los inmutables principios de la ley natural y de las verdades reveladas, será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin freno ni límites, y que hace también del régimen democrático, no obstante las contrarias pero vanas apariencias, un verdadero y simple sistema de absolutismo”.

La monarquía que proponen los judíos a Samuel, es el fondo el equivalente a lo que desde el Magisterio de la Iglesia se ha denominado democracia atea. Francisco Canals, rememorando a Torras y Bages, describe así a esta democracia atea: “Si se olvidan los principios filosóficos antiteísticos y antinaturales -inhumanos- de las corrientes de la gran revolución política moderna en sus sucesivas etapas, se cae en la trampa de los equívocos. No se comprenderá así que el gran Obispo catalán Torras y Bages pudiese decir que «los cristianos nunca admitirán aquel principio del parlamentarismo moderno de que una mayoría pueda volver blanco lo negro, ni negro lo blanco, hacer justo lo injusto e injusto lo justo» (Dios y el César, 19 de marzo de 1911)”[9].

durero5.jpgAplicada esta respuesta a la cuestión que estamos tratando, es evidente que el pueblo de Israel, quería un rey no para ser siervo de un señor, sino para liberarse de la servidumbre del Señor y evitar la latría que le debían. El hecho de abandonar este deber para con Dios, pervierte el valor de la monarquía, pues se convierte en un instrumento o excusa para la autoidolatría. Es patente que el pueblo de Israel no se podía proclamar explícitamente como un pueblo auto-constituido[10]. La rebelión –ya latente desde la salida de Egipto y cada vez más explícita- se debía producir poco a poco. Por eso Israel convivía con los profetas al mismo tiempo que los mataba. Resumiendo Israel no quería un Rey, sino ser un “reino”. Este reino sin verdadero “Rey” lo podemos tomar como Tipo del Antitipo que representaría el rechazo de los judíos al Mesías. En el fondo es la misma actitud del sionismo que inmanentiza la idea mesiánica y la encarna en el estado de Israel.

La palabra “Reino” en hebreo, mamlakah, surge con cierta frecuencia en el Antiguo Testamento y de forma desproporcionadamente alta en la prédica de Jesús. El significado hebreo de reino puede tener un sentido territorial, “un reino”, pero también como extensión a una nación o pueblo[11]. Pero en este caso tendría referencia a los pueblos no israelitas, por tanto gobernados por un Rey divinizado, esto es idolátrico[12]. Como ejemplo, y para que nos sirva de digresión para un tema que al final trataremos, decir que el término mamlakah (reino o nación) es el que utiliza Isaías en la siguiente profecía: ”Acontecerá que al fin de los setenta años visitará Jehová a Tiro; y volverá a comerciar, y otra vez fornicará[13] con todos los reinos[14] del mundo sobre la faz de la tierra” (Is. 23, 17). Unos versículos antes, el Profeta gime: “¡Lloren, navíos de Tarsis, porque ha sido destruido su puerto!” (Is. 23, 14).

Esta profecía no sólo es para Tiro, sino que su anticipo está claramente relatado en el Apocalipsis donde se universaliza el acontecimiento y es propuesto en clave salvífica. Baste leer los siguientes versículos: “Gritó con voz potente: ¡Cayó, cayó la Gran Babilonia! Se ha convertido en guarida de demonios, en refugio de espíritus inmundos, en nido de aves impuras y asquerosas; porque con el vino de su prostitución se han emborrachado todas las naciones; los reyes de la tierra pecaron con ella, y los comerciantes del mundo se hicieron ricos con ella, pues era buena para gastar (Ap. 18, 2-3). Una clave de este pasaje es que se invierte el relato, para indicarnos una alegoría inversa. Lo que queda prefigurado primero en Isaías, las lágrimas de los navegantes y comerciantes de Tarsis, en el Apocalipsis aparece después: “¡En una hora se acabó tanta riqueza!» Todos los capitanes, navegantes, marineros y cuantos se ocupan en los trabajos del mar se detuvieron a distancia” (Ap. 18, 17). Esta alegoría inversa queda confirmada pues mientras que, en el Apocalipsis, Babilonia queda devastada (Ap. 18, 18), en la profecía de Isaías, Tiro se recupera y ordena hacia Dios: “Pero sus ganancias y ahorros no serán, esta vez, guardados ni se acumularán, sino que serán consagrados a Yavé. Esos fondos se usarán para aquellos que ofician en su presencia, y con esto tendrán buena comida y se vestirán como príncipes” (Is. 23, 18). Cerramos aquí la digresión.

 

NOTAS:

[1] La cuestión de las formas de leer los Textos Sagrados no es tan simple ni mucho menos hay consenso entre teólogos. Alguno ha definido a la anagogía como una analogía ontológica. Para otros la relación anagógica entre tipo y anticipo es una prefiguración de lo que pasará pero no necesariamente en “la eternidad”. Otros consideran que la relación solo tiene sentido en referencia a lo eterno. En esta perspectiva parece que se encuentra el Doctor Canals cuando afirma que no podemos contraponer anagógicamente Babilonia y Jeresulén, pues “No hay Babilonia en el infierno, no hay sociedad humana”. Pero en cambio sí podemos tomar Jerusalén en sentido de cielo. En cambio, sigue proponiendo Canals, en el Apocalipsis Babilonia tiene un sentido espiritual-moral.

[2] La doctrina pontificia, enriquecida por Pío XI en la Quas Primas, en inequívoca al respecto: “Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia, cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no solo porque en Él la voluntad humana esta entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres, porque con su supereminente caridad (Ef. 3,19) y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie -entre todos los nacidos- ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues solo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino (Dn. 7,13-14) porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas”.

[3] Santo Tomás en De Regno, L.1, Cap. 1, inicia su obra especificando el sentido más genérico de “qué se entiende por la palabra Rey”. En este trasfondo sustancial se encuentra la necesidad de que siempre necesitamos a alguien que nos rija para alcanzar los fines propios y legítimos, ya que con nuestra sola razón no podemos: “el hombre necesita alguien que lo dirija a su fin”.

[4] Ello no contradice, presupuesto lo anteriormente expuesto sobre la tentación, que la Monarquía, como señala Santo Tomás de Aquino en De Regno: “Por ello si el arte imita a la naturaleza (…) necesariamente también en la sociedad humana lo mejor será lo que sea dirigido por uno”. Así, podemos afirmar que la monarquía que solicitan los ancianos de Israel a Samuel, no es en realidad una verdadera monarquía. Es un Tipo de la futura democracia universal anteística que sería el Antitipo y que bajo forma alegórica se presentará en el Apocalipsis.

[5] ST, I, q. 48, a. 1.: “Respondo: Cada uno de los opuestos es conocido por el otro. Ejemplo: Las tinieblas por la luz. De ahí que es necesario que a partir del concepto de bien se conozca lo que es el mal. Hemos dicho anteriormente (q.5 a.1), que el bien es todo aquello que es apetecible. Así, como quiera que toda naturaleza desea su propia existencia y perfección, es necesario afirmar que la existencia y la perfección de cualquier naturaleza tiene razón de bondad. Por lo tanto, no es posible que el mal indique algún ser o una determinada forma o naturaleza. Por lo tanto, no nos queda más que decir que con el nombre de mal se indica una determinada ausencia de bien. Por eso se dice que el mal ni existe ni es bueno, porque como quiera que todo ser, en cuanto tal, es bueno, no existir y no ser bueno es lo mismo”.

[6] ST, II-II, q, 81, a. 1, Respondeo.

[7] Ibid, ad 3.

[8] No en vano, Hegel formula la dialéctica del amo y el esclavo (Herrschaft und Knechtschaft), en la Fenomenología del espíritu precisamente para negar este principio de que todo régimen exige la primacía del Señor sobre el siervo, entrando en un bucle donde amo y esclavo se retroalimentan en su dependencia.

[9] Francisco Canals, Francisco Canals, “La Democracia Atea”, en Cristiandad, 607, octubre 1981, p. 166.

[10] Al igual que en el Paraíso, Adán y Eva no sólo pecan, sino que luego no reconocen su culpa. Adán acusa a la Mujer y ésta a la serpiente.

[11] «Cuando andaban de nación en nación, y de un reino a otro pueblo» (Sal.105).

[12] Gobernados por un melek o «rey». Es cierto que, como es frecuente en las escrituras su sentido no se reduce a éste y a veces lo hallamos Mamlakah señalando a Israel como el «reino» de Dios: «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex. 19, 6).

[13] Algunas traducciones más “pudorosas” de la Biblia traducen “se entregarán”, en vez de “fornicarán”.

[14] El subrayado es nuestro.

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