El lodazal catalán

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La historia no ha acabado porque nadie quiere acabarla. Ya hemos apuntado varias veces en esta Tribuna que la convocación de unas elecciones a dos meses de la inaplicable aplicación del 155, era una contradicción.

Ello sólo podía corresponder a un tacticismo político y no a una Política de Estado, en el sentido más honroso de la expresión. Ni hay políticos de raza ni hay hombres de Estado, por eso estamos condenados a revolcarnos el lodazal catalán una y otra vez. Es un fangal que va devorando a todo el que se acerca a él y del que nadie puede salir límpido, porque nadie quiere limpiarlo.

Las encuestas y sondeos pueden equivocarse, pero todas apuntan más o menos hacia los mismo: una sociedad que seguirá fracturada. El mal llamado “unionismo” no conseguirá desbancar ni contundente ni electoralmente al nacionalismo, al menos de forma categórica como parecían indicar las grandes manifestaciones vividas en octubre. Recordemos además el efecto volátil del voto que se irá masivamente a Ciudadanos pero nadie sabe si se sabrá gestionar para que no emigre a la abstención en próximos comicios. En el mejor de los escenarios el “bloque constitucionalista” (al que ingenuamente todo el mundo incluye el PSC) logrará equiparase electoralmente a las fuerzas independentistas. Pero tenemos el ejemplo vasco nada alentador. La famosa legislatura entre PSE y PP, duró eso, una legislatura.

Bastó la estratégica moderación del PNV para que el monopolio nacionalista siguiera imperando en Vascongadas desde el inicio de la transición. Sería iluso que 30 años de sedimento nacionalista sea barrido por la ligera brisa de una elecciones autonómicas.

Los lodazales son lugares donde no se sustentan las estructuras estables y donde las previsiones son casi imposibles. Son espacios donde todo se emborrona y mezcla, dando lugar a confusión y la opacidad. Por eso, la política catalana está en fase de una engorrosa fluidez donde es difícil perfilar cuáles serán los agentes políticos decisivos y ni siquiera está claro si la próxima legislatura (como ya viene siendo habitual) culmine su proceso natural de cuatro años.

Esta pesimista previsión se debe a que en la ciénaga catalana ya no hay lógica ni posicionamientos claros. Nadie es capaz de vislumbrar el interior de la mente de Ada Colau y sus Comunes. Su discurso cambia cada pocas horas en función de cómo se balancea el barco que marcha hacia un punto sin retorno. El PSC tiene más caras que un icosaedro. Ciudadanos, es un partido de izquierdas, que se llevará el voto de las derechas en busca perpetua de “su” partido. El PP seguirá siendo víctima del divorcio con su electorado natural que, según los sondeos, ya está haciendo las maletas.

Pero en el frente nacionalista las cosas tampoco pintan bien. Junqueras en su refugio penitenciario está inusualmente callado, mudo, como en estado de shock, y ya ha delegado su responsabilidad como cabeza de lista a Marta Rovira, la Rottenmeier independentista. Esta mujer, con pinta de profesora de secundaria frustrada y abuelo franquista, levanta pasiones enconadas tanto entre los antiseparatistas como en su propio partido. Malas lenguas dicen que cuenta sólo con el apoyo del círculo de Junqueras y que en su propio partido no la soportan. Por otra parte nadie puede dar por muerto a Puigdemont. Su lista del presidente es la excusa para domeñar a los restos del PDeCAT y ponerlo al servicio de su quimera particular. De hecho, aún cuenta con dos apoyos imprescindibles para la campaña electoral: uno es Vicent Sanchis, el director de la incomprensiblemente no-intervenida TV3 y otro Mónica Terribas, la directora de la incomprensiblemente no-intervenida Catalunya Ràdio.

Pensemos en las peculiaridades de esta campaña con candidatos en la cárcel o fugados. Si nada cambia, los mítines contarán con pocas personalidades conocidas y los protagonistas aparecerán a través de programas enlatados y mítines con presencias virtuales. Acabada la campaña, si siguen en situación de prisión algunos elegidos, podrán recoger su acta y constituir el Parlamento autonómico, pero no podrán estar en el govern ni participar en las votaciones. Si a ello se suman condenas en firme, y sin indultos, el parlamento catalán quedaría deslegitimado para los nacionalistas y se volvería con el cuento de los “presos políticos”. En definitiva, nos podríamos encontrar con un gobierno autonómico independentista pero con un Parlament en minoría debido a los encarcelamientos. Todo ello derivaría en la persistencia de la inestabilidad política.

Como en aguas pantanosas siempre hay algún depredador parasitario, no nos ha extrañado que, por fin, Artur Mas abriera la boca. Esta semana ya se le ha oído decir que espera nuevas elecciones para marzo, previendo la insostenibilidad de un Parlament que tendrá que hacer piruetas para sacarnos a todos del barrizal. Además Artur Mas, vengativo por naturaleza, sus ojos no engañan, se siente profundamente traicionado por Puigdemont y no dudará en usar sus últimos cartuchos en dinamitar el invento de Junts per Catalunya. Pero no nos apresuremos, de momento hay que digerir el sapo cuya tutoría nadie quiere asumir: la pérdida de la Sede Europea del Medicamento. Y después de este vendrán muchos más. Y es que los lodazales siempre se llenan de sapos y culebras pues es su medio natural.

Javier Barraycoa

Publicado en LaGaceta

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