Por qué los nacionalistas no tienen derecho a celebrar el 11 de septiembre

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Pendón de Santa Eulalia

 

Empezaremos con dos previas. Primera, ninguna fiesta, y más como representación de una comunidad política, celebra una derrota. Las derrotas se lamentan y son para lamerse heridas y aprender de ellas, no para glorificarse en ellas. En el caso del catalanismo, tomar como “Día nacional” una derrota denota la profunda carga de romanticismo pesimista y melancólico que envuelve a este movimiento desde sus orígenes. Segunda, en sus orígenes, aunque ya contaminado de este romanticismo extranjerizante, el primer catalanismo no pudo surgir sino de una matriz de una sociedad aún profundamente católica. La larga tradición de guerras decimonónicas en defensa de una legitimidad dinástica, una identidad católica y una restauración de fueros y tradiciones, hacía inevitable que un nuevo movimiento político como el catalanismo se mimetizara –aunque fuera hipócritamente- con este sentir común en buena parte de Cataluña.

Sin embargo, como una férrea ley histórica, el liberalismo y romanticismo que se contenía germinalmente en el catalanismo, lo posicionó en un plano inclinado que lenta, pero inexorablemente, lo llevaría a transformarse en un movimiento revolucionario. Ello quedó patente en el siglo XX y especialmente en estos momentos históricos en los que parece que el destino de Cataluña está en manos de un movimiento marxista-leninista como la CUP.

 

Los orígenes de la Diada y la repugnancia que causaba en el progresismo liberal y el republicanismo

¡Qué lejos queda y qué complejidades acarrea analizar la celebración de la primera Diada! Y qué sorprendentes evoluciones ha tenido hasta llegar a nuestros días. Cuando se celebró por primera vez un 11 de septiembre, no fue con ningún motivo político, sino esencialmente religioso. Fue el año de 1886, cuando aún no se había formado ningún partido catalanista. Este movimiento no dejaba de ser para una minoría un arranque de nostalgia de la fallida I República, en la que republicanos, como Valentí Almirall, habían quedado postrados ante su derrota. Por otro lado, una inmensa mayoría de los que se proclamaban catalanistas, eran católicos, conservadores, y veían el catalanismo como un movimiento cultural y espiritual que debía mantenerse alejado del mundo político.

a15.jpgPor eso, el primer once de septiembre fue esencialmente un acto religioso. Se trataba de una Santa Misa, a celebrarse en Santa María del Mar, en cuyo cementerio (fossar) adyacente descansaban los restos de algunos de los defensores de la ciudad en 1714. Por aquél entonces las “izquierdas”, léase republicanos, liberales, laicistas, repudiaron desde sus publicaciones dicha convocatoria. A ella sólo acudió Almirall (anticatólico convencido), pero con la esperanza, ya casi agónica e inútil, de atraer a aquellos catalanistas impenitentemente católicos. No en vano él fue el fundador del Centro catalanista con intenciones de reconstruir un peculiar catalanismo republicano y federal. Pero pronto se vio desbordado por unos jóvenes entre los que se encontraban Prat de la Riba y otros muchos que acabarían fundando el primer partido catalanista: la Lliga Regionalista.   Pero, insistimos, Almirall era un simple convidado de piedra. Acaba de escribir su obra Lo Catalanisme, como reacción a un monumental enfado ante el famosos Memorial de Greuges, en el que –el año anterior- el catalanismo se había mostrado sumiso a la monarquía y se había manifestado conservador incluso con toques españolistas.

 

Por aquél entonces las “izquierdas”, léase republicanos, liberales, laicistas, repudiaron desde sus publicaciones la convocatoria de la celebración del 11 de septiembre

 

La Tradició Catalana.jpgEse primer once de septiembre, no hubiera ido a más, sino fuera porque el sermón, a cargo del canónigo de Vich, mosén Collell, se había de pronunciar en catalán. Pero llegó la orden de las autoridades civiles de que si eso ocurría se prohibiría la celebración. De ahí que se acabó celebrando la Misa, pero sin sermón. Mosén Collell, el entusiasta director de La Veu de Montserrat, periodista, poeta, amigo de Verdaguer, fiel compañero de Torras i Bages, de espiritualidad casi integrista, se veía desbordado por su -podríamos decir- desordenado amor a Cataluña por exceso. Pero su catalanismo no le impedía ser martillo de liberales y herejes laicistas. De hecho, a partir de 1900 la Misa por los “mártires” de 1714 fue convocada oficialmente por la Lliga espiritual de la Mare de Déu de Montserrat, que había sudo fundada por Torras i Bages. Igualmente, el que acabaría siendo el Patriarca de Cataluña, acabaría siendo martillo de masones y revolucionarios y reivindicaría en su La Tradición catalana, una Cataluña que ningún nacionalista aceptaría hoy.

 

A partir de 1900 la Misa por los “mártires” de 1714 fue convocada oficialmente por la Lliga espiritual de la Mare de Déu de Montserrat, que había sudo fundada por Torras i Bages.

 

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Ofrenda floral cubriendo la estatua de casanova

Tampoco podemos olvidar que la prohibición de la homilía en catalán de Mosén Collell, que daría ánimos a los que veían en la lengua el resurgir del alma catalana, ocurrió gobernando Sagasta del Partido liberal, léase de las “izquierdas” del sistema del momento. Dos años después de la relatada primera Misa, ocurrió algo paradójico. Por un lado se inauguraba la Exposición Universal de 1888 en Barcelona. Con motivo de ello se mandó elaborar una escultura dedicada a Rafael Casanova. Por otro lado, el gobierno liberal de Sagasta decretó la unificación del código civil, relegando el código catalán. Ello fue visto como un ataque del liberalismo centralista por muchos sectores de la sociedad catalana que iban desde los conservadores catalanistas, los escasos republicanos federalistas, y los muchos carlistas que aún quedaban en Cataluña. La estatua de Casanova se convirtió en un punto de encuentro y protesta ante lo que los conservadores consideraban un atropello del gobierno central. Aunque ya no se diga, los catalanes de izquierdas, bien republicanos centralistas, bien liberales del sistema del bipartidismo en la monarquía liberal, tenían como modelo político el estado jacobino francés: centralizador en lo jurídico y lo educativo; por ellos esos catalanes abogaban por una escuela nacional en la que se impartiera la enseñanza en castellano.

En la medida que pasaban los años, la celebración del once de septiembre se fue institucionalizando en el mundo catalanista, y más en la medida que ya se iba preconfigurando un movimiento político. A partir de 1891, los actos se extendieron por toda Cataluña promovidos por el Foment Catalanista, una asociación adherida a la Unió Catalanista (esta organización fue la que convocó el Congreso catalanista que derivó en las Bases de Manresa) y que estaba controlada por catalanistas conservadores y aún tenían un pie puesto en ella muchos clérigos como mosén Collell o Torras i Bages. Los actos que se celebraban siempre eran iniciados por una Santa Misa y luego disertaciones o conferencias de un marcado carácter conservador y tradicional. Ya en 1894 se iniciaron marchas y ofrendas florales a la estatua de Rafael Casanova. El movimiento catalanista, impulsado por los católicos había transmitido una espiritualidad que sería transformada poco a poco en una épica romántica implícitamente pagana. Pero de ello nadie era capaz de darse cuenta.

 

El movimiento catalanista, impulsado por los católicos había transmitido una espiritualidad que sería transformada poco a poco en una épica romántica implícitamente pagana.

 

Corría el año 1901, el catalanismo cultura y religioso, se estaba transformando en un movimiento ya claramente político y era inevitable que tarde o temprano, la violencia surgiera en torno a ese acto, precisamente por su carácter conservador. En la ofrenda floral aparecieron los lerrouxistas (republicanos laicistas y unionistas) y hubo confrontaciones más que leves. Finalmente fueron detenidos 30 catalanistas, que fueron considerados nuevos mártires. Por aquél entonces en Madrid había vuelto a gobernar el liberal Sagasta y en Barcelona el alcalde era Juan Amat y Somartí, que pertenecía a la Junta liberal monárquica. Era, y es más que evidente, que los enemigos de la celebración del 11 de septiembre provenían de lo que hoy llamaríamos “izquierdas”.

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Lerroux

En 1905 ya era la Lliga Regionalista. Este era el partido catalanista de Prat de la Riba que había fagocitado al movimiento espiritual de Torras i Bages, para transformar un movimiento religioso en uno político. Incluso La Veu de Montserrat de mosén Collell, acabó transformándose en La Veu de Catalunya, órgano de la Lliga. La Lliga politizó las conmemoraciones del 11 de septiembre. Por primera vez se hizo un llamamiento a adornar los balcones con banderas catalanas. El Gobernador Civil, que recibía órdenes de Madrid, lo prohibió y puso fuertes multas a los que desobedecieron. Nuevamente, el gobierno de España en aquél momento estaba en manos de Eugenio Montero Ríos, miembro del partido liberal. Anteriormente en el sexenio democrático, había sido un hombre de confianza del masón General Prim y fue de los que apostó, tras su muerte, por la I República en la que ocupó cargos importantes. Posteriormente, en la restauración, se reciclaría en un revolucionado moderado. Nuevamente los ataques al catalanismo provenían de las “izquierdas”.

 

las Diadas de 1912 y 1913 fueron prohibidas las ofrendas florales por el Ayuntamiento de Barcelona que, ¡oh casualidad!, estaba gobernado por los republicanos lerrouxistas.

 

No estamos hablando de hechos históricos esporádicos y accidentales sino de una constante histórica que no podemos perder de vista para entender el absurdo tacticismo del catalanismo conservador actual (o de los escasos restos que quedan).

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Celebración del 11 de septiembre, encabezada por Companys, durante la Guerra Civil

Por ello, tampoco se puede olvidar que las Diadas de 1912 y 1913 fueron prohibidas las ofrendas florales por el Ayuntamiento de Barcelona que, ¡oh casualidad!, estaba gobernado por los republicanos lerrouxistas. Y así, año tras años los incidentes e impedimentos que sufría la conmemoración siempre tenían en última instancia, como causa, la repugnancia que esta celebración producía en las izquierdas. A veces la excusa fueron huelgas generales, otra fue la famosa huelga en la Canadiense. La ofuscación obrerista se cernía sobre la burguesía catalana y en sus actos identitarios como el 11 de septiembre. Cuando llegó la II República, el mito de Rafael Casanova estaba consolidado y –sería largo de explicar- las izquierdas habían conseguido apoderarse del discurso y la simbología nacionalista. Por eso no es de extrañar, por ejemplo, que en la Diada de 1935, los representantes de la Lliga fueran recibidos con inusitada hostilidad y violencia por los republicanos, a la hora de ir a realizar la ofrenda floral. Ya en plena Guerra civil las celebraciones del 11 de septiembre nada tenían que ver con sus orígenes. Se transformaron en meros alegatos contra el “fascismo”. Los pobres defensores de 1714, apenas hubieran entendido –si hubieran levantado la cabeza de sus tumbas- qué tenía que ver aquellos actos y discursos con ellos.

 

La recuperación del espíritu del 11 de septiembre tuvo un señalado sentido tradicional, regionalista y católico.

Una vez expuestos estos hechos históricos irrebatibles, nos detenemos para volver atrás. No podemos ni queremos desarrollar una historia de las celebraciones y sus instrumentalizaciones durante el franquismo y la transición democrática. Eso queda para otros. Interesa repasar e insistir en qué propició que un año determinado, 1886, a alguien le diera por recuperar la memoria de acontecimientos acaecidos hacía casi 200 años y que el pueblo catalán tenía más que olvidados. Advertimos desde un principio que la exposición no será fácil, y pedimos disculpas de antemano si no logramos transmitir lo que pretendemos.

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Carlistas catalanes

Poco después de acabada la primera Guerra Carlista, en 1841, el entusiasmo de alguno –más en concreto Antoni Llinàs, llevó a intentar derruir la Ciudadela. Durante años, aunque los catalanes habían aplaudido y recibido a los Borbones (a pesar de la derrota de 1714) siempre con entusiasmo, hasta llegar a Fernando VII, el deseado, la Ciudadela (Enorme fortaleza militar que construyó Felipe V para evitar nuevos levantamientos) era una imagen que había quedado en el subconsciente colectivo como una expresión de una humillación. Cuando ese resentimiento se hizo consciente al haber sido derrotados los carlistas partidarios de la rama borbónica más tradicional, los liberales radicales quisieron acabar con ese símbolo borbónico. Tuvo que ser Espartero, el masón y revolucionario liberal, el que detuviera de destrucción de la fortaleza borbónica. Y sólo sería con el General Prim, quien transigiría en la entrega de la fortaleza a la ciudad de Barcelona. Esta entrega, reforzaba simbólicamente la lucha de la revolución septembrina en 1868 contra la dinastía isabelina. Era un pago político de Prim para ganarse a los catalanes más antiisabelinos y republicanos.

 

Un canónigo de Barcelona, de raigambre carlista, Mateo Bruguera, escribía en 1871 su Historia del memorable sitio y bloqueo de Barcelona y heroica defensa de los fueros y privilegios de Cataluña en 1713-1714.

 

En este contexto del sexenio revolucionario, que tras una artificiosa implantación de la dinastía Saboya (anticatólica y masónica) en el Reino de España, el asesinato de Prim y la virulenta llegada de la I República y el estallido de la tercera Guerra carlista, es cuando surge una obra crucial. Sin esta obra no se entendería la recuperación para la memoria colectiva del 11 de septiembre de 1714.

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Obra de Bruguera

Un canónigo de Barcelona, de raigambre carlista, Mateo Bruguera, escribía en 1871 su Historia del memorable sitio y bloqueo de Barcelona y heroica defensa de los fueros y privilegios de Cataluña en 1713-1714. Por primera vez se utilizaba como fuentes para el relato de los acontecimientos las el manuscrito inédito del austracista Francisco de Castellví y Obando: las Narraciones históricas (unas fuentes que la historiografía izquierdista siempre quiso ocultar y que ahora no ha quedado más remedio que reconocer como imprescindibles). Las Narraciones históricas de Castellví, recoge con todo lujo de detalles los acontecimientos, pero –sobre todo- el espíritu de cruzada, españolismo, monarquismo y catolicismo con la que los catalanes defendieron heroicamente la ciudad de Barcelona. Otras obras de Bruguera como Cronicón de Barcelona. Historia de la invicta y memorable bandera de Santa Eulalia (1861), Historia general de la religiosa y militar orden de los caballeros del Temple (1882), reafirman el carácter tradicionalista del “resucitador” de la memoria del 11 de septiembre.

Pero no estaba él solo, en 1878 Josep Coroleu y Josep Pella i Forgas publicaban Los Fueros de Cataluña. Una obra que discurría esa difícil frontera entre el carlismo y un primer catalanismo católico y regionalista. Unos años antes, 1872, se había publicado en Barcelona un panfleto anónimo llamado Los catalans y sos furs. Llibret dictat per un fill de la terra. Es una mezcla de exaltación católica regionalista y foralista que ve en Castilla la transmisora del centralismo y el liberalismo y por tanto la enemiga de la Cataluña católica y tradicional. Los expertos sabrán más, pero a nuestro entender, en este panfleto se entremezcla un romanticismo enfermizo con un sano regionalismo y autentico sentir católico, que lleva a una mezcla explosiva, que más tarde reaparecerá en el nacionalismo catalán. En una época tan intensa todo se interrelacionaba y mezclaba irremisiblemente. En abril de 1872, Carlos VII Declaraba la Guerra y en un manifiesto se comprometía a restablecer los Fueros catalanes. En 1873 se proclamaba la Primera República Española. En 1874 los carlistas catalanes restauraban –más simbólicamente que en el orden práctico- la Generalidad de Cataluña, abolida por Felipe V en 1714, y que se convertía en un símbolo contra la República. ¡Quién se le ocurriría pensar que medio siglo más tarde la palabra Generalitat sería sinónimo de republicanismo catalán!

 

Conclusión aplastante

Nada tiene que ver lo que actualmente se celebra en la Diada del 11 de septiembre, con lo que sus iniciadores pretendían. La aberración del anacronismo de una movilización de masas promovida por la “izquierda revolucionaria”, con el inevitable apoyo de un catalanismo conservador ya evacuado de toda carga doctrinal y rendido a lo que sus antepasados aborrecían, es lo que asombra. Es lo que contemplamos hoy. Tampoco debe extrañarnos. Por mucho que la mayoría de católicos catalanes de principios del siglo XX estaban convencidos que la Lliga era el partido de los católicos, la semilla del liberalismo ya estaba enterrada en su seno. Sólo tenía que crecer al paso de las agitaciones políticas del siglo. También las historia nos muestra el proceso contrario. Cuando Stalin, el ateo comunista, tuvo que levantar los ánimo de su pueblo en un último intento de no dejarse arrollar por el Ejército alemán, recurrió a la Sacro Santa Historia de la Madre Rusia en sus discursos. En ellos aparecían todos los santos y zares habidos y por haber y se apelaba a la Madre Rusia. Incluso el cine soviético promocionó estupendas producciones de cine, tomando como referente a un ¡Zar!: Ivan el terrible.

 

La aberración del anacronismo de una movilización de masas promovida por la “izquierda revolucionaria”, con el inevitable apoyo de un catalanismo conservador ya evacuado de toda carga doctrinal y rendido a lo que sus antepasados aborrecían, es lo que asombra.

 

Que la realidad se vuelva contradictoria y se retuerzan hasta límites insospechados sus fronteras, no implica que desaparezca esa realidad. Sí, para que negarlos. Cientos de miles de catalanes, un once de septiembre como el de hoy, se sienten movidos y entusiasmados por un espíritu de redención histórica y de liberación. Unos débiles estereotipos aún subyacen en los más veteranos del lugar. Los más jóvenes, por el contrario, carecen ya de esos estereotipos históricos. No han vivido siquiera el franquismo o la primera transición. Sus actitudes conductuales son mero acto reflejo de una adoctrinamiento que raya el conductismo y de climas emotivos fruto de ambientes creados mediáticamente. En fin, son hijos de la posmodernidad, de sus técnicas de manipulación y de sus propias insatisfacciones. Desean una independencia sin saber qué les oprime (y no quién) y sin sospechar que el camino escogido no lleva a ninguna parte.

 

Sus actitudes conductuales son mero acto reflejo de una adoctrinamiento que raya el conductismo y de climas emotivos fruto de ambientes creados mediáticamente.

 

Si quedara un resto de dignidad moral e intelectual en los líderes nacionalistas, hace años que hubieran tenido que cambiar de fecha para celebrar “su” Diada. Mancillar el espíritu original de la celebración del 11 de septiembre y sobre todo querer una pretendida identificación de con los barceloneses de 1714, es simplemente contranatura. Sólo unos pocos historiadores republicanos como Rovira i Virgili, allá por los años 20 del siglo XX, se atrevieron a reconocer que celebrar el 11 de septiembre era absurdo para los catalanistas de izquierdas y republicanos. Por eso en su Historia de los Movimientos nacionalistas, sentenciaba con aquella lapidaria frase: “Los herederos de 1714 son los carlistas de la montaña”.

Señores nacionalistas, ustedes no tienen ningún derecho a celebrar el 11 de septiembre y de seguir jugando con los sentimientos colectivos del pueblo catalán.

Javier Barraycoa

4 comentarios en “Por qué los nacionalistas no tienen derecho a celebrar el 11 de septiembre

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  4. Formidable relato histórico que ilustra hasta qué punto se puede embaucar a la gente con el truco de la Desmemoria Histórica.
    El llamado Romanticismo alemán prendió de una manera atroz en mentes clericales como un fondo religioso que ha terminado por desplazar a la Religión Católica e implantar como sucedáneo el nacionalismo separatista profano secularista. Agnosticismo cuando menos. Y tan satisfechos de la hazaña. Demostración: Montserrat

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