Lo material y lo espiritual: o la quiebra de la economía mundial

La relación entre lo espiritual y lo material, en el campo económico, ha propiciado siempre apasionantes obras del intelecto como la Ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber, contestada hercúleamente por El burgués de Wener Sombart. Aunque con planteamientos diferentes, ambos pensadores se centraban en si la aparición del capitalismo se debía al protestantismo o al espíritu corporativo medieval y la teología escolástica. Independientemente de las conclusiones, la tesis de fondo era que el espíritu modelaba lo material, el alma al cuerpo y la cosmovisión a la economía. 

Pero el liberalismo, en sus teóricos más economicistas, propagaron por el contrario la idea de que el espíritu y las virtudes cristianas ponían en riesgo la economía. Para él, sólo el egoísmo personal y el materialismo podían ser los sustentos de una economía productiva. Esta es la descarnada tesis del holandés Bernard Mandeville en su célebre Fábula de las abejas (1704), uno de los precursores -en boca de Hayeck– del liberalismo económico. Bernard Mandeville en el subtítulo de su obra –“vicios privados, públicos beneficios”- deja clara su tesis: los vicios particulares son los promotores de la economía. Si todos atendemos a nuestras pasiones inmoderadas y desatendemos a las virtudes, ello llevará a que el esfuerzo por enriquecernos para satisfacer nuestros placeres active la máquina económica. Por eso, enuncia la frase: “Fraude, lujo y orgullo deben vivir”.

Hay que denunciar que el llamado liberalismo -el teórico impulsor de la desarticulación del intervencionismo del Estado-, siempre ha defendido una forma de estatismo oculta llamada “Estado de bienestar”. 

Mandeville, ilustra en su fábula que pasaría si la colmena de las abejas (o la sociedad de los hombres) se volviera honrada y virtuosa: “El amor exclusivo al bien se apoderó de los corazones, de donde se siguió muy pronto la ruina de toda la colmena. Como se eliminaron los excesos, desaparecieron las enfermedades y no se necesitaron más médicos. Como se acabaron las disputas, no hubo más procesos y, de esta forma, no se necesitaron ya abogados ni jueces. Las abejas, que se volvieron económicas y moderadas, no gastaron ya nada: no más lujos, no más arte, no más comercio. La desolación, en definitiva, fue general. La conclusión parece inequívoca: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado“.

La versión menos cruda de esta propuesta, pero igualmente perniciosa es la de Adam Smith, cuando enuncia en su Teoría de los sentimientos morales (1759) la teoría de la “mano invisible”. Para él, la economía estaría dirigida como por una mano invisible que convertiría el egoísmo de los ricos en un bien para toda la comunidad. Y lo expresa de este modo: “Los ricos (…) consumen apenas más que los pobres, y a pesar de su natural egoísmo y avaricia, aunque solo buscan su propia conveniencia, aunque el único fin que se proponen es la satisfacción de sus propios vanos e insaciables deseos, comparten con los pobres el fruto de todos sus progresos. Son conducidos por una mano invisible a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida que habría tenido lugar si la tierra hubiera estado repartida en porciones iguales entre todos sus habitantes”.

El escocés Adam Smith, sin lugar a dudas, recogía el famosos principio enunciado por el francés ilustrado Vincent de Gournay, contra el intervencionismo del gobierno en la economía: “Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même” (Dejad hacer y dejad pasar, el mundo va solo). No entraremos en disquisiciones académicas sobre estos autores, que a nada llevan, sino que simplemente negaremos la mayor. El vicio y el interés económico individual y desaforado sólo puede traer males a la economía y por ende a las sociedades. Por otro lado hay que denunciar que el llamado liberalismo -el teórico impulsor de la desarticulación del intervencionismo del Estado-, siempre ha defendido una forma de estatismo oculta llamada “Estado de bienestar”. 

El liberalismo económico siempre ha mentido sobre su carácter antiestatalista. Y mientras que autores como Rousseau defendía el hombre bueno por naturaleza, también defendían la teoría de un totalitario contrato social que debía arrebatarnos la libertad individual en detrimento de la colectiva. Igualmente Kant en su Idea para una historia universal en clave cosmopolita, juega con nosotros al proponer la paradoja de que el orden social es fruto de la insociabilidad humana. O el austero protestante francés, François Guizot, uno de los pergeñadores del estado liberal francés decimonónico, clamaba a la ciudadanía su famoso “enriqueceos”, para asentar a Francia nuevamente como una potencia mundial.

El endeudamiento podría considerarse, en términos poéticos, como un adelanto en el  tiempo de una riqueza o realidad que aún no existe. Y si algo nos ha enseñado la historia es que cada vez que las ideologías atentan contra la realidad, la realidad queda destruida o malparada.

Esta previa filosófica es para entender que las tesis Mandeville, Adam Smith, la Ilustración, el liberalismo y el neoliberalismo son totalmente erróneas. El llamado a un individualismo egoísta como un bien para la sociedad; a un afán de enriquecimiento como garantía de la subsistencia del Estado de Bienestar y el progreso; o la crítica contra la austeridad y la condena cristiana de la usura como condición del funcionamiento del capitalismo, es erróneo y así las cifras lo demuestran. Como afirmaba Daniel Bell, en su magnífica obra titulada Las contradicciones culturales del capitalismo, el capitalismo había pasado de desarrollarse en base al ahorro, a sostenerse en la deuda y el crédito. El paradójico y perverso juego del capitalismo que estimula deseos que los individuos no pueden pagarse, se resuelve con el crédito y la misteriosa aparición de un dinero que no se corresponde a la riqueza producida. 

El endeudamiento podría considerarse, en términos poéticos, como un adelanto en el  tiempo de una riqueza o realidad que aún no existe. Y si algo nos ha enseñado la historia es que cada vez que las ideologías atentan contra la realidad, la realidad queda destruida o malparada. La gravedad a que nos ha llevado, llamémosla por su nombre, la estafa del liberalismo, nos la proporcionan estos datos. Si calculamos la deuda mundial -tanto pública como privada- es de 200 billones de euros. Esta es la cantidad que, por decirlo de alguna forma, el mundo se debe a sí mismo. O mejor dicho que la mayoría de personas e instituciones deben a los poderes económicos supranacionales. 

En 1970, la deuda del planeta representaba el 100% del PIB mundial. Este año, 2021, representa el 256% (esto es, el mundo ha gastado más de lo que debería producir en los próximos dos años y medio). Es como si una familia que ingresara 50.000 euros al año, debiera 150.000 y fuera incapaz de ahorrar y devolverlos. O peor aún que su deuda se fuera incrementando un 28% cada año. Esto es lo que está ocurriendo actualmente a nivel mundial. Tan solo el año pasado, el incremento de la deuda fue de 28 puntos de PIB mundial. En España, la deuda pública en 2020 se disparó en 24,5 puntos de PIB. Hoy representa el 122,1% del PIB. 

Paradójicamente, esta deuda no se debe, como antaño, a los países en vías de desarrollo sino que afecta a los países más ricos e industrializados. En los países ricos, la deuda pública se ha disparado hasta niveles desconocidos. En la última crisis financiera, en 2007, el endeudamiento público equivalía al 70% del PIB, pero en 2020 ya ha alcanzado el 124%. También la deuda privada —familia y empresas— ha crecido. Ha pasado del 164% del PIB al 178% en igual periodo.

Tanto los regímenes liberal-capitalistas, como el modelo comunista-capitalista de China, están tocados por la deuda pública. En los años 70, la deuda pública de China era irrelevante, como su propia economía. En 2020, su deuda pública ha alcanzado la apabullante cantidad de 28 billones de dólares y representó, por sí misma, el 26% del aumento de la deuda mundial. El mito de China como la locomotora de la economía mundial pronto se hundirá. El endeudamiento de las empresas chinas supone ya el 160% del PIB. A ello se suman no sólo los efectos mundiales de la pandemia, los problemas de suministros y, de forma casi invisible pero imparable, un drama de envejecimiento poblacional que colapsará al gigante asiático antes de 50 años.

Volviendo a la filosofía liberal anteriormente expuesta, recordemos sus dos falsedades: 1) que el vicio y afán de lucro va bien para la economía y 2) que la libertad individualista exige un estado mínimo. No, la realidad es testadura. Sólo gracias a potentes Estados nacionales y los agentes supranacionales financieros, es cómo se ha incentivado el consumo desmesurado (causante del endeudamiento). Sin el Estado moderno no habría ilusión de individualismo, que en el fondo es un esclavismo para sustentar el propio sistema. Igualmente, el Estado de Bienestar en insostenible porque pretende que las sociedades alcancen un estado de riqueza material, de seguridad y de impunidad contra la adversidad imposibles de alcanzar. Por eso se endeudan constantemente para mantener una ficción de paraíso que se convertirá mas temprano que tarde en un infierno. 

Pronto descubriremos que creíamos ser ricos cuando en realidad nos estaban empobreciendo. Añoraremos la austeridad y capacidad de ahorro de nuestros abuelos que permitió que la sociedad prosperara

Esta “filosofada” que acabamos de describir, se concreta en lo siguiente: el sistema económico mundial se ha mantenido artificialmente en las últimas décadas gracias a los bajos tipos de interés de los bancos centrales. Ello ha permitido endeudarse tanto a las administraciones públicas, como a las empresas o a las familias. Para que el “mito del progreso” económico siga siendo creíble, se ha llegado al absurdo de préstamos con tipos de interés negativos. Por ejemplo, España se ha financiado durante 2021 con tipos negativos, como las enormes compras de activos que han hecho los bancos centrales aprovechando la existencia de unos mercados financieros expertos en crear las ficciones económicas. 

Pero la ficción se acaba. El indeseable enemigo del capitalismo financiero, la inflación, ha reaparecido con una fuerza inusitada al estilo de las olas del coronavirus. La riqueza productiva no puede seguir las exigencias de pago de deuda a las instituciones financieras supranacionales, como el Banco Central Europeo. Antes que China, los países europeos sufrirán el drama de un sistema de pensiones insostenibles. La Unión Europea anuncia que en breve dejará de comprar deuda de los estados europeos a interés 0%. Pronto descubriremos que creíamos ser ricos cuando en realidad nos estaban empobreciendo. Añoraremos la austeridad y capacidad de ahorro de nuestros abuelos que permitió que la sociedad prosperara. Y a los pocos que se les caiga la venda de los ojos, se les revelará que el vicio y los egoísmos y deseos desordenados llevan a la pobreza, por mucho que Mandeville fabulara con sus abejas. Y es que lo espiritual es lo que debe regir lo material, para que lo material no destruya la realidad.

Javier Barraycoa, publicado en Posmodernia

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