Estudio preliminar a «El Liberalismo es Pecado» (4): se pergeña «El liberalismo es pecado»

Estudio preliminar a «El Liberalismo es Pecado» (1)

Estudio preliminar a «El Liberalismo es Pecado» (2): conflictos entre católicos liberales y católicos tradicionalistas

Estudio preliminar a «El Liberalismo es Pecado» (3): La virulencia antitradicionalista del Obispo Urquinaona

Estudio preliminar a «El Liberalismo es Pecado» (4): se pergeña El liberalismo es pecado

El año 1882 se había iniciado traumáticamente para los católicos tradicionalistas. Justo en el momento en que el partido carlista se sentía más fuerte, superada la debacle de la pérdida de la Guerra Civil en 1876, ahora los ataques les llegaban no sólo de los liberales revolucionarios, sino desde sus propias jerarquías. Recordemos que la Jerarquía española se había ido configurando, gracias al Concordato de 1851, que remitía el nombramiento de obispos al Ministro de Justicia y Gracia del Régimen de la Restauración. En estos momentos difíciles y desanimadores, que hemos podido apreciar en el tono de algunas cartas que hemos reseñado, Sardá y Salvany fue pergeñando una idea: la publicación de un librito que se titularía El Liberalismo es pecado.

La primera noticia que tenemos de esta idea es por la carta que escribe a su amigo Celestino Matas, el 23 de marzo de 1882. En dicho escrito cuenta el enfrentamiento tenido con Urquinaona, las amenazas del obispo de cerrarle la Revista Popular, las protestas y amenazas a gritos de Sardá que parece acoquinaron al mismísimo obispo. En la carta escribe: “A ver si ladrando como perro, les intimido”. Al final de la carta le confiesa a Matas: “Preparo, con gran reserva, un trabajillo sobre estas cosas que no sé si podré publicar aquí. Veré si en Madrid”. Urquinaona moriría un 31 de marzo de 1883, un año después de esta carta. Pero tendría tiempo suficiente para intentar consagrar su gran objetivo: desmantelar a los integristas. De por medio un texto pontificio, la Encíclica Cum Multa, aparecida el 8 de diciembre de 1882, iba a convulsionar nuevamente los ambientes católicos.

En 1882, Urquinaona, mandó cerrar la Juventud Católica por su apoyo a la prensa integrista. El 2 de febrero de 1883, justificaba su decisión al Nuncio Rampolla con una carta en la que desvelaba los verdaderos motivos de su acción: había “un grupo de los más exagerados del partido carlista”.

Como hemos dicho más arriba, tanto los sectores católicos como tradicionales hicieron su propia interpretación y, evidentemente, no coincidía. Para unos se condenaba a los otros y viceversa. Urquinaona y Morgades, sin lugar a dudas, interpretaban que la Cum Multa, les legitimaba moralmente a continuar su lucha contra el carlismo y los intransigentes católicos. Por eso no es de extrañar que Urquinaona sustituyera al P. Ramón Boldú como censor de El Correo Catalán y pusiera a un joven y prometedor sacerdote protegido de Morgades: José Torras y Bages. Para disgusto del futuro obispo de Vich, su misión era poner en vereda al diario carlista, aunque supo salirse airoso del aprieto.

Su siguiente objetivo fue controlar o, en su defecto destruir, la Juventud Católica de Barcelona fundada en 1871. En época de Urquinaona, Barcelona contaba con 13 juntas diocesanas. En 1878, existían academias de la Juventud Católica en Gerona, Solsona, Manresa, Sabadell, Manlleu y Berga. En 1882, Urquinaona, mandó cerrar la Juventud Católica por su apoyo a la prensa integrista[1]. El 2 de febrero de 1883, justificaba su decisión al Nuncio Rampolla con una carta en la que desvelaba los verdaderos motivos de su acción: había “un grupo de los más exagerados del partido carlista”. El decreto de suspensión de la Juventud Católica se había firmado el 20 de enero de 1883. El mismo 2 de febrero, Llauder contestó desde El Correo Catalán a la decisión del obispo.

El artículo se titulaba Una cuestión gravísima. La argumentación era contundente y describía la situación de la diócesis donde la mayoría del clero se acogía políticamente a la “Comunión política” que defendía sus intereses (en referencia al partido carlista) y que si bien en la Juventud Católica predominaban carlistas, en la Unión Católica militaban miembros de diversos partidos políticos y ningún prelado había puesto el grito en el cielo por ello. Rampolla recomendó a Urquinaona no ser muy duro con los católicos intransigentes para evitar reacciones desproporicionadas. Sólo la intervención del obispo Casañas, la prudencia del Nuncio recién llegado y la inminente muerte del obispo Urquinaona, apaciguaron la tormenta.

La muerte de Urquinaona, el 31 de marzo de 1883, despertó todo tipo de reacciones, algunas de lo más curiosas. Por ejemplo, Sardá, el 5 de abril, escribía a su querido Matas el ambiente en Barcelona, tanto por el lado de los liberales como por los tradicionalistas: “Los nuestros acusados casi de asesinos (pues se ha llegado a decir que le habíamos envenenado y que por eso no lo querían embalsamar) se despachan a su gusto y hacen unas oraciones fúnebres que ya, ya”. Por Barcelona corrían todo tipo de rumores como que, justo antes de morir, Urquinaona había sido reprendido por Roma por haber suprimido la Juventud Católica. Sardá y Salvany escribió a Matas el 5 de abril una carta donde describe el entierro de Urquinaona: “[con varios sacerdotes] estuvimos juntos en el funeral y seguimos el féretro por las calles. La fiesta fue liberal de pura raza, con asomos de masónica. Todo el mundo en la calle. Fábricas cerradas, tiendas ídem, colgaduras negras en muchos balcones. La Publicidad (impío) se escandalizó porque dijo no sé quién que deseaba que estuviera en el cielo. (…) La Renaixensa (impío) a las 3 de la tarde daba ya en catalán el sermón que el Dr. Ribas estaba predicando a las once y media (…) Nadie lloraba, que yo viese, pero todo el mundo parecía entusiasmado. Señal de que por alguien se había dado la orden de entusiasmarse. Con los elogios de la prensa impía se podía formar una corona poética. El Diluvio llamó al difunto martillo de carlistas”. No dejaba de ser paradójico que los anticatólicos elogiaran al obispo difunto y los católicos de macha martillo, callaran prudentemente sus pensamientos.

Obispo Jaime Catalán

Los años que estamos relatando fueron muy intensos. Ello nos obliga a retomar algunas cosas. En los momentos más duros de estos embates, Sardá y Salvany había pergeñado El liberalismo es pecado como la última defensa ante la debacle inminente provocada por las fuerzas católico-liberales contra el tradicionalismo. La tensión era tal que Sardá somatizaba todas las desilusiones. En epístola de 23 de marzo de 1882, le confesaba a Celestino Matas: “Me dicen que he llegado a enflaquecer y a envejecer … ¡Qué año, válgame Dios! He envejecido por 20”. Mientras tanto llegaban noticias del nombramiento del nuevo obispo de Barcelona: D. Jaime Catalá, Obispo de Cádiz.

A mediados de julio La Gaceta de Cataluña, reseñaba lo siguiente: “El nombramiento de D. Jaime Catalá, para ocupar la sede vacante de Barcelona, ha caído como una bomba en los círculos carlistas de la ciudad. Y en verdad que dados los antecedentes del nuevo Prelado nada tendrá de extraño que durante su presencia en Barcelona la bomba estalle»

A mediados de julio La Gaceta de Cataluña, reseñaba lo siguiente: “El nombramiento de D. Jaime Catalá, para ocupar la sede vacante de Barcelona, ha caído como una bomba en los círculos carlistas de la ciudad. Y en verdad que dados los antecedentes del nuevo Prelado nada tendrá de extraño que durante su presencia en Barcelona la bomba estalle, si los carlistas no tienen la prudencia de apagar sus fuegos. Con que quitarse la boina y boca abajo todo el mundo”. Pero por suerte, aconteció lo contrario. El nombramiento de Català significó un respiro para los sectores no transaccionistas del catolicismo catalán.

Entre tanta agitación, Sardá y Salvany, sospechando que Urquinaona nunca hubiera aceptado conceder el Nihil Obstat a El liberalismo es pecado, intentó que fuera aceptado en la diócesis de Madrid. Para ello recurrió a Nocedal como contacto entre los censores de la diócesis madrileña. Coincidiendo con las exequias de Urquinaona, Sardá recibía carta de Nocedal en la que le comunicaban que no se había conseguido la aprobación. Los censores consideraban el texto como muy bueno, pero no creían que el momento fuera el más oportuno para publicarlo[2]. Nocedal estaba enfadadísimo y Sardá desmoralizado. No obstante, no se amilanó y diseñó una nueva estrategia: intentar publicar el libro como si fueran artículos en El Correo Catalán y así salvar la censura eclesiástica. Esta decisión de publicarlo en capítulos vino dada porque, tras la muerte de Urquinaona, presentó el texto al censor de Barcelona y esperando que una respuesta positiva, esta nunca llegó.

Javier Barraycoa

NOTAS


[1]  Cf., Solange Hibbs-Lissorgues, Iglesia, prensa y sociedad en España (1868- 1904), Instituto de Cultura «Juan Gil-Albert», Diputación de Alicante, Alicante, 1995, p. 110.

[2] Joan Bonet y Casimir Martí, Op. cit., p. 209.

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