Reedición del libro “Sobre el poder, en la modernidad y la posmodernidad” de Javier Barraycoa

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La Editorial Homolegens ha tenido a bien reeditar mi libro “Sobre el poder, en la modernidad y la posmodernidad”. El libro -publicado por la editorial Scire en 2002- pretende crear un marco teórico para la comprensión de el “poder político” como fenómeno moderno y sus dinámicas evolutivas en la posmodernidad. Para una sinopsis del libro aquí se puede leer una reseña que fue publicada en su momento en Forumlibertas. El libro fue traducido al francés por la editorial Hora Decima (2005).

También, en este post, reproduzco unas conclusiones prácticas para poder actuar hoy en día ante el poder.

 

Epílogo a modo de decálogo: frente al poder

El mundo feliz de Huxley es mucho más real hoy que cuando lo soñó su autor. Es un mundo feliz fundado en la disolución de lo social y en la consagración del individualismo; fundando en la despreocupación de los hombres por su propio destino colectivo y capaz de arrojarse en brazos de un abstracto universalismo. El triunfo de un democratismo universal está apunto de realizarse sin la participación del hombre concreto. Es un mundo donde el ocio sustituye la política, donde efímeras satisfacciones nieblan nuestra percepción de la realidad; donde la razón ha sido sustituida por el sentimiento; donde la afectividad está siendo modulada mediáticamente; donde lo concreto es sustituido por lo abstracto. Donde la educación, en su sentido más tradicional, ha fracasado y donde la política ha muerto. Retomar el pulso de la historia ante tal evolución de las estructuras de poder, parece tarea ardua por no decir imposible. No obstante no podríamos acabar este ensayo sin unas reflexiones y propuestas:

1) La consolidación de una estructura de poder ha sido posible por la consolidación del individualismo. Frente al “individualismo”  debemos redescubrir el sentido de “persona”. La persona es aquel ser racional que es fin en sí mismo y cuya individualidad trasciende lo efímero por ser “ser social e histórico”.  El hombre, por tanto, no puede ser instrumento de un proyecto económico o político, porque el hombre siempre es un fin en sí mismo.

2) La dimensión social del hombre no puede quedar limitada a su participación simbólica en procesos electorales que se limitan a una legitimación de estructuras de poder que trascienden al individuo. La vida social del individuo es multidimensional y la estructura de poder no puede aspirar a regular, subvencionar o controlar esos “espacios” sociales. La estructura de poder debe dejar ámbitos de la vida social sin regular, pues es la única condición  de vida social. La propia naturaleza social tiene la capacidad de autorregulación en múltiples dimensiones de la vida social. La estructura de poder sólo debe actuar subsidiariamente respecto a la vida social.

3) El principio de subsidiariedad ha de ser redescubierto y aplicado. La actual estructura de poder pretende una construcción social “de arriba a abajo”. La estructura de poder, presentándose como democrática, pretende arrogarse el principio de subsidiariedad malinterpretétándolo. La construcción social debe realizarse de “abajo a arriba”; de los cuerpos sociales inferiores como la familia, a los superiores como el Estado. Un cuerpo social superior como el Estado sólo puede y debe intervenir allí donde los cuerpos sociales inferiores no sean capaces de lograr sus propios fines.

4) La representación de la vida social en los órganos de representación social de la estructura de poder, no puede limitarse a una representación individual. Hay que repensar la democracia y sus formas de representación. La vida social, que no puede limitarse a la voluntad individual, debe encontrar sus cauces de representación ante la estructura de poder. La estructura de poder busca siempre relacionarse con individuos, nunca con grupos sociales. Incardinado en un grupo social el individuo es mucho más fuerte frente al poder.

5) No se puede relegar la educación a la estructura de poder. El poder sólo puede actuar subsidiariamente respecto a la educación. La comprensión de lo que el hombre es y cómo puede ser educado sólo puede partir de la experiencia íntima en la vida familiar. Toda “objetividad” que se arroga el poder político a la hora de educar, degenera fácilmente en una educación para el control social. La educación tiene su origen en el amor interpersonal que sólo puede darse entre “personas”, padres e hijos, y no en el “interés” de la estructura de poder” para con el individuo.

6) La persona no es un ser ahistórico. Su desarrollo y dignidad exige una comunión con su sociedad en cuanto que realidad histórica. La cultura de lo efímero, del sincretismo, de la incoherencia vital, de falsos multiculturalismo y falsos códigos de representación impiden esa comunión. Los procesos educativos deben atender a auténticos códigos de pertenencia, a la comprensión de los procesos históricos, a la reivindicación de la acción social del hombre social.

7) Debe resolverse el conflicto entre “universalismo” y “relativismo”. La profunda inversión entre ambos conceptos está llevando a la aceptación como “relativo” de lo que debe ser “universal” y a la aceptación como “universales” de aquellas cosas que simplemente son “relativas”. De esta reordenación se conseguirá una percepción de lo esencial respecto a lo accidental. Esta es una condición fundamental para la comprensión de la realidad y la acción sobre ella. La reconfiguración del actual sistema de valores debe realizarse, por un lado, bajo un principio de coherencia histórica y, por otro, de forma integral de tal modo que no se produzcan fisuras entre el propio hombre y su dimensión social.

8) La estructura de poder debe ser “visualizada”. El individuo debe rehacer su relación simbólica con el poder. El hombre no puede sentirse inmerso en un mar de acontecimientos donde su destino parezca no depender de agentes concretos. Todas las visiones economicistas y deterministas deben ser revisadas. En el transcurso de los acontecimientos, las decisiones de agentes concretos en estructuras concretas de poder determinan el destino de los individuos. Corresponde a éstos no abandonarse al devenir de los acontecimientos y saber interpretar las acciones de la estructura de poder, exigiéndoles su responsabilidad.

9) Las dos grandes tentaciones del hombre posmoderno son el panteísmo y el nihilismo; el panteísmo como representación de un hombre disuelto en el mundo exterior, ante el cual desaparece su “entidad personal”; y el nihilismo como una forma de autodisolución interna al no encontrar fundamento social en su existencia. Panteísmo y nihilismo son dos formas de muerte social e individual. La lucha contra estas dos tentaciones se realiza desde una reivindicación de la cultura de la vida. Para ello el hombre posmoderno debe abandonar otra tentación: esperar la “redención” de la estructura de poder. El poder no deber “redimir” la sociedad, sino “ordenar” la vida social, para ello, primero, debe permitir la vida social.

10) En la configuración de un mundo donde la estructura del poder vuelva a sus ámbitos propios, la elites intelectuales, los educadores, los interpretadores y estudiosos de lo social, los medios de comunicación y los llamados a una vocación política, tienen un papel fundamental. Quizá el destino de millones de personas dependa hoy de no obviar esa responsabilidad. Cumplir con ella exige, como anunciábamos al principio de este ensayo, una verdadera “socioterapia”. Con otras palabras, la capacidad de no dejarse someter por pre-juicios ideológicos, por lenguajes confusos, por valores dominantes o por correcciones políticas. Perder el miedo a pensar y a actuar siempre ha sido el remedio frente a los totalitarismos, sean de la clase que sean.

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