La democracia incompleta, la crisis de la representación y el trágico triunfo de las elites

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La democracia incompleta, la crisis de la representación

y el trágico triunfo de las elites

Javier Barraycoa Martínez – Universitat Abat Oliba CEU

Los hombres luchan y pierden la batalla, y aquello por lo que peleaban llega, pese a su derrota, y luego ya no parece ser lo que creían. – William Morris

La legitimización del denominado proceso de globalización consistió esencialmente en crear la ilusión de que vendría acompañado de una igualación mundial y una extensión de la democracia por toda la tierra. No obstante, la repentina, aunque larvada, aparición de una crisis mundial y la desafección de ciertas capas de la población, como los indignados, a la doctrina oficial impulsada desde los medios de comunicación, obliga a reflexionar sobre el futuro de la democracia tal y como se forjó a partir de la Segunda guerra mundial.

Fue entonces cuando se produjo la emergencia de organismos supranacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la extensión sin precedentes de las compañías transnacionales. La aparición de este tipo de actores con una gran capacidad de poder y de incidencia sobre las cada vez más débiles instancias políticas locales, obligan a plantearse si no estamos ante la inminente desaparición de los Estados-nación. Parece que asistimos al surgimiento de lo que Habermas ha denominado sociedades post-nacionales ¿Vamos hacia la creación de un Estado y gobierno mundial? Igualmente cabe preguntarse si se está configurando una aristocracia global ¿En qué lugar quedará lo que hasta ahora hemos conocido como democracia moderna? Fenómenos como el movimiento de los indignados no dejan de ser síntomas de que los cauces representativos tradicionales en la democracia, partidos y sindicatos, incluso el propio modelo de Estado están entrando en crisis. Otro debate que se ha iniciado y perdurará en las próximas décadas será sobre la sostenibilidad del Estado de Bienestar tal y como lo hemos conocido.

El premio Nobel de Economía, Paul Krugman, nos presenta el hombre de Davos, en referencia a una nueva casta global capaz de diseñar el futuro de las naciones en base a decisiones estratégicas tomadas en foros reducidos y opacos.

el2El premio Nobel de Economía, Paul Krugman, nos presenta el hombre de Davos, en referencia a una nueva casta global capaz de diseñar el futuro de las naciones en base a decisiones estratégicas tomadas en foros reducidos y opacos. Al indagar en los procesos mundializadores de los últimos decenios se constata que la globalización ha sido primera y esencialmente un fenómeno financiero acompañado de una fusión de las corporaciones de la comunicación. La oligarquización de éstas ha permitido homogeneizar la interpretación de lo que debería ser la globalización (Barraycoa, 1999). Hay un número respetable de foros y asociaciones que representan una auténtica oligrquía mundial que se aúna en redes y encuentros, alejados de las instituciones tradicionales. Su capacidad decisoria y de influencia política hace dudar de conceptos y dogmas democráticos como el de soberanía social o nacional, o el de democracia representativa.

  1. La aristocracia global y la democracia incompleta

El futuro de la globalización dependerá de la armonización de muchos factores: el papel de la elites mundiales, la capacidad de los Estados por reajustar, reordenar y redistribuir los desequilibrios que producen las nuevas dinámicas económicas, evitar la posible colisión y erosión de identidades, y la consolidación de aquellos Estados que, en el transcurso de la historia, han quedado como «Estados incompletos» al ser incapaces de frenar altos niveles de corrupción o no permitir la participación social en la vida política. Sin embargo, el escenario futuro dominado por una globalización de la injusticia e «interdependencias económicas asimétricas», parece el más probable (Noya y Rodríguez, 2010: 17).

Hardt y Negri han desarrollado una terminología peculiar para acercarnos al concepto de globalización en el que se incluyen tanto lo político, como lo económico o lo cultural: el imperio. Este concepto corresponde a una lógica nueva del poder:

«el concepto de Imperio incluye a un régimen que, efectivamente, abarca a la totalidad espacial, o que, realmente, gobierna sobre todo el mundo “civilizado”. Ninguna frontera territorial limita su reinado. Segundo, el concepto de Imperio no se presenta a sí mismo como un régimen histórico originado en la conquista, sino como un orden que, efectivamente, suspende la historia, y así fija el estado existente para la eternidad. Desde la perspectiva del Imperio este es el modo en que serán siempre las cosas, y el modo en que siempre debió ser. (…) Tercero, el mando del Imperio opera sobre todos los registros del orden social, extendiéndose hacia abajo, a las profundidades del mundo social. El Imperio no sólo maneja un territorio y una población, sino que también crea al mundo que habita. No sólo regula las interacciones humanas, sino que también busca, directamente, regir sobre la naturaleza humana. El objeto de su mando es la vida social en su totalidad, y por esto el Imperio presenta la forma paradigmática del biopoder» (Hardt y Negri, 2010: 5-6).

el4En la medida que la globalización prometía un proceso de democratización universal tras una serie de olas de democracia (Markoff, 1998), las elites globales, paradójicamente, se han ido consolidando y alejando de las sociedades concretas de las que emergieron. El ejercicio del biopoder foucaultiano no requiere una elites apegadas a las sociedades sobre las que ejercen sus influjos, sino que actúan desde la distancia apátrida. En los países más desarrollados, las elites contribuyeron históricamente a configurar el Estado de Bienestar, pero este proyecto está siendo actualmente abandonado. Estas mismas elites han abandonado los destinos de sus países para aliarse en un proyecto transnacional (Lasch, 2003). La aristocracia global confluye en foros, fundaciones e instituciones desconocidos que son ignorados por la inmensa mayoría de la población, pero en ellos se toman decisiones que señalarán el destino de la sociedad globalizada (Rothskopf, 2008). Sólo por mencionar algunos de estos foros podemos señalar:

-el Club Bohemian Grove (Bohemios del bosque). Se reúnen cada año en una especie de campamento a finales de julio, en California, unos 1500 hombres de los hombres más poderosos del mundo, especialmente norteamericanos. En esta reunión se analiza el rumbo del mundo y las directrices a tomar.

-La firma de inversiones de capital privado más importante del mundo es la Carlyle Group conocida el «club de los ex presidentes». A ella perteneces casi de derecho los presidentes ex presidentes de Estados Unidos o ex altos cargos. Gracias a su influencia, maneja unos 58.000 millones de dólares en inversiones globales. Es un lobby mundial que puede competir con cualquier Estado medio europeo.

-En 2003, la revista Forbes.com publicaba el artículo Secret Meeting Of Latin American Billionaires, en referencia al club Fathers and sons, dirigido por Carlos Slim. Este Foro reúne a los hombres más ricos e influyentes de Hispanoamérica y toman decisiones de altísimo nivel.

Foro Boao de Asia, como alternativa al Foro Económico Mundial o al Foro Davos, reúne igualmente a hombres tanto o más influyentes que los que se reúnen en Davos, pero a nivel asiático. En ese mismo ámbito geopolítico podemos encontrar el Diálogo Shangrilá, o el Mando del Pacífico (PACOM) de la marina norteamericana que ejerce como poderosísimo lobby a la hora de diseñar el futuro asiático. Igualmente para África, el Club de las islas constituye el centro de relaciones de hombres que diseñan el futuro de África. Podríamos seguir con el Foro Davos, el Club de Roma y un largo etcétera de encuentros.

un 10 por ciento de la población posee un 85% de la riqueza. Pero un 2% de esta elite posee el 50% de la riqueza mundial y un 1% aproximadamente el 40% de la riqueza.

Estos son sólo algunos ejemplos. La formación de las elites no es algo ajeno a la naturaleza social. Uno de los primeros sociólogos, Wifredo Pareto, formuló una rústica pero intuitiva ley denominada la regla del 20/80, según la cual 20 por ciento de la población produce o controla el 80 por ciento de la riqueza. Por tanto, la tendencia a configurarse minorías dirigentes es algo tan real como contradictorio con la proclamación de un igualitarismo democrático. Por ello no nos queda más remedio que afirmar que: «La desigualdad forma parte de las complejas estructuras sociales» (Wilkinson y Pickett, 2009: 51). el6La cuestión pragmática no es eliminar todas las diferencias sociales, sino saber cómo reducirlas o evitar su perpetuación. En análisis recientes como el la Universidad de las Naciones Unidas (World Institute for Development Economics Research of the United Nations University, UNU-WIDER), en 2006, calcula que un 10 por ciento de la población posee un 85% de la riqueza. Pero un 2% de esta elite posee el 50% de la riqueza mundial y un 1% aproximadamente el 40% de la riqueza. Este 1% representa unos 40 millones de personas y de entre estos unos 9,5 millones tienen más de 1 millón de dólares en activos financieros.

La férrea ley de la oligarquización, formulada por Robert Michels, también se aplica a la estructura económica. En el mundo hay unas 1.500 empresas que sólo ellas facturan anualmente más de 5.000 millones de dólares. Las 250 compañías más poderosas del planeta facturan unos 15 billones de dólares. Esta cantidad representa un tercio del PIB mundial unos 47 billones de dólares. Sólo el PIB anual de Estados Unidos y de Europa supone un poco más de 13 billones de dólares por cada uno. De estas 250, la facturación de las cinco primeras facturaron 1,5 billones, una cifra superior al PIB anual de todas las naciones excepto de los 7 países más ricos del mundo.

La conclusión cuantitativa sería contundente. Hay un miembro de esta elite por cada millón de habitantes.

Estaríamos hablando, por tanto, de una auténtica elite económica de dimensiones difíciles de imaginar. Autores como David Rothskopf han intentado perfilarla: escojamos los altos funcionarios de los 50 países que pueden influir sobre la política de otros países, los altos mandos de los ejércitos más poderosos del mundo, los ejecutivos claves de las 2.000 corporaciones más poderosas, las 100 instituciones financieras más importantes y las 500 compañías de inversión global más importantes, añadamos los intelectuales y artistas más influyentes, todo ello supondrá una elite de unas 6.000 personas aproximadamente. Bajo ellos unos 100.000 altos ejecutivos y técnicos, no menos importantes. La conclusión cuantitativa sería contundente. Hay un miembro de esta elite por cada millón de habitantes.

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Haim Saban, magnate israelí donante siempre en las elecciones norteamericanas … a los dos grandes partidos

El modelo democrático actual, el promocionado por Estados Unidos, ha sabido combinar el espíritu democrático con el elitismo reconocido socialmente. Por ejemplo, para presentarse como candidato a la presidencia de Estados Unidos, el candidato debe reunir, para ser mínimamente competitivo, una cantidad de 100 millones de dólares. Por ello cualquier candidato ya parte con deudas políticas para con todos sus benefactores, llegándose a veces hasta el paroxismo. El magnate estadounidense de los medios de comunicación, el israelí Haim Saban, ha contribuido en los últimos cinco años con más de 13 millones de dólares a las campañas de los dos partidos dominantes. Evidentemente ha infringido la ley de financiación de campañas que sólo permite donativos personales por valor de 2.300 dólares en las primarias y la misma cantidad en la elecciones. Sin embargo la ley no rige para ciertas elites. El perfil socio-económico de los representantes norteamericanos sería el siguiente: un 40 por ciento de los miembros del senado son millonarios y 123 de los 435 miembros de la Cámara de representantes también. En 2004, el coste medio de un escaño en el Senado de Estados Unidos era de 7 millones de dólares y uno del congreso 1 millón de dólares (Castells, 2009:290). El acceso a la representación del pueblo tiene su precio.

La página Open Secrets publica fotografías, estadísticas y evaluaciones de los «más ricos del Congreso”, una selecta lista que encabeza el republicano Darrell Issa, de California, cuyo patrimonio neto se estima en más de 251 millones de dólares. Se incluyen también demócratas como Jane Harman, también de California (con 244.7 millones de dólares); Herb Kohl, demócrata de Wisconsin (214.5 millones); Mark Warner, de Virginia (209.7 millones) y John Kerry, senador por Massachusetts (208.8 millones). Mientras que el 1% de todos los norteamericanos pertenece a la clase de los millonarios, en el Congreso, el porcentaje se eleva a casi un 50%.

  1. Crisis y transformación del Estado

Por primera vez en la historia el Estado democrático moderno se enfrenta no a otros Estados sino a entidades de naturaleza diferente. Ante ello, la tesis de Castells es que «Sometido a las presiones de cambio tecnológico, económico y cultural, el Estado no desaparece: se transforma” (Castells, 2000:7). Por un lado los Estados deben buscar alianzas estratégicas con otros estados, para tratar los problemas planteados por la globalización. Surgen así entidades la Unión Europea; se buscar reforzar (aunque muchas veces infructuosamente) el papel de las instituciones internacionales, como las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, la Organización de la Unidad Africana y las distintas organizaciones de seguridad regionales, en Europa, en el Pacífico, en América Latina. Se consolidan alianzas militares como la OTAN que parecían abocadas a su desaparición tras la desaparición de la Unión soviética. Surgen nuevas organizaciones políticas a caballo entre Estados e instituciones internacionales, como la Comunidad de Estados Soberanos entre las ex-repúblicas de la ex-Unión Soviética. Proliferan las áreas de integración económica o constitución de mercados comunes que debilitan las soberanías económicas nacionales (Mercosur, el Tratado de Libre Comercio Norteamericano) o se consolidan instituciones económicas globales como son el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, con influencia decisiva en la regulación de la desregulación económica mundial. Todo ello bajo el control del elitista club G-7. Así, el Estado-nación se adecua a los procesos de globalización para mantener su influencia, pero al coste, paradójico, de perder soberanía.

el8Ante todo ello, muchos de los Estados-nación, especialmente los más desarrollados están buscando su relegitimación. A veces intentando retomar su autoridad perdida y legitimándose en populismos identitarios (recordemos el antieuropeísmo de muchos movimientos populistas en Europa); a veces mediante la descentralización administrativa y el intento de potenciar la participación ciudadana. Se transfieren competencias a gobiernos locales y regionales y se empiezan a reconocer identidades regionales y locales que los estados modernos habían ahogado bajo su maquinaria integradora y homogeneizadora. Otra forma, indirecta, de recobrar la legitimidad ha sido el reconocimiento de la esfera de acción para-pública, mediante la potenciación de Organizaciones No-Gubernamentales (contradictoriamente subvencionadas por los gobiernos en su mayoría) para que completen las políticas públicas, articulando recursos privados y desburocratizando la gestión de programas sociales. Asimismo facilita la influencia de los Estados en la esfera internacional, reforzando su carácter de cooperante globalizador.

Este doble movimiento del estado-nación hacia la cooperación internacional y hacia la devolución de poder a ámbitos regionales, conduciría a la construcción de un nuevo sistema institucional. Es lo que Castells ha denominado el Estado-red

Este doble movimiento del estado-nación hacia la cooperación internacional y hacia la devolución de poder a ámbitos regionales, conduciría a la construcción de un nuevo sistema institucional. Es lo que Castells ha denominado el Estado-red que “funciona mediante la interacción de sus distintos componentes en un proceso continuo de estrategia, conflicto, negociación, compromiso, co-decisión y decisión, que constituye la práctica político-administrativa concreta de nuestras sociedades. Tras la fachada grandilocuente del estado-nación soberano que aún se proclama como tal, los restos de un estado maltrecho por la globalización y las identidades se reconfiguran en redes de colaboración y puesta en común de recursos. La flexibilidad de estas redes y su acceso a mayores fuentes de recursos y competencias permite a los estados no sólo sobrevivir, sino prosperar en la era de la información. Sin embargo, la complejidad de la decisión política en ese mundo de redes institucionales, desbordando cotidianamente el ámbito nacional, complica considerablemente la representación y el control democráticos. Falto de un anclaje en una sociedad civil que sea a la vez supra-nacional y local, el estado-red gana en flexibilidad y eficacia lo que pierde en democracia y transparencia” (Castells, 2000:11). La tesis de Castells nos parece excesivamente optimista, aunque ya avisa del precio a pagar: la supervivencia de los Estados en la globalización tendrá un doble coste: la desaparición de la democracia tal y como se conoció en la modernidad y la consolidación de una elite global que tiene la influencia, la flexibilidad y la capacidad de liderazgo (aunque no transparente) sobre este proceso.

3.-El control de la realidad y la muerte del Ágora

Podemos afirmar que: “Siguiendo a Antonio Gramsci, y tomando en serio su concepto de hegemonía cultural como elemento clave para la dominación, los guerreros de la cultura comprendieron que es mejor mantener invisible el verdadero poder político. No se puede conservar de forma duradera mediante la violencia y la coacción” (George, 2010: 33). Por ello, los medios de comunicación cobran especial relevancia debido a su capacidad de recrear imágenes que refuerzan imaginarios colectivos en muchos y amplios sentidos, que a su vez refuerzan la veracidad de las imágenes. Ellos ocupan y seguirán ocupando un papel fundamental en el control político, pero también en la configuración de estilos de vida, de socialización, formas de aprendizaje, identidades culturales, y un largo etcétera de dimensiones de la vida cotidiana. Los media, junto con las nuevas tecnologías, se constituyen hoy en día como uno de los marcos referenciales privilegiados de los individuos, a la hora de “comprender” la realidad y dar sentido a infinidad de acciones cotidianas. En la fase actual del proceso de globalización, los medios son los sustitutos “imaginativos” de los vacíos culturales y existenciales.

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Imaginarios sociales

Aunque los medios de comunicación de masas llevan ya más de un siglo funcionando, actualmente se deslizan por un “medio” social diferente, donde las formas de sociabilidad se van transformando aceleradamente. Las sociedades han ido pasando de estructuras comunitarias, donde los controles sociales y relacionales eran intensos, próximos y esencialmente morales, a formas de organización en sociedades de masas, donde el control individual es político y normativizado. Podemos afirmar que se ha consumado el paso de la comunidad a la asociación, en términos de Tönnies. Sin embargo, este proceso no ha sido definitivo. La globalización nos ofrece formas de “sociabilidad”, o incluso podríamos denominarlas como de “asociabilidad”, hasta hora desconocidas. Las formas de control social serán, por tanto, cualitativamente diferentes de las conocidas hasta ahora y en ellas tanto los medios de comunicación como las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs), tendrán un papel fundamental. Aún más, se augura con ellas la muerte de la sociabilidad tal y como la hemos entendido hasta ahora. Ciertamente aún quedan restos de comunitarismo, incluso de vida pública. Pero, como señala Bauman, el Ágora, o la comunidad pública ya ha muerto (Bauman, 2001). Entendiéndose por Ágora (espacio público) la posibilidad de experimentar la participación en la consecución del bien común. La idea de democracia nació bajo el presupuesto de un “espacio público” donde se podían debatir las cuestiones políticas. Aunque en nuestro imaginario la democracia se siga rigiendo bajo la vieja idea griega, la pérdida de la sociabilidad natural, de la pertenencia real a la comunidad política y del espacio público, genera de por sí un drama en nuestras sociedades que no puede ser obviado.

Las formas de control social serán, por tanto, cualitativamente diferentes de las conocidas hasta ahora y en ellas tanto los medios de comunicación como las Tecnologías de la Información y la Comunicación

Ante este vacío, son los medios de comunicación los que virtualizan y recrean la “comunidad política” a través de las representaciones mediáticas. De tal manera que: “los lugares tradicionales de constitución de los espacios públicos y de los espacios de socialización política se han venido transformando poco a poco —desintegrándose en muchos casos— y dejando un vacío que los medios de comunicación han llenado progresivamente” (González 2007:32). Este nuevo espacio público virtual, salvo el ocupado por las formas neotribales de sociabilidad, es coto exclusivo de los medios de comunicación y –como mucho- queda un submundo denominado “blogosfera” que alimenta una débil esperanza de espacio virtual público. Aunque la red de redes haya sido anunciada como una nueva ágora que no podrá ser regulada ni censurada, lo cierto es que se ha inundado de blogs que apenas leen los que los escriben.

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Blogosfera

La forma en cómo los medios de comunicación ocupan ese “espacio” se traduce en una recreación virtual de la “participación política” que se transforma en mera recepción de información que como mucho deriva en acciones de voto. La política se transforma en una “representación espectacular” y “espectacularizada” que tiene su propio imaginario. Además, los media son el “lugar” a partir del cual toda una serie de “comunidades” nacen, se configuran y se desconfiguran, creando todo un sistema de lazos sociales virtuales entre individuos que, a priori, nunca llegarían a conocerse o siquiera a verse. De tal manera que se puede decir que la televisión tiene un rol vertebrador en la constitución y la representación de la comunidad o comunidades que forman la sociedad. En este sentido, otro de los puntos esenciales de este ensayo es destacar precisamente la manera a través de la cual estos lazos sociales se elaboran. Dichas relaciones son de hecho sumamente paradoxales: se trata de lazos colectivos que son creados a partir de un vacío individualista en el que millones de personas se han subsumido. La “comunidad virtual” sería el efecto secundario de un individualismo insatisfactorio y no consumado plenamente, de tal manera que “la televisión permite al individuo participar de manera afectiva de una identidad social imaginaria” (González, 2007:39).

Una de las características de las comunidades virtuales que establecen y estandarizan los media, son los lazos que crean, ya que éstos no son formales sino esencialmente emotivos.

La televisión actúa sobre la sociedad a través de las imágenes que configuran, a su vez, imaginarios basados en la representación que los individuos tienen de la propia sociedad. Se crean marcos e imágenes de sociabilidad estándar, según los criterios de los nuevos modelos propuestos: tipos familiares, identidades sexuales, aspiraciones vitales, etcétera. La imagen de la sociedad que la televisión crea se posiciona como un reflejo, un espejo, que permite a la sociedad real verse y representarse a sí misma. El poder de la televisión reside entonces precisamente en esto: crear “comunidades imaginarias”.

Una de las características de las comunidades virtuales que establecen y estandarizan los media, son los lazos que crean, ya que éstos no son formales sino esencialmente emotivos. En términos maffesolianos podemos decir que se constituyen comunidades estéticas, esto es, fundadas en sentimientos. Se trata de una comunidad sentimental que vehicula toda una serie de modelos referenciales que se presentan como los verdaderos valores propios de la sociedad. El individuo puede así acceder a una identidad virtual elaborada a partir de componentes estéticos y sentimentales. Emerge así un nuevo “nosotros”, como expresión de una comunión estética de individuos psicológicamente aislados. Es una comunidad sin historia, anclada en el presente, vivido en una infinidad de momentos dispersos y puntuales. El lazo social no implica siquiera la proximidad física (de ahí el triunfo de las redes sociales) sino que podemos hablar de una presencia virtual y una co-presencia mental, imaginaria, que las nuevas tecnologías de comunicación hacen cada día más eficaz en el orden a experimentar.

el13Este “nosotros” es entonces un “nosotros fusional” pues precipita una fusión de emociones y sentimientos colectivos a cada uno de los individuos. El lazo social se establece por fusión y no por relación como tradicionalmente se había producido en las sociedades. He ahí justamente su particularidad. Televisión, Cine, Internet, son los canales que vehiculan este magma de emociones, al cual los individuos pueden conectarse, en los cuales pueden fundirse, perder su individualidad y experimentar lo colectivo, la falsa ágora. Donde domina la emoción no hace falta el orden racional y la coherencia lógica. Podemos ver el deshielo de un glaciar sin ser consciente de que esa imagen ha sido retransmitida por un satélite, puesto en órbita por un contaminante cohete. Otra de las características de estas nuevas comunidades, es que los individuos que a ellas pertenecen, raramente se cuestionan quién ha permitido su creación y para qué. Niklas Luhmann se plantea al analizar qué es el poder su carácter esencialmente comunicativo. Propone que el poder es más poder en la medida que es capaz de generar un mecanismo de comunicación de tal forma que se obedezcan sus deseos sin necesidad de que se generen órdenes explícitas. Desde otra perspectiva complementaria, Manuel Castells se plantea, en Comunicación y poder, cómo influye el poder en la sociedad: “se ejerce fundamentalmente construyendo significados en la mente humana mediante procesos de comunicación que se producen en las redes multi-globales de la sociedad de masas, o en los medios de comunicación de masas” (Castells, 2009:36). Con otras palabras, se manipula creando unos códigos de interpretación de la realidad para que, sin racionalizarlos, los individuos interpreten “espontáneamente” la realidad, en un sentido o en otro.

El poder actualmente no genera grandes directrices de propaganda explícita como hacían los regímenes totalitarios antaño, sino que crea “estados de conciencia”. Se puede deducir fácilmente que un poder global necesitaría una conciencia global. Pero este omnímodo poder tiene sus resquicios y genera reacciones y oposiciones

  1. Abstención y desencanto: buscando nuevos espacios sociales

La Aristocracia global y su proyecto globalizador parecen hacer realidad aquello que Adam Smith había escrito en La riqueza de las naciones: “Todo para nosotros y nada para los demás parece haber sido la ruin máxima de los amos de la humanidad en las diversas épocas de la historia”. En la medida que ha avanzado el proceso globalizador y por tanto teóricamente democratizador, las diferencias sociales se han ido incrementando, tanto entre países como entre clases sociales. La Organización Mundial del Trabajo calculó que entre 1990 y 2002, más de 90 países experimentaron crisis financieras y descensos en el valor de su moneda en una media del 35%. Respecto a las clases sociales se puede tener en cuenta que: “En las últimas décadas, la desigualdad ha crecido en muchos países, si no en todos” (Wilkinson y Pickett, 2009:259). En países como Estados Unidos o Gran Bretaña, la diferencia de rentas, desde los años 70 ha aumentado en un 40%.

La diferencia económica viene acompañada de un fenómeno más preocupante si cabe: la desafección de lo político y de lo social. Por ejemplo, a nivel de afiliación sindical nos encontramos que: “Hasta el fin de los años setenta, una proporción creciente de los empleados se estaba afiliando a los sindicatos (…) desde 1979, la proporción de empleados sindicados a caído en muchos países” (Glyn, 2010: 187). En términos genéricos, se constata que entre 1960 y 2000, la afiliación sindical cayó del 47% al 36%.

Si tomamos todos los estudios sobre la abstención política tienden a consensuar que las causas son múltiples y van desde el mero desinterés político hasta la protesta silenciosa por unas reglas de juego que no se comparten o una escasa identificación con la clase política. Un ejemplo en España, no es tan sólo el incremento de la abstención sino también la aparición de partidos con la curiosa denominación de Ciudadanos en blanco que ha llegado a tener una pequeña pero significativa representación municipal. En las elecciones generales de 2011, en España, la abstención superó los 300.000 votos al igual que los nulos. Sumando en total un 2,5% del censo, al que habría que sumar la abstención. Cuando un tercio del censo habitualmente se abstiene de participar en un proceso electoral es más que significativo.

Hasta el fin de los años setenta, una proporción creciente de los empleados se estaba afiliando a los sindicatos (…) desde 1979, la proporción de empleados sindicados a caído en muchos países

La caída de la participación política, un fenómeno casi generalizado entre las viejas democracias occidentales, esconde algo más profundo: la pérdida de capital social. Los famosos estudios de Putnam sobre el capital social nos desvela que la individualización de la sociedad, la pérdida de relaciones sociales, se correlaciona con el aumento de la abstención política y es síntoma de ciertos males sociales. El aumento de la delincuencia, el aumento de enfermedades o el sentimiento de infelicidad, siempre viene acompañado de la pérdida de capital social, esto es, de verdadera sociabilidad. Estos síntomas nos avisan de un cambio sutil que nada tiene que ver con los cambios coyunturales. Es un cambio: “más lento, más sutil y más difícil de intervenir (…) el ritmo más lento del cambio generacional hace precisamente que tenga más probabilidades de ser inexorable” (Putnam, 2002:37).

Movimientos sociales como el de los indignados, los niveles de abstención política, la desafección hacia los partidos tradicionales, auque carecen de momento de continuidad, estabilidad y organización, son señales de los cambios estructurales que describe Putnam. El reto de las democracias actuales consiste en reconfigurar los mecanismos de representación y decisión, abandonado viejas estructuras monopolizadas por los partidos políticos. Las reacciones sociales como la de los indignados responden a la ausencia de mecanismos adecuados de representación. La legitimidad de estas manifestaciones no significa que este tipo de reacciones no tengan sus peligros, fracasos y desilusiones. Karl Marx, en su Manifiesto comunista, anunciaba que cambios como la revolución comunista no serían posibles sin que ciertos elementos de la burguesía no empatizaran con el proletariado. Reconocía así el carácter revolucionario de la burguesía y la necesidad de su liderazgo para los grandes cambios sociales.

el14El movimiento de los indignados, hasta el momento, se ha caracterizado por ciertos grados de espontaneidad, pero ha carecido de un liderazgo claro y de una estructura organizativa. Lo que podría ser una virtud, no obstante, sociológicamente hablando, es un impedimento para la eficacia de la acción social. No obstante, la ocupación de espacios públicos como la Puerta del Sol en Madrid, o la Plaza Cataluña en Barcelona, nos demuestra una intuición: la necesidad de recuperar el Ágora, empezando por la visibilización en los espacios públicos y su ocupación. Sin embargo, una cosa es la capacidad de convocatoria y otra la de transformación social. Otro de los peligros de los nuevos movimientos sociales en la sociedad globalizada, consiste en caer en los juegos mediáticos de la espectacularización. La participación y recreación en la función espectacularizadora de los medios acaba generando una esterilidad operativa. Hardt y Negri, como tantos otros pensadores, ya se han planteado esta cuestión y el peligro del fracaso político de las grandes movilizaciones. El término acuñado para este fenómeno sería el de “multitudes”, en relación a una masa capaz de manifestar su descontento, pero no de organizarse políticamente: “Esto nos devuelve a nuestra tarea fundamental: ¿cómo pueden volverse políticas las acciones de la multitud?” (Hardt y Negri, 2010: 346).

A modo de resumen, recogemos un texto de ambos autores en el que se plantea unos criterios para que la recuperación del Ágora sea viable y fructífera:

“Hoy, tras tantas victorias capitalistas, luego que las esperanzas socialistas se ha marchitado en la desilusión, y luego de que la violencia capitalista contra el trabajo se ha solidificado bajo el nombre del ultraliberalismo, ¿porqué aún emergen instancias de militancia, porqué se han profundizado las resistencias y porqué reemerge continuamente la lucha, con nuevo vigor? Debemos decir que esta nueva militancia no repite, simplemente, las fórmulas organizativas de la antigua clase trabajadora revolucionaria. Hoy el militante no puede ni siquiera pretender ser un representante, ni aún de las necesidades humanas fundamentales de los explotados. El militante político revolucionario actual, por el contrario, debe redescubrir la que ha sido siempre su propia forma: no la actividad representativa sino la constituyente. Hoy la militancia es una actividad innovadora, constructiva y positiva. Esta es la forma en la que nosotros y todos aquellos que se rebelan contra el mando del capital hoy nos reconocemos como militantes. Los militantes resisten el comando imperial de un modo creativo. En otras palabras, la resistencia está unida inmediatamente con una inversión constitutiva en la esfera biopolítica y con la formación de aparatos cooperativos de producción y comunidad. Aquí está la fuerte novedad de la militancia actual: repite las virtudes de la acción insurreccional de doscientos años de experiencia subversiva, pero al mismo tiempo está unido a un nuevo mundo, un mundo que no tiene exterior. Sólo conoce un interior, una participación vital e ineludible en el conjunto de estructuras sociales, sin posibilidad de trascenderlas. Este interior es la cooperación productiva de la intelectualidad de masas y las redes afectivas, la productividad de la biopolítica posmoderna. Esta militancia transforma la resistencia en contrapoder y cambia la rebelión en un proyecto de amor.” (Hardt y Negri, 2010: 356-357).

El tiempo nos dirá si nuestras agotadas sociedades occidentales son capaces de recuperar el espíritu de la militancia política, el de la transformación social y la recuperación del Ágora, uno de los pilares que fundó Occidente.

Bibliografía

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