REPUBLICAVIRUS

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Hace pocos días hemos visto jaleando y jadeando a Pablo Iglesias y sus adláteres por su añorada República. Este barbilampiño aprendiz de bolivariano se autoproclamó máximo responsable de las residencias de ancianos. Y mientras aullaba al viento por la llegada de una República, en los asilos morían a cientos los españoles que con su sudor y esfuerzo nos lo dieron todo. Más que la venida de una República, Iglesias y los suyos, quieren sacar de su sepulcro la Segunda República. Ya se ve que desde lo del Valle de los Caídos, a estos adictos a las ubres del Estado y la subvención, se les ha acentuado la adicción a la necrofilia.

La izquierda siempre acaba con sangre en las manos. Mientras los gobernantes actuales requisan recursos sanitarios destinados a proteger a los farmacéuticos, o a Hospitales privados, mantienen abiertos los abortorios. Porque cumplen una función “esencial”, argumentan. Sí, su función esencial debe ser regar con sangre inocente el tronco muerto del ideal republicano. Reclaman que llegue una República, al igual que los independentistas no cejan de remar hacia una Ítaca que no existe en los mapas. Quizá es hora de empezar a hablar alto y claro: la Segunda República sólo trajo sangre y desgracias.

Ya se ve que desde lo del Valle de los Caídos, a estos adictos a las ubres del Estado y la subvención, se les ha acentuado la adicción a la necrofilia.

La República llegó a España no por la fuerza y virtud de los republicanos convencidos, ni de los revolucionarios más radicales. La República llegó para sorpresa de todos, por la dejación de responsabilidad del que ocupaba el trono en aquel aciago abril de 1931. La monarquía borbónica había agotado su ciclo, iniciado en 1876 y prolongado artificialmente gracias a la dictablanda de Primo de Rivera. Era un Régimen muy parecido al del 1978, al amparo del cual muchos políticos han vivido y muchos ciudadanos hemos sobrevivido. El bipartidismo, la corrupción caciquil, la represión constante a fuerzas patrióticas que no caían en el servilismo de la derecha moderada, la injusticia social provocada por unas oligarquías que no dejaban de recibir títulos de nobleza por el hecho de tener una gran fábrica en la que oprimían a sus trabajadores. Todo ello llevó a una convulsión social y a la imposibilidad de formar gobiernos mínimamente estables, en la misma medida que el bipartidismos se deshacía.

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Iglesias quemadas para recibir a la II República

La República llegó porque la monarquía constitucional de entonces moría inmersa en su apatía. Bastaron unas elecciones municipales -en las que ni se había concluido el recuento- para que Alfonso XIII dejara España para “que no se derramara una sola gota de sangre por su culpa”. ¡Y cuánta sangre se acabó vertiendo! La República española nació porque, ante el abandono del Jefe de Estado, muchos monárquicos conservadores y católicos decidieron mecer su cuna obviando las iglesias y conventos recién quemados que anunciaban su llegada. ¡Qué la república tuviera como primer presidente a Alcalá-Zamora, que había ocupado ministerios con Alfonso XIII, lo dice todo! Esa derecha conservadora henchida de bonhomía, creía que la izquierda era democrática y civilizada y que respetaría las normas de juego. Y que sus parcelas de poder quedarían salvaguardadas si se vestían de republicanos. Vana ilusión.

Esa derecha conservadora henchida de bonhomía, creía que la izquierda era democrática y civilizada y que respetaría las normas de juego.

Bastó que la derecha, esa CEDA complaciente, ganara las elecciones en 1933 y que entraran sus dirigentes en algunos ministerios del gobierno Lerroux, para que empezaran a enterarse de qué iba la cosa. La República no se la creían ni los republicanos. El golpe de Estado anarco-socialista en Asturias -en 1934- fue una demostración palmaria. Aprovechando la circunstancia, la hija natural y bastarda del catalanismo conservador de la Lliga de Cambó, conocida como la ERC de Companys, intentaba desgarrar la República separando a Cataluña de su cuerpo político. Tras las más que fraudulentas elecciones de febrero de 1936, la suerte estaba echada y España perdida. El PSOE, salvo unos pocos líderes ingenuos, jamás creyó en la República. Veían en sus gobiernos un paralelismo evidente con el gobierno provisional de Kerenski que había derrocado al Zar, pero que debía sucumbir en favor de los bolcheviques. El fin no era la república, sino el comunismo.

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La necrofilia está en el ADN de la izquierda

La República española era vista por los revolucionarios socialistas, comunistas y anarquistas, como un detritus burgués que más temprano que tarde debía caer para dar lugar a la Revolución. Sí, una de esas revoluciones en las que si no hay sangre es que no va en serio. Con esta izquierda revolucionaria, el monarquismo liberal apolillado, la derecha conservadora complaciente con el nuevo régimen y con la izquierda radical y el separatismo dueños de la calle y las instituciones, la Guerra Civil era inevitable.

La República española era vista por los revolucionarios socialistas, comunistas y anarquistas, como un detritus burgués que más temprano que tarde debía caer para dar lugar a la Revolución.

A Pablo Iglesias alguien le tendría alguien que decir que sí, a lo mejor viene una Tercera República, a lo mejor la historia se repite, pero nunca será por méritos de los mequetrefes como él. Será a causa del consentimiento de los que debieran barrar la puerta de los desvaríos políticos y no participar en ellos por unas prebendas en forma de sueldos parlamentarios. Alguien le tiene que recordar a Pablo Iglesias que él no es republicano, él es revolucionario. Y la diferencia estriba en que este señor, que no en otra época no hubiera llegado ni a peluquero de Robespierre, sería el primero en derrumbar su querida Tercera República para imponer un sistema comunista de corte bolivariano. Sangre y hambre. Eso es lo que trae la izquierda revolucionaria, a la que tradicionalmente las derechas e izquierdas moderadas le han abierto las puertas para más inri.

Pero también sería bueno que alguien le soplara a la oreja de este macho alfa de la Revolución, que esta es letal como un virus y que, como Saturno, acaba devorando a sus hijos.

Javier Barraycoa

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