La antimodernidad en España (1)

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Conferencia dictada en la

LVI Reunión de Amigos de la Ciudad Católica

Sábado 6 de abril de 2019, Madrid

 

La antimodernidad en España

La introspección sobre el concepto antimoderno en España, es quizá más difícil que en otros países por la carencia de discusiones y polémicas en torno a los matices y distingos a establecer ante el concepto, entendido como sucesión de la clasicidad o tradición; y el antimodernismo como una forma más de modernidad que se autocritica en sus deficiencias. En Francia, por ejemplo, la obra de Maritain Antimoderno (1922), suscitó todo un conjunto de interpretaciones sobre la significación del término. Algunos quisieron ver en la palabra que daba título al libro una confesión inquebrantable al catolicismo tradicional en general y a la filosofía tomista en particular. Interpretaban estos que Maritain sufría la radicalidad del recién converso. Los menos, han reconocido que en su Antimoderno ya se encontraban las semillas modernistas de lo que posteriormente será la línea central del pensamiento del catolicismo liberal maritainiano.

De hecho, en su texto queda suficientemente explicitada la finalidad al afirmar que: “Nosotros no rechazamos en bloque todo lo que los filósofos modernos han dicho, todo lo que han aportado materialmente al pensamiento desde hace tres siglos, eso sería una locura, una ofensa a lo que subsiste de divino en todo esfuerzo hacia la verdad. Nosotros rechazamos el espíritu de la filosofía moderna, sus principios específicos, su orientación de conjunto, la finalidad a la cual tiende. Sin embargo, desde otros puntos de vista, la filosofía moderna está llena de riquezas que sería absurdo desconocer, y que nos enseña de la manera más útil”. Esta sentencia no sirve para abrir un primer marco de comprensión del polisémico término antimoderno y su difícil aplicación en el pensamiento español. La vía para descubrir el pensamiento antimoderno, que se ha confundido muchas veces con el pensamiento conservador y ahora quiere prolongarse en el neoconservadurismo, es conseguir desvelar la pseudoantimodernidad que ha impregnado parte de nuestra cultura política.

¿Qué es la falsa antimodernidad?

La primera distinción sobre los dos principales sentidos de antimodernidad nos trasladan a la historia del pensamiento español del siglo XIX y deviene en fundamental porque, aunque bajo diferentes aspectos, se ha perpetuado hasta nuestros días con el actual paradigma de los llamados neoconservadores, que se consideran herederos del conservadurismo hispano. Es precisamente en los considerados como conservadores donde encontramos un sentido equívoco de antimodernidad. La prueba es que el verdadero pensamiento antimoderno, que enlaza con la tradición hispánica, ha generado contrarrevoluciones y nunca ha buscado preservar los logros de la revolución.

Por el contrario, las políticas de los “pseudo-antimodernos” o conservadores siempre han promovido reajustes o correcciones de los excesos de los movimientos revolucionarios y nunca han liquidado las estructuras y principios que habían consolidado los mismos. La piedra angular de la confusión entre estas dos posturas antimodernistas es que ambas coinciden en condenar los errores de la Ilustración. Pero unos lo hacen para liquidarla y otros para reorientarla hacia un pretendido e inevitable destino de la historia dirigida a la plenitud de la Humanidad. Con otras palabras, estos últimos son fervientes defensores del “progreso” en su sentido Ilustrado aunque critiquen su efectos que consideran secundarios. Son a estos a los que hemos de denominar conservadores y no antimodernos.

Por el contrario, las políticas de los “pseudo-antimodernos” o conservadores siempre han promovido reajustes o correcciones de los excesos de los movimientos revolucionarios y nunca han liquidado las estructuras y principios que habían consolidado los mismos

Queremos primero dedicar una reflexión teórica al pseudo-movimiento antimodernista conservador. Esta tipología que tantas veces ha sido confundida con el pensamiento tradicional o las praxis contrarrevolucionarias, exige haber experimentado la modernidad como un bien y su crítica hacia ella se realiza desde la propia modernidad, con categorías aparentemente tradicionales pero contagiadas de aquélla. De ahí que en su célebre obra Les Antimodernes, de Joseph de Maistre à Roland Barthes, Antoine Compagnon afirme que su pasión por estudiar los antimodernos implique que: “Nos interesamos menos por la historia de la idea de “Reacción”, designación política despreciativa que surge en el curso de la Revolución, después de Termidor, y fijada en su sentido moderno a partir de un panfleto de Benjamin Constant, de 1797, titulado De las Reacciones Políticas[1].

 

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Compagnon sostiene que sólo se puede considerar un antimoderno a aquél que ha tomado conciencia de su condición moderna, o sea, de su irrenunciable pertenencia al mundo moderno y al espíritu de los tiempos (Zeitgeist). Paradójicamente, estos “antimodernos” tienen la necesidad de presentarse como los más modernos de todos: “Los verdaderos antimodernos son también, al mismo tiempo, unos modernos, aún y en todo momento unos modernos, o unos modernos a pesar de ellos mismos. Baudelaire es el prototipo, su modernidad -él inventó la noción- era inseparable de su resistencia al “mundo moderno” (…) Los antimodernos –no los tradicionalistas– sino los antimodernos auténticos -no serían otros que los modernos, los verdaderos modernos, no embaucados por lo moderno, despabilados”[2]. Podemos enmendarle la plana y transmutar el sentido de antimoderno, atribuyéndolo con más propiedad a los tradicionalistas, para que nuestros lectores no se confundan.

Podemos enmendarle la plana y transmutar el sentido de antimoderno, atribuyéndolo con más propiedad a los tradicionalistas, para que nuestros lectores no se confundan

Por el contrario, los que insisten en el paradigma de  Compagnon señalan que: “`Esto es así́, entre otras cosas, porque la antimodernidad, lejos de ser sólo una reacción a los cambios revolucionarios, trata de establecer su propia interpretación de estos cambios, conduciéndolos, en ocasiones, a su verdadera realización; es decir, en gran parte, la antimodernidad se configura como una rama de la modernidad que no pretende tanto reaccionar contra ella como interpretarla en su origen a la vez que condenarla”[3]. Aunque la obra de Compagnon se limita a un estudio comparativo de los “antimodernos” franceses desde Chateaubriand hasta Roland Barthes, nos ha dejado unas frases que a modo de tópico se han utilizado para categorizarlos: “los antimodernos son los modernos en libertad” o “los antimodernos son los verdaderos modernos” o en juicio más concreto: “Gracq llama a Chateaubriand un reaccionario con encanto. No encontraremos definición más perfecta del antimoderno: la reacción más el encanto”[4].

Claves para decubrir al auténtico antimoderno

Para deshacer esta confusión entre los dos tipos de antimodernos, la mejor forma es detectar si en los autores ha penetrado o no el romanticismo u otras formas de modernidad como el “tradicionalismo filosófico” lamennesiano condenado por la Iglesia[5]. Como ejemplo tenemos a Donoso Cortés que lo podemos definir como un antimoderno en el sentido más puro de la expresión pues se hila a la clasicidad entendida como tradición perenne del pensamiento que nos permite enjuiciar la realidad contemporánea. Poco importa que la obra de Donoso formalmente no presente un lenguaje enraizado con la tradición del pensamiento filosófico tomista.

Más bien se nos presenta como una disrupción discursiva, pero ello no le aleja del pensamiento tradicional sino que lo enriquece. Jaime Balmes, por el contrario, es considerado como un puente imprescindible para entender la continuidad de la tradición tomista dentro de la historia del pensamiento político español. A pesar de usar un lenguaje muy diferente a Donoso, en el espíritu no se opone a su pensamiento e igualmente es un antimoderno en el sentido más propio que le queremos otorgar. Por el contrario, en el trasfondo, nada tienen que ver Donoso y Balmes con los De Maistre, De Bonald o Chateubriand, impregnados de romanticismo y “tradicionalismo filosófico”.

tenemos a Donoso Cortés que lo podemos definir como un antimoderno en el sentido más puro de la expresión pues se hila a la clasicidad entendida como tradición perenne del pensamiento que nos permite enjuiciar la realidad contemporánea.

A Compagnon, los autores españoles que hemos citado se le escaparían de su categoría filosófica de “antimodernos”. Aunque no lo explicite, el autor francés considera como antimodernos a muchos autores que nosotros encasillaríamos en la corriente del romanticismo y en el historicismo bien de corte francés, inglés o alemán[6]. Por eso Compagnon –y en seguida veremos la importancia- en su obra propone como un típico antimoderno a Herder: “negar la capacidad de la razón para captar la especificidad de una época, de una situación, de un pueblo. (…) La guerra que Herder declara contra la pretensión de la razón para comprender la historia, para captar toda la complejidad del pensamiento humano constituye (…) el hilo conductor de Otra filosofía de la Historia[7].

Hallamos aquí el gozne del problema que se plantea en este artículo y que influirá en la necesaria distinción que debemos realizar entre los pensadores tradicionalistas o clasicistas (en sentido definido anteriormente) y el conservadurismo o pseudo-antimodernismo. En las vulgarizaciones que solemos encontrar en las historias del pensamiento, autores como Herder son encasillados como antimodernos junto con todo el romanticismo historicista alemán, especialmente por su carácter antirracionalista.  En boca de Alain Renaut, represetan “un asalto contra la Ilustración y su concepción del progreso”[8]. Nosotros defenderemos lo contrario, que estos pseudoantimodernos, o conservadores, son uno de los pilares -junto al propio racionalismo que critican- de la modernidad antitradicional[9]. Por eso entenderemos, como expondremos más abajo, que Balmes, estudiando en Cervera con profesores que inculcaban el romanticismo, se salvó de esa influencia gracias a algunos de sus maestros como Vicente Pou. Por el contrario, otros compañeros de estudios, que cayeron en el ambiente herderiano, serían representantes del primer conservadurismo y posteriormente del catalanismo.

Balmes, estudiando en Cervera con profesores que inculcaban el romanticismo, se salvó de esa influencia gracias a algunos de sus maestros como Vicente Pou. Por el contrario, otros compañeros de estudios, que cayeron en el ambiente herderiano, serían representantes del primer conservadurismo y posteriormente del catalanismo.

Un autor que nos puede ayudar a ir aclarando estos distingos es Albert Hirshman con su obra Retóricas de la Intransigencia[10]. Nos advierte en ella que quiere: “Contribuir a detener la corriente neoconservadora de los años ochenta”[11]. A Hirschman le mueve la crítica del pensamiento neocon pero, por ende, no le queda más remedio que reconocer la vacuidad de la retórica progresista. Por eso, cuando plantea la cuestión de los antimodernos extiende el término a autores esencialmente modernos como Hegel y su filosofía de la historia que le permiten dotar de una estructura conceptual a la filosofía del progreso, tan carente hasta entonces de categorías filosóficas en la que sustentarse. A partir de ahí Hirshman puede definir que la modernidad se manifiesta en la renuncia a todo espacio no ocupado por la racionalidad, aunque esto nunca llegue a culminarse. Ello le permitirá incluir en su categoría de modernos antimodernos a Heidegger[12] y a su sucesor natural a Leo Strauss[13], que representa uno de los pilares conceptuales de los neoconservadores actuales.

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA (2)

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA (3)

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA (4): “El Deja vu de la restauración”

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA (y5): la Unión Patriótica y la llegada de la República

NOTAS

[1] Antoine COMPAGNON, Les Antimodernes, de Joseph de Maistre à Roland Barthes, Gallimard, 2005, p. 19 (trad. Cast. Los Antimodernos, Barcelona, Acantilado, 2007). Debemos tener cuidado y matizar los términos que usa cada analista, pues la confusión puede ser grande. Para Compagnon los antimodernos tienen un origen histórico preciso: la Revolución Francesa, pero los diferencia de los tradicionalistas. Así, sostiene que: “Existían tradicionalistas antes de 1789, siempre los hubo, pero no antimodernos en el sentido interesante, moderno, de la palabra”.

[2] Ibid., p. 7 y s.

[3] Juan Carlos OREJUDO PEDROSA y Lucía FERNÁNDEZ FLÓREZ, Introducción a La actualidad de los Antimodernos, Eikasia: Revista de filosofía, (Julio 2012), p. 7.

[4] Antoine COMPAGNON, op. cit., p. 252.

[5] Cf. Francisco CANALS, Cristianismo y revolución. Los orígenes románticos del cristianismo de izquierdas, Barcelona, Acervo, 1957.

[6] Y a todos los derivados contemporáneos hasta llegar a los posestructuralistas como enemigos de la Razón Ilustrada.

[7] Seev STERNHELL, Les Anti-Lumières. Du XVIII siècle à la guerre froide, Gallimard, p. 185.

[8] Véase, Alain RENAUT, La monadologie historique de Herder, en L’ère de l’Individu, Contribution à une histoire de la subjectivité, Gallimard, 1989, pp. 197- 201.

[9] De igual parecer es Juan José SEBRELI cuando, en el prólogo de El olvido de la razón, apunta que: “El romanticismo no fue sólo un estilo determinado en la cultura occidental del siglo diecinueve, sino una visión del mundo que ha reaparecido en distintas épocas con nombres diversos y cuyo denominador común ha sido el rechazo de lo clásico y también, en especial, de lo moderno. Es posible descubrir una intrincada red de afinidades electivas entre el romanticismo —usado en el sentido amplio del término— y algunas corrientes decididamente irracionalistas de pensamiento del siglo veinte, entre ellas el estructuralismo y el posestructuralismo y otras más difíciles de encasillar como el psicoanálisis”.

[10] Albert O. HIRSCHMAN, Deux Siècles de Rhétorique Réactionnaire, Fayard, 1991. (Trad. Cast. Retóricas de la Intransigencia, FCE, Barcelona, 2004).

[11] Albert O. HIRSCHMAN, La Retórica de la Intransigencia, Claves de Razón Práctica, 50 (1995), p. 14.

[12] Cf. Luz FERRY y Alain RENAUT, Heidegger y los modernos, Barcelona, Paidós, 2001, p. 135. Ferry y Renaut consideran el enfoque desconstruccionista heideggeriano como el elemento central de un tipo ideal de pensamiento filosófico y político al que bautizaron con el nombre de “Pensamiento 68”. Este pensamiento sostiene que hay un sustrato común a las obras de pensadores tales como Bourdieu, Derrida, Foucault, Lacan y Lyotard respecto al humanismo: todos defienden un antihumanismo. El humanismo sería fruto de la subjetividad entendida como una ilusión perniciosa. Este argumento ha sido denominado la “dialéctica del Iluminismo” según el cual, el discurso humanista de la filosofía moderna acaba tornándose exactamente en su contrario: en causa de opresión de hombres y mujeres por el mismo concepto Ilustrado que encajona su sujeto. Por eso la consecuencia lógica del humanismo del “Pensamiento 68”, ha resultado siempre la proclamación de la “muerte del hombre” como sujeto, esto es, la posmodernid. Por eso Heidegger afirma, en su Carta sobre el humanismo, que: “todo humanismo se basa en una metafísica, excepto cuando se convierte él mismo en el fundamento de tal metafísica”.

[13] Incluso un autor como Jünger Habermas, defensor en Alemania de la Ilustración, y que reivindica, al igual que los humanistas franceses (Renaut, Ferry) el pensamiento de Kant, no es indiferente al pensamiento de los antimodernos; Véase Jünger HABERMAS, El discurso filosófico de la modernidad, Madrid, Katz, 2008; o también  Jünger HABERMAS, Identidades nacionales y postnacionales, REI, México, 1993.

5 comentarios en “La antimodernidad en España (1)

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  2. “nada tienen que ver Donoso y Balmes con los De Maistre, De Bonald o Chateubriand”.
    ¿Qué quiere decir con esto? Si bien presentan sus diferencias, no creo que se pueda negar la amplia influencia de De Maistre en Donoso Cortés, no sólo en aspectos accidentales sino en todo su pensamiento, hasta el punto que sus comentarios sobre la guerra son en gran medida una repetición de lo que ya dijo De Maistre. No creo que sea justo acusar a De Maistre de tradicionalista filosófico cuando el propio Donoso tiene elementos innegables de fideísmo (aunque no hay que olvidar que aún no estaba definitivamente condenado) en su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, en el que condena “la competencia de la razón no alumbrada de la fe para entender en las cosas que son materia de la revelación y de la fe, por ser sobrenaturales”, casi negando la legitimidad de la teología natural. En contraposición De Maistre, aunque también tiene elementos fideistas, en Les soirées defiende explícitamente la prueba aristotélica de la existencia de Dios. No creo que en este campo sea todo blanco y negro.
    El tradicionalismo español es ciertamente más puro y libre de contaminaciones románticas, pero esa separación tajante con el tradicionalismo francés me parece algo artificial y alejada de lo que los propios tradicionalistas españoles han venido transmitiendo, con Donoso, Balmes, Sardá y Salviny o el gran Vázquez de Mella alabando a De Maistre, o con la influencia de las tesis de De Bonald sobre el lenguaje en Balmes.

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