La Monarquía en la Teología de la Historia (3): Consideraciones sobre el Reinado Mesiánico y su Contratipo

 

3.- Consideraciones sobre el Reinado Mesiánico y su Contratipo

Dicho esto, ¿significa que Dios no quería que el Mesías fuera Rey y, por tanto, mantener al Pueblo de Israel bajo una “teocracia” profética y bajo los Jueces (como los hijos de Samuel)? Esto sería por un lado absurdo, pues la palabra Mesías –ungido- implica por su misma realeza. Además una de las funciones de los Profetas era ungir reyes. Por tanto sería absurdo que Dios les otorgara una función que nunca se iba a cumplir. Por otro lado, Dios accede a la petición idolátrica de Israel pues, en la economía de la salvación, el Reino tendrá un lugar principal, ya que el Mesías ha de ser Profeta, Sacerdote y Rey verdadero. Pero no será a modo de cómo quieran los gentiles o los judíos. Por eso, la dinastía que empieza con Saúl muere con él mismo y será por la unción de David cómo empieza la dinastía davídica o mesiánica[1].

durerobabilonia.jpgEn David encontramos un Tipo, un Antitipo y un Contratipo (o alegoría inversa). Saúl no es tipo de Cristo sino un Contratipo. Por el contrario, David, Rey ungido por Samuel, es Tipo de Cristo y el mismo Cristo, hombre y Dios, su Antitipo. Pero ello no implica que asesinatos o adulterios del Rey David sean constitutivos de este Tipo. El uso de Contratipos es constante en las Escrituras: Caín-Abel; Babilonia-Jerusalén, y un largo etcétera, que deben ser considerados a la hora de adentrarse en la Teología de la Historia.

Un Contratipo del Reino mesiánico puede ser la Monarquía de Herodes. Dejando de lado las complejidades históricas del momento, las rebeliones conspiraciones, las huidas y retornos, se puede concluir que: Herodes fue un rey al que se le asignó sólo una parte pequeña del territorio de Israel, la Judea. Fue el primer rey ilegítimo desde David, pues rompe la genealogía davídica, es un Rey impuesto por Roma y se casa con una samaritana (pueblo impuro para lo judíos)[2], y siguiendo el contratito reconstruye y amplia el Templo. Desde el nacimiento de Jesús, la breve dinastía herodiana, tiene un cierto protagonismo en la historia de Jesús, sobre todo dos de los hijos de Herodes el Grande: Arquelao (rey de Judea durante la infancia de jesús) y Herodes Antipas (que ejecuta a san Juan Bautista y juzga a Jesús).

Es significativo señalar que aunque en los planes de Dios, como ya dijimos, estaba establecer una monarquía en Israel, prefiguración de la realeza de su Hijo, no debía ser establecerse por ser voluntad del pueblo sino Suya. También insistimos en la latente y constante rebeldía del pueblo escogido hacia su Dios. Por tanto, no es de extrañar el rechazo constante de esa realeza del Mesías.

PILATOSEn la pasión todos hemos atendido y, y mucho se ha escrito, sobre aquél pasaje en la que el Pueblo judío se conjura para toda su historia: “¡Que su sangre [de Jesús] caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mt 27,24- 25). Sin embargo, traemos otro a colación del tema que estamos tratando y nos parece sumamente profundo en aras de pensar una teología de la historia[3]. Poco antes de la dura afirmación antes citada, los judíos responden así a la siguiente imprecación de Pilatos: “Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilatos les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César” (Jn. 19, 15). No estamos simplemente ante una estrategia de los fariseos para atemorizar a Pilatos, sino que esa temeridad se convierte en una carga y condena hasta el final de los tiempos. Hasta la consumación del reino mesiánico, los judíos no volverán a tener rey, como de hecho dejaron de tener Templo y por lo tanto sacerdocio o profetismo[4].

De este modo, al rechazar al Mesías, “No queremos que este reine sobre nosotros”, el Rey de los Judíos (causa por la que Pilatos condena a Jesús y así consta en la sentencia clavada en la cruz), los judíos se condenan a la sujeción de los imperios del mundo. Atendiendo a las lecturas bíblicas, especialmente al libro de Daniel, se puede vislumbrar con claridad la relación del pequeño pueblo de Israel con los imperios mundiales que siempre le acaban dominando y destruyendo el templo. La llegada del Mesías debía liberarles de esta constante histórica, pero la negación de Jesús, comporta la continuidad de esa sumisión que es la que vemos relatada en el Apocalipsis. Por ello, tal y como enseñaba el Padre Orlandis y trasmitió Francisco Canals, podía enlazarse las profecías mesiánicas de Daniel con el libro de san Juan.

Esbocemos sucintamente, y al respecto, la doctrina que tantas veces nos expuso el Doctor Canals[5]: El sueño profético de Daniel (Dn. 7, 1 y ss.) de las cuatro bestias que surgen del mar representan cuatro Imperios, tal y como la propia profecía es autointerpretada[6]. Este sueño queda ampliado en el Apocalipsis con la visión de los siete reinos; lo cual es lógico pues la visión de Daniel llega hasta la primera llegada del Mesías con el Imperio romano. Por el contrario, el Apocalipsis atenderá a la sucesión de reinos o imperios hasta la segunda venida: “Entonces vi una bestia que sube del mar; tiene siete cabezas y diez cuernos, con diez coronas en los cuernos, y en las cabezas un título que ofende a Dios. La bestia que vi se parecía a un leopardo, aunque sus patas eran como las de un oso y su boca como de un león. El Dragón le entregó su poder y su trono con un imperio inmenso” (Ap. 13. 1-2)[7].

BABILONIA.gifLos cuatro imperios de Daniel, y en ellos hay suficiente consenso, representan el Imperio Babilónico, que va desde Sumer (del que es llamado Abraham) hasta el momento del sueño de Daniel. También en este periodo es llamado el pueblo de Israel a Egipto, donde acontecerá su liberación por Moisés. El Imperio Babilónico llega a su esplendor y decadencia con Nabucodonosor (que acaba humillado por Dios y reconociéndole)[8] y el cautiverio de los 70 años[9]. Propiamente el sueño de las Bestias, se produce durante el primer año del reinado de Baltasar, el sucesor de Nabucodonosor, pero todos los sueños e interpretaciones están ligados entre sí.

El Segundo Imperio, el medo-persa- se inicia cuando el Rey Baltasar (o Belshazzar), muere durante la caída de Babilonia en manos de Ciro II el Grande en el año 539 a. C. Se inicia así la liberación de Israel y permite la restauración del templo de Salomón. El Tercer Imperio es el Helénico. Alejandro Magno fue recibido por los sacerdotes del Templo y releyeron la profecía de Daniel, pues identificaban su imperio con la tercera bestia. Durante el periodo helénico se produce el intento de paganización de Israel y la bíblica guerra de los Macabeos. El cuarto imperio, cuando debía llegar y gestarse el reino mesiánico es el imperio Romano, en el que se impone una monarquía ilegítima (la herodiana como ya hemos visto) y donde Cristo muere crucificado y no es reconocido como Mesías por los judíos.

Hasta aquí llegaron los sueños proféticos de Daniel en los que debía manifestarse el Mesías. Cosa que ocurrió, pero no como los judíos esperaban. Por tanto, la historia de la salvación, y la espera mesiánica de los judíos, se prolongará hasta la culminación de los tiempos. Por eso en el Apocalipsis se descubre un nuevo sueño profético, prolongación de éste. En él, aparece la Bestia de siete cabezas y diez cuernos[10]. Cada Cabeza es un Imperio, relacionados todos con los imperios La interpretación del Padre Orlandis y Canals de esta figura, sería la siguiente: “1.-Primer Imperio Babilónico; 2. Imperio Egipcio; 3 Imperio asirio-babilónico (Nínive y Babilonia) -que incluye el llamado neo babilónico o caldeo […]; 4. Imperio Medo-persa; 5. Imperio Helénico; 6. Imperio romano; 7. Un imperio innominado que habrá de durar poco tiempo (creo probable que sea el anglo-americano)”[11].

Es conocida la tesis defendida por muchos, no sólo por el Padre Orlandis, de que la persistencia del Imperio romano no coincide con su agotamiento político sino que legalmente perdura hasta 1806, cuando Napoleón obliga a despojarse del título al Emperador austriaco. También es harto conocida la tesis, y por eso no nos extenderemos mucho, de que el katejón, lo que detiene la manifestación del misterio de iniquidad, en la tradición católica siempre fue considerado el Imperio romano. Aquí es donde enlazaría la emergencia del último y breve gran imperio, el anglo-americano, coincidiendo con el fin del Imperio Romano.

©Javier Barraycoa

NOTAS:

[1] La prefiguración real del Mesías la encontramos también en José: en la “túnica talar de mangas largas” (Gn. 37,3) que José recibe de su padre (Israel) delante de los hermanos, como símbolo de su predilección por aquél. El término hebreo para este atuendo (= ketonet passim) solamente aparece una vez más en II Sm. 13,18, usada por un miembro de la familia real. Si se toma el primer elemento de la expresión (= ketonet), éste designa en especial la vestimenta de sacerdotes y funcionarios reales. El manto prefigura ya una posición especial de José. Igualmente son premonitorios de la realeza el sueño de las gavillas en el campo, que se inclinan ante la gavilla de José (Gn. 37,6-8) o el sueño del sol, de la luna y de las doce estrellas que se inclinan ante él (Gn. 37,9-11). El descontento de sus hermanos por estos sueños reitera la prefiguración de la realeza: “¿Reinarás en efecto sobre nosotros? ¿Y sobre nosotros dominarás realmente?” (Gn. 37,8). Aquí están marcados dos términos de profunda significación política. Tanto el verbo malak cuanto maxal significan ejercer el dominio político, en particular en la forma de Monarquía.

[2] Hay una larga tradición que va desde Julio Africano, pasando por la Crónica de Eusebio hasta la Crónica de San Jerónimo que insisten en esta ilegitimidad. La historiografía moderna y modernista quiere ver en esta tesis simplemente “propaganda” para ensalzar la figura davídica de Jesucristo. Por ejemplo, cf. Francisco Marco et al., Fraude, mentiras y engaños en el mundo antiguo, Publicacions i Edicions Universitat de Barcelona, Barcelona, p 256, nota 59.

[3] “¡Que su sangre (de Jesús) caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mt 27,24- 25). Ésta expresión es una fórmula legal veterotestamentaria muy usada. Al pronunciarse indicaba quién era el sujeto que debía asumir un delito, y sufrir el castigo estipulado: la muerte. Podemos encontrar muchos ejemplos: “Si alguno maldice a su padre o a su madre lo matarán; su sangre caiga sobre él” (Lv. 20,9); “Si uno se acuestas con la mujer de su padre morirá; su sangre caiga sobre él” (Lv. 20,11); “Si un hombre se acuesta con otro hombre, los dos morirán; su sangre caiga sobre ellos” (Lv. 20,13). David al encontrarse con el soldado que había matado al rey Saúl, le dijo: “Por haber matado al ungido de Yahvé, tu sangre caiga sobre tu cabeza” (I Sm. 1,16). Joab, general del ejército de David, mató al general Abner sin consentimiento del rey y David exclamó: “La sangre de Abner caiga sobre la cabeza de Joab y su familia” (2 Sm 3,29). Jeremías impreca a las autoridades de Jerusalén: “Sepan que si me matan, sangre inocente caerá sobre ustedes y sobre toda la ciudad” (Jr. 26,15).

[4] Fundamentamos esta afirmación en la postura de la Patrística, la escolástica e incluso el protestantismo, que siempre consideraron que la culpa de los fariseos sobre la muerte de Jesús se transmite de generación en generación. Esta tesis la defienden, entre otros, Orígenes, quien señala que la sangre de Jesús “cayó sobre todas las generaciones posteriores de judíos, hasta el final de los tiempos”; Melitón de Sardes; san Agustín; san Jerónimo, san Juan Crisóstomo, Teofilacto, Santo Tomás de Aquino e incluso Calvino. Por su parte Lutero afirmaba que la miseria en la que vivían los judíos en su época, y su posterior condenación eterna, se debía a que habían rechazado al Hijo de Dios. Igualmente, puede deducirse que sujetarse al César en vez de a Cristo, fue una de las condenas que también se transmitiría de generación en generación.

[5] Para una exposición sistemática, cf. Francisco Canal Vidal, Mundo histórico y Reino de Dios, Ediciones Scire, Barcelona, 2005, pp 58 y ss.

[6] “Esos cuatro animales enormes son cuatro reyes que se alzarán de la tierra”, (Dn. 7, 17).

[7] La concordancia de las dos visiones está clara por la forma de las bestias descritas tanto en Daniel 7, como en Apocalipsis 13.

[8] Cf. 4:1-3, 34-37.

[9] Ciertamente este sueño es tenido en el reinado de Baltasar ya fallecido Nabucodonosor, humillado por las derrotas y reconociendo al Dios de Daniel.

[10] “Entonces vi una bestia que sube del mar; tiene siete cabezas y diez cuernos, con diez coronas en los cuernos, y en las cabezas un título que ofende a Dios. La bestia que vi se parecía a un leopardo, aunque sus patas eran como las de un oso y su boca como de un león. El Dragón le entregó su poder y su trono con un imperio inmenso” (Ap. 13, 1-2).

[11] Francisco Canals, Mundo histórico …, op. cit., p. 59.

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