La Antimodernidad en España (4): El `Deja vu´ de la Restauración

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Cánovas del Castillo

 

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA 1

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA (2): la diferencia entre tradicionalistas y conservadores

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA (3)

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA (4): “El Deja vu de la restauración”

 

El Deja vu de la Restauración

Esta estructura de comportamiento político se repetirá con la Restauración canovista, cambiando el Partido Cristino-liberal, por el Partido Conservador. Borja de Riquer ha analizado cómo se fueron formando los primeros núcleos alfonsinos en Cataluña. Este estudio es fundamental para afianzar la tesis de que el catalanismo no proviene del carlismo, sino del conservadurismo católico-liberal. Según Borja de Riquer, estos núcleos surgieron entre los católicos atemorizados por los excesos de la Revolución, pero también entre la burguesía proteccionista y los antiabolicionistas (de la esclavitud)[1]. Quienes darán forma a esta masa, serán: “los intelectuales conservadores del grupo del Brusi, y especialmente Manuel Durán y Bas, Joan Mañé i Flaquer y Estalinau Reinals i Rabassa. Ellos serán los que dirigirán este movimiento de defensa social de Cataluña coordinándolo y sometiéndolo a las directrices marcadas por Antonio Cánovas del Castillo”[2].

En 1873, Cánovas ofreció a Mañé ser el líder del conservadurismo restauracionista en Cataluña, pero este declinó en Manuel Durán y Bas que, a la postre, acabaría siendo ministro de Silvela y navegando entre el conservadurismo más liberal y el liberalismo más conservador. De este grupo inicialmente canovista surgió la Liga del Orden Social, minoritaria pero que reunía lo más granado de la burguesía catalana. Cuando Cánovas se consideró suficientemente fuerte en Madrid, rompió con Durán y Bas y el grupo se acercó de nuevo a las tesis más regionalistas de Mañé y Flaquer, aunque manteniendo su sentir consevador, entendido como un “centro” político y un catolicismo liberal regionalista y profundamente anticarlista y antiintegrista.

Tanto Mañé como Cánovas, en el fondo bebían del liberalismo doctrinario. Los doctrinarios, conocidos durante la Restauración borbónica en Francia (1814-1830) querían conciliar la Monarquía Borbónica con la Revolución Francesa

Tanto Mañé como Cánovas, en el fondo bebían del liberalismo doctrinario. Los doctrinarios, conocidos durante la Restauración borbónica en Francia (1814-1830) querían conciliar la Monarquía Borbónica con la Revolución Francesa, y la autoridad con la libertad (entendida como expresión del liberalismo). Siempre quisieron situarse en un “centro” que tenía a su izquierda a los republicanos y a su derecha a los ultra-realistas católicos. Uno de los doctrinarios más conocidos fue François Guizot, protestante y liberal conservador, autor de entre otras obras de Histoire générale de la civilisation en Europe. Para refutar esta obra, Balmes escribió su inmortal El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1844). Estos datos ya nos indican que hay dos líneas que se han pretendido confundir en las historias del pensamiento: por un lado, Vicente Pou, Balmes y otros autores tradicionalistas; por otro, de Quadrado, Menéndez y Pelayo, Mañé y Flaquer, Durán y Bas y sus derivadas regionalistas empapadas de romanticismo y conservadurismo que acabarán germinando el futuro nacionalismo.

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Duran y Bas

Por poner un solo ejemplo de esta confusión, Fraga Iribarne proponía como ejemplos de “conservadores” a Francisco Pacheco (fundador del liberalismo-conservador y padre político de Cánovas del Castillo), Jaime Balmes o Donoso Cortés. Para él, todos entraban en el mismo saco[3]. Curiosamente, el primer homenaje histórico de José María Aznar a esta tradición ”conservadora” fue el centenario de la muerte de Cánovas del Castillo en 1997, considerado el entronizador del liberalismo-conservador español[4]. A la “tradición” de los conservadores españoles le podemos poner fecha en 1847.

Su líder y padrino político de Cánovas -Francisco Pacheco- lideraba a los conocidos como “puritanos”. Pacheco es el que se sacó de la chistera el epíteto de conservador-liberal y logró un efímero gobierno en 1847. Se oponían los “puritanos” a los principios de la Revolución Francesa. Sin embargo, este grupo de conservadores, en el orden práctico, no tuvo una postura antisistema o conspirativa, ni contra Amadeo de Saboya ni contra la Primera República, como sí tuvo el carlismo.

Se oponían los “puritanos” a los principios de la Revolución Francesa. Sin embargo, este grupo de conservadores, en el orden práctico, no tuvo una postura antisistema o conspirativa, ni contra Amadeo de Saboya ni contra la Primera República, como sí tuvo el carlismo.

De hecho, ayudó a la estabilidad de la Monarquía de Amadeo de Saboya y prestó su apoyo a los Gobiernos más templados de la Revolución, a los del Partido Constitucional de Serrano y Sagasta. Sin embargo, el conservadurismo que connivía en minoría con los poderes revolucionarios, consiguió que su fuerza política dejara de ser exigua con la llegada de la Restauración[5], cuando Cánovas del Castillo maduró su peculiar doctrina pseudoantimoderna y conservadora[6].

Cuando Amadeo de Saboya cesó al Gobierno conservador de Serrano, Cánovas decidió crear los círculos alfonsinos que fueron los embriones del partido que lideraría la Restauración. Cánovas construyó así una estructura de partido, con prensa y círculos en todas las ciudades importantes, vinculados con el comité central de Madrid[7]. En los círculos de Cataluña se iría cociendo un catalanismo al que prácticamente nadie ha atendido, pero sin él la historia del catalanismo nunca hubiera sido la misma.

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Ya hemos mencionado la influencia en Cánovas de Guizot. Otra influencia, notable fue la Pierre-Paul Royer-Collard. Perseguido por la Revolución Francesa, participó en la restauración de los borbones y siempre estuvo a favor de una monarquía constitucional como “punto medio” entre liberales y absolutistas. Aunque era católico, fue criticado por los tradicionalistas por estar a favor de la separación entre la Iglesia y el Estado. Su falaz argumento era que se rebajaba la dignidad de la Iglesia si ésta ejercía influencias en el ámbito político que no le eran propias.

Cánovas toma de Burke su odio visceral a la Revolución Francesa pues interpreta que fractura bruscamente un desarrollo histórico al que la humanidad está llamada. De él aprende a valorar el progreso y rechazar el “inmovilismo”.

El catolicismo liberal ya iba adquiriendo forma precisa y pronto se trasladaría a España. Sobre el artífice de la Restauración también cayó el peso del pensamiento de Burke, considerado actualmente uno de los antecedentes del pensamiento neocon. Cánovas toma de Burke su odio visceral a la Revolución Francesa pues interpreta que fractura bruscamente un desarrollo histórico al que la humanidad está llamada. De él aprende a valorar el progreso y rechazar el “inmovilismo”. Pero su idea de progreso está más en la línea del historicismo que de la Tradición[8]. Igualmente asume con Burke que la política debe tener buenas dosis de pragmatismo[9] que en algunos momentos llevarán a aceptar el mal menor.

Pero quizá el punto más sutil y difícil de dilucidar para los ingenuos, es el papel que tanto Burke como Cánovas o Menéndez y Pelayo atribuyen a la religión dentro del conservadurismo. Para ellos el valor de la religión no es intrínseco (independientemente de la fe particular), sino un instrumento estabilizador de lo colectivo -por los valores que representa- y como una barrera a los embates revolucionarios más radicales como los del socialismo[10]. Se ha definido a Cánovas como un católico “sin estridencias”. No le apasionaba la teología ni las grandes cuestiones religiosas, sino que buscaba en la Iglesia un apoyo pragmático que –a su entender- no era incompatible con el Estado liberal[11]. Por eso enfrentaba su postura a lo que él consideraba el “fixismo histórico y el integrismo religioso del carlismo”[12].

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Caricatura de época del Partido Conservador

Cuando se discutía el artículo 11 de la Constitución de 1876, en los debates parlamentarios quedaron registradas estas palabras de Cánovas: “Durante mucho tiempo he deseado yo, y deseo en el fondo hoy día, el mantenimiento de la unidad religiosa; he creído siempre que era un bien para el país, y sobre todo si ese país está ya muy dividido por otras causas, el no tener al menos una sola fe y solo culto religioso. Pero en cambio, señores, hace mucho tiempo también que profeso la opinión sincera, concreta, determinante, de que el tiempo de toda represión, de que el tiempo de toda persecución material ha pasado para siempre. Ya no defiendo, pues, hace mucho tiempo, y yo no defenderé ya jamás la intolerancia religiosa[13]. Era un discurso claramente en contra de los que defendían la unidad católica de España.

Eugenio Montero Diaz, anticatólico y anticarlista, en el Diario del Congreso hacía profesión de fe católica para justificar su posición anticatólica en la Constitución de 1869

Por su parte, unos años antes, en el Partido Liberal de Sagasta, el encargado de defender la separación de la Iglesia y del Estado fue Eugenio Montero Diaz. Había sido el ministro que, en 1868, había promovido el registro de matrimonios civiles. En el Diario del Congreso, este anticatólico y anticarlista, hacía profesión de fe católica para justificar su posición anticatólica en la Constitución de 1869: “Yo considero como una de las primeras dichas de mi vida el ser el más humilde, el más leal, el más ardiente hijo de la Iglesia: yo me precio de ser católico”[14]. Paradójicamente, utilizaba los mismos argumentos para defender la separación de la Iglesia y el Estado, que años después utilizaría Cánovas en 1876: el bien de la Iglesia pasaba por aceptar los tiempos modernos. Desde esta perspectiva, entendemos el esfuerzo del liberalismo conservador por presentarse como los defensores de la verdadera doctrina católica –“acorde con los tiempos”-, para poder aplicar políticas que en sus principios y en su práctica atacaban la tradición católica de España. Y es en este ámbito donde debemos enmarcar la comprensión (a la que siempre hemos aludido) de la aparición de la Unión Católica de Pidal, al servicio del catolicismo liberal y el conservadurismo.

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Menéndez y Pelayo pasó por la Unión Católica e ingresó de la mano de Pidal en el Partido Liberal-Conservador de Cánovas. Consideró que en el Partido Conservador se encontraba “la verdadera y genuina representación de los principios tradicionales; sin exageraciones absurdas, fantásticas e imposibles [en referencia evidente al carlismo]”[15]. No es de extrañar que Menéndez y Pelayo reconociera su deuda intelectual con José María Quadrado, Joseph de Maistre y Edmund Burke[16]. Por otra parte, no entenderíamos la obra de Menendez y Pelayo sin la influencia de la llamada “generación floralista” compuesta por Martí de Eixalà, Milà y Fontanals y Llorens y Barba. Hemos de destacar la importancia de Martí de Eixalà, que había militado con los liberales abanderados por Espartero. El sello liberal siempre quedó impreso en su pensamiento y voluntad.

Entre sus discípulos encontramos a Francisco Javier Llorens y Barba y Manuel Durán y Bas. Por ser menos conocido, nos detendremos en Llorens y Barba que tuvo un trato muy personal con Manuel Milà y Fontanals, maestro de Menéndez y Pelayo, al que se atribuye parte de la paternidad de la Renaixença notablemente influenciada por el romanticismo[17]. Llorens y Barba igualmente fue compañero de estudios de todo un elenco de personajes que influirían notablemente en la historia de Cataluña y España: Manuel Milá y Fontanals, José Coll y Vehí, Francisco Pi y Margall, Joaquín Rubió y Ors, Narciso Monturiol y Estarriol y Manuel Durán y Bas. Unos serían destacados representantes del conservadurismo (español o catalán) y otros del republicanismo.

Siguiendo las teorías herderianas, vinculó la idea de nación a la existencia de una lengua común a sus gentes. Sin lugar a dudas se iba preparando una base teórica para la evolución del futuro catalanismo.

Tras una larga carrera académica Llorens pudo difundir sus ideas que quedaron plasmadas en la Lección inaugural del curso universitario 1854-1855, en la Universidad de Barcelona, en la que animaba a impulsar los estudios historicistas de la cultura desde el punto de vista romántico. Siguiendo las teorías herderianas, vinculó la idea de nación a la existencia de una lengua común a sus gentes. Sin lugar a dudas se iba preparando una base teórica para la evolución del futuro catalanismo. Uno de sus más destacados alumnos fue Marcelino Menéndez y Pelayo. En conclusión, la Restauración contó con un elenco de intelectuales que apelaba a la tradición y a la antimodernidad. Pero en ellos residía un pragmatismo “accidentalista” que les llevaba a despreciar el carlismo (bien por una aversión personal, bien por considerarlo una vía política muerta).

El denominador común de estos “antimodernos” anticarlistas, era que su tradicionalismo no era tal, sino una intoxicación romántica importada del extranjero mezclada con un sustrato católico todavía demasiado pujante como para ser disuelto de golpe por un régimen liberal. Por ello, Cánovas, renegando de la tesis católica de la fuente de la soberanía política, defendió la tesis de la soberanía compartida entre las Cortes y el Rey. Cánovas quiso ofrecer una “solución liberal” contra la Revolución; tesis que a la postre se demostraría imposible pues en sí misma era revolucionaria. Para él, constatamos nuevamente, la religión debía ser un instrumento -y en esto coincide, repetimos, con los actuales neocons– para dotar de estabilidad al régimen político que había fundado. Cuando el canovismo inició su decadencia, la misma estructura de pensamiento se manifestó, aunque en modo más moderno, por el regeneracionismo de Antonio Maura o la Dictadura de Primo de Rivera. Aunque con apariencia de un reviviscente patriotismo tradicional, el pensamiento liberal subyacía en sus promotores.

Javier Barraycoa

LA ANTIMODERNIDAD EN ESPAÑA (y5): la Unión Patriótica y la llegada de la República

NOTAS

[1] Existen documentos, como cartas de hermanamiento, que patentizan los intereses comunes de castellanos y catalanes en sus respectivas ligas antiabolicionistas.

[2] Borja DE RIQUER, Escolta, Espanya: la cuestión catalana en la época liberal, Madrid, Marcial Pons, 2001, p. 160.

[3] Cf. Manuel FRAGA IRIBARNE, El pensamiento conservador español, Madrid, Planeta, 1981.

[4] Cf. J. A. PIQUERAS, Cánovas y la derecha española. Del magnicidio a los neocon, Barcelona, Península, 2008.

[5] En la Cortes de 1869 sólo contaron con 7 diputados frente a los 100 del Partido Republicano o los 200 de los gubernamentales. Esta inanición experimentó un brusco vuelco pocos años después cuando Cánovas, a la cabeza de los liberal-conservadores, se hizo con las riendas del país tras el pronunciamiento militar de Martínez Campos. La tradición doctrinaria del liberalismo y los planteamientos conservadores encontraron aquí su primera oportunidad de gobernar.

[6] E. ÁLVAREZ CONDE, El pensamiento político canovista, Revista de Estudios Políticos, 213-214, Madrid, (1977), pp. 233-295.

[7] Recibió una carta firmada por Isabel II y el príncipe Alfonso para que liderara la Restauración. Reunió entonces a los que luego formaron el Partido Liberal Conservador en el reinado de Alfonso XII, es decir, tanto a los moderados más templados, como Orovio o Calderón Collantes, como a los unionistas desengañados de la revolución, como Alonso Martínez o Romero Robledo.

[8] Es importante destacar el carácter dinámico de la Tradición en el que siempre han insistido maestros como Rafael Gambra, y que se opondría casi ontológicamente al verdadero inmovilismo del conservadurismo. Cf. Rafael GAMBRA, Tradición o mimetismo, Madrid, IPC, 1976, p. 22.

[9] Cf. Felipe-José DE VICENTE ALGUERÓ, El catolicismo liberal en España, Madrid, Encuentro, 2012, p. 201.

[10] Hay que reconocer que este rasgo es mucho más explícito en Cánovas que en Menéndez y Pelayo, sobre todo si no se atiende a la Historia de las Ideas estéticas como parte integrada y en armonía con su actuación política.

[11] Cf. José Luis COMELLAS, Historia de España moderna y contemporánea. Madrid, Ediciones Rialp. 1997.

[12] Cf. Felipe-José DE VICENTE ALGUERÓ, op. cit. p. 201.

[13] Diario de sesiones del Congreso de los Diputados, 3 de mayo de 1876.

[14] Diario de sesiones de las Cortes Constituyentes, 14 de abril de 1869.

[15] Pedro Carlos GONZÁLEZ CUEVAS, et al., Historia del pensamiento político español. del renacimiento a nuestros días, Madrid, UNED, 2016. (Manual, Tema 8).

[16] Ibídem.

[17] Su artículo Clásicos y románticos, publicado en El Vapor en 1836, se considerarse como un manifiesto del movimiento romántico. El Compendio de arte poética (1844) está totalmente imbuido de ideas románticas. En 1857, publicó Principios de Estética, considerada como la primera obra que instituye la Estética como disciplina en España, y que tanta influencia tendrá en Menéndez y Pelayo.

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