¿Por qué no se quejan los nacionalistas del genocidio cultural romano?

 

¿Por qué no se quejan los nacionalistas del genocidio cultural romano?

 

Gracias a los autores clásicos romanos conocemos el mosaico de pueblos que ocupaban el actual suelo catalán (y del resto de España, claro). Entre ellos: los ilevarcones (o ilerdenses) que ocupaban parte de Castellón, la desembocadura del Ebro hasta la zona de Balaguer en Lérida; los cosetanos, en la costa tarraconense; los layetanos, en la costa barcelonesa; los lacetanos, por la cuenca del río Llobregat; los ausetanos, desde Gerona a Vich; los indigetas, en el Ampurdán y los carétanos, dispersos por los Pirineos.

mapaiberosLa romanización se inició en la costa y tardó en extenderse. Tito Livio, por ejemplo, se refiere a las “Costumbres agrestes y salvajes de los hispanos, excepto los que habitan la costa de nuestros mares”. El afamado historiador nacionalista Ferran Soldevila, en su Història de Catalunya (Alpha, 1962), reeditada en catalán durante el franquismo, se congratula de que la costa catalana se encuentre incluida en esa referencia de Tito Livio (dejando así caer que “Cataluña” se civilizó antes que el resto de España, y olvidándose de lo avanzada que estaba la bética).

Reconociendo el alto grado de romanización de la “futura Cataluña”, se pregunta “¿Qué debió Cataluña a esta romanización?”. Y él mismo contesta: “favoreció el proceso de unificación de las tierras catalanas, una entidad que de una forma u otra, religa y plasma Cataluña, si bien aún no con su nombre”. Y sigue: “En el orden espiritual, la más fuerte influencia de Roma se manifiesta en el orden del idioma y en el derecho”, lo cual parece agradecer profundamente.

Lo más gracioso es que Soldevila asegura que fue fundamental para la futura Cataluña, la unidad lingüística y jurídica que provocó la romanización.

Analizando fríamente estos juicios, uno no deja de sorprenderse. Soldevila supone que Cataluña es una realidad “pre-existente” y “sustancial” pero que aún no se ha desarrollado todavía. En realidad, aún faltarían catorce siglos para que apareciera el nombre de Cataluña desde la llegada de los romanos, pero en la cabeza del historiador nacionalista ya está el esquema de una “Cataluña” aún no tangible. Lo más gracioso es que Soldevila, en susodicha obra de referencia para el catalanismo, asegura que fue fundamental para la futura Cataluña, la unidad lingüística y jurídica que provocó la romanización. El latín sustituyó (y aniquiló) las lenguas pre-existentes y el convento jurídico tarraconense (Unión de ciudadanos) unificó la multiplicidad de costumbres y normas que poseían los pueblos que antes hemos mencionado.

tarraco

Imperial Tarraco

¿Dónde está la paradoja? Soldevila, como otros tantos nacionalistas, se lamenta hasta la saciedad del Decreto de Nueva Planta que “unificó” la legislación española, anulando los viejos fueros, e “impuso” el castellano (más adelante matizaremos convenientemente esta creencia nacionalista). Sin embargo, ninguna lágrima rueda por sus mejillas y sus escritos por las “lenguas propias” de los lacetanos o de los ausitanos; ningún suspiro por las viejas costumbres de los indigetas o de los carétanos.

Sin embargo, ninguna lágrima rueda por sus mejillas y sus escritos por las “lenguas propias” de los lacetanos o de los ausitanos; ningún suspiro por las viejas costumbres de los indigetas o de los carétanos.

Y es que los romanos sí que provocaron una “unificación”, que hemos llamado romanización, y que a ningún catalanista escandaliza. Por el contrario, Soldevila brama porque el Rosellón, en época romana, estaba bajo la administración de las Galias. Este hecho le impedía sumar argumentos a favor de la pre-existencia territorial de la Cataluña soñada. Esto sí, nuestro historiador se encargó de repetir una y otra vez que: “Por lo que hace a España -la Hispania- no constituye durante la dominación de Roma una Provincia, ni una demarcación”. Simplemente sorprendente. Para él, Roma permitió crear la estructura unitaria que posteriormente sería Cataluña, pero este argumento no es válido para España. Cuando se releen estos afamados historiadores, y con la perspectiva que dan los años y conocimientos, uno se pregunta por qué tienen el prestigio que tienen.

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