Comentario al Salmo XXII: “Elí, Elí … ¿Lama sabactani?”

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Erich Fromm, el famoso psicólogo, escribió un penetrante libro sobre la comprensión de Dios desde la psicología y la perspectiva de la historia del Pueblo de Israel. Se titula el texto Y seréis como dioses. Al final del libro hay una bonita reflexión sobre el salterio. Y un último anexo muy inspirado sobre el salmo XXII y la Pasión[1]. Todo tenemos presente cuan Mateo relata la Pasión de Cristo y describe cuando Cristo pronuncia (en arameo) “Elí, Elí, ¿Lama sabactani?” (Mt, 27, 49). El evangelista San Mateo que redactó el texto en griego, al recoger las palabras literales de Jesús en arameo nos quiere transmitir algo especial que no se nos puede pasar por alto. El grito de Jesús parece una inequívoca lamentación de desesperación y soledad (“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”)[2]. Sin embargo, los Salmos, por definición son alabanzas, como indica el propio término en hebreo Tehilim (salmo, viene del griego psalmoi) que significa “Alabanzas”.

Empero, Jesús no sólo estaba gimiendo el anonadamiento divino y el sentimiento puramente humano de abandono de Dios, como se suele interpretar, sino algo más profundo. Según la costumbre judía, muchas partes de las lecturas semanales del pentateuco o de los salmos son referidas por una palabra o frase importante, o por la primera frase del texto[3]. Así ocurre con los salmos que se menciona el primer versículo para luego rezarlo. Las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, corresponde al Salmo XXII. Lo cual fácilmente nos lleva a pensar que ese clamor a Dios incluía toda la oración y alabanza del salmo referido. Pero aquí encontramos la primera dificultad.

La tradición judía y posteriormente la cristiana ha tendido a clasificar los salmos por tipologías: Himnos de alabanza, salmos de lamentaciones, salmos de acción, de gracias, Salmos mesiánicos y proféticos. En fin, hay todo un conjunto de taxonomías. Por ejemplo, el salmo XXII estaría entre los salmos dinámicos en los que el compositor pasaría de un estado de desesperación a uno de alabanza, gloria y triunfo. Según diversos estudios al salmo referido le dan la categoría de profético, o de oración individual, etc. En todo caso ahora es lo de menos.

La cuestión es meditar qué significa si Jesús, más que usar una cita del verso del salmo para dirigirse al Padre, estaba rezando todo el salmo. Si atendemos al contenido de la poesía comprobaremos que lo que se inicia como un lamento acaba consumado con una alabanza por el cumplimiento de la promesa mesiánica. De hecho, el Salmo XXII es el que mejor refleja y con más detalle el momento de la crucifixión, pero también nos relata lo que está presente en ella, pero que aún no se ve. Leyendo en paralelo el relato de la Pasión de San Mateo y el Salmo XXII, se puede concluir que este es uno de los Salmos que con más detalle profetiza la resurrección.

Cualquier judío piadoso o docto, podría evidenciar que lo que en ese momento pasaba en el Gólgota era el cumplimiento de una de las profecías mesiánicas. Aunque misteriosamente, el canto profético parece que siempre queda velado para algunos que no pueden recibirlo. Así, relata el evangelista: “Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a Elías»” (Mt. 47, 47). Para estos, no fue posible establecer la relación entre el rezo del Salmo y la autoproclamación de la profecía en ese mismo instante.

Entre los versículos del Salmo que relatan exactamente lo que estaba aconteciendo, podemos leer:

2 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos?

7 Pero yo soy un gusano, no un hombre; la gente me escarnece y el pueblo me desprecia;

8 los que me ven, se burlan de mí, hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:

9 «Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto».

15 todos mis huesos están dislocados

18 Yo puedo contar todos mis huesos; ellos me miran con aire de triunfo,

19 se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica.

16 mi garganta está seca como una teja y la lengua se me pega al paladar.

17 taladran mis manos y mis pies

Hasta aquí es evidente que un testigo podía haber reconocido en el salmo, el cumplimiento de los acontecimientos al pie de la Cruz. Pero el Himno no es meramente descriptivo, sino que profundiza en los misterios divinos. Por ejemplo, María está en esos momentos al pie de la Cruz. Y el salmo dice, en sus versículos 10 y 11: ”Tú, Señor, me sacaste del seno materno, me confiaste al regazo de mi madre; a ti fui entregado desde mi nacimiento, desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios”. Se esboza en estos dos versos, por un lado el misterio de la Encarnación del Verbo y la analogía de la generación eterna del mismo (Jesús Dios); así como la entrega de María (“me confiaste al regazo de mi madre”) a toda la humanidad encarnada en San Juan. Igualmente hay una misteriosa mención al Corazón de Jesús, ya no como mero órgano vital, sino como esencia de su persona.

Unida a esta descripción, el salmo parece anunciar la escena que se producirá cuando el soldado atraviese con la lanza su constado y de ella mane sangre y agua: “Soy como agua que se derrama …; mi corazón se ha vuelto como cera y se derrite en mi interior” (versículo 15). Se anuncia así el nacimiento de la Iglesia unido a dos misterios un presente en la Pasión y otro por cumplir en la Segunda Venida, esto es, la Resurrección de la carne (que quedó precedida cuando ante la muerte de Jesús en la cruz, resucitaron muchos justos): “Todos los que duermen en el sepulcro se postrarán en su presencia; todos los que bajaron a la tierra doblarán la rodilla ante él, y los que no tienen vida glorificarán su poder. Hablarán del Señor a la generación futura, anunciarán su justicia a los que nacerán después, porque esta es la obra del Señor” (Versículos 30 a 32)[4].

El Salmo, como hemos dicho, es dinámico, y del grito de desolación pasa a la glorificación por dos motivos. La primera es la alabanza por el cumplimiento de las promesas mesiánicas: “Por eso te alabaré en la gran asamblea y cumpliré mis votos delante de los fieles: los pobres comerán hasta saciarse y los que buscan al Señor lo alabarán. ¡Que sus corazones vivan para siempre! (Versículos 26 y 27). Por último, el Salmo es un canto a la realeza de Cristo: “Todos los confines de la tierra se acordarán y volverán al Señor; todas las familias de los pueblos se postrarán en su presencia. Porque sólo el Señor es rey y él gobierna a las naciones” (versículos 28 y 29)[5].

El grito de “Elí, Elí, ¿Lama sabactani?”, en la cruz, esconde prácticamente todos los misterios del Credo, desde la Encarnación hasta la Resurrección de la carne. Pero Cristo, rezando este salmo, se está proclamando la víctima y sacerdote en la Cruz, se está proclamando profeta y mesías (pues todo lo profetizado sobre el mesías se está cumpliendo en ese justo momento), y -por último- Rey. Se ahí que el salmo acabe con la alegría de la glorificación y el fruto de su sacrificio, la Iglesia y la Salvación de los justificados con su sangre.

Javier Barraycoa

SALMO XXII COMPLETO

1  Del maestro de coro. Según la melodía de «La cierva de la aurora». Salmo de David.

2 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos?

3 Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso;

4 y sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel.

5 En ti confiaron nuestros padres: confiaron, y tú los libraste;

6 clamaron a ti y fueron salvados, confiaron en ti y no quedaron defraudados.

7 Pero yo soy un gusano, no un hombre; la gente me escarnece y el pueblo me desprecia;

8 los que me ven, se burlan de mí, hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:

9 «Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto».

10 Tú, Señor, me sacaste del seno materno, me confiaste al regazo de mi madre;

11 a ti fui entregado desde mi nacimiento, desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios

12 No te quedes lejos, porque acecha el peligro y no hay nadie para socorrerme.

13 Me rodea una manada de novillos, me acorralan toros de Basán;

14 abren sus fauces contra mí como leones rapaces y rugientes.

15 Soy como agua que se derrama y todos mis huesos están dislocados; mi corazón se ha vuelto como cera y se derrite en mi interior;

16 mi garganta está seca como una teja y la lengua se me pega al paladar.

17 Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; taladran mis manos y mis pies

16 y me hunden en el polvo de la muerte.

18 Yo puedo contar todos mis huesos; ellos me miran con aire de triunfo,

19 se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica.

20 Pero tú, Señor, no te quedes lejos; tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme

21 Libra mi cuello de la espada y mi vida de las garras del perro.

22 Sálvame de la boca del león, salva a este pobre de los toros salvajes.

23 Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea:

24 «Alábenlo, los que temen al Señor; glorifíquenlo, descendientes de Jacob; témanlo, descendientes de Israel.

25 Porque él no ha mirado con desdén ni ha despreciado la miseria del pobre: no le ocultó su rostro y lo escuchó cuando pidió auxilio»

26 Por eso te alabaré en la gran asamblea y cumpliré mis votos delante de los fieles:

27 los pobres comerán hasta saciarse y los que buscan al Señor lo alabarán. ¡Que sus corazones vivan para siempre!

28 Todos los confines de la tierra se acordarán y volverán al Señor; todas las familias de los pueblos se postrarán en su presencia.

29 Porque sólo el Señor es rey y él gobierna a las naciones.

30 Todos los que duermen en el sepulcro se postrarán en su presencia; todos los que bajaron a la tierra doblarán la rodilla ante él, y los que no tienen vida

31 glorificarán su poder. Hablarán del Señor a la generación futura,

32 anunciarán su justicia a los que nacerán después, porque esta es la obra del Señor.

 

NOTAS

[1] En algunas versiones de la Biblia el Salmo XXII es numerado como el XXI. Aunque todas las versiones comprenden exactamente 150 salmos, las numeraciones entre las versiones hebreas, la griega de los LXX y la Vulgata, no coinciden. Ello se debe a que algunas versiones fusionan dos salmos de otras versiones; o bien dividen uno en dos. De ahí que comparativamente las numeraciones no correspondan, aunque los textos sean los mismos.

[2] Así parece afirmarlo San Agustín cuando comenta este versículo del salmo: “Es el hombre viejo clavado en la cruz el que habla, desconociendo, incluso, la razón del abandono de Dios”.

[3] En el caso del Salmo XXII, el primer verso es meramente introductorio: “Del maestro de coro. Según la melodía de «La cierva de la aurora». Salmo de David”. Propiamente se inicia con la frase de Jesús en la Cruz (Verso segundo).

[4] Mateo relata: “La tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron y resucitaron varias personas santas que habían llegado ya al descanso. Estas salieron de las sepulturas después de la resurrección de Jesús, fueron a la Ciudad Santa y se aparecieron a mucha gente” (Mt, 47, 52-53). Muchas de las cosas que acontecieron en la Pasión, son primicias de lo que acontecerá en la segunda venida: resurrección de la carne, gran terremoto, oscuridad del día, …

[5] San Agustín, en sus enarraciones de los Salmos, comenta así estos versículos: “Porque del Señor es el reino, y él dominará sobre los pueblos: porque el reino es del Señor, no de los hombres orgullosos, y él mismo dominará sobre las naciones”.

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