Gol

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Cuantos más goles marque España, más goles nos podrá colar el separatismo. Explicar esta correlación no es fácil, pero es fundamental.

 

Llega el mundial de fútbol. En momentos así, la estructura mental de la ciudadanía sufrirá una extraña transformación. El abismo del independentismo dejará de existir unas semanas; especialmente si la selección española va avanzando en las eliminatorias. Y hete aquí que se producirá una fascinante paradoja. Cuantos más goles marque España, más goles nos podrá colar el separatismo. Explicar esta correlación no es fácil, pero es fundamental para entender los procesos de ingeniería social a los que nos va a someter el pacto nacionalismo-socialismo (¿nacional-socialista?).

El fútbol es la formalización de la violencia contenida y el conflicto regulado. En el deporte moderno, subliminalmente, se evidencia el control del Estado sobre la violencia, encauzándola, reglamentándola, simbolizándola y controlándola. Así, teorizan algunos, no se eliminan guerras y conflictos, pues la violencia está contenida en unos cauces democráticos y tolerantes. Por su parte, la euforia y la frustración son mecanismos de modulación de la afectividad, una estrategia indispensable para que el poder político simule sus estrategias reales.

El Barón de Cubertain, masón y filántropo, se empeñó en restaurar las Olimpiadas modernas como un mecanismo de bonhomía: si los pueblos eran capaces de competir deportivamente y bajo las normas del fair-play, las guerras ya no serían necesarias.

De hecho, basta repasar la restauración de los juegos olímpicos modernos, para entender cuál es la función de control social de las competiciones deportivas. El Barón de Cubertain, masón y filántropo, se empeñó en restaurar las Olimpiadas modernas como un mecanismo de bonhomía: si los pueblos eran capaces de competir deportivamente y bajo las normas del fair-play, las guerras ya no serían necesarias. Se trataba de evitar otra trágica guerra franco-prusiana que había sacudido todo el continente europeo. Tras las primeras Olimpiadas modernas, bastaron 17 años para poner en marcha la I Guerra Mundial, y tras las famosas de Berlín, en 1936, sólo se tardó tres años en entrar en la II Guerra Mundial. Nuevamente las utopías filantrópicas se hundían estrepitosamente.

La fantasía de una humanidad unidad, icónicamente representada en inauguraciones cada vez más espectacularmente amorfas de los grandes eventos deportivos, acaba chocando con la realidad. Las Olimpiadas de Munich de 1972 acabaron en un baño de sangre, en el famoso viernes negro. La URSS celebraba las suyas en 1980 y a los 9 años se desintegraba la Unión Soviética. Sarajevo celebró sus olimpiadas de invierno de 1984, y poquísimos años después Yugoslavia se desintegraba en una de las más crudas y disolventes guerras civiles modernas. Ni siquiera se salvó la Ciudad de los Ángeles en sus juegos Olímpicos del mismo año. Meses después la ciudad ardía en una suerte de guerra civil interna con tiroteos callejeros entre comerciantes asiáticos y afroamericanos. Tuvo que intervenir hasta el ejército.

El Camp Nou estaba a desbordar de banderas españolas y una magistral y joven Guardiola lideraba la selección española a la victoria. Y ya ven ahora…

En la Barcelona olímpica de 1992, bajo el sutil metacrilato de la filantropía universal, ya se empezaba a desquebrajar la unidad patria y los organizadores tuvieron que amortiguar los pitidos al jefe del estado, para evitar un escándalo mundial. Y así estamos. Todo parecía diferente pues el espectáculo deportivo enmascaraba la crisis social que se estaba gestando. Algunos aún recordamos asistir al Camp Nou, repleto de banderas españolas, en la final de fútbol España-Polonia. El campo estaba a desbordar de banderas españolas y una magistral y joven Guardiola lideraba la selección española a la victoria. Y ya ven ahora.

Cuando el alma de un pueblo se desvanece, la desintegración es inevitable. El último –e ineficaz recurso- es la catarsis colectiva a través de la desbordante euforia que provoca una cosa tan “esencial” como que un jovenzuelo apuesto, consiga meter un cuero entre tres palos. Si la Patria no la sostiene un destino común del que comulgaron cien generaciones, habrá que buscar un sustituto: la telemática fusión de sentimientos durante noventa minutos, que nos eviten caer en la vacuidad de no saber contestar a la pregunta de quiénes somos, cuál es nuestra identidad cultural, nuestra razón de ser. Para qué adentrarse en estas cuestiones, protestarán muchos, si la bola se ha adentrado en la portería. ¡Dios! ¿Por qué nos quieren hacer pensar y sufrir los pensadores y articulistas? No nos dejan disfrutar de un momento efímero de absurda felicidad. ¡Qué miserables son los que intentan arrancarnos de nuestro matrix futbolístico!

Los deportes de masas, en cuanto fenómeno colectivo, y cuando gana tu equipo, causan esas extrañas sensaciones de superioridad colectiva, de comunidad invencible, de comunión de los santos secularizada y de unidad de destino en lo universal

Los deportes de masas, en cuanto fenómeno colectivo, y cuando gana tu equipo, causan esas extrañas sensaciones de superioridad colectiva, de comunidad invencible, de comunión de los santos secularizada y de unidad de destino en lo universal. Pero mientras tanto, los zapadores de la política, los dinamiteros del bien común, ya están trabajando para colocar sus explosivos para disolver los fundamentos del edificio llamado España: pactos, futuros indultos, reforma constitucional, restablecimiento de todos los privilegios y maquinaria al servicio del separatismo. Y todos en la inopia sufriendo ante la pantalla.

Javier Barraycoa

Publicado en Lagaceta

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