La extinción (demográfica) de Occidente

LA EXTINCIÓN (DEMOGRÁFICA) DE OCCIDENTE

 

Cuando Adán cometió el pecado original, desobedeciendo a Dios, fue expulsado del Paraíso. Cuando el pueblo de Israel no reconoció al Mesías, fue expulsado de la tierra prometida iniciándose una diáspora de 2.000 años. Ahora el Occidente cristiano ha apostatado de la religión y, como una especie de plaga bíblica, ha iniciado su extinción o desaparición, para –si la Providencia no lo remedia- dejar su lugar al Islam. Esto que parecería una novela de ciencia ficción, es una realidad más que constatable, predecible y prácticamente irreversible en términos humanos. Disciplinas como la demografía o la sociología lo corroboran. Otra cosa es el silencio sepulcral de políticos e intelectuales, pero la realidad es la que es: Europa se muere, y demasiado rápido.

Disciplinas como la demografía o la sociología lo corroboran. Otra cosa es el silencio sepulcral de políticos e intelectuales, pero la realidad es la que es: Europa se muere, y demasiado rápido.

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Obra de Mosher, avisa del peligro de despoblación

Ya en 1985,  Juan Pablo II utilizó la expresión “suicidio demográfico” para explicar lo que estaba pasando en Occidente. Ya en su Estudio de la Historia, Toynbee sentenciaban que las civilizaciones mueren por suicidio, o por asesinato. Es por su desgaste interno como quedan derrotadas, y las pérdidas demográficas no son más que el resultado de una determinada dinámica cultural-valorativa interna. Para los escépticos al respecto de la despoblación de Europa, baste recurrir a Steven Moscher, uno de los mayores expertos demográficos en todo el mundo. En alguna entrevista ha declarado sin tapujos: “La verdadera amenaza no es la superpoblación sino la despoblación. A partir de finales del siglo XXI el mundo corre un serio peligro de implosión demográfica. Hace unos años, el que suscribe, publicó un librito titulado La ruptura demográfica donde ya se daban las claves para prever el futuro demográfico de la humanidad, especialmente de Occidente. En aquellos años, la mayoría de sociólogos, politólogos y demógrafos, aún insistían que el mundo se abocaba a un drama de superpoblación. Hoy algunas voces empiezan a cambiar de sentido ante la evidencia de la realidad.

Crónica de una muerte anunciada

Incluso desde el pensamiento pagano y vitalista de principios del siglo XX, ya se auguraba –y demostraba- que el gran peligro de las civilizaciones era su caída demográfica. Oswald Spengler, en su La decadencia de Occidente. Esbozo de una morfologia de la historia mundial (1918), anunciaba que: “La abundancia de nacimientos en las poblaciones originales es un fenómeno natural, pues nadie se plantea su existencia y, con mayor razón, su utilidad o inconveniencia. Allí donde se introducen razones en las cuestiones vitales, la vida misma se convierte en un problema. Entonces comienza una inteligente restricción del número de nacimientos (…) En ese punto, empiezan en todas las civilizaciones el estadio multicentenario de la inquietante despoblación”. Spengler se refería –bajo sus categorías nietzschanas- a que el dominio de lo racional sobre lo vital o natural, que introducían las civilizaciones, llevaban al fatal desenlace del control de natalidad. Si tener hijos dejaba de ser algo por naturaleza, pocas razones conscientes se podrían encontrar para engendrarlos.

Si tener hijos dejaba de ser algo por naturaleza, pocas razones conscientes se podrían encontrar para engendrarlos.

Spengler, describe en pocas líneas la tragedia demográfica que acabó con el imperio romano: “El Imperio goza de completa paz; es rico, posee las más altas formas de civilidad; está bien organizado; tiene, de Nerva a Marco Aurelio, una serie de jefes como no puede ostentarlos el cesarismo de ninguna otra civilización. Y, sin embargo, la población desaparece rápidamente, en masa, a pesar de la desesperada legislación augustana sobre matrimonios y nacimientos—la ley de maritandis ordinibus produjo en la sociedad romana una consternación mayor aún que la derrota de Varo—, a pesar de las innumerables adopciones, a pesar de los continuos establecimientos de soldados bárbaros, hechos con el objeto de llevar hombres a los territorios desérticos, a pesar de las inmensas fundaciones de Nerva y Trajano para alimentar y criar los niños pobres. Italia primero, África y Galia después y finalmente España—que en tiempos de los primeros emperadores era la parte más poblada del Imperio— quedan desiertas y abandonadas”.

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Arnold Toynbee

En el trasfondo del análisis spengleriano se encuentra la dialéctica entre el “campo” (Landschaft) y la “urbe” (Welstad). Para él la cultura (estadio antes de llegar a la civilización) representaba al hombre superior y a la vitalidad reflejada en el crecimiento demográfico. La civilización representaría la decadencia que podría adquirir o bien la faceta socialista o bien la capitalista. Pero ambas versiones de lo mismo llevarían a la muerte de Occidente. Esta explicación, ciertamente intuitiva, excluye el papel de la religión en los destinos de las civilizaciones. Por eso, nos parece interesante resaltar la tesis propuesta por Arnold Toynbee. Aunque es difícil de sintetizar, la propuesta toynbeeana del colapso de las civilizaciones también implica una peculiar dinámica demográfica. Por un lado internamente hay un debilitamiento demográfico que queda compensado con la emergencia de los “bárbaros” en forma de un “proletariado externo”. Los enfrentamientos internos entre el proletariado interno y el externo, los intentos absurdos de querer crear macroestados burocratizados (Estados Universales) como la actual Unión Europea, la pérdida de creatividad y liderazgo de las elites sociales, acabarán derrumbando una civilización.

la organización de la vida material por sí misma, es un absurdo que impide que la civilización sobreviva sin un ideal trascendente. Ciertamente que las civilizaciones agónicas intentan crear nuevas espiritualidades.

Toynbee, en un momento de su extensa obra, se pregunta sobre qué sentido tiene la aparición de una civilización o, con otras palabras, qué función puede tener. Para ello concibe las civilizaciones como inmensos cuerpos sociales que requieren de un alma o religión. En el esquema de Toynbee las grandes civilizaciones se corresponden a “Iglesias universales” o grandes religiones. Para el historiador inglés el sentido de una civilización es sustentar una religión universal. Y cuando desfallece ésta, entonces el cuerpo social inicia su desintegración, lenta pero imparable. Ya que la organización de la vida material por sí misma, es un absurdo que impide que la civilización sobreviva sin un ideal trascendente. Ciertamente que las civilizaciones agónicas intentan crear nuevas espiritualidades. El propio Toynbee pronostica que las elites de una civilización en colapso intentan crear religiones artificiales (en el caso del Occidente actual podríamos ver la New Age desde esta perspectiva). Pero estos intentos sigue afirmando Toynbee, siempre fracasan. Como mucho, lo que puede “resucitar” una civilización sería una religión universal, pero fruto de las elites, sino del proletariado externo. Nuestro pensador, proponía que la religión cristiana, venida de la periferia del imperio romano, consiguió salvar la civilización helénico-romana, al constituirse el cristianismo como religión universal. Hoy podríamos aplicar la misma interpretación a Europa, viendo cómo nuestro “proletariado externo” es esencialmente musulmán y, por tanto, a la larga, la lógica histórica indicaría que el islam habría de ser la futura religión de islámica.demo3

Muchos son los que niegan la secularización como uno de los efectos de la decadencia de nuestra civilización y la han intentado explicar desde una perspectiva meramente materialista. Tomamos como ejemplo la obra de Joseph Tainter, El colapso de las Sociedades Complejas (1990), que completa en cierta medida la exposición de Toynbee. Cuando nuestra civilización ha perdido su espiritualidad propia, antes de evidenciar su calamitoso estado moral, realiza una huida hacia adelante. El optimismo entonces se vuelve en la tapadera perfecta para ocultar el futuro desastre. Tainer propone que una de las causas de la caída de una civilización es la huida hacia adelante. Ello quedaría reflejado en que la sociedad sólo quiere y puede sustentarse en un imposible crecimiento material constante. Este autor propone que el capitalismo puede ser caracterizado como un ejemplo de este modelo. Las huidas hacia adelante provocan economías falsas, exceso de consumo, felicidades falsas y acaban socavando los fundamentos de la economía real.

La reducción drástica de la natalidad a partir de la expansión de los métodos anticonceptivos, unido a la masiva incorporación de la mujer al mundo laboral creó un falso efecto benéfico.

Al respecto debemos señalar un falso efecto que se ha producido a finales del siglo XX en Europa, al igual que ya ocurrido en Japón. La reducción drástica de la natalidad a partir de la expansión de los métodos anticonceptivos, unido a la masiva incorporación de la mujer al mundo laboral creó un falso efecto benéfico. En el último tercio del siglo XX se creó una falsa clase media. Familias compuestas por hombre y mujer de clase media-baja, sólo tenían dos hijos y dos sueldos. Ello permitió la ilusión de muchos ingresos y pocos gastos. Pero todo ha sido una trampa. El aumento de la productividad permitió el crecimiento de los estados, luego de sus servicios y sus mecanismos de control, y por supuesto de los impuestos. La vida se encareció extremadamente y para la mujer ya fue obligatorio trabajar. Tener dos hijos ya no fue una opción sino una limitación que imponía el sistema. Y la aspiración a una vida de confort y bienestar llevó a un endeudamiento insostenible. Por último, colectivamente hablando, esto lleva irremisiblemente al envejecimiento de la población y al hundimiento del estado de Bienestar.

Adiós Europa, hola Eurabia

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Ferguson, inventor de la palabra Eurabia

Mark Steyn es autor de varios e interesantes libros que giran en torno a las causas y consecuencias de la caída demográfica, entre ellos: Its The Demography Stupid o American Alone: the end of the world as we know it. Aunque sus artículos son controvertidos y tiene sus detractores incluso en el mundo conservador, al menos ha dado la voz de alarma sobre el futuro de Europa. En su obra América Alone propone, en resumidas cuentas, las siguientes tesis: 1) El Estado de Bienestar en realidad ha sido un Estado niñera que ha infantilizado a los europeos; 2) A partir de la década de los 80 y la expansión de los métodos anticonceptivos y el aborto, el Estado de Bienestar castró Europa; 3) la caída demográfica está invirtiendo la pirámide poblacional y será imposible mantener el sistema sanitario y de pensiones; 4) Una parte importante de los países europeos han iniciado ya un imparable declive poblacional, entre los que se encuentran Rusia, España o Italia; 5) sólo una masiva corriente migratoria podría contener la muerte demográfica, pero conllevaría a la muerte cultural; 6) Estamos ante un agotamiento civilizatorio, pues la envejecida Europa está carente de energías y ganas de afrontar retos.

El historiador británico Niall Ferguson ha acuñado la expresión Eurabia para reflejar el futuro que nos espera. Steyn, también partidario de que Europa acabará devorada por el Islam, dejando sólo a América como último baluarte de la civilización occidental, ha descrito con frases contundentes nuestro futuro inmediato: “El Islam tiene juventud y voluntad, Europa tiene achaques de vejez y seguridad social”; Europa “no sobrevivirá al siglo XXI, y gran parte de él en la práctica desaparecerá a lo largo de nuestras vidas, incluyendo muchos de los países europeos, por no decir todos”; con otras palabras: “es el final del mundo tal como lo conocemos”.

El historiador británico Niall Ferguson ha acuñado la expresión Eurabia para reflejar el futuro que nos espera.

El Grupo de Estudios Estratégicos (GEES) elaboró en 2009 un interesante dossier sobre los retos a que nos deberíamos enfrentar en un futuro no muy lejano. El título es más que significativo: Ante la decadencia de Europa. Problemas actuales, tendencias previsibles y propuestas para su supervivencia. El informe nos proporciona unos datos ciertamente escalofriantes, a menos que uno sea un entusiasta del multiculturalismo: “En los últimos treinta años, la población musulmana en Europa se ha doblado, y hoy crece aceleradamente. No está claro cuál es el número de musulmanes en Europa. Algunos estudios hablan de 25 millones. Otras cifras hablan de más, de 35 o 50 millones. Ni se sabe con seguridad ni los europeos parecen alarmados por no saberlo. Según la Unión Europea, al año llegan al continente 1 millón de inmigrantes musulmanes legales, y unos 500.000 legales”. La primera preocupación es que Europa ya ha perdido la capacidad de controlar la población inmigrante. Por mucho que las instituciones políticas traten de controlar el fenómeno a través de millonarias inversiones en políticas de regulación y educación, todo es vano.

Nuevamente parecen cumplirse las tesis de Toynbee cuando afirma que el “proletariado externo” llega como quien no ha sido invitado. Primero se le mira con sorpresa, luego con recelo. Pero los intentos por absorberlos en la estructura de la civilización receptora son imposibles. Europa se haya atrapada ante su falta de identidad espiritual. Por un lado desea integrar las poblaciones inmigrantes en los valores propios, pero por otro no deja de exaltar el multiculturalismo. Las políticas erráticas generan consecuencias desastrosas. El informe del GEES anuncia que: “En el año 2050, aproximadamente el 20 por ciento de la población europea será musulmana, según las predicciones más a la baja. Otras predicciones estiman que en el año 2025 uno de cada cuatro franceses será musulmán, y que a mediados de siglo los musulmanes podrían ser mayoría en toda la Europa occidental. Es decir, según las proyecciones, dentro de cincuenta años entre un 30 y un 50% de los europeos serán musulmanes”.

demo5En Francia ya se han censado 2.000 lugares para el culto islámico. Para tener una idea de la proporción del fenómeno, decir que es una cifra más alta de las mezquitas censadas en Marruecos. A pesar que la Ley de separación de Iglesia-Estado, de 1905, impide que el Estado subvencione la religión (católica se entendía en aquella época), ahora las mezquitas a veces son subvencionadas por los ayuntamientos, aludiendo que no financian el lugar de culto, sino las salas dedicadas a actividades culturales. No hay ni que decir que se cumple la sentencia de Toynbee con la que iniciábamos este artículo: las civilizaciones no mueren asesinadas, se suicidan.

En toda Europa ya empiezan a proliferar las patrullas musulmanas que tratan de imponer la ley islámica en ciertos barrios. El fenómeno ya es común en Londres. Estas parejas de guardianes de la sharia amonestan a los jóvenes que pasan por esos barrios bebiendo, fumando o incluso a chicas jóvenes si no llevan velo. De momento los gobiernos “toleran” esta situación, bien por miedo a enfrentamientos con comunidades enteras, bien por incapacidad de creerse los principios del propio Estado democrático y decadente. En Australia, por ejemplo, un predicador australiano convertido al Islam, Ibrahim-Siddiq Conlon, anunció recientemente la intención de hacer aplicar la Sharia en Lakemba, un suburbio de Sidney, organizando una milicia musulmana.

El fenómeno ya es común en Londres. Estas parejas de guardianes de la sharia amonestan a los jóvenes que pasan por esos barrios bebiendo, fumando o incluso a chicas jóvenes si no llevan velo.

Aunque a algunos les parezca un poco tremendista, destacamos un extracto de La colonisation de l´europe de Guillaume Faye, donde se relata lo que realmente está ocurriendo en Francia: “La guerra étnica ha comenzado. Por lo bajo. Y, año tras año, se amplia. Por el instante, ha tomado la forma de una guerrilla urbana larvada: incendios de automóviles o de comercios, agresiones repetidas de europeos, ataques al transporte público, emboscadas a la policía o a los bomberos, razzias desde los suburbios hacia los centros urbanos, etc… Como demuestra un estudio sociológico encargado para analizar el fenómeno, la delincuencia de los jóvenes afro-magrebíes es también un medio de conquista de territorios y de expulsión de los europeos en el interior del territorio estatal francés. No está motivada únicamente por razones de simple criminalidad económica. A partir de los suburbios, se crean enclaves o zonas sin derecho, que se extienden como manchas de aceite hacia el exterior. Desde que la población alógena alcanzó cierta proporción, la delincuencia ha hecho emigrar a los petits blancs, acosados por las bandas étnicas. (…) Se calculan en más de 1000 estas zonas en Francia. El fenómeno de parcelación del territorio puede sugerir que estamos entrando en una nueva Edad Media. Pero también encubre un proceso de colonización territorial, proceso que hace pedazos las utopías izquierdistas del mestizaje étnico“.

El optimismo y la esperanza

Ante lo evidente, nunca pueden faltar optimistas que intenten poner su contrapunto. Desde el mundo académico, muchos autores, contra toda evidencia, han intentado negar que Europa esté en decadencia. De hecho, ante la consabida comparativa con la caída del imperio romano, algunos autores han intentado negar su decadencia demográfica.

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Pirámide de población europea en proceso de envejecimiento irreversible

El ejemplo más flamante y flagrante es el de Santos Mazzarino y su obra Aspectos sociales del siglo IV. Contra la tesis de Beloch y otros historiadores, niega la decadencia demográfica y atribuye la caída de Roma a las revueltas internas. No sería difícil, aunque sí extenso, argumentar a favor de la tesis demográfica. Sin embargo ello nos alejaría del tema, que es constatar la urgente crisis por la que está pasando Europa. En el estudio mencionada anteriormente, Ante la decadencia de Europa, se puede leer: “Respecto a lo primero, Europa va camino de ser una gerontocracia. Hoy, la media de edad de los europeos es de 39 años, ya la superior del planeta; en el año 2050 será de 47 años. En el año 2004, había en Europa 18 millones de personas mayores de 80 años; en el 2050 serán más del doble, 50 millones. Cada vez habrá menos jóvenes y más mayores. El porcentaje de mayores de 60 años se doblará; el de aquellos en edad de trabajar disminuirá. Y respecto a lo segundo, Europa se está despoblando y lo hará más aceleradamente en el futuro”. Por países podríamos aportar algunos datos más que significativos. El experto demográfico noruego Asle Rein Henriksen augura que en el año 2100, Noruega tendrá 13,3 millones de habitantes de los que sólo 4,3 millones serán autóctonos. De momento Olso ya cuenta con un 28% de inmigrantes y en algunos barrios musulmanes ya empiezan a aparecer parejas que velan por la sharia.

El experto demográfico noruego Asle Rein Henriksen augura que en el año 2100, Noruega tendrá 13,3 millones de habitantes de los que sólo 4,3 millones serán autóctonos.

Mientras tanto, podríamos preguntarnos cómo estamos reaccionando? ¿somos conscientes de la gravedad de la situación? Ya que el optimismo a nada conduce, ¿hay solución en la esperanza? Juan Pablo II, en su momento lanzó la Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, en ella se recogen las reflexiones de la Asamblea sinodal sobre Europa, celebrada en 1999, tras la cual, señalaba el Papa: “Se ha llegado a la clara convicción de que la situación está marcada por graves incertidumbres en el campo cultural, antropológico, ético y espiritual”. No corresponde a este artículo ni resumir la exhortación ni proponer las soluciones, pero si relatar un pequeño hecho demográfico que ha pasado prácticamente desapercibido en la historia de la demografía y no se ha atendido a su iluminadora importancia.

Entre las tasas de fertilidad más altas recogidas por la ciencia demográfica en la historia, están las de las mujeres canadienses de origen francés a lo largo del siglo XVIII. Se calcula que las mujeres llegaron a tener una media de entre 12 y 13 hijos. Esta tasa, francamente altísima, se produjo en un claro contexto cultural y político: la población católica francesa en el Quebec se hallaba a punto de ser absorbida por la población anglosajona protestante que la había derrotado militar y culturalmente. La impresionante tasa de natalidad, con otras palabras, las familias numerosas católicas, preservaron la comunidad, su religión y cultura, en medio de un mar de protestantismo. ¿Podrá el reaccionar el catolicismo como hicieron aquellas familias? Si no es así, el futuro que algunos imaginaron para Europa, será profundamente distinto.

Javier Barraycoa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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