“Sant Jordi, entre la realidad y el mito: el caso de Cataluña”

 

La región de Cataluña, en España, se caracteriza por una fuerte personalidad cultural. Ha contado con rasgos muy distintivos de otros pueblos de España; ha sabido perseverar en el mantenimiento de su lengua propia (el catalán) y en muchas de sus tradiciones. Pero también ha sufrido antes que otras los embates de la modernidad y las corrientes extranjerizantes que llegaban de Europa. Por eso, Cataluña es una extraña sociedad que intenta conciliar la tradición con la modernidad, pero sin conseguirlo. De ahí que, se hayan generado con cierta artificialidad “nuevas tradiciones” que la gente cree que son multiseculares. No obstante son relativamente recientes y frutos de influencias foráneas.

original.jpgEn este texto queremos tratar de una de estas tradiciones, como excusa para llegar a profundizar en como ciertas mitologías modernas han servido para secularizar a pueblos enteros. Por ello, nos vamos a centrar primeramente en la Fiesta del libro y la Rosa. La fiesta del libro se organiza en varios países con más o menos arraigo popular. En Cataluña, por el contrario, sin ser fiesta civil –aunque coincide con la festividad de San Jorge- es tomado casi como un día festivo. La “tradición” manda que el hombre regale una rosa a la mujer querida y ella le regale un libro. No es arriesgado afirmar que esta “tradición” crea un ambiente propicio para la expansión del catalanismo (actualmente ya nacionalismo catalán radicalizado), aunque propiamente sus orígenes nada tengan que ver con él.

El Día del libro …

El Origen del Día del libro se remonta a 1926. Por aquella época España vivía bajo un directorio militar al servicio de la monarquía. El General Primo de Rivera había conseguido pacificar una sociedad agitada por tumultos revolucionarios y se gozaba de una inusitada paz social y un progreso económico. Para la celebración del día se escogió accidentalmente la fiesta de San Jorge, porque según una tradición (que algunos han puesto en duda) el 23 de abril de 1616 fallecían Cervantes, Shakespeare o Garcilaso de la Vega[1]. La idea original de la celebración del Día del Libro partió de Cataluña, pero de un escritor de otra región (Valencia, Vicente Clavel Andrés. Este propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona que para promocionar la lectura se institucionalizara esta jornada. Tras unos pocos años de espera, la propuesta fue aprobada por el rey Alfonso XIII en 1926. El 7 de octubre de 1926 fue el primer Día del Libro, poco después, en 1930, se instaura definitivamente la fecha del 23 de abril como Día del Libro, donde ahora sí, este día coincidirá con la fiesta de San Jorge.

La devoción en Cataluña a San Jorge, que en seguida analizaremos, hizo que el catalanismo –con el tiempo- tomara erróneamente esa fiesta como algo propio de Cataluña. No obstante es bien sabido que muchos pueblos europeos veneraban desde muy antigua a este santo[2]. Durante los años del Régimen del general Franco, se pudo celebrar el Día del libro en Cataluña y en él veían la luz ediciones en catalán (aunque ahora se afirme que durante el franquismo se prohibió totalmente el catalán). Con el discurrir de los años, y gracias al empeños de los editores españoles, en 1995 se convirtió en una fiesta internacional. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En 1995 proclamó el 23 de abril como el “Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor”.

San Jorge y Cataluña

Por lo expuesto hasta ahora, puede sorprender al lector esta introducción y su relación con el título del artículo. La cuestión, para entenderlo, es descubrir por qué a diferencia del resto de países o regiones, en Cataluña se asocia el día del libro a san Jorge y por qué tiene tanto arraigo popular y una clara lectura política nacionalista. Hoy por hoy, muchos separatistas piensan que el nombre de Jorge (Jordi en catalán) ha sido muy popular en Cataluña. Sin embargo no hay nada más alejado de la verdad. La devoción al Santo estaba muy restringida a la nobleza y no se popularizó hasta la llegada del catalanismo en el siglo XIX. De hecho, es prácticamente imposible encontrar partidas de bautismo anteriores por las que alguien hubiera puesto el nombre de Jorge a alguno de sus hijos.

libro.jpgSegún cuenta el historiador Manuel Riu: “Ningún catalán llevaba el nombre de Jorge (Jordi) en el barrio de Santa María del Mar (uno de los barrios medievales)”, en la Barcelona de mitad del siglo XIV. El historiador Pere Anguera[3] reconocía la escasa resonancia tanto toponímica como en la onomástica catalana, así como la casi nula advocación a San Jorge en capillas o ermitas. E igualmente sorprende los escasos “gozos” y cantos populares dedicados al Santo (hasta la llegada del romanticismo decimonónico)[4]. Un catalanista prestigioso, que llegó a presidir la Lliga Regionalista (primer partido catalanista y de carácter conservador), Domènech Montaner, en 1936 señalaba igualmente y con cierta sorpresa, cómo las capillas dedicadas a San Miguel o a San Martín de Porres, eran muchísimo más numerosas que las dedicadas a San Jorge[5].

El historiador anteriormente citado, Pere Anguera, conocido por su aversión a todo lo que fuera tradicional, se asombró al descubrir uno de los primeros panfletos decimonónicos dedicados al santo, titulado: Sant Jordi. Patró de Catalunya. En él se pueden leer las siguientes estrofas laudatorias “Catalans i castellans / jermans son tots en la terra / fora l´odi i rencor / i viva la Espanya entera /Bon cop de fals /Bon cop de fals / al que vulguin la guerra, bon cop de fals”. La traducción sería: “Catalanes y castellanos / hermanos son todos de la tierra / fuera el odio y el rencor / y viva la España entera”. Es evidente que este panfleto, sin fecha, pero escrito entre finales del siglo XIX o principios del XX, correspondería a un poeta tradicionalista que empezaría sospechar que el catalanismo, aparentemente conservador, se estaba convirtiendo en una ideología que pretendía desunir los pueblos de España.

El fundamento histórico de la devoción a San Jorge y su llegada a Cataluña

Desde la literatura romántica del siglo XIX se creó la falsa versión de que la devoción de San Jorge, había llegado a Cataluña traída por los Almogávares tras sus correrías por Grecia, cuando la Corona de Aragón logró expandirse por todo el Mediterráneo durante el s. XIV. Pero esto no es así, ni mucho menos. Por el contrario, la devoción ya estaba arraigada sólo entre caballeros y nobles y nunca llegó de Grecia. Ésta entró en Cataluña desde Francia y se difundió entre aristócratas pertenecientes a las órdenes de caballería.

Lo que sabemos de San Jorge, el verdadero mártir (y no el icono nacionalista) está ya más que asentado. Jorge (etimológicamente significa: “el que cultiva”) fue uno de los más célebres mártires de la Iglesia de los primeros siglos. Los griegos lo tienen como el gran mártir por excelencia. Su festividad, el 23 de abril, siempre coincide entre la Pascua y Pentecostés y por ello fue tomado como un tipo de Cristo. Nació en Capadocia, de familia noble y fervorosamente cristiana, en un mundo donde todavía arreciaban las persecuciones contra el cristianismo.

Jorge parecía haber nacido para las armas y el combate. Alistado en el ejército romano, pronto se destacó por su valentía, nobleza e inteligencia. Es así como, en poco tiempo, se ganó la confianza del mismísimo emperador Diocleciano. Éste le nombre su maestre de campo. Su futuro era más que prometedor pues el emperador estaba embelesado con él. Pero pronto todo se truncó cuando Diocleciano inició su terrible persecución religiosa. Jorge, por entonces, ya era General y sabía que tarde o temprano sería perseguido. Por eso, antes, donó todos sus bienes a los pobres y liberó a sus esclavos.

Icono-bulgaro

Icono búlgaro sobre el martirio de san Jorge

El Espíritu Santo habló por él ante el Emperador y su elocuencia era irrebatible a la hora de confesar su fe. Diocleciano, aturdido, mandó al cónsul Magencio que le cargasen de cadenas y le encerrasen en un calabozo. Mandó luego atormentarle con un género de suplicio desconocido hasta entonces: atarle a una rueda cubierta toda de agudas puntas de acero, la cual, a cada vuelta que daba, le arrancaba trozos de carne. Mientras duraba la tortura, los verdugos atónitos contemplaban la cara de alegría de Jorge. Milagrosamente al cabo de poco sus heridas –cuentan las crónicas- estaban curadas.

Frustrado Diocleciano mandó infringirle las peores torturas: hierro al rojo, fuego, cal viva … pero la firmeza de San Jorge fue imbatible. Entonces el emperador cambió de estrategia prometiéndole mil cargos y bienes. Entonces San Jorge pidió que le trasladaran al templo romano. Fue conducido ahí, ante la estatua de Apolo, y con una multitud como testigo. Dirigiéndose como un loco a la estatua de Apolo le preguntó: Dime: “¿Eres Dios?; —No soy Dios, respondió la estatua, con voz terrible y espantosa; -Pues venid acá, espíritus malignos, ángeles rebeldes, condenados por el verdadero Dios al fuego eterno; ¿cómo tenéis atrevimiento para estar en mi presencia, que soy siervo de Jesucristo?”.

Nada más decir estas palabras, acompañadas con la señal de la santa cruz, se oyeron en el templo gritos horribles, aullidos espantosos, y se vieron caer derribadas por mano invisible todas las estatuas. Era como un exorcismo en un templo lleno de diablos. Informado Diocleciano de lo acontecido, y temeroso de una rebelión, mandó que le cortasen la cabeza. La orden se ejecutó un 23 de abril y debía ser hacia el año 290. Su martirio se produjo en Diospolis (Palestina) y fue canonizado por el Papa Gelasio I en el año 494.

El culto al mártir San Jorge, tanto en oriente como en Occidente, es de los más antiguos en la Iglesia. Esta devoción fue acogida por Santa Clotilde, mujer del rey Clodoveo. Y ahí fue arraigando en el reino Franco, como en otros lugares. Para ir apuntalando la explicación de la imagen que se fue adoptando de San Jorge, que finalmente ha quedado asociada a un dragón, debemos indagar un poco más.

El simbolismo del Dragón

1j.jpgEn la Iglesia ortodoxa de Grecia la imagen del Dragón es omnipresente en los lugares de culto relacionados con San Jorge. Quizá la mejor explicación de la simbología de esta bestia, la encontramos en la iglesia de San Jorge de Atenas. A ella se accede, como en un viaje iniciático, a través de una gruta. Una vez dentro un fresco reproduce la escena de unos diablos que tratan de llevarse a los muertos hacia el infierno. El Dragón, con sus fauces abiertas representa el mal, más aún, la entrada en el infierno. En esa iglesia, un dibujo representa la escalera celestial por la que ascienden buenos y malos, ayudados por santos y ángeles; pero algunos de ellos son atrapados por las cuerdas de los diablos, y lanzados al Dragón.

Otros intentos de explicar lo que representa la bestia sería afirmar que representa el Mundo, como enemigo del cristiano. Los cuatro elementos que componen el Mundo –según la física clásica- eran el agua, tierra, aire y fuego. Así, el Dragón tiene escamas como peces, pies como animal terrestre, alas para volar y de su boca emana fuego.

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San Jorge sin Dragón

Otro hecho significativo a resaltar, es que en una parte importante de las representaciones de San Jorge en Europa, el Dragón era representado combatiendo con oraciones. De tal forma que muchas veces podría ser confundido con San Miguel. Pero en Cataluña, y a través de la Corona de Aragón, se consolidó la construcción icónica de un San Jorge a caballo ensartando al Dragón con la lanza (la mayoría de veces por la boca). Para los estudiosos, esta diferencia se debió a que en España, pronto se identificó al Dragón con los musulmanes a derrotar.

La llegada a la corona de Aragón y las milagrosas apariciones del Santo

La Cruz de San Jorge ha sido objeto de discusiones sobre dónde apareció y arraigó como enseña del santo. Frente a la reivindicación de los aragoneses, tenemos la del peto (cruz roja sobre blanco) de San Jorge que fue reivindicado como estandarte por los ingleses. El rey Eduardo III determinó (ingenió una leyenda) que la casa Windsor tenía antecesores que se remontaban al desconocido Rey de Silca, y que, en virtud de esto, el reino de Inglaterra estaba consagrado a San Jorge. Esta tradición se fundamentó y mantuvo hasta el cisma de Enrique VIII.

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Bandera de la República de Génova

Pero el uso de este emblema por parte de los ingleses es muy posterior y tomado por causas no tan espirituales. La cruz de San Jorge era la bandera oficial de la extinta República de Génova que controlaba el comercio marítimo por el mediterráneo, un mar cuyos puertos intercambiaban gran cantidad de mercancías con Inglaterra. Así, en el Siglo XI, los ingleses solicitaron permiso para utilizar la bandera genovesa en los buques que recorrieran el Mediterráneo, convirtiéndose luego en la insignia oficial de la Royal Navy, con lo que este símbolo se terminó por consolidar como la bandera de Inglaterra.

Por esa época, en ambas vertientes del Pirineo ya había proliferado la devoción al santo desde finales de la Alta Edad Media. En los primeros años del siglo XI San Jorge adquirió la condición de un patronazgo real de la mano de los monarcas aragoneses. En el año 1096, el rey aragonés Pedro I se impuso a los musulmanes en la cruenta batalla de Alcoraz (Huesca). Cuenta la tradición que cuando en la contienda las tropas cristianas estaban más apuradas, se apareció San Jorge y ayudó decisivamente a las milicias de Pedro I contra los musulmanes. Desde entonces, los reyes de Aragón lo acogieron como santo patrono.

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Cruz de Alcoraz

Fue en el siglo XV cuando se instauró oficialmente el día de San Jorge, el 23 de abril, como patrón oficial de los territorios de la Corona de Aragón, que incluía a Cataluña como tierra de Condados. Bajo el dominio de los monarcas aragoneses, los territorios disponían de Cortes que facilitaban un cierto grado de participación entre la sociedad feudal y el rey. Aragón y Cataluña tenían las suyas. La diferencia es que las Cortes catalanas solo podían ser convocadas por el rey y debían ser presididas por él personalmente o por su lugarteniente. Bajo el reinado de Juan II, las Cortes catalanas acordaron en el año 1456 que San Jorge (Sant Jordi) fuera el patrón en esa parte de la Corona de Aragón. Y en todo el Reino de Aragón se adoptó idéntico acuerdo en las Cortes celebradas en Calatayud (Zaragoza) en el año 1461.

Pedro II el Católico, fundó la Orden Militar de San Jorge de Alfama en 1201 (cerca de Tortosa), como fuerza de choque contra el Islam[6]. En 1281, Pedro III el Grande usaba la divisa de la denominada Cruz de Alcoraz[7], que era una Cruz de San Jorge con cuatro cabezas de negros en los respectivos cuadrantes que dejaba la cruz (en realidad representaban cabezas moros que había derrotado en cuatro batallas importantes)[8]. Estas armas aparecieron por vez primera en una bula de plomo de 1281, de Pedro III de Aragón, probablemente como escudo personal alusivo al espíritu de cruzada. Aparece en el tercer cuartel del actual escudo de Aragón.

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Celebración de san Jorge en Alcoy

Las apariciones de San Jorge continuaron durante hechos bélicos que favorecieron a los cristianos. En los campos de Alcoy (Alicante) fue conquistada a los árabes a mediados del siglo XIII por Jaume I y anexionada al Reino de Valencia. Jaume I la mandó repoblar con 28 colonos cristianos. Sin embargo las huestes musulmanas aun no habían dicho su última palabra. Diversos grupos de guerreros árabes tenían atemorizada toda la región con sus frecuentes pillajes y ataques a las villas cristianas. Por este motivo Jaime I mandó 40 de sus caballeros a defender Alcoy.

El día 23 de abril de 1276 los moros, con su cabecilla Al-Azraq, se preparaban para el asedio a la villa. Un sacerdote, el Padre Torregrossa, durante la Santa Misa que antecedería la batalla, alentó a las tropas e invocó la ayuda al santo del día: San Jorge. Durante el ataque, cuando todo parecía perdido para los cristianos, apareció un caballero sobre las almenas del castillo en un blanco corcel y una cruz en el pecho causando grandes bajas en el bando islámico. Los musulmanes lo identificaron como Walí, guerrero sagrado de su religión, y los cristianos como San Jorge o Sant Jordi, que con una certera saeta segó la vida de Al-Azraq causando desbandada entre sus tropas.

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Representación en cromo de época del milagro de Sant Jordi

A partir de aquel día los alcoyanos nombraron patrono a San Jorge y juraron celebrar todos los años una fiesta en su honor. Ya tres siglos antes, en el año 985, las tropas de Almanzor habían ocupado la ciudad de Barcelona y la arrasaron. Bajo el mando del Conde Borrell, primer conde de Barcelona, los cristianos intentaron reconquistar la ciudad. El caudillo cristiano reunió en Manresa a los más famosos guerreros, entre los cuales se contaban, los Cardona, Moncada, Rocaberti, Pi, Alemany, Cerdanya y Mataplana, apellidos ilustres de la historia de aquellos tiempos. Estos barones emprendieron la reconquista de Barcelona.

Cuentan las crónicas que cuando iba a producirse el ataque sobre Barcelona, descubrieron en el cielo la figura de un jinete que montaba un caballo blanco, al tiempo que utilizaba como arma nada menos que un rayo, matando sin piedad a todos aquellos moros que se cruzaban en su camino. Otras leyendas sostienen que el misterioso jinete se enfrentó con el enemigo, convirtiéndose en lenguas de fuego, y que después de derrotarlo entró en la ciudad liberada a la cabeza de las tropas cristianas, manteniendo inmaculadas sus vestiduras y materializándose su caballo. Entonces, el jinete hizo tres veces la señal de la santa cruz con su lanza y luego desapareció como por ensalmo, provocando el asombro de todos los presentes. Aunque nunca dio señal alguna que revelara quién era, los cristianos no dudaron de que habían sido salvados por San Jordi.

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Representación de la Batalla de El Puig

Otra aparición se constató en la batalla del Monte de Santa María. En medio de la reconquista de la península, las huestes de la Corona de Aragón se aproximaron a la ciudad de Tarragona. Estaban a las órdenes de Bernat Guillem de Entença y Guillamos de Aguiló. Defendían un monte que poco después sería denominado de Santa María. Estaban en franca minoría. Los ejércitos islámicos decidieron destruir aquella avanzadilla. La batalla tuvo lugar dentro de agosto del 1237 y la derrota de los sarracenos fue total. Una tradición recuerda que apareció San Jorge combatiendo junto a los cristianos.

Paso a Cataluña, o mejor a Barcelona

Pasado el tiempo, el escudo y bandera de Cerdeña adoptó en el siglo XV la Cruz de San Jorge cantonada de cabezas de moro del rey Pedro III de Aragón. Pues la isla formaba parte de la Corona de Aragón. Un tiempo antes, en 1395, Barcelona adoptó la “senyal de sant Jordi” (ña señal de San Jorge), que se transformó en la enseña de la Aristocracia militar catalana. Con el tiempo la Diputación General de Barcelona tuvo durante siglos este escudo como enseña y no la Señal de Aragón. Hoy en día muy pocos saben que en sentido estricto la bandera de las cuatro barras representa Aragón y la Cruz de San Jorge a la Diputación de Barcelona. Aunque muy tardíamente el movimiento catalanista fue asumiendo la bandera de las cuatro barras como la “propia” de Cataluña.

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Capilla de sant Jordi, en el actual Palau de la Generalitat

En 1574, la Generalitat (la Diputación General) consiguió que las autoridades eclesiásticas concedieran indulgencia plenaria a quien visitara la capilla de San Jorge en el palacio de la Generalitat, el día de su festividad. En 1667 el Papado declaraba fiesta para todo el Principado de Cataluña el día de San Jorge. Paradójicamente, en la medida que se fue popularizando la fiesta, también se fue castellanizando. En el siglo XVII las homilías del Obispo de Barcelona en honor del patrón ya se escribían y leían en castellano.

Durante la “dominación” borbónica, a partir del siglo XVIII cuando Felipe V de Borbón consiguió ganar una guerra civil de sucesión, la festividad fue cobrando más popularidad. Posteriormente, en la Guerra de la Independencia contra las fuerzas napoleónicas (1808-1814) se convirtió en un modelo y referente de lucha contra el mal. El Dragón dejaba de representar el Islam, para ser un reflejo de la revolución francesa, como así recogen devociones y representaciones populares. En 1810, La Junta Superior de Cataluña, refugiada en la población de Solsona, convocó a una Misa cantada en homenaje de San Jorge, “especial patrono de la Corona de Aragón”. En 1832, en las primicias de la I Guerra carlista, el Diario de Barcelona, conservador y ligeramente catalanista, publicaba unos “goigs” (Gozos, o canciones religiosas populares) a Sant Jordi, en castellano, que así decían: “Adalid triunfador / en la tierra y en el cielo / de nuestro catalán suelo / sed grande Jorge”. Lo único popular era que desde hace siglos, para el día del santo, cerca de la Generalidad se ponían paradas de rosas y se vendían.

De Santo a Mito: de Sant Jordi a Persifal

¿Cuándo cambió todo? ¿Cuándo la devoción se transformó en parte del imaginario catalanista? Sin lugar a dudas, y la respuesta es obvia, fue durante la Renaixença (Renacimiento). El historiador Pere Anguera no deja lugar a dudas: “La Renaixença literaria y el incipiente nacionalismo político fueron los impulsores de la devoción al santo, que se manifestó bautizando con su nombre las criaturas o dedicándole altares, y fueron también los auténticos promotores de la conversión del culto religioso en un culto patriótico”. Aunque parezca extraño, antes del movimiento de la Renaixença a ningún catalán se le ocurrió bautizar a su hijo con el nombre de Jordi.

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San Jordi en el Palau de la Música, a modo del wagneriano Parsifal

El llamado renacimiento literario de la lengua catalana a finales del siglo XIX, estuvo acompañado de una fortísima influencia artística del romanticismo en Cataluña. La obra de Richard Wagner, por ejemplo, influenció en los intelectuales catalanes pues sus óperas sirvieron para reconstruir y dar a conocer toda una serie de leyendas. El wagnerismo fue considerado como instrumento y signo de cultura “nacional” catalán. El introductor de Wagner en Cataluña fue Anselm Clavé cuando, en un concierto popular, incluyó la obertura de Tannhäuser[9].

Joaquin Marsillach Lleonart[10], en el año 1870, fundó la primera asociación wagneriana. En el año 1883 se estrenó en el Liceo de Barcelona la ópera Lohengrin. Esta obra romántica puso las bases del simbolismo místico que recogería al catalanismo. Ya de por sí Lohengrin es una ópera llena de claves simbólicas que los catalanistas adaptaron a hechos claves de la historia de Cataluña. Para explicar el carácter mítico de la raza catalana que sustentó el catalanismo, centrémonos en el acto tercero, escena tercera, donde Lohengrin explica quién es y de dónde viene: “En un país lejano, inaccesible para vuestro caminar, hay una fortaleza que se llama Montsalvat”.

En el texto hay tres aspectos del simbolismo mítico catalán.

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Heinrich Himmler buscando el Santo Grial en Montserrat

1.- El primero es el lugar mágico donde está la Orden del Santo Grial, esto es, Montsalvat. La montaña de Montsalvat se transformó en “Montserrat”. La influencia de los intelectuales catalanes y Montserrat fue tal que, la Enciclopedia Británica, en su edición de 1911, aseguraba que Montsalvat y Montserrat era lo mismo. En la edición de 1928 se rectificó el error. El origen de Montsalvat lo encontramos en el poema medieval titulado Parsifal. Wagner se inspiró en él para escribir las óperas Parsifal y Lohengrin. También se buscaron simbologías en otras montañas emblemáticas de la Cataluña medieval, el Montseny y el Canigó, pero Montserrat permaneció, sin discusión alguna, como el origen de la identidad nacional catalana.

2.- El segundo aspecto místico hace referencia a la figura de Parsifal. La leyenda wagneriana dice que Titurel recibió el cáliz y la lanza de Jesucristo. Titurel creó la Orden de los Caballeros del Santo Grial. Según la leyenda: el sencillo de espíritu, el puro de corazón, aquel a quien el dolor abra los ojos a la verdad, es el que salvará la Orden del Santo Grial. Esta persona es Parsifal. ¿Por qué? Parsifal significa persona pura, inocente y simple (parsi significa puro, inocente, fal significa tonto, simple). Parsifal es el salvador del Santo Grial. Su equivalente catalán fue Sant Jordi, el cual mató al Dragón para salvar al pueblo de Cataluña (según los relatos que empezaba a crear el nacionalismo catalanista). Así pues, Parsifal y Sant Jordi pasaron a ser la misma persona. La similitud de los mitos fue la base para buscar otros aspectos místicos en la ópera de Wagner. La herida en un costado de Amfortas tuvo connotación nacionalista. Amfortas pasó a ser Wilfredo el Belloso (el mítico Conde fundador de Cataluña). La sangre de Amfortas y la de Wilfredo el Belloso estaban ligadas. ¿Cómo? Los dos lucharon para salvar unos ideales: la Orden del Santo Grial y Cataluña. Parsifal y Carlos el Calvo recompensaron el valor de los dos hombres. Parsifal le curó las heridas a Amfortas. Carlos el Calvo dio escudo de armas a Wilfredo el Belloso, convertido en senyera (bandera actual de Cataluña).

3.- El tercer aspecto místico es el aspecto caballeresco de Lohengrin. Los intelectuales catalanista de la época –influidos por estas leyendas medievales- intentaron recuperar del olvido el nombre de todos los caballeros, condes, y “reyes” catalanes. Igualmente, existe otra clara similitud entre la leyenda de Sigfrido con la de Sant Jordi. Sigfrido mata al Dragón y recupera el anillo de los Nibelungos. Sant Jordi mata al Dragón para salvar al pueblo de Cataluña.

La influencia romántica 

14j.jpgComo también reconoce el historiador Miquel Dolç en su Llibre de Sant Jordi: “A partir de la Renaixença, cuando la devoción al santo mártir, que hasta entonces había tenido preferentemente un carácter oficial y caballeresco, deviene una devoción de todo el pueblo catalán … (y se transforma en) símbolo cívico y patriótico”. Ya en 1877, una asociación catalanista-católica, llamada “La misteriosa”, celebró la primera velada cívico-patriótica para celebrar “el día de Sant Jordi, Patrono de nuestra Patria Cataluña”. Igualmente, en el mismo sentido trabajaron asociaciones catalanistas de nuevo cuño que iban surgiendo, como la Asociación Catalanista de Excursiones Científicas.

La Juventut Catòlica de Barcelona propuso por aquél tiempo que la devoción a sant Jordi debía ser el filtro para que no cualquiera que se encasquetase una barratina pasara por catalanista. No es de extrañar que Pere Anguera, historiador ateo, con cierto tono de desagrado, manifestase: “Dicho de otra manera, los promotores consiguieron la simbiosis de la reivindicación nacionalista con la reafirmación de la ortodoxia política”. Poco a poco, desde Barcelona y a través de las asociaciones catalanistas, el “culto” a Sant Jordi se fue expandiendo por toda Cataluña. Su extensión alcanzó los últimos rincones de Cataluña en la medida que sutilmente se iba transformando su carácter religioso en parte de un imaginario político catalanista.

Siempre en tono místico y ambiguo las referencias a Sant Jordi acababan con una indirecta sobre qué podía representar el Dragón. Una poesía de 1917 acaba así: “Y libra a todo un pueblo deseoso / de nueva y continuada libertad / Nuestra Patria es el pueblo de escasez / Compañeros decidme entonces: ¿quién será el Dragón?”. La respuesta quedaba abierta: podría ser el centralismo españolista, los anarquistas o cualquiera que no comulgara con el catalanismo. En 1918, por ejemplo, en la festividad de Sant Jordi, en Manresa, en la puerta de la Iglesia de san Miguel, alguien colocó un cartel que rezaba: “Sant Jordi, patrón de Cataluña, devolvednos la libertad” (¿qué libertad? ¿arrebatada por quién? Las respuestas quedaban en manos de la imaginación del lector).

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Pomells de Joventut

En los años 20 del siglo XX, el imaginario catalanista ya había integrado plenamente al caballero rescatador de vírgenes. Su fiesta se celebraba en todas las poblaciones, y se acompañaban los festejos de sardanas y manifestaciones catalanistas. Incluso en 1921 los actos ya se anunciaban en catalán. En Tarragona a las mujeres se les regalaban claveles en vez de rosas, pero en 1934 se impuso el centralismo barcelonés y la rosa fue el regalo obligatorio. Los “Pomells de Joventut”, una especie de boy-scouts catalanistas, en 1922, adquirieron el compromiso de rezar a las 12 del mediodía, el día de sant Jordi, la siguiente oración: “Glorioso Caballero San Jorge, Patrón de nuestra nación, interceded cerca de Nuestro Señor para que sea reconocida a Cataluña su plena y libérrima personalidad, y encienda cada día más en el corazón de los catalanes el amor a la Patria. Amén”. Durante el gobierno de Primo de Rivera (Un directorio militar que duró entre 1923 y 1930), el historiador Pere Anguera recoge infinidad de sermones de curas catalanistas donde no es difícil asimilar el Dragón como una analogía Régimen militar. En las plegarias de la fiesta se pide por los exiliados y los que “padecen” persecución.

En la medida que el republicanismo catalanista fue ganado espacio político y también asumieron al santo como parte del imaginario catalanista, la situación se fue volviendo esquizofrénica. Los laicistas anticlericales acabarían tomando a un santo católico como referente, aunque dándole a la fiesta un absurdo tono laico. Por ejemplo, en 1931, tras la proclamación de la II República, Macià (primer presidente de un gobierno autonómico concedido a Cataluña por las autoridades republicanas) declaró el día de sant Jordi como fiesta cívica e inhábil para las administraciones. Sin embargo la Lliga espiritual de la Mare de Déu de Montserrat, pudo oficiar Misa en la capilla de sant Jordi de la Generalidad. Maciá, que no asistió, por el contrario disfrutó recibiendo una bandera de la Unión Catalanista. La Generalitat proclamó el 23 de abril –festividad del santo- el día de la Bandera Catalana (que evidentemente no era la de san Jorge). Todo quedaba burdamente mezclado.

15j.jpgDurante la campaña del Estatuto de Autonomía (1932), en Vic (Barcelona), un orador exclamaba: “En el día de sant Jordi celebramos la perennidad del catalanismo”. En el Diari de Reus (órgano de la Lliga), del 23 de abril de 1933, se acusa a los anarquistas de ser responsables de que el Gobierno de la Generalitat prohibiese los actos religiosos en la capilla de Sant Jordi. Por primera vez en varios siglos, en pleno auge del catalanismo, se rompía con una tradición. La contradicción es patente: en el Diari de Vich, del 23 de abril de 1933, se puede leer que el día de Sant Jordi: “lleva en el corazón un grito de alegría y un lloro, alegría por el triunfo de la Patria, y lloro por los ataques a la Fe”. Ese misma día en la Gazeta de Vich se escribía, en referencia a Sant Jordi: “Si un día nos distéis Fe para defender la Patria, dadnos ahora patriotismo para defender la Fe”. El catalanismo católico había secundado a los republicanos que ahora perseguían la fe católica. Un año más tarde, el 21 de abril de 1934, la misma Gazeta de Vich, denunciaba: “Hasta 1931 la oración de los catalanes a sant Jordi era para que nos librara de los peligros exteriores. Hoy que en Cataluña del mismo campo de antiguos amigos han salido enemigos, nuestra plegaria será para que nos libre de nuestros enemigos interiores … ya que la libertad de Cataluña no puede ir acompañada por un encadenamiento de la religiosidad del pueblo catalán”. Ya era demasiado tarde, el catalanismo conservador había alimentado a un catalanismo de izquierdas, que desde entonces intentaría eliminar a su progenitor.

Javier Barraycoa

NOTAS:

[1] También en un 23 de abril nacieron – o murieron – otros escritores eminentes como Maurice Druon, K. Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla o Manuel Mejía Vallejo.

[2] San Jorge es patrón de Alemania, Aragón, Bulgaria, Cataluña, Etiopía, Georgia, Grecia, Inglaterra, Líbano, Lituania, Países Bajos, Portugal, Eslovenia y México, entre otros países.

[3] Pere Anguera, Sant Jordi, patró de Catalunya, Estudis d´Història agraria, 17 (2004), p. 67-76.

[4] Corroborando la tesis de que la “devoción” actual a San Jorge, es fruto de las campañas catalanistas decimonónicas, es que del patrono se conocen pocos “gozos” (“goigs). Los Gozos (Goigs) eran canciones populares religiosas dedicadas a los santos, a Jesucristo o a las advocaciones de la Virgen María. No sabemos cuándo empezó esta bella costumbre de cantar los gozos en las grandes fiestas del pueblo cristiano, pero sí podemos decir que en pleno s. XIII ya se coreaban. Pero del santo que da nombre hoy a tantos catalanes, Jorge, apenas despertaba entonces interés popular. Y sólo con la aparición del catalanismo se empiezan a componer en número importante de “gozos”..

[5] Domènech Montaner, Ensenyes nacionals de Catalunya, Costa Brava, Barcelona, 1936.

[6] Algunas Ordenes militares toman el nombre de San Jorge, como la que fundó el emperador Federico IV, primer archiduque de Austria, en el año de 1470; y otra en la República de Genova, diferente de otras que, con el título de Caballeros de San Jorge de Alfama, se fundó por los años de 1200 en el reino de Aragón. También los ejércitos cristianos suelen ponerse bajo la protección de San Jorge. Comúnmente se le pinta á caballo, armado de todas armas, con una lanza en la mano, en ademán de acometer a un dragón para defender á una doncella que teme ser despedazada a violencia de sus garras. Pero esto más es símbolo que historia, para denotar que esté ilustre mártir defendió su provincia, representada por la doncella del fiero dragón de la idolatría.

Este glorioso Santo es patrón del reino de Aragón, Coria, Cáceres y ciudad de Lucena; es defensor del reino de Portugal y protector de varias Órdenes militares, y de la de Montesa, que le hace función en la iglesia de Montserrat de Madrid, y asiste el Consejo de las Ordenes.

[7] Cruz de Alcoraz es el nombre con que se denomina al emblema heráldico constituido por la Cruz de San Jorge cantonado de cuatro cabezas de moro

[8] En algunas representaciones aragonesas aparecen variantes a lo largo de la Edad Media y Moderna, como la disposición a siniestra de las cabezas primera y tercera (enfrentándolas simétricamente a las segunda y cuarta) o convertir a los adalides moros en reyes, añadiendo respectivas coronas abiertas.

[9] Clavé dijo a los allí presentes: “No conozco nada como esta obertura (?) Tendríamos que dar a conocer toda la obra de Wagner al público. Como se animaría nuestro pueblo”. Esto sucedía en el año 1862 y aún faltaban bastantes años para que el wagnerismo se hiciera popular.

[10] Joaquin Marsillach escribió dos libros dedicados al compositor de Bayreuth: Historia de Lohengrin y Ensayo biográfico-crítico de Richard Wagner (1870).

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