El espacio público, arte urbano y crisis litúrgica: Templo, plaza pública y arte (3)

 

Templo, plaza pública y arte

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El orden de la liturgia

Las ciudades de la Cristiandad medieval se forjaron en torno a las catedrales que muchas veces se erigieron sobre el templo principal romano de aquellas ciudades. Igualmente, si frente al templo romano se hallaba el foro, con una clara función político-administrativa, en las ciudades medievales frente a las catedrales, o iglesias principales, se abrían plazas públicas donde se celebraban las ferias. Esta vinculación fue tan fuerte que incluso litúrgicamente la celebración eucarística se denomina “feria”, pues coincidían ambas celebraciones. En la construcción de las Iglesias medievales encontramos varias características espaciales en sintonía con las tesis de Eliade. Por un lado, la tendencia a construir las Iglesias orientadas a un punto común, ad orientem. Ello configuraba un sentido de ordenación espacial que reflejaba, en el fondo, un orden social y cosmológico. Por otro lado, cada iglesia, tenía su analogía en el templo de Jerusalén. Al igual que cada nueva ciudad romana era una “reactualización“ de la Roma eterna, cada iglesia cristiana debía ser una “reactualización” del Templo de Jerusalén[1] y del verdadero sacrifico salvífico de Cristo.

Por un lado, la tendencia a construir las Iglesias orientadas a un punto común, ad orientem. Ello configuraba un sentido de ordenación espacial que reflejaba, en el fondo, un orden social y cosmológico.

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Puebla de los Ángeles (México), un curioso origen fundacional

Los evangelizadores del Nuevo Mundo, especialmente los franciscanos, desarrollaron unas formas arquitectónicas que tenían como referencia las interpretaciones bíblicas de la visión de Ezequiel del Templo[2]. Un ejemplo magnífico lo hallamos en Puebla de los Ángeles, fundada en 1531, cuando un fraile tuvo una visión en la que un Ángel le daba una serie de medidas para construir una ciudad, en analogía al sueño de Ezequiel o la visión del Templo en el Apocalipsis. La ciudad fue construida por tanto a imitación del Templo salomónico con planta cuadrada y doce puertas. La posibilidad de fundar nuevas ciudades sin someterse a las viejas estructuras urbanas de Europa, posibilitó la realización en muchas ciudades de espacios sagrados que confluían con la ordenación espacial de la propia ciudad.

Un ejemplo magnífico lo hallamos en Puebla de los Ángeles, fundada en 1531, cuando un fraile tuvo una visión en la que un Ángel le daba una serie de medidas para construir una ciudad

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Abusos litúrgicos

Por eso, como hemos señalado, para la Iglesia ha sido siempre muy importante la configuración y sacralización de determinados espacios. La antigua liturgia confería una importancia especial a la orientación del sacerdote para el sacrificio eucarístico que se dirigía hacia la salida del sol ordenaba toda la comunidad hacia el mismo lugar. El nuevo orden litúrgico, aunque sea atrevido decirlo, ha creado un “desorden espacial” acompañado de otros desórdenes litúrgicos fácilmente apreciables por cualquier fiel. Aunque sea difícil argumentarlo en un artículo de estas dimensiones, podemos establecer una conexión entre la crisis actual del arte sacro y los frecuentes desórdenes litúrgicos surgidos tras el Concilio Vaticano II[3]. Tradicionalmente se había considerado que la liturgia eucarística representaba la sublimación del arte al concentrar todas las artes: la arquitectura, la música, la pintura y la escultura. Esta armonía sólo era posible porque todas quedaban ordenadas a un mismo fin: el culto. Al desordenarse la liturgia, el arte sacro pierde sentido y con él todo el arte. Incluso el espacio sagrado deja de estar ordenado[4].

El nuevo orden litúrgico, aunque sea atrevido decirlo, ha creado un “desorden espacial” acompañado de otros desórdenes litúrgicos fácilmente apreciables por cualquier fiel.

sandroEsta lógica se deriva de que: “En todas las religiones fue el culto el centro de convergencia de las artes”[5]. Al debilitarse el culto, que es la situación de la Iglesia actual, el arte tiende a desaparecer. Esta decadencia ha intentado ser explicada de muchas formas, pero una muy contundente es la que nos propone un experto en psicología y arte, Sandro Bocola, al afirmar que: “Los pueblos de esta civilización global constituyen una aglomeración de subculturas parcialmente en decadencia y que carecen de un consenso espiritual omniabarcador”[6]. Ello impide que el arte pueda sobrevivir. Sin embargo, la muerte del arte no implica su inmediata desaparición, sino previamente su transformación. Eliade defiende que el hombre no religioso, incluso en las sociedades secularizadas, mantiene todavía la necesidad de una “experiencia” de lo religioso que le lleva a transformar lo “profano” en “religioso”[7]. Nuestra cultura secularizada poco a poco pretende configurar lo profano como religioso en muchos ámbitos como podrían ser el deporte. Pero es sobre todo en el arte donde vemos que la cultura moderna pretende buscar formas de sacralizar lo profano, pues entre lo religioso y el arte hay una profunda vinculación.

[1] Para un completo análisis de la influencia del sentido del Templo de Jerusalén en la arquitectura religiosa, tanto cristiana como islámica, como en toda una serie de sectas, cf. William J. Hamblin y David Rolph Seely, El Templo de Salomón. Historia y Mito, Akal, Madrid, 2008.

[2] En la fundación de las misiones franciscanas tuvo una notable influencia las concepciones arquitectónicas del franciscano Nicolás de Lira (siglo XIV) y sus comentarios bíblicos sobre el Templo.

[3] Esta relación entre la crisis del arte y la crisis litúrgica es apuntada por el argentino Alberto Boixadós en Arte y Subversión, Areté, Buenos Aires 1977.

[4] La costumbre actual de desplazar el Santísimo sacramento a una capilla lateral incide en este desorden espacial.

[5] Isidro Gomá y Tomás, El valor educativo de la liturgia católica, Rafael Gasulleras Editor, Barcelona, 1940, Vol. 1

, p. 236.

[6] Sandro Bocola, El arte de la modernidad, Del Serbal, Barcelona, 1999, p. 606. (Título original: Die Kunst der Moderne)

[7] Esta tesis es defendida por Mircea Eliade en Lo sagrado y lo profano, Paidós, Barcelona, 1999. (Título original: Das Heilige und das Profane)

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