Lo gaseoso y la gaseosa

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Hacer experimentos con gaseosa, si seguimos el dicho popular, no lleva a nada. La gaseosa siempre se ha asociado a lo inocuo y pueril. Era el gran refresco de los niños de la posguerra, el sifón de los infantes y, en el fondo, la lucha contra la globalización pues había casi tantas marcas de gaseosa como comarcas en España. Hacer experimentos con gaseosa es sinónimo de pérdida de tiempo y eso es lo que está haciendo el gobierno de España con el separatismo. Ante las perpetuas amenazas de los independentistas, se quiere saciarles entregándoles todo y más. Alguien tendría que decirle a Pedro Sánchez que, desde la época de Suárez, pasando por Aznar hasta ahora, todos los presidentes de gobierno han caído en la misma trampa.

Acercar políticos presos, insinuar indultos, presionar para que la justicia no haga bien su trabajo, eso ya está inventado y ya sabemos el resultado. El separatismo es como un niño mal criado que cuando alguien decide castigarlo por fin, la sanción es tan efímera y ridícula como el 155 que tuvimos ocasión de ver y no ver. Y en vez de dejar al niñato sin postres, se le regalaron unas elecciones en bandeja de plata. Y en lugar de una buena colleja, se le invitó al cine para que siguiera soñando que él manda en la casa. Y si no le dejan hacer lo que quiere, vuelve a amenazar con marcharse y, a cambio recibe, unos euros de regalo para que se calle.

cuando alguien decide castigar al separatismo, la sanción es tan efímera y ridícula como el 155 que tuvimos ocasión de ver y no ver. Y en vez de dejar al niñato sin postres, se le regalaron unas elecciones en bandeja de plata

Dejando el símil del niño mal criado, se nos antoja contemplar el separatismo como una sucesión de estados de la materia. Esta analogía esté tomada de Zygmunt Bauman y su paradigma de la sociedad líquida como imagen de la posmodernidad contrapuesta a la sociedad rígida que representó la modernidad. El nacionalismo, en cuanto ideología, ha pasado por tres estadios de la materia, el sólido, el líquido y ahora estamos entrando en el estado gaseoso. La materia en estado sólido se conforma de masa, volumen y forma; en estado líquido pierde la forma y sólo mantiene la masa y el volumen. Por fin, en estado gaseoso, sólo se conserva la masa sin volumen ni forma. De ahí que el gas se pueda expandir hasta el infinito, mientras que la materia se contenga en sí misma.

Si nos ceñimos a la transición, el nacionalismo (al que pocos le denominaban así), se mantenía en los cauces formales del catalanismo. Era como lo sólido ya que se podían establecer grados y cuantificar las categorías de catalanistas, de más moderados a más exaltados. Era la época de esplendor del pujolismo, donde los gobiernos centrales cedían competencias a cambio de estabilidad y corruptelas compartidas. Los políticos sólo temían el fuego asesino y clandestino de ETA. El catalanismo era tenido como algo inocuo y controlable, aunque ya estaban malcriando a la criatura. Todo lo que tiene forma fija es susceptible de ser trasladado, acarreado, recogido o arrinconado. Y eso creía que podrían hacer con el catalanismo cuando se les antojara. Pero el líquido, por carecer de forma, se convierte en algo descontrolable. ¡Cuántas veces hemos hecho el ridículo intentando recoger con la mano el líquido que se desparrama de un vaso vertido!

Todo lo que tiene forma fija es susceptible de ser trasladado, acarreado, recogido o arrinconado. Y eso creía que podrían hacer con el catalanismo cuando se les antojara

La fase líquida del nacionalismo coincidió con la última etapa del pujolismo y la sucesión en el liderazgo por Artur Mas, el que había de ser un mero puente para el traspaso de poderes a Oriol Pujol. En la medida que se avejentaba el Patriaca, también lo hizo la palabra “catalanismo”. Fue cayendo en desuso. Aún eran pocos los que se declaraban independentistas, pero empezaron a asomar términos como nacionalistas, soberanistas, federalistas asimétricos, que denotaban que el catalanismo estaba perdiendo la forma para convertirse en algo voluble como el líquido. Aún así, en la Villa y Corte, pocos se percataron que este cambio de terminología implicaba un cambio de estadio. El niño estaba creciendo o, con otra metáfora, el vaso estaba apunto de verterse y pocos quisieron verlo. Los catalanistas se convirtieron en nacionalistas y los nacionalistas se pasaron en tromba al separatismo. Y esto aconteció tan rápido como cuando cae una botella y se rompe, desparramando todo su interior.

Ahora, el líquido se empieza a evaporar y los ingenuos y optimistas piensan que el “suflé” independentista está bajando. Cuando lo que está ocurriendo es lo contrario, se está expandiendo en forma gaseosa. Nuevamente, en la Villa y Corte, no entienden nada. Cuando el nacionalismo parece derrotado es cuando se torna más peligroso. No en vano, las encuestas nos demuestran que la “masa” separatista” sigue constante y eso se verá en próximas elecciones. La caída de Puigdemont redistribuirá el voto separatista para convertir a ERC en el partido hegemónico y a la CUP renacerá espectacularmente. Cosas del destino semántico, se llama sublimación al paso directo del estado sólido al gaseoso. Y en Cataluña hemos sufrido un estado de sublimación o alucinación colectiva en pocos años -un chute en argot callejero- que tenemos que pagar de una u otra forma.

El nacionalismo se ha convertido a este estadio de la materia donde se expande, se pega al cuerpo, te envuelve, te intoxica y, al final, te asfixia

Puedes luchar contra un enemigo sólido, puedes nadar y flotar en el líquido, pero no se puede batallar contra lo gaseoso. El nacionalismo se ha convertido a este estadio de la materia donde se expande, se pega al cuerpo, te envuelve, te intoxica y, al final, te asfixia. El gas de la gaseosa era dulce y cosquilleaba dentro del cuerpo infantil. La inocencia de nuestro cuerpecillo lo contenía y expulsaba sin más. El gas del nacionalismo, por el contrario, nos aprisiona por fuera, y rememora esa terrible paráfrasis de “ser gaseados”. El único remedio sería abrir las ventanas y dejar que el aire puro limpiara nuestra casa común de un irrespirable ambiente cenagoso, acumulado durante cuarenta años de transición. Pero los ambientes impúdicos son los apetecibles para tanto político inmundo. Por eso el nacionalismo seguirá donde está, asfixiando España en un lento pero implacable languidecer.

Javier Barraycoa

Un comentario en “Lo gaseoso y la gaseosa

  1. Estaría bien que el Sr. Barraycoa escribiera un artículo sobre VOX y su utilidad (o no) de cara a abrir eso que llaman “ventana de Overton” a ideas y formaciones de verdadero patriotismo nacional, un saludo

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