Todos, hasta su carnet de identidad, le conocían como Arturo. Hasta que obtuvo su primer cargo oficial en la consejería de Economía de la Generalitat. Entonces solicitó su cambio de nombre en el DNI y empezó a pedir que le llamaran “Artur”. Primera fantasmada al servicio del nacionalismo. Con su buen porte, su MBA en estados Unidos y su forja como aprendiz en el “taller” de Prenafeta –uno de los íntimos de Pujol- apuntaba buenas maneras. Ello le llevó a decir a Marta Ferrusola: “Aquest sembla un bon xicot” (este parece un buen chico). Así, de manos de la Madre superiora, Artur Mas abandonaba su vida real para convertirse en la futura fantasmada del nacionalismo. Por cierto, cuando hablamos de fantasma no olvidemos su derivación etimológica en el término “fantasía”.
Todo en la vida política de Artur ha sido fantasía (o si quieren fantasmadas) que poco a poco se ha ido transformando de una ilusión en colores a penumbras grisáceas. Porque las fantasías también se pueden convertir en pesadillas. Artur Mas es de los pocos casos en la historia política que empezó teniéndolo todo para acabar en la nada y con nada (de momento sus propiedades están embargadas). Pero mejor empezar por el principio. Corría un mes de julio de 2001 y el exArturo era presentado como el nuevo “conseller en cap”. Faltaban dos años para las elecciones, pero ya tocaba poder sin haber sido elegido democráticamente. Su nombramiento provenía del entonces intocable patriarca Jordi Pujol que así designaba a su delfín (esperando secretamente que Oriol Pujol creciera un poco y pudiera continuarse la saga familiar; pero eso ya es otra historia).
Todo en la vida política de Artur ha sido fantasía (o si quieren fantasmadas) que poco a poco se ha ido transformando de una ilusión en colores a penumbras grisáceas
No por méritos propios, sino por la desastrosa gestión de del tripartito de Montilla, que dejó a Cataluña al borde de la quiebra técnica, por fin en 2010 llegaría al poder. Se había producido el milagro y la federación catalanista había subido hasta los 62 diputados. Y a Mas se le subió la fantasmada que había creado a la cabeza. Se rodeó de los hijos del pujolismo: David Madí, Oriol Pujol Ferrusola y Germà Gordó, entre otros, que formaron el ‘pinyol’. Se puede decir que fue el único momento de su carrera política en que Artur Mas se sintió fuerte de verdad. Pero la crisis económica del 2010 le obligó a sacar la tijera y empezar los recortes sociales, que por algo tenía un MBA de Estados Unidos. Los empresarios amigos de Mas, durante esta primera legislatura, se iban enriqueciendo y las clases populares recibían los tijeretazos. Entonces ocurrió lo impensable. En julio de 2011, emergió de la nada una masa de antisistemas que rodearon el sacrosanto Parlament autonómico y no les dolieron prendas en escupir, pintar y humillar a los “representantes del pueblo catalán”.
La cara de Artur Más fue cambiando. Al “bon xicot” se le empezaron a marcar los rasgos del resentimiento en su rostro y mirada. Ya nunca volvió a ser el mismo y apuntaba formas de fantasma, pero de esos que empiezan a dar miedo.
De nuevo un mes de julio de 2014, se torna trágico para los convergentes. En plena segunda legislatura mesiánica (de Mas), al padre de la criatura –Jordi Pujol- le da por confesar sus pecadillos económicos. Se derrumba un mito y con él la estructura que sustentaba el soberanismo de cuño convergente. Las encuestas prevén una debacle de Convergencia en la misma medida que el independentismo aumenta. Todo es absurdo para Mas que no entiende nada e intenta otra fantasmada política: anticipar elecciones y presentarse en coalición con ERC con la clara intención de evitar que Junqueras monopolice el independentismo. En las elecciones de 2015 la coalición “Junts pel Sí” (CiU más ERC) salvan los muebles con 62 diputados. Pero para obtener la mayoría necesitan de una bomba de relojería llamada CUP. Los antisistemas, que le tenían guardado los tijeretazos a Artur Mas, piden su cabeza a cambio de investir presidente a alguien de la coalición ganadora.
Artur Mas empezó a a sentirse atrapado por el nuevo fantasma que había creado: el independentismo de masas. Creyó siempre que lo podría controlar y usar cómo arma para negociar con un gobierno en mayoría absoluta del PP en Madrid.
Ayer, Artur Mas presentaba su dimisión. Como los fantasmas suelen reaparecer no haremos pronósticos. Pero todo indica que es el final de Mas que coincide con el hundimiento del pujolismo y con la inminente sentencia del caso Millet como puntilla. Cogió un partido aún hegemónico con 56 diputados y en seis años ha dejado el partido arruinado, embargado, con altos cargos imputados, horizontes penales gravísimos e interminables, unas nuevas siglas que nadie es capaz de votar y al servicio de un neo partido de un expresidente fugado con alucinaciones obsesivas. Mas, hijo político de Pujol, es el padre espiritual de un independentismo fantasmal que debe afrontar varias realidades llamadas justicia, gobernabilidad y sociedad. El “bon xicot”, el mesías, el neopatriarca, el redentor fallido es un reflejo de la Cataluña actual: una sombra fantasmal de sí misma.