Reseña: ¿El arte a la deriva?

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¿El arte a la deriva?

Marie-Claire Uberquoi

Debolsillo, Barcelona, 2004

 


 

Cuesta encontrar un libro sobre arte que parta de una premisa tan sencilla como verdadera: el arte moderno, si es que ya no lo ha hecho, está a punto de desaparecer. Este es el presupuesto de este sencillo y breve libro sobre el arte moderno. Un libro que tiene como mérito huir de reflexiones excesivamente profundas en torno al arte, para limitarse a describir cómo han evolucionado las tendencias modernas hasta la práctica auto-extinción del arte. La autora deja que los hechos hablen por sí mismos.

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Ready-made de Duchamp. Una burrada de éxito.

Las vanguardias artísticas implementaron la autocrítica como sistema, configurando una constante deconstrucción de modelos y escuelas. Era la revolución al servicio del arte. La modernidad se lanzó a transgredir todo límite y todo principio. El lema de Joseph Beuys, el gran predicador del arte contemporáneo, proponiendo borrar los límites entre el arte y la vida, produjo el reinado de la anarquía de criterios para constituir la obra de arte. Liberado de límites, normas y modelos, el arte moderno no ha producido nada digno de consideración.

Llegar hasta donde hemos llegado ha sido posible gracias a un largo camino de deconstrucción artística. Repasar este camino es lo que propone este ensayo de tono periodístico y ameno. El camino se inicia con un proceso de desacralización del arte que fue iniciado por Marcel Duchamp. Se propuso entonces que el arte no debía estar circunscrito a determinados temas como los sacro ni en manos de determinadas elites artísticas. El arte debía acceder a todo el mundo, debía democratizarse. Duchamp puso de moda sus ready made: «Objetos manufacturados elevados a la dignidad de obra de arte». El primer rady made de Duchamp se trataba de una rueda de bicicleta atada a un taburete de cocina. A ello le siguieron urinarios, palas. Cualquier objeto cotidiano pudo ser considerado en sí mismo obra de arte.

El primer rady made de Duchamp se trataba de una rueda de bicicleta atada a un taburete de cocina. A ello le siguieron urinarios, palas. Cualquier objeto cotidiano pudo ser considerado en sí mismo obra de arte.

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Ready-made de Claes Oldenburg

El resultado más espectacular de la aplicación de este principio fue la aparición, a principios de los 60 del siglo XX, del «Pop art», centrado en lo banal y cotidiano. Con el «Pop art» las hamburguesas, los coches o las latas de cerveza se convirtieron en los objetos protagonistas de las obras de arte. El «Pop art» fue rápidamente fagocitado por variantes del mismo principio que llevaron, por ejemplo, a la aparición de la combine painting (pinturas combinadas, donde el artista introducía en la obra de arte los más variados objetos que encontraba «por ahí». Surgieron corrientes, como la inaugurada por Claes Oldenburg, consistentes en crear ready made de tamaños descomunales: bolsas de patatas fritas de varios metros de altura o unas cerillas de tamaño gigante que aún decoran una plaza de Barcelona. Sin lugar a dudas el rey del «Pop art» fue Andy Warhol y su reproducción de la latas de sopa Campbell´s.

Al “Pop art” le sustituyó el minimal art. Esta corriente artística es fruto de una serie de ensayos que reivindicaban la pintura como mero objeto físico. Algunos artistas empezaron a considerar el cuadro no como una composición pictórica sino como un «campo de color». Aparecieron cuadros como «Tundra» de Barnett Newman en el que toda la tela estaba uniformemente pintada de naranja excepto algunas tonalidades diferentes. Durante unas décadas el arte minimal se convirtió en el refugio de artistas que no sabían pintar y se limitaban a rellenar el lienzo de un solo color uniforme.

Los escultores minimalistas encargaban sus obras a fábricas y trataban de no participar en el proceso, para que en la obra no hubiera «ningún rastro de humanidad».

En la arquitectura el arte minimal se concretó en obras basadas en formas geométricas simples que no representaban ninguna imagen. Los escultores minimalistas encargaban sus obras a fábricas y trataban de no participar en el proceso, para que en la obra no hubiera «ningún rastro de humanidad». La intención explícita de los minimalistas era eliminar en lo posible lo superfluo (no entendieron que es esencial al arte el ser superfluo). El arte minimalista se contagió por todas las artes incluso la arquitectura. Las modernas plazas duras que invaden actualmente las ciudades europeas son fruto de este espíritu minimalista.

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“Una y tres sillas” de Joseph Kosuth

Al arte minimal le siguió el arte conceptual. El arte conceptual planteó que lo más importante no era el material artístico, sino la idea. Con esta nueva moda artística «el arte se liberó de sí mismo». La figura más destacada de esta corriente es Joseph Kosuth. Su obra más famosa se titula «Una y tres sillas». Y consiste en un papel con la definición de silla, una silla cualquiera y una fotografía de una silla. Artistas como On Kawara (un japonés «ciudadano del mundo») consisten en cuadros idénticos en los que lo único que cambia es la fecha. Esta «genialidad» se vende como una «profunda» reflexión sobre el paso del tiempo.

Cualquier mediocre pintor, lo suficientemente audaz, podía ser lanzado a la fama por un mamarracho cualquiera.

En la medida que el arte se iba disolviendo su valor ha ido aumentando. En los años 80 el mercado artístico se convirtió en tal negocio que los circuitos tuvieron que inventar nuevas promesas artísticas. Cualquier mediocre pintor, lo suficientemente audaz, podía ser lanzado a la fama por un mamarracho cualquiera. El negocio lo exigía. Fue la época de la bad painting que encandiló a los yuppies hartos de ganar dinero en la bolsa neoyorquina. Sus pinturas se caracterizaban por escenas disparatadas y grotescas, retomadas de los graffitis, del cómic o de las series televisivas. Los cuadros se pintaban en pocas horas … y se vendían en escasos minutos. En España se puso de moda en la década de los ochenta Ferran García Sevilla. Este mallorquín cada año cambiaba de estilo para poder seguir estando “de moda” y complacer a los marchantes. El fraude llegó a las salas de subastas y a las ferias de arte. Se vendían obras que teóricamente habían sido compradas anteriormente por fabulosas cantidades de dinero, pero en realidad nadie había ofrecido un duro por ellas. Sin embargo siempre había un nuevo rico capaz de comprar lo que se le ofrecía, más como snobismo e inversión que por devoción artística.

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Lavabo de Robert Gober. Se vendían a precios millonarios

A partir de los ochenta se inventan etiquetas como «neo-expresionismo», «neo-pop» o «neo-geo». Era simples «marcas» que permitían seguir vendiendo la idea de un arte moderno, activo y creativo, siempre en renovación. Pero tras cada etiqueta sólo había artistas mediocres que satisfacían las urgentes necesidades de un mercado boyante. Peter Halley llenó las galerías norteamericanos con cuadros que representaban figuras geométricas, consagrando así el «neo-geo» (neo-geometría). Robert Gober endosó por fabulosas cantidades de dinero fregaderos y lavabos a los ricachones neoyorquinos. Jeff Koon se llenó los bolsillos con su serie de aspiradoras encerradas en cajas de metacrilato.

«Es posible que la desacralización del arte haya llegado a su límite . Entonces, ¿por qué no reivindicar su carácter sublime, en contraposición al materialismo imperante en nuestra sociedad?».

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obra repugnante de Damien Hirst

A lo largo de los 90 eclosionaron las performance. Los artistas se plantearon que la obra de arte no debía quedar materializada más que en una acción original e irrepetible del artista. Parte esencial de esta acción debía ser la provocación. Kiki Smith se hizo famosa por su obra Cuento consistente en poner en escena un maniquí que dejaba a su paso un rastro de excrementos. También se fue conocida por exponer en las salas fotografías de las huellas que deja el cáncer y las radiaciones en el cuerpo humano. Como dice la autora de este libro, «El cuerpo enfermo, vulnerado pervertido e incluso fragmentado ha invadido los museos y las galerías». El más veterano de los transgresores es el austriaco Damien Hirst. Se dio a conocer en España con una obra consistente en una caja de cristal que contenía una nube de moscas revoloteando alrededor de una cabeza de vaca en descomposición. Otro de los elevados a la fama por la crítica es Chris Ofili con obras como la pintura-collage elaborada con excrementos de elefante. Muchos artistas de este calibre han inaugurado una nueva moda que empieza a denominarse la trash culture (Cultura basura).

Ante lo expuesto, cabe preguntarse: ¿Qué ha quedado del arte? ¿Cuál será su futuro? La Marie-Claire Uberquoi nos lo señala: «Es posible que la desacralización del arte haya llegado a su límite . Entonces, ¿por qué no reivindicar su carácter sublime, en contraposición al materialismo imperante en nuestra sociedad?».

Javier Barraycoa

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