De la Guerra justa, a la guerra sin sentido

Antículo publicado en la revista La Antorcha

La guerra siempre ha sido un drama y una tragedia que apela a la naturaleza caída del hombre y cuyo primer efecto devastador fue el asesinato de Abel por parte de su hermano mayor. La inevitable herida de la guerra en la historia de la humanidad, no permite otorgar credenciales a un irenismo, siempre condenado por la Iglesia; esto es, a la creencia que la paz en el mundo se puede lograr por el mero esfuerzo humano.  La paz mundial y perpetua que soñaba Kant, como fruto de las leyes del progreso de la historia, fue negada por la Iglesia. Sólo Cristo podía traer la verdadera Paz. Y así rezaba el lema papal de Pío XI: “La paz de Cristo en el Reino de Cristo”. La iglesia, Madre y Maestra, y que conoce mejor que nadie la naturaleza humana, quiso arropar el hecho de la guerra entre las profundidades del derecho y la moral. La temperancia de la naturaleza humana dieron lugar a aquellas teorías, tan fundamentales hoy en día, como las de la guerra justa.

El pensamiento católico no fue parco ni timorato a la hora de abordar semejante tema. De hecho, son cientos los textos veterotestamentarios que revelan la voluntad de Dios y la manifestación de su fuerza ante las injusticias; y van desde la destrucción del ejército del faraón que persigue al pueblo de Israel a la guerra de los Macabeos. Ya en los santos padres, como San Agustín, encontramos desarrollada la teoría del bellum iustum y este designa, en su Contra Fausto, que “el orden natural postula que la autoridad y la deliberación de aceptar la guerra pertenece al príncipe”. No son pocos los grandes teólogos como Santo Tomás de Aquino o San Roberto Belarmino que establecieron cuándo y cómo era legítima la guerra justa, que abarcaba desde el derecho a la defensa, la venganza de las injurias, la restitución de derechos legítimos y una larga casuística. La escuela de Salamanca, desde sus magistrales Reelecciones de Indias de Francisco de Vitoria, hasta los tratados de Suárez, acotaban y establecían los términos éticos de una guerra justa, la condena de la injusta e incluso del derecho a la resistencia al poder tiránico.

Equívocamente, uno podría pensar que la Iglesia favorecía la guerra con oscuras intenciones, pero nada más lejos de la realidad. Ante la inevitabilidad de la violencia, la Iglesia quiso debatir y establecer una dignidad moral en aquel terreno donde precisamente la propia inercia de la violencia podía llevar a la más cruel de las inmoralidades. Frente al protestantismo que, en su versión revolucionaria animaba a sublevarse contra cualquier injusticia y desigualdad social; y que en su versión dócil, llamaba a la sujeción a cualquier precio al poder tiránico, nuestro Jaime Balmes supo teorizar magistralmente cuál debía ser la correcta doctrina al respecto. Como colofón a muchos siglos de reflexión y ponderación, el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) sintetizó las condiciones de la Guerra justa: ella se ha de ordenar siempre a la búsqueda de la paz y la defensa legítima, objetivas la causa justa (defensa, no agresión), dirimida por una autoridad legítima, con una intención recta (restaurar la paz) y siempre como último recurso; además, valorando la probabilidad de éxito y que los males que se deriven no sean peores que la guerra misma.

Contra los que algunos irenistas piensan, esto es que la paz se ha de mantener a cualquier precio aunque provoque la más crueles de las injusticias y dolores, parece dos figuras propiamente cristianas, deben desaparecer. Nos referimos al mártir y al cruzado. Pero el paradigma del pacifismo y el falso ecumenismo reinante, parece que la figura del mártir ya está en desuso. Y poco recordamos de aquella reflexión de tertuliano que ponía el milagro de la supervivencia de la Iglesia en los dos primeros siglos de persecución martirial. El martirio es una gracia, ciertamente. Y es cierto que los grandes padres reconocían el deber de huir del martirio si ciertas circunstancias lo aconsejaban. No buscar el martirio, no impidió que surgiera la figura de los Confesores de la fe: aquellos que fueron torturados y mutilados por confesar la fe, aunque no fueran mártires integralmente. En el Concilio de Nicea, el primer Concilio tras las terribles persecuciones, provocó escenas dantescas, al presentarse muchos padres conciliares, como San Espiridón, mostrando sus heridas y mutilaciones que habían sufrido en nombre de Cristo. La deformidad humana de la violencia, no obstante, mostraba la belleza del resplandor de la fe no negada.

Pero el martirio tiene muchas dimensiones y alguna enlaza con la Guerra justa. Santo Tomás de Aquino señala las derivadas de la virtud de la piedad, esto es el deber para con los padres. En esta virtud incluye en las obligaciones del cuarto mandamiento, el deber para con la Patria. En las disquisiciones propias de los distingos de la Suma Teológica, el aquinate se pregunta si cuando un hombre muere por su patria, eso se puede considerar martirio. Y sorprendentemente contesta que sí. El argumento es que aunque uno no muera explícitamente por la fe, pero sí por virtudes que a ella atañen, como la piedad, o la castidad entre otras, entonces esa muerte se puede considerar martirial. No es de extrañar que, a partir del siglo IV, los grandes pensadores alabaron las virtudes de la Milicia. En nuestros tiempos, allá por 1968, Mons. Guerra Campos dirigió un discurso a militares desentrañando la alta moralidad del servicio de armas por una causa justa. Y así definía el alma del soldado cristiano: “este espíritu es manifestación del amor sacrificado hacia los demás; no de la blandenguería, no de la inhibición, no de la pasividad cobarde, aunque se vistan con los ropajes de la belleza evangélica. El amor cristiano no es un amor blando, sino fuerte: si el amor a los demás necesita el uso servicial de la fuerza, es el mismo amor evangélico el que reclama esa fuerza”. Estas palabras cobran más significación si tenemos en cuenta el sesentayochismo reinante y sus falsos cantos de sirena respecto a una paz mundial (a través de la lucha de clases, claro).

Por mucho que ciertas “primaveras” anunciaban que la Iglesia se renegado, por fin de su pasado, y ello alumbraría a los pueblos aun entendimiento universal, lo cierto es que la Iglesia no puede renegar de su doctrina no de sus gestas. Y entre ellas, por que no decirlo, está el alma del cruzado. Mucho se ha denostado la palabra Cruzada y la figura del cruzado, pero ello no le resta ni grandeza ni nobleza. Igual que la Iglesia quiso establecer las normas mínimas para dignificar la inevitable violencia entre los pueblos, las Órdenes militares tuvieron que someterse a la estricta observancia del Papado y de las normas que dictaban su constitución. No sólo del Papa, sino además debían de estar supervisadas por la autoridad real. Como órdenes religiosas que eran ellas se conjugaron dos tipos de hombres: el monje y el caballero. Su sujeción a los votos, templaban las pasiones y su vocación de servicio, como las órdenes hospitalarias, muchas de ellas, ostentaban como broche de honor el servicio y cuidado de los peregrinos a Tierra Santa. Podemos entrar en estériles discusiones sobre la conveniencia o no de las cruzadas, pues estas existieron y su espíritu pervivió hasta bien entrado el siglo XX, como demostraron los cristeros mejicanos.

La conciliación de la milicia espiritual que propugnaba san Pablo y los códigos cristianos de la guerra, guardan profundas analogías. Algunos denuncian que la Iglesia nada tiene que decir sobre ello, pero cabe plantearse si las guerras del siglo XX y del siglo XXI, realizadas en nombre de las ideologías modernas, de los nacionalismo más absurdos o de los intereses indescifrables y ocultos, humanizan la Guerra. Existieron unos tiempos, repetimos, en que la inevitabilidad de la guerra no se escindía de una reflexión sobre la honorabilidad de los combatientes, la comprensión de las desgracias de los enemigos, la clemencia para con los vencidos, la valoración de la justicia o injusticia de aquellos motivos y responsables que habían llevado a las Guerra. Pero este “estar” ante la guerra hoy es imposible. Con toda su crudeza, hoy los conflictos armados esconden sus intereses reales, se revisten de causas legítimas, pero se desdibujan las motivaciones casi exclusivamente depredadoras. Si en los tratados medievales se recurría a la legitimidad de un príncipe para declarar lo que se consideraba una guerra justa, hoy en día los conflictos bélicos se deciden entre anónimas corporaciones, oscuros think tanks y descontrolados funcionarios de los estados profundos que rigen las grandes potencias.

Los duelistas de antaño, reivindicaban dirimir en lidia legítima posibles deshonores. Hoy los pueblos no reivindican participar en conflictos que puedan considerar legítimos, sino que se ven arrastrados por estrategias geopolíticas innombrables e incomprensibles a las guerras que nunca podrán llegar a comprender. Los códigos de honor que rigieron durante siglos en los campos de batalla, hoy han sido sustituidos por declaraciones y códigos de cómo deben ser las guerras “democráticas”. Pero evidentemente son reglas internacionales que, por definición, nadie piensa cumplir y todos quieren trampear. Duro es decirlo, pero el enfrentamiento a muerte entre hombres, siempre tuvo mucho de horroroso y mucho de trágico. Pero es quizá en esos terribles momentos, cuando el hombre frente al hombre, se confronta con el drama de la humanidad y de la historia. Cuando más evidente en la manifestación del pecado del hombre en la Guerra, también más evidente es la necesidad de redención de nuestras miserias. Pero ¿cómo asomarse a a este drama existencial si cuando lo que tiene delante es un dron que te va a matar sin la menor conciencia de por qué te mata. Y al otro lado, un joven recluta, como quien tienen en sus manos un videojuego, decide eliminarte. Hasta nuestros tiempos la guerras siempre han sido terribles, pero ahora son nihilistas y desencantadas. La guerra siempre ha sido inhumana, pero ahora es desoladoramente “deshumana”.

Javier Barraycoa

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